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Seis
casos para un drama
Mujeres bajo sospecha
Álvaro Campos
Colcultura, Tercer Mundo Editores, Santafé de Bogotá, 1996, 71 págs.
A Álvaro Campos Hernández (Orocué,
1947) en 1995 un jurado, integrado por Griselda Gambaro, José Sanchis y Santiago García,
le otorgó el Premio Nacional de Cultura en la modalidad de dramaturgia por el texto Mujeres
bajo sospecha, editado en 1996. Tras esta obra se encuentra un hombre de teatro,
dedicado al oficio desde hace años. Campos estudió artes escénicas en la Universidad de
América, ha sido profesor de teatro y fundador del grupo Gangarilla, del cual es director
desde su fundación, en 1981.
Aunque ésta es su primera obra, antes
había adaptado y llevado a la escena obras narrativas. Así ha completado en varias
oportunidades el ciclo ideal para cualquier teatrista: ser autor del texto escrito y del
espectacular.
Mujeres bajo sospecha consta de
"seis casos", como los denomina el autor, que vertidos a una terminología
teatral tradicional se podrían definir como seis piezas breves. En efecto, cada caso
tiene su propio título, seis protagonistas y personajes diferentes y, tal vez lo más
importante, son autónomos cada uno de ellos, lo cual permitiría, eventualmente, ser
representados de manera individual. No obstante, los seis casos conforman una obra unida
por aspectos formales e ideológicos, en el sentido amplio de la palabra. Podría ser
también entendida como la representación de varios grupos sociales, en forma de
fragmentos de un mismo cuadro o retazos de una realidad compleja, diversa, ligados por
necesidades básicas, por falta de opciones y por un sentido especial de la justicia, para
señalar sólo las fundamentales. De esta manera, Campos crea una poética dramática que
guarda un especial equilibrio entre dos géneros (teatro breve y pieza teatral), con el
objeto de significar un estado social.
El título de cada caso individualiza a
la protagonista y, a su vez, sintetiza su mundo: "Marianela", "Comadre
Mayo", "La Virgen de Palo", "La Mamá de Isaura",
"La Amiga de Lucita", "Ana María Boavita". Marianela es la
única hija de un hombre ya viejo, contratado para hacer "mandados para una
empresa". Y esos "mandados" significan asesinatos de personas que
"están en malos pasos". Marianela, desde pequeña, sirve de comodín a su padre
en las "comisiones". Ya adulta desempeña su papel a cambio de dinero. "La
Comadre Mayo" es la señora Margot Rojas viuda de Arellano, quien ha tenido como
hogar un vagón abandonado de la abandonada vía de los ferrocarriles centrales, hasta el
día en que la empresa decide restablecer el corredor vial y acude al engaño para el
desalojo. "La Virgen de Palo", como su nombre lo indica, es una virgen que se le
"apareció" a Bartolomé, o mejor aún, que él, campesino pobre, vio figurada
en un palo. La virgen nunca hizo los milagros esperados por Bartolomé. "La Mamá de
Isaura" es un ama de casa que cotidianamente repite la historia de su propia madre,
la cual ella resume en: menstruar, parir, cocinar papas, hablar sola y no llorar, a no ser
con las penas de ficción de las mujeres de la telenovela de las once. "La Amiga de
Lucita" es una mujer madura que una noche, en un sitio público, conoce a un hombre
joven a quien invita a su casa para "que la quiera". Pero las circunstancias, en
cambio de ofrecerle un placentero encuentro, le ocasionan un fatal desencuentro. "Ana
María Boavita", mujer dispuesta a sobrevivir ha tenido que hacer "lo que
salga", hasta el día en que "se le compuso la vida": un general la hizo
ayudante de "cocina en el casino".
Estos personajes, al igual que otros
personajes literarios o los de nuestra cotidianidad, son seres sin estirpe o sin nombre;
se pueden asociar, literariamente hablando, con pobres, doñas, ladrones, rebuscadores.
Tienen una estructura mental sencilla, con leyes concretas. El vocabulario que utilizan y
las inflexiones del habla definen su carácter y su situación social: es un léxico
marginal, como marginales son sus realidades. Sin embargo, con este léxico el dramaturgo
crea un lenguaje de gran fuerza dramática, metáforas poéticas y bellas frases.
Campos trató el diálogo con acierto;
éste oscila entre el tono fortuito de la conversación cotidiana y una forma especial,
igualmente dialógica, cercana al "monólogo", en la que el dramaturgo demuestra
gran maestría. Se trata de un diálogo en solitario si se me permite la
expresión, en el cual un personaje es reemplazado por el silencio. El proceso
interactivo que implica el diálogo se mantiene, porque el protagonista responde o se
dirige a ese otro, que aunque no habla es real. La réplica lleva implícito el carácter
de ese personaje silencioso y la colisión es con él.
Esta forma especial obliga al dramaturgo,
en las acotaciones escénicas, a hacer diferencia entre la pausa y el silencio. El
silencio es otro de los elementos dramáticos significativos a lo largo de la obra, porque
demora la acción o sustituye un parlamento. En tres de los seis casos: "La Virgen de
Palo", "La Mamá de Isaura" y la sin par "Ana María Boavita",
aumenta la tensión. También con dicha técnica el autor recalca el punto de vista de un
personaje, en especial de la mujer. La mujer de estratos populares, el ser femenino real o
imaginario, pero actuante dentro de la sociedad.
El autor urde cada trama reteniendo un
determinado momento de la vida cotidiana de los personajes. Así crea una atmósfera
realista en personajes y temas. La colisión se presenta por medio de las palabras o de
una acción física ("Comadre Mayo", "La Amiga de Lucita"); o sólo
por las palabras encargadas de desentrañar los mecanismos de carácter social in situ
en la psique y en el grupo al que pertenece el personaje.
La ironía es la constante en toda la
obra. Unas veces desemboca en fino y sutil humor y otras en lo grotesco, usualmente
relacionado con el teatro y la teatralidad de los últimos tiempos. La ironía y, por
tanto, el humor permiten al autor presentar las diferentes realidades de manera crítica,
hacer una valoración de las fuerzas sociales vivas y apartarse de lo catártico que
conllevan los estilos dramáticos realistas.
Por ahora el lector y
posteriormente, cuando se haga el montaje, el espectador podrá participar con
actitud crítica, similar a la adoptada por el dramaturgo. Es mayor su participación en
"Marianela", donde el espectador no es sorprendido ni violentado por el hecho de
asesinar. Éste es presentado agudamente como un oficio cotidiano, ejercido por un
"buen" padre de familia y cobijado por la seguridad social.
En su trasegar como escritor, Campos ha
recorrido el camino en una vía, adaptando cuentos literarios para el teatro, y ahora, con
Mujeres bajo sospecha, podría
hacer el recorrido de manera inversa:
convertir la obra teatral en varios cuentos. Las acotaciones escénicas, más que
sencillas didascalias, están escritas de manera literaria. En algunas de las piezas se
percibe el influjo del mexicano Juan Rulfo, en especial en "La Virgen de Palo".
Esta relación entre narración oral y
literaria y el teatro no es nueva, más aún si se habla de cuento y teatro breve. En
lengua castellana y española tiene un venerable pasado con entremeses, mojigangas,
sainetes y un largo etcétera. En el país se cultivó de manera especial el teatro breve
en el siglo XIX, época en que, de acuerdo con el ingenio del escritor, abundaron los
nombres para designar el género. Los rótulos variaron entre los ya consagrados, como
sainete, comedia breve, comedia en un acto y los nuevos, que la mentalidad decimonónica
dictaba como petipieza, peticomedia, sátira breve, comedia en miniatura, drama breve
(cuando en realidad era comedia) y otras por el estilo.
El siglo XX ha tenido exponentes del
teatro breve, pero, a diferencia del XIX, el tono ha sido dramático. Por lo menos esa es
la deducción que se puede hacer después de leer las antologías más difundidas. Lo
pusieron de moda las agrupaciones denominadas teatro de cámara, o teatro de bolsillo, o
teatro de ensayo, y los elencos conformados por aficionados. Aunque a lo largo de la
historia las piezas breves han tenido utilidad práctica y recreativa, y de allí se ha
derivado su prevalencia u olvido, se debe reconocer el arte que encierran muchas de ellas
y los nombres de sus cultivadores. Es posible que con la difusión de las teorías de
Mijaíl Bajtin sobre cultura popular se consiga, a finales de siglo, una valoración
diferente de las piezas cómicas, tratadas hasta ahora como género menor, con un papel
subalterno respecto a otros géneros ya consagrados (¡bendito seas, Mijaíl!).
Finalmente, en Colombia, dentro de la
gran diversidad de propuestas teatrales de final de siglo, parecería que la dramaturgia
propuesta por Campos está incluida en una nueva tendencia que ya se percibe en algunos
escenarios: dar una visión del mundo por medio de cuadros independientes, enlazados
temáticamente. Es temprano para entretejer hipótesis o para ligar la nueva dramaturgia
con la agudización de los múltiples problemas del país y atribuir influencias a las
concepciones posmodernistas o a una breve manera de aprehensión del humanismo y las
técnicas brechtianas. Habría que esperar más adelante si continúan estas propuestas.
MARINA LAMUS OBREGÓN
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