Metáforas y
simbolismos zoológicos.
Consideraciones sobre los sentimientos respecto a la naturaleza en Antioquia,en los siglos
XVIII y XIX*
JUAN CARLOS JURADO
Investigación fotográfica: Patricia Londoño Vega
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Becerro monje, grabado de
Lukas Cranach (Reproducido en. Animales Fabulosos y demonios, México, 1980)
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TABLA DE CONTENIDO
INTRODUCCIÓN
LOS ANIMALES
DE LA CASA
LAS BESTIAS
CLÁSICAS DEL CAMPO
LA FAUNA
SALVAJE Y LOS INSECTOS
ANEXO
BIBLIOGRAFÍA
INVESTIGACIÓN
GRÁFICA
El tema de las
relaciones humanas con los animales ha ocupado la atención de los etnólogos, porque
permite explicar mejor las características de una sociedad determinada, conocer sus
valores y sus formas de convivencia.
Lévi-Strauss ha señalado cómo los
mitos y las prohibiciones, en especial las alimentarias, que establecen los hombres con el
mundo zoológico, están dirigidas a negarse ellos mismos una naturaleza animal real,
asumiendo los caracteres simbólicos con que diferencian a los animales entre sí. En
otras palabras, toda comparación en su sentido más amplio establecida
por los hombres con los animales para adjudicarse entre sí los rasgos con que los
caracterizan, les facilita tomar distancia de ellos para establecer su condición humana,
diferenciadora del mundo natural 1.
El aporte de la etnología en este campo
ha sido retomado por la historia de las mentalidades. Vale la pena dedicar unos párrafos
de este artículo a una de las investigaciones realizadas sobre el particular, y que
aportará luces para iniciar estudios sobre estos aspectos no explorados de nuestra
historia regional y nacional.
El historiador francés Emmanuel Le-Roy
Ladurie, en su clásica obra sobre una aldea occitana de los siglos XIII y XIV, se ocupa
del tema al preguntarse por las actitudes fundamentales de los campesinos en relación con
la naturaleza, el macrocosmos y su destino. El autor descubre una serie de equivalencias
entre el "pensamiento social" y el "pensamiento zoológico" de los
campesinos, correspondiente con un ordenamiento concéntrico de los animales a su
alrededor, de acuerdo con estimaciones positivas o negativas sobre ellos. Esto recuerda,
según Le-Roy Ladurie, las comparaciones hechas por Edmund Leach entre insultos basados en
nombres de animales sobre los cuales pesan tabús relacionados con prohibiciones sobre el
incesto 2.
Respecto a los campesinos de Montaillou,
Le-Roy Ladurie pudo establecer un primer círculo de animales que les eran muy próximos:
perro, gato y cerdo, y que por diversas razones compartían con ellos una comunidad
residencial, afectiva o corporal. Sobre estos animales caseros pesaban prohibiciones
alimentarias, excepto sobre el cerdo, cuyo consumo era a veces problemática. Pero es de
destacar que esta fauna doméstica era motivo de insulto o de alusión diabólica.
En un segundo círculo que se aleja de la
casa campesina, Le-Roy Ladurie identificó los animales de corral y de establo. Con ellos,
por su relativa distancia, se tenían relaciones cordiales y positivas. Allí, en los
corrales y huertas, sobresalen entre otros las gallinas y los conejos, los que tenían
buena reputación y suscitaban expresiones afectivas a los campesinos de Montaillou.
Más lejos de la casa y en las fronteras
de la naturaleza salvaje, se localiza la segunda separación fundamental de los campesinos
de Montaillou con los animales que habitan un tercer círculo: lobos, víboras y moscas,
por su hostilidad hacia los hombres y sus familias. Además, se hallan las serpientes no
venenosas, los sapos, las lechuzas y las urracas, caracterizados por su hostilidad de
origen mítico con implicaciones prácticas en la vida diaria.
Finalmente, y más allá de la totalidad
de la fauna, estaba "el conjunto de la naturaleza vegetal y acuática", neutra
o, incluso, connotada positivamente.
Según los estudios de Leach retomados
por Le-Roy Ladurie, para los insultos usuales entre los campesinos, se recurría a los
animales situados en los límites o puntos de ruptura entre el hombre y su entorno
zoológico y natural. En primer lugar, en el círculo más próximo del ego personal y de
la casa, en la fauna doméstica, el motivo corriente de los insultos era el perro.
También, en el círculo de la fauna salvaje el lobo era motivo de "insultos
zoológicos". Estas significaciones negativas de los animales permiten establecer
"cortes estratégicos" entre los hombres y la naturaleza, separando primero al
ser humano de la fauna doméstica y en segundo lugar a ésta de la fauna salvaje.
Como se observará a continuación, las
consideraciones anteriores servirán de derrotero conceptual para este ensayo, que se
propone estudiar uno de los aspectos de las relaciones de la sociedad antioqueña con la
naturaleza, en los siglos XVIII y XIX. Los registros documentales sobre el particular son
difíciles de hallar en nuestros archivos históricos, por su carácter disperso, y es
necesario explorar varios tipos de fuentes y un conjunto faunístico amplio, para sacar
conclusiones más certeras. Sin embargo, es posible iniciar una investigación con la
información histórica registrada hasta ahora.
LOS ANIMALES DE
LA CASA
Acogiendo los círculos concéntricos de
Le-Roy Ladurie, tenemos en primer lugar a los animales domésticos. En los archivos
criminales de Antioquia, en los casos por robo, vagancia o injurias es común encontrar
disputas entre los vecinos motivadas por gallinas, cerdos, vacas, caballos, perros y
gatos, que constituían la fauna doméstica de la población antioqueña,
predominantemente campesina en los siglos XVIII y XIX. Las relaciones con estos animales
de la casa o de la huerta no se restringían a su utilidad económica simplemente, sino
que comprometían una amplia variedad de afectos y valoraciones que corresponden al
folclor campesino y son del orden de lo imaginario.
De las relaciones con los animales poco
se sabe. Característico de las sociedades campesinas, en la Antioquia del siglo XVIII,
las gentes vivían en una estrecha familiaridad con el paisaje natural, y con los animales
domésticos principalmente. Para el siglo XIX, esto quizá no había cambiado en forma
radical, según lo sugiere Emiro Kastos en una idílica descripción de la vida campesina
en la figura de un típico antioqueño, Mi compadre Facundo: "Como en la
familia oriental del patriarca o del beduino, se vive allí en cierta fraternidad con los
animales. Con frecuencia se ve a los terneros correteando en las alcobas, al burro
paseándose majestuosamente por la sala o a las gallinas cacareando sobre el lecho
conyugal. Todos especulan en la casa y cada uno pesca para su canasto. El patrón especula
en todo; la señora engorda marranos con los desperdicios..." 3
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Cena de animales, ilustrada
por V. von Kaulbach (1805-1874). (Reproducida en R. Piper, Dastier in der kunst, Munich,
1922).
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Como propio de las sociedades
campesinas tradicionales, muchos conflictos y venganzas entre las personas se resolvían
matando los animales del contrario, los que formaban, con los cultivos y la casa, su
patrimonio más preciado. A veces, la falta de cercos y alambrados en aquellos tiempos,
facilitaba la intromisión de cerdos y gallinas en las huertas vecinas, donde podían
perecer bajo las garras de los perros cuidanderos, lo cual ocasionaba riñas entre sus
dueños 4.
Respecto al perro, su imagen no era buena
ni positiva en la época colonial. Aunque este animal todavía es motivo de alusiones
peyorativas, muy entrado el siglo XIX aparecía en un mejor lugar, como parte del cuadro
mítico del colono antioqueño que salía a tumbar monte con su mujer, el hacha al hombro,
su carriel y ruana, junto con su fiel amigo, el perro.
La imagen negativa del perro es
contradictoria con su importante papel en la vida cotidiana del campesino, pues podía
servirle de compañero en caminos y viajes en que era necesario anunciar peligros y
defenderse de animales salvajes, para la vigilancia doméstica y la caza, o como apoyo en
la labor de trashumancia de ganados. Se le puede considerar, entonces, como un
"animal de compañía". El estereotipo canino aparece más usualmente como
insulto. Salvador Machado, un tratante de la ciudad de Antioquia en 1760, argumentaba ante
las autoridades que, al cobrarle una suma a Juan José Cañola, éste lo había tratado de
perro maulo (embustero, engañador) e hijo de puta.
En enfrentamientos interétnicos,
bastante comunes en aquella sociedad de castas en que el color oscuro de la piel señalaba
la baja procedencia social de los negros y mulatos, fueron frecuentes insultos similares.
En 1757, en la ciudad de Antioquia, don Bernardo de los Santos, blanco natural de Anserma,
demandó a Juan Esteban de Aldave por haberlo tratado de mulato o zambo, al decirle
"perro grifo" 5.
El perro también aparece asociado con
comportamientos violentos y sangrientos, por su capacidad intimidatoria, lo cual se
observa en el caso de Marcela Mateuten, mestiza residente en Sopetrán hacia 1799, y quien
asesinó a su esposo mientras dormía. En su confesión frente a las autoridades, alegó
el maltrato que aquel le daba, pues al poco tiempo de casados la trataba con palabras
ofensivas, latigazos y puñetazos. Y estando luego amancebado con otra mujer, fue más
agresivo, "pues llegó a amenazarla con quitarle la vida a fuerza de azotes hasta que
los perros bebieran la sangre".
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Ex-libris del Obispo de
Constanz, 1490. (Tomado de: Banco de la República, Ex-libris o el arte de identificar
sus libros, 1470-1988, Bogotá, 1988).
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En documentos criminales sobre
hechicería, las pocas referencias conocidas sobre el gato aluden a su significado
demoniaco. Sin embargo, tal como el perro, su uso metafórico parece asociado a
"situaciones límite" de rencillas o enfrentamientos entre personas. En injurias
de palabra, pudo ser usual en los vecindarios coloniales, en especial como apodo. En una
disputa familiar, Miguel de Olguín hirió a Juana de Agudelo, india del pueblo de
Buriticá, hacia 1763. El sindicado dio por motivo que Juana y sus hijas se burlaban de su
mujer por no tener nariz, llamándola "cara de gata" o "la mocha".
La política también suscitó metáforas
zoológicas de distinto orden. Se estigmatizó al enemigo español, en tiempos de la
Patria Boba (1810-1814), recurriendo a fábulas e historietas que mostraban la necesidad
de terminar con la guerra civil interna y unificar los bandos en contienda, para enfrentar
a los españoles. La fábula anónima de Los dos conejos (1814) alude a los conejos
(centralistas, federalistas...) enfrascados en discutir la raza de los perros que se
acercaban amenazantes, antes que defenderse de ellos. En definitiva, los caninos
representaban a los españoles 6.
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Interior de una choza
indígena en el Bozal, México, en 1827. (En: Litografía y grabado en el
México del siglo XIX, t.I, México, 1993).
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Sobre el cerdo, no obstante su
utilidad, no he encontrado referencias documentales importantes. Su carácter peyorativo,
a pesar de ser un miembro de la fauna campesina, no parece asociado a los
"marranos", como se denominaba a los judíos en Europa porque su religión les
impedía comer su carne. Más bien el cerdo, "comensal intimista" de la casa y
que se alimenta de porquerías, sugiere un lugar semisalvaje como en Europa. Familiar del
jabalí y habitante frecuente de lugares pantanosos y silvestres aún en las ciudades
coloniales, era un miembro de la sociedad humana pero también del monte y la selva. Hacia
fines del siglo XVIII, cuando las autoridades borbónicas querían fortalecer los efectos
civilizatorios de las ciudades sobre la población campesina, ordenaron sacar los cerdos
que deambulaban en manadas por las calles, ensuciándolas con sus excrementos y
contagiando de costumbres "salvajes" y toscas a los pobladores.
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Escena del campo en México, 1845.
(En: Litografía y grabado en el México del XIX, t.II, México, 1993).
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Patio de la hacienda de Salgado,
Guanajuato, en 1827. Hombres y mulas mueven una gran "torta" de mineral
para`favorecer la incorporación de la plata con el mercurio´. (En: Litografía y
grabado en el México del XIX, t.I, México, 1993).
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En el siglo XIX, estos animales
aparecen más domesticados en corrales de guadua, formando parte de la
próspera huerta del campesino o del colono. Según el crítico cronista de las costumbres
antioqueñas del siglo XIX, Emiro Kastos, las señoras y muchachas se encargaban de
engordar a los marranos, mientras que el señor de la casa los llevaba a vender a las
ferias semanales o de fin de año en Medellín. Según el dicho popular, los cerdos eran
"la alcancía del pobre campesino", pues el dinero de su venta se destinaba a
pagar los gastos del parto de la esposa, a comprar herramientas o ropas, o los regalos del
Niño Dios en diciembre.
El ratón es otro miembro de los animales
caseros, aunque no útil y generador de repulsión por su carácter dañino y sucio. Su
funcionalidad económica es inversa a la del cerdo, y negativa, por destrozar y consumir
reservas de alimentos tan importantes como el maíz. Por su rapidez para reproducirse y
por su pequeñez y agilidad para moverse, estos animales representaron la situación de
furtivos ladrones y vagos que proliferaron en los poblados de Antioquia al finalizar el
período colonial. En 1807, el cabildo de la Villa de Medellín solicitó al gobernador
los correctivos para acabar con tantos vagos y ociosos en el vecindario, "de modo que
se extinga esta especie de ratones, que tanto infestan el lugar y por lo que hace a los
muchachos se recojan" 7.
La representación negativa de un grupo
social por parte de otro justificaba, para el caso de los vagos, la legitimación de los
castigos solicitados por las autoridades del cabildo. Este grupo delictivo también era
asociado con las polillas, que era necesario exterminar de los roperos y de las pieles,
pues las dañaban. Las autoridades coloniales y republicanas solicitaban el exterminio de
los vagos de la sociedad por ser "polilla del Estado y origen de todos los
delitos" en la sociedad8.
LAS BESTIAS
CLÁSICAS DEL CAMPO
Además de la familiaridad de los
campesinos con los animales domésticos, ya señalada, después del primer círculo
podría definirse un segundo, donde se localizan las bestias clásicas del campo, como las
denomina Le-Roy Ladurie, y con las cuales también existía un trato muy estrecho: el
ganado bovino, ovino y caprino, los equinos y también algunas aves, como las gallinas.
Estos animales eran utilizados como apoyo
en labores de transporte y acarreo, en los casos del caballo y la mula. El buey también
servía a los campesinos y comerciantes para transportar mercancías, de manera que su
aporte a la economía antioqueña quedó inmortalizado en la pintura y la escultura con la
clásica turega, principalmente. El buey le servía al agricultor en el arado de la
tierra, y su carne era consumida como la de las vacas, cabras y ovejas, cuyas pieles se
destinaban a la elaboración de objetos caseros y prendas de vestir. A pesar del mayor uso
del ganado caballar y vacuno en la economía antioqueña, también he encontrado en los
archivos históricos referencias metafóricas sobre otras especies que señalaré más
adelante, escasas en la región, como las ovejas y las cabras, pero que forman parte de
los "simbolismos" de la cultura occidental.
El caballo, aunque mantenido fuera de la
casa, vivía cerca y con gran familiaridad con su dueño. El carácter nobiliario de este
animal en la época colonial evoca su lugar preponderante en la sociedad medieval,
representando al estamento de los bellatores:
los que guerrean. Éste
era el animal del Señor del que estaba privada la plebe, asociada a lo vil, bajo y
grosero, como la tierra que se pisa al caminar 9. Con la
movilidad social de fines del siglo XVIII, su uso se pudo ampliar a las capas medias de
mestizos y mulatos, cuyo dinero y prestigio les facilitaron emular los consumos y usos de
los blancos criollos y españoles. Más fácil les fue acudir a la mula o al burro a
aquellos grupos sociales más pobres, aunque eran animales relativamente costosos, pero en
menor proporción que los caballos.
El honor y prestigio nobiliario en la
Colonia se apoyaba en el caballo. Su importancia para los españoles también se revela en
la designación de las tierras aptas para los cultivos y para la localización de los
animales domésticos y del ganado: se denominaba "tierras de pan y caballería"
durante la Colonia a las que en el siglo XIX tomaron el nombre de "tierras de labor y
pasto". Retomando su carácter nobiliario, la buena reputación del caballo se
percibe con la silla de montar y los lujosos aperos de plata, registrados comúnmente en
los testamentos y mortuorias, como objetos invaluables del patrimonio material y
simbólico de quien testara y heredara estas prendas.
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Carnicero ambulante, Ciudad
de México, 1828 (En: Litografía y grabado en el México del XIX, t.I, México,
1993).
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Durante el siglo XIX, el uso y
posesión del caballo pudo significar todavía prestigio social, aunque fuera accesible a
los trabajadores, campesinos prósperos y a los grupos sociales en ascenso, como los
funcionarios republicanos y algunos miembros de piel oscura de las tropas de la
Independencia. Mientras el viajero sueco Carlos Augusto Gosselman permanecía en la ciudad
de Bogotá hacia 1826, pudo presenciar la importancia concedida al caballo como animal de
precedencia y poder social, dejando entrever que hasta los más pintorescos campesinos se
pavoneaban por las calles, exponiendo a la vista de los transeúntes su fina y colorida
montura. Decía que los caballos negros eran los más apreciados y costosos, y "al
igual que en su propio vestuario, los jinetes muestran sus gustos en los atuendos del
animal. Brillantes monturas y paños escarlatas de bordes dorados o plateados y riendas
con decorados brillantes conforman el aspecto que se les da. Las espuelas, generalmente de
plata, las portan tanto los grandes señores como los de clase inferior. Resulta divertido
ver a los campesinos de edad, calzados con alpargatas, entretenerse en hacer sonar sus
grandes espuelas de agradable tintineo como si fuese una protesta a un recluta joven, en
su primera llegada al regimiento" 10.
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`Tocineros´ o vendedores de
cebo en ciudad de México en 18??. (En: Bosquejos de México, siglo XIX, México,
1987).
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En diversiones y fiestas públicas,
el uso del caballo fue más popular, y sin embargo su distinción, propia de las clases
altas y ociosas, persistía, sobre todo en los caballos de paso, en los lujosamente
ataviados o de buena raza. Según el cronista Eladio Gónima, los paseos a caballo
entraron en boga en la ciudad de Medellín después de 1837, principalmente entre "la
gente de garnacha" de distinción, en las tardes de verano y por las
calles. Al parecer, el caballo dejaba de ser de uso exclusivamente masculino, pues don
Gabriel Echeverri "influyó para que esta distracción se hiciera extensiva a las
señoritas. Consiguió su objeto y después se volvió muy común ver grupos de señoritas
de paseo, grupos que muchas veces se reunían formando una cabalgata digna de
contemplarse, ya por la galanura, donaire y destreza de las amazonas, cuanto por la
hermosura y buen paso de los caballos" 11.
La alta posición social del caballo se
va desdibujando en las demás bestias equinas. Aun disponiendo de aquél, las personas de
alto rango y los viajeros acudían a la mula y la valoraban, pues era más segura y
resistente para los escarpados y resbaladizos caminos de los Andes. La mula y el burro,
por ser bestias de montar pero también de carga, se familiarizan con los nobles y al
mismo tiempo con la plebe que suda y trabaja y que se unta del fango de los caminos.
Asociados con la mula, los cargueros o silleteros, casi siempre indígenas, caminaban
largas jornadas por caminos escarpados transportando a sus espaldas mercancías o
personas. Según el bodeguero de Juntas que acompañaba a Gosselman, uno de los peones
contratados era bueno para montar "y los otros como caballos de carga".
Comprometida con la arriería, tan común
en Antioquia, la mula estaba asimilada al mundo del trabajo, del trabajo duro en los
campos y caminos. "Trabajar como un negro" o "trabajar como una mula",
expresaban la condición económica subordinada de los negros y la gran utilidad laboral
de la mula para el campesino. Desde fines del siglo XVIII, han existido en Antioquia
valoraciones muy positivas sobre el trabajo como un factor de progreso y como una
actividad edificante para el alma y, sin embargo, el trabajo físico era visto como una
actividad dura e insufrible, más propia de los sectores sociales subalternos. Efe Gómez,
en Un Zaratustra maicero, dejó traslucir este asunto cuando un parroquiano
protestaba por la idealización de su compañero sobre la vida campesina: "¡Muy
bonito todo! Y como se ve, a usted no le tocó nacer, crecer, vivir en ninguno de esos
patéticos hogares antioqueños cargando como mula maíz, frisoles, leña: en pie
desde las cuatro de la mañana, dale al azadón, dale al calabozo, dale al hacha: sin
fumar siquiera: sin una diversión, sin un desahogo, sin una parrandita [...] ¡Eso no es
vida!".
Los arrieros, itinerantes por los caminos
y montes despoblados, se familiarizaban con la mula y el buey, con tratos y palabras
soeces propios del oficio y de una vida vagabunda al margen del trato social continuo. La
mula, como veremos con la hormiga, simboliza todavía la capacidad de trabajo.
Sobre la vaca, también las valoraciones
sociales eran positivas. Su utilidad doméstica la han hecho acreedora a los mejores
afectos de la familia campesina, sobre todo cuando se trata de pocos semovientes con los
cuales era posible individualizar el trato. En el campo colonial eran usuales las demandas
penales contra algún pícaro vecino, por robarse un caballo, una vaca o un toro; casos de
abigeato, más frecuentes en épocas de crisis económica y alimentaria. En 1806, Antonio
Rivero, vecino de Antioquia, demandó a Gaspar Gómez por sindicarlo de ladrón abigeo de
vacas. Rivero quedó absuelto, pues al parecer el demandante no conocía al animal por sus
señas y marcas. El ganado más doméstico, cuando no era cimarrón y deambulaba en
manadas por los montes, era reconocido más fácilmente por su carácter y señas
particulares. En general aún se lo trata como a objeto; se marcaba al ganado como a los
esclavos, era una mercancía signada por la firma de su dueño. En esto difiere del perro,
que tiende a ser reconocido como sujeto.
La vaca parece más asimilable a las
mujeres, por recibir su atención en las huertas del siglo XIX, así como el caballo o las
mulas la atención de los hombres. Según Emiro Kastos, el destino de las mujeres en la
casa, hacia mediados del siglo XIX, no era nada poético: ellas cosen, lavan, planchan la
ropa, engordan los marranos, desgranan el maíz y ordeñan las vacas. Pero la asimilación
de las mujeres a las vacas, y particularmente a las terneras, era más profunda y persiste
todavía hoy en algunas alusiones masculinas piropos a sus características
corporales y sexuales. Casarse en Antioquia, en el siglo pasado, era, según Emiro Kastos,
algo muy común e importante, y por esto era necesario saber escoger la esposa. Pues bien,
según "el dicho campesino, la mujer se selecciona como la ternera: por la madre. La
virtud física y la garantía de una abundante descendencia eran los objetivos
principales". Así, la ternera como la cerda, ésta última por su numerosa prole,
parecen símbolos de la fertilidad en el campo.
No obstante las valoraciones positivas
sobre el ganado, el trato y manejo de su carne no era bien visto, pues en la Colonia el
oficio de carnicero era uno de los oficios viles. Este lastre de villanía le venía de la
Edad Media.
La oveja también fue muy estimada. Este
animal de la leyenda bíblica, abundante en el altiplano cundiboyacense y escaso en las
tierras altas y frías de Antioquia, aparece asociado a la mansedumbre y a la docilidad:
virtudes de una sociedad católica como la colonial y republicana 12. El cordero, cría de la oveja, a pesar de su estupidez,
conserva todavía hoy, como los animales de carnicería, buena imagen. Su comportamiento
de humildad y mansedumbre expresaba una virtud social y política, ejemplarizante para los
vasallos del rey de España y aun para los ciudadanos de la república, en el siglo XIX.
En un censo realizado en la Villa de Medellín hacia 1812, los funcionarios encargados de
realizarlo, entregaron a sus superiores con un verso espontáneo el producto de su
obediente diligencia: La obediencia de un cordero/la damos por donativo/al tribunal de
justicia/y al Cuerpo Legislativo 13.
Fuera del círculo de la fauna útil
cercana a la casa, el conejo, animal silvestre más familiar al colono y que vivía en los
montes recién descuajados, parece asociado al cordero por su temperamento dócil 14. Así lo denota la Fábula de los dos conejos
mencionada antes. La paloma se encuentra en el caso límite, por la simplicidad y pureza
que aún hoy inspira como símbolo de la paz. La reputación de que hoy goza todavía el
cordero también es bíblica y simboliza en la cristiandad a Cristo.
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`Correista de la Sabana de
Bogotá´, ca.1830. (Acuarela reproducida en: Tipos y costumbres de la Nueva
Granada, colección de pinturas y diario de Joseph Brown, Bogotá, 1989).
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De los animales de ganadería, la
cabra, a pesar de su utilidad, es la que menos prestigio tiene según los registros de los
archivos históricos. Símbolo de la lujuria, servía, como hoy, para designar a los
esposos alcahuetes con las liviandades de sus mujeres, o para señalar a quienes su mujer
les era infiel sin ellos saberlo. Era un insulto usual en la sociedad colonial, en la que
el honor se sustentaba en valores masculinos, llamar a algún hombre cornudo o cabrón. En
1787, don José Pichardo, español que trabajaba de rescatante en el Valle de los Osos,
fue acusado por su suegro de alevoso y ebrio. En realidad, José tenía una disputa con su
suegro y sus cuñados, uno de los cuales lo amenazó con tener un sable "para
tasajear a un pícaro (perdone V. S. el mal estilo), cornudo, cabronazo, que intentaba dar
que sentir a su casa" 15.
Pasando del ganado a las aves de corral,
la referencia que conozco sobre la gallina no es tan explícita para expresar cobardía o
falta de hombría como en nuestros días. Más bien parece, de forma eufemística, una
referencia para ridiculizar a alguien que fuera señalado o no como "cabrón" o
estúpido. En 1789, el fiscal de la ciudad de Antioquia pedía para un reconocido vago y
alcahuete de allí una singular pena, escasa en los documentos criminales de la época. El
funcionario solicitaba, para el laxo esposo incapaz de gobernar a su mujer, que, además
de los trabajos forzados que había sufrido estando preso, se le sometiera a "la pena
de vergüenza pública, y diez años de galeras, sacándole por las calles emplumado, y
nitrado con búcaros de jarama" 16. Ésta era una
tradicional forma de justicia pueblerina, practicada en diversas partes de América. Se
trataba de embadurnar de barro o brea a los funcionarios arbitrarios, a atarbanes de
barrio y al parecer a cornudos voluntarios como el mencionado antes, para luego rociarles
plumas y pasearlos por las calles.
Alusión directa a la gallina para
ridiculizar o causar vergüenza a alguien, se encuentra en la crónica de Eladio Gónima.
Cuando algún muchacho cometía una falta grave en la escuela, "ponían al culpable
un gorro alto de papel con muchas plumas de gallina, y lo pasaban a la sala de las mujeres
donde lo hacían arrodillar en una mesa [...] A las mujeres les pasaba lo mismo en la sala
de los hombres".
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`Caza de Patos´, ca.1830.
(Detalle de la acuarela reproducida en : Tipos y costumbres de la Nueva Granada,
colección de pinturas y diario de Joseph Brown, Bogotá, 1989).
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La estupidez de la gallina contrasta,
pues, con la gran utilidad que tenía en la huerta campesina, donde consumirla era todo un
acontecimiento y un lujo, según Emiro Kastos. Sólo las chuchas y las dietas de la
señora de la casa causaban estragos en el gallinero, diezmando su población cada año.
LA FAUNA
SALVAJE Y LOS INSECTOS
El paisaje natural y las ciudades
coloniales, donde la naturaleza podía estar domesticada y transformada por los hombres,
se confundían en sus espacios por la precariedad misma de la vida urbana. Sin embargo, la
fauna salvaje estaba localizada en las afueras de las ciudades y villas y con más
seguridad en las tierras boscosas alejadas, donde podían ir los campesinos por motivos de
trabajo o al trasegar por caminos montunos y selváticos. En el año 1794, en las
márgenes de la ciudad de Antioquia, las autoridades indias del pueblo de Sabanalarga
requirieron a Antonio Durango por usar armas prohibidas por las leyes españolas. Aunque
justificándose, Durango dejó entrever en su declaración los riesgos de habitar aquellos
lugares selváticos, pues allí se podía tener un peligroso encuentro con los animales
salvajes: "Ésta es un arma muy menesterosa a todos los que habitamos y caminamos por
estos montes, de suerte que el que no tiene puñal carga cuchillo a causa de que cuando
menos piensa se encuentra con un tigre, con un león o con un oso, y para poderse
defender, o lograr de ellos engasta el hombre el puñal en un palo, que le sirve de
lanza" 17.
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`Matadores de marranos´,
litografía coloreada de Ramón Torres Méndez. (Reproducida en Una confrontación de
miradas, Cali, 1990).
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Algunas especies de felinos y de
osos frecuentaban los lugares despoblados de la geografía antioqueña, y con ellos se
podían topar los trabajadores, caminantes o viajeros, causándoles miedo y sorpresa. Un
tigre pudo ser observado por el sueco Gosselman en el camino de Juntas hacia La Ceja,
perdiéndose, despreocupado, en los espesos bosques. Según el viajero, era común verlos
en las noches rondando las casas y bloquearlas, inundando el espacio con sus rugidos.
Aunque no atacaban, solían matar a los perros y otros animales que encontraban a su paso.
Al parecer, la proliferación de osos en
la región norte de Antioquia dio motivo al nombre del Valle de los Osos, donde los
mazamorreros podían encontrarlos al internarse en los ríos en busca de oro. Por la
apropiación social de muchos paisajes naturales, se establecía una relación toponímica
con la fauna nativa, perceptible también con la flora. Nombres de lugares como La Mosca,
Abejorral, El Bagre, Sabana de Ovejas, Cerro de Gallinazo; y del lado de la flora,
Yarumal, Cañasgordas y Jardín, etc., expresan este fenómeno 18.
Volviendo al tigre y a otros felinos,
éstos eran impopulares entre los campesinos por atacar en los caminos las mulas de los
arrieros, mientras que las chuchas y zorras preferían husmear entre los gallineros. La
zorra es más escasa en las alusiones documentales, pero al parecer su mención se
prestaba para insultos. Hacia 1782, dos arrieros le gritaron al mestizo Miguel Amasara:
"Adiós, zorrito", por lo cual los hirió. Resultaba que Amasara era reconocido
en la ciudad de Antioquia por su genio "inquieto y provocativo", por abigeo y
contrabandista. Este sujeto era para sus vecinos tan sagaz, escurridizo y dañino como un
zorro, con capacidad de evadir fácilmente a las autoridades.
Entre los animales poco útiles y casi
dañinos para el campesino, se encontraban las ardillas y pájaros, a pesar de la labor de
limpieza de estos últimos, por ser depredadores de insectos nefastos para la agricultura
como las langostas. Recién llegada la familia del colono a la fundación, los niños
debían atender labores como el encierro de los terneros y el "gariteo", que al
parecer consistía en espantar de la roza a los pájaros y ardillas que se comían las
semillas, granos y frutas. Sin embargo, estos animales, al igual que las marimondas y
micos, despertaban simpatía y cariño como mascotas cautivas de la familia.
Otro animal selvático que aparece en la
documentación histórica es el gato montés. Este miembro de la familia felina, es
caracterizado como fiero, de movimientos ligeros y solitario. Calificativos que se
sugieren en la declaración del capellán de Yolombó, José Ceballos, en la visita
practicada por el gobernador Juan Antonio Mon y Velarde a la localidad, en 1788. Cuando se
indagó por los vagos y criminales del lugar, Ceballos dijo: "En el campo sé de uno,
bastante antiguo de un Simón Cortés, casado en Remedios a quien han solicitado con ansia
los jueces para castigarle, y no se ha podido lograr su captura por ser un gato montés,
y que siempre ha vivido receloso de la justicia. Este tal, se dice, mantiene ruin comercio
con una mujer casada vecina de esta parroquia y hace el espacio de cinco años que no se
confiesa" 19.
Como el escurridizo Simón Cortés,
muchos otros individuos de aquella región minera y boscosa eran "inaprehensibles al
público" por el desarraigo inherente a su labor o por pretender vivir lejos de curas
y alcaldes que les gobernaran la vida. Esta metáfora es bien importante por representar
la situación de muchos trabajadores de la provincia de Antioquia, cuya forma de vida
irregular y silvestre era mal vista por las autoridades hispanas por contradecir el modelo
de organización social con asiento en la ciudad. Estos trabajadores desarraigados eran
como el gato montés, adaptados a la vida en los montes, fieros y ágiles en defender su
independencia. Señalar el comportamiento de un individuo o de un grupo social de forma
peyorativa, mediando en este caso una metáfora zoológica, no sólo establecía una
diferenciación de comportamientos individuales dentro de la comunidad, sino que
legitimaba la puesta en marcha de controles y castigos para los estigmatizados.
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`Una finca en tierra
caliente´, dibujo de E. Bayard. (Reproducido en Geografía pintoresca de Colombia,
Bogotá, 1968).
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Los vagabundos y desempleados, que
proliferaban en Antioquia en los últimos decenios del período colonial, eran señalados
por las autoridades y por sus vecinos como zánganos "que viven del sudor ajeno y la
mayor parte de la República". Eran, pues, ladrones por vivir de lo ajeno, así como
los zánganos vivían del trabajo de las obreras en la colmena. Como una metáfora propia
de la cultura occidental, la sociedad de las hormigas, como la de las abejas, también se
prestaba para hacer comparaciones con la humana, y particularmente respecto al tema del
trabajo 20.
Opuesto al zángano y como otro
representante de los insectos, la hormiga era, y aún lo es hoy, símbolo de la
laboriosidad, la organización y la previsión económica. Nuevamente el problema de los
vagos se prestó para que las autoridades coloniales se refirieran a el y a sus
soluciones, por medio de metáforas y simbolismos zoológicos. En 1803, el procurador
general de la Villa de Medellín solicitó al cabildo poner fin al problema de los
desocupados. Algunos de los requeridos por la justicia sobre su forma de subsistir,
argumentaron que "la común Providencia a ninguno falta pues mantiene a las hormigas
del campo". A lo cual respondió el procurador que los acusados de vagancia estaban
confundidos, pues, al contrario, "estos insectos cooperan con su trabajo para el
sustento" y ellos sin trabajar no lo tienen 21. A los
vagos les faltaba, entonces, trabajar y ahorrar, como las hormigas, el fruto de su
esfuerzo.
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`Cacería del caimán´,
dibujo de A. de Neuville (Reproducido en Geografía pintoresca de Colombia,
Bogotá, 1968)
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Con las excepciones ya hechas de la
hormiga y la abeja, en general los insectos, al igual que los reptiles y batracios,
tenían mala reputación en la época colonial y aun hoy en día. La langosta, célebre
como una de las plagas bíblicas, temible y devastadora de cultivos, llegaba
periódicamente a los campos dejando hambrienta y miserable a la población, de modo que
también era dañina como la polilla pero en mayor proporción.
Los sapos y lagartos parecen compartir la
maldición divina sobre la serpiente; y en general todo lo que "con el vientre por
los suelos se arrastra", aún hoy es temido y despreciado, como las ratas y las
cucarachas. Éstas últimas, tan combatidas por la higiene doméstica, signaban la
suciedad y descuido del ama de casa, principalmente en las ciudades donde era más fácil
exterminarlas; o eran asociadas a las malas ideas, a las iniciativas tontas y absurdas. Mi
compadre Facundo, típico antioqueño de costumbres parroquiales, decía de su hijo que
"tiene cucarachas en la cabeza". Pues llegó de educarse en Santafé
cuestionando el modo de vivir tan austero y campesino de su familia, solicitando gastos y
comodidades, haciendo que sus hermanas pidieran "galanuras, maestros de francés y
otras cabronadas".
Como la muestra más fehaciente de la
insalubridad propia de las tierras cálidas pantanosas o de las insidias de la naturaleza
salvaje sobre la vida civilizada, las moscas y mosquitos eran una constante tortura para
los viajeros que visitaron la Nueva Granada durante el siglo pasado. Así lo reiteraban en
sus memorias de viaje, al pintar dramáticos cuadros de la estadía en algún lugar, donde
estos "ejércitos de insectos" los asediaban constantemente con agudas picadas
que les ocasionaban fiebres y malestar. Después de agotadoras jornadas a través de ríos
como el Magdalena, viajeros como Gosselman se vieron forzados a improvisar una cama con su
hamaca y mosquitero bajo una desvencijada choza, para iniciar una noche de constante lucha
con legiones de mosquitos y zancudos que los atacaban.
Los "animales ponzoñosos" de
tierras pantanosas, como se referían a los insectos más perjudiciales en la Colonia,
eran asociados a las "fieras salvajes" que podían "incomodar a los
habitantes o a sus ganados", y por ello era esencial saber escoger los terrenos de
climas benéficos, apropiados para las fundaciones. Así lo refería el gobernador Juan
Antonio Mon y Velarde en 1786, en las instrucciones para organizar nuevas poblaciones en
las montañas de Tenche, en la región de los Osos.
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Zoólogo del siglo pasado
dibujado por Riou. (Reproducido en: Geografía pintoresca de Colombia, Bogotá,
1968)
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Respecto a la mala opinión acerca
de los reptiles y batracios, ésta tiene que ver con lo maligno y demoniaco. Las culebras,
sapos, renacuajos y sabandijas eran objeto de supersticiones y ocupaban un lugar destacado
en las prácticas de yerbatería o brujería, dirigidas a hacer el mal a las personas.
Estos animales y "otras inmundicias", símbolos de lo pútrido y de las formas
pervertidas, formaban parte de los ungüentos brujeriles. Eran proporcionados a alguien
con la intención de causarle mal, en el cuerpo o en el alma. Este tipo de creencias de
cierta popularidad entre las gentes eran, sin embargo, de origen blanco europeo 22.
De manera genérica, podían ser
calificados como "fieras salvajes" los habitantes de sitios despoblados, no
familiarizados con la vida civilizada de las ciudades y villas coloniales, y a quienes se
instaba para residir en poblado. Pues en aquellos lugares desolados "no cumplen ni
con las obligaciones de cristiano(s), ni con los deberes de la sociedad, expuestos por
lo mismo a hacerse semifieras, no permitirán las justicias esta transgresión a las
leyes, y harán que saliendo de los desiertos, vengan a vivir en el poblado bajo el toque
de campana" 23.
El carácter de fieras salvajes era
adjudicado a los individuos de comportamiento cruel e iracundo, que a los ojos de las
gentes coloniales más parecían animales que hombres, por dejarse llevar de las pasiones
para actuar y no de la razón. En un caso de violencia física ocurrido en la ciudad de
Antioquia en 1815, el defensor alegaba, en favor de los agresores, que era necesario
liberarlos, pues la agresión había sido un "arrebato subitáneo, que no pudieron
evitar, ni precaver sus resultados, por haberse como hombres poseído de aquella pasión;
[...] acciones propias aún de las mismas fieras como lo acredita la experiencia".
No solo un comportamiento pasional y
desmedido podía ser calificado de "fiero" y bestial, sino también al oponente
y contrario en cuestiones de política, con lo cual, consciente o inconscientemente, se
buscaba descalificarlo, mostrando su agresividad y su carácter belicoso. En este campo,
las metáforas y simbolismos darían cuenta de los imaginarios políticos, tema todavía
por estudiar para el siglo XIX. El conservador y católico antioqueño Pedro Antonio
Restrepo Escovar se refirió peyorativamente a Tomás Cipriano de Mosquera en su Diario,
en 1869: "Octubre 28: Hoy se dio sepultura a la señora María Arboleda [...] esposa
de Tomás Cipriano de Mosquera; era una santa mujer y su vida fue una cadena de
desgracias, viviendo con esa fiera" 24.
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`El tigre enjaulado´,
caricatura de Ramón Torres Méndez para Los Matachines Ilustrados, febrero, 1855.
(Reproducida en: E.Sánchez Cabra, Ramón Torres Méndez: pintor de la Nueva Granada,
1809-1855, Bogotá, 1987).
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En lugar del lobo, que era acreedor
a la condena general en Europa, encontramos al tigre que atacaba las mulas en los caminos
y se comía el ganado. El lobo era no sólo amenazante para las ovejas y corderos, sino
también para la vida humana. Las metáforas y simbolismos sobre este animal pueden tener
en nuestra sociedad un sustrato más bíblico y literario vía cuentos infantiles
europeos, de forma que sus referencias pueden ser menos "realistas" y más
simbólicas. Como lobo era tratado el delincuente desterrado de una comunidad, práctica
usual de las autoridades coloniales con los más reacios a corregirse. Cuando un
"miembro corrompido de la sociedad debía separarse y extinguirse" de ella, como
lo consignan muchas sentencias de la época colonial, se lo expulsaba de la
"patria", del hogar y la comunidad donde se garantiza el fuego y el alimento y
con ellos la vida, para exponerlo a los peligros salvajes y a la clandestinidad de los
lugares despoblados. El hombre perdía entonces su condición propia y verdadera para
convertirse en un hombre-lobo. Este era el principio de esta usual pena española e
inspirada en la lex-salica (55,2), con gran vigencia durante la Edad Media en
Europa 25.
Resulta, pues, que las relaciones entre
los animales también se presentan en ciertas relaciones objetivas o imaginarias con los
hombres, y son inherentes al trato y a la convivencia social, que rige en una sociedad
durante una época determinada. Las metáforas y simbolismos zoológicos a los que se
acudía para señalar conductas o características de un grupo social, formaban parte de
las formas de diferenciación social, de las relaciones de poder y de los valores sociales
vigentes en la Antioquia de los siglos XVIII y XIX. Estos y otros aspectos del folclor
regional requieren un mayor acervo documental para establecer con mayor rigor las
evoluciones metafóricas y su mejor examen en comparación con otras regiones de Colombia,
donde la fauna varió de acuerdo con la economía y las condiciones climáticas. Para ello
también será necesario explorar los cuentos y novelas de la literatura regional, fuente
importantísima para la historia de las mentalidades, ampliando no sólo las fuentes sino
el conjunto de la fauna registrada.
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Caricatura de Alfredo Greñas
publicada en el periódico El Zancudo en 1891. (Reproducida en: Colombia 1886.
Programa Centenario de la Constitución, Bogotá, 1986).
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Sin embargo, y de forma
provisional, es posible ordenar, como lo hace Le-Roy Ladurie, el trazo de los círculos
concéntricos de los animales, y las tendencias de relaciones positivas o negativas de las
gentes con éstos. En el círculo de los animales más familiares se sitúan el perro, el
gato, el ratón e insectos como la polilla. Es decir, aquellos que, según la etnología,
por ser tan íntimos requieren ser distanciados para recordar su origen animal, lo cual se
logra por medio de connotaciones negativas y alusiones diabólicas, e insultos, en el caso
más evidente del perro; además de pesar sobre ellos la prohibición de ser consumidos.
La excepción era el cerdo.
En segundo lugar, se localizan el
caballo, la vaca, la mula y, entre las aves, la gallina. Estos son los animales
domésticos cuya lista podría ampliarse con otros tipos de ganado, pero menos íntimos y
apreciados positivamente.
Dentro de la fauna salvaje, el tigre y el
oso sobresalen por el miedo y la aversión que inspiraban. Por su parte, las moscas e
insectos de climas insalubres evidenciaban la hostilidad de la naturaleza no domesticada
para con los hombres y la fauna doméstica.
ANEXO
A continuación se reproduce el capítulo
octavo de la Relación de San Jerónimo
26, conocida
por el autor después de redactado el anterior artículo. La Relación fue remitida
por don Antonio Meri, alcalde juez pedáneo, y el presbítero don Gregorio Robledo, cura
propio del Sitio de San Jerónimo, en respuesta a la instrucción del doctor don José
Antonio Gómez, comisionado por el gobernador de la provincia, el 12 de abril de 1808. Los
capítulos uno a siete del documento versan consecutivamente sobre las autoridades, la
localización del Sitio, la población, el territorio y la producción agrícola y
forestal. Sobresale en el documento la consideración explícita de ciertos animales como
útiles/domésticos en contraposición relativa a los perjudiciales/salvajes.
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El paraíso terrenal, según
grabado incluido en la Historia natural de Plinio. (Reproducido en: H. Cabarcas
Antequera, Bestiario del Nuevo Reino de Granada, Santafé de Bogotá, 1994).
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Capítulo octavo. Igualmente las
aves que hay de estimación y utilidad, se ha experimentado que sólo hay gallinas,
piscos, palomas y patos, pues éstos son caseros
y mansos. Pues en la otra
clase de aves hay águilas, garzas, coclíes, rabiamarillos, tiotíos, congos, perdices,
guacharacas, pericos, guacamayas, tórtolas, golondrinas y algunos toches y cucaracheros.
Y de esta especie sólo se nota que no son dañosos las perdices, guacharacas,
golondrinas, tórtolas y cucaracheros, pues los demás, como el gavilán, todos
perjudican, aun a las mismas aves comunes cuando están chicas porque se acostumbran a
cogerlas y llevárselas y los que no son acostumbrados a esto, son en hacer daño en lo
más de las sementeras. Hay una clase de animales como es el tigre, león, osos, tatabras,
zorros, venados, conejos, camevaes, chuchas, guaratinajas, hurón, todos perjudiciales
al común, pero excede el tigre, pues éste es
dañoso no sólo en los
demás animales útiles, como son la res, la mula, caballo, burro, y marrano y perro,
cabras, sino que cuando está ya cebado a comer de estos animales, también come
cristianos. Culebras hay varias calidades de ellas, pero hay una clase de víboras, que
así se titulan, la una llamada coral, que tiene rayas nácares, blancas y negras. Y otra
que se titula equix, su color amarillo veteado de negro. Otra hay que llaman mapaná,
ceniza con pinturas negras. Hay otra color verde, pero no tiene el nombre de víbora, esta
es azotadora y donde quiera que cae se forman varias lepras. Hay otra casta de culebras
tituladas pitoraes, éstas son pardas por encima y la barriga blanca, son espantosa por su
tamaño que suele en largo tener dos varas, pero no son ponzoñosas, porque se cuida de no
mantenerse, porque antes destruyen en las demás
castas de culebras, sin
escapársele ni aún la calidad de víboras que es la que se tiene por más ponzoñosa y
aunque hay innumerables de ellas y suele ser continuo haber varios cristianos mordidos, es
poca su actividad, cuando no habiendo buenos curanderos, se nota que nadie de éstos se
muere. Hormigas hay, una casta se nombra arriera, de color colorado, su tamaño como el de
un grano de arroz de Castilla, la picadura es muy sencilla, pero es animal perjudicial a
las plantas, pues no habiendo aguas para demoler sus cacerías, dan fin a cualquier
sembrado. Hay otra parda que se nombra cazadora, su tamaño es poco menos que la arriera,
ésta muerde pero no se ha notado que nadie peligre, sólo es perjudicial a comer los
víveres que encuentra en las casas. Esta calidad de hormigas se ha experimentado que
cuando ya quiere llover estando en verano, las produce el terreno y en el mismo se
sepultan. Otra hay llamada flechera, de color negro, algo más grande que la que se ha
nombrado, ésta se mantiene en las plantas y algo estorba para poderlas cultivar y
suele picar y causar dolencia, pero es un instante y tiene el favor de que las
culebras de ella huyen, aunque hay innumerables hormigas no hay experiencia de ellas. Los
moscos que se experimentan en este terreno son de un tamaño muy chico y éstos sólo en
el tiempo de verano se experimenta y sus efectos sólo son de día cuyas picadas forman
lepras. Los jejenes, éstos sólo en tiempo de invierno producen y esto en la noche y en
lugar de alguna irleta, en el cual tiempo forman sus picadas, pero es poco su resulto.
También se experimenta que en las casas donde hay continua asistencia, cuando no hay
demasiado aseo, se crían dos especies de chinches, los unos se nombran cucarachas y otros
garrapatas, cuyas picadas forman bastantes lepras y suele criarse un animalillo que lo
llaman arador, que es tan ridículo que a no tener buena vista no se ve y cuando se
intercuta en el pellejo, después de hecha la lepra, ya es difícil matarlos. Aunque hay
algunas especies de insectos, según noticia, de ellos no tenemos conocimiento.
Y es lo que podemos exponer en cuanto a
lo que se solicita y estando evacuada, devuélvase a aquel juzgado donde dimanó y para
que conste lo firmamos, en este sitio de San Jerónimo, a doce de abril de mil ochocientos
ocho.
José Antonio Meri
Presbítero Gregorio Robledo
|
|
El jabalí.
(De: R.Piper, Dastier in der Kunst, Munich, 1922)
|
BIBLIOGRAFÍA
Además de los documentos y libros
citados:
CLEMENT, Jean-Pierre, "El nacimiento
de la higiene urbana en la América española del siglo XVIII", en Revista de Indias,
año XLIII, enero-julio de 1983, núm. 171, págs. 77-95.
COLMENARES, Germán, Historia
económica y social de Colombia; t. II: Popayán una sociedad esclavista, 1680-1800,
Bogotá, La Carreta, 1979.
JARAMILLO, Roberto Luis, "La
colonización antioqueña", en Historia de Antioquia (director general: Jorge
Orlando Melo), Medellín, Suramericana de Seguros S. A., 1988.
KASTOS, Emiro, Artículos escogidos,
Bogotá, Biblioteca Banco Popular, vol. 3, 1972.
Relación de la Provincia de Antioquia
(transcripción, introducción y notas por David J. Robinson), Medellín, Secretaría de
Educación y Cultura, Ediciones Especiales, vol. 4, 1988.
SILVA, Renán, Las epidemias de
viruela de 1782 y 1802 en la Nueva Granada, Cali, Universidad del Valle, 1992.
STUART COCHRANE, Charles, Viajes por
Colombia, 1823 y 1824, Biblioteca V Centenario, Colcultura; Viajes por Colombia,
Santafé de Bogotá, Editorial Presencia, 1994.
VALENCIA LLANO, Albeiro, "La
colonización y el diario vivir", en Región, núm. 2, julio, Universidad del Valle,
1994, págs. 69-82.
OSPINA RODRÍGUEZ, Mariano, Biografía
del doctor José Félix de Restrepo, Medellín, Imprenta de La Libertad, a cargo de
Juan C. Barrientos, 1888; Folletos miscelánicos, Biblioteca Central Universidad de
Antioquia, núm. 88, documento núm. 2.
INVESTIGACIÓN
GRÁFICA
I. Humberto Chaves C., El pintor de
la raza 1891-1971, Medellín, CMC. Amtex, 1995. Se encuentra en Faes.
1. La turega. Foto núm. 35, página 35.
Pintura en color.
Dos mulas transportando una carga por medio de un travesaño de madera.
II. Jorge Orlando Melo (director
general), Historia de Antioquia, Medellín, Suramericana de Seguros, 1988, pág.
185.
2. Ranchos en la zona de Riochico,
fragmento de mapas de las minas de Pedro Londoño, 1815. (Colección particular).
Conjunto de ranchos campesinos y, dentro de los cercos, perro, gato, gallo y cerdos.
Color.
III. Fabulous Colombias
Geography. The New Granada as seen by two french travelers of the XIX century. Charles
Saffray and Edouard André (compiled and directed by Eduardo Acevedo Latorre), Bogotá,
Litografía Arco, 1980. Se encuentra en Faes.
3. Una finca en tierra caliente. Página
43.
Casa campesina con sus habitantes y gallinas dentro de la cerca, y afuera de ésta
caballos y vacas.
4. Un rancho en la Cuchilla de Mejilla
(Quindío). Página 135. Rancho campesino, y en las afueras sus habitantes en medio de
cerdos, gallinas y plantas.
5. Combate de jaguar y una serpiente.
Página 56.
Combate de un jaguar y una serpiente, y dos campesinos como espectadores.
6. La langosta del Patía. Página 78.
Cultivo devastado por la langosta. Una mujer, desesperada por la tragedia, agita los
brazos enfrente de unos hombres.
7. El camino de Honda a Bogotá. Página
93.
Un grupo de arrieros con sus mulas cargadas.
8. Cacería de un jaguar. Página 128.
Jaguar en un río escapa de un hombre armado.
9. El monte de la agonía. Página ?
Cargueros en ascenso por un empinado camino en medio de la lluvia.
10. Invasión de avispas en Vanguardia.
Página 177.
Varios hombres huyen acosados por las avispas que los pican.
IV. Tipos y costumbres de la Nueva
Granada. Colección de pinturas y Diario de Joseph Brown. Malcom Deas, Efraín Sánchez y
Aída Martínez, Bogotá, Fondo Cultural Cafetero, 1989. Se encuentra en Faes.
11. Caza de venados en Colombia. Páginas
143-144.
Dos cazadores en sus caballos acosan con sus perros a un venado que huye.
12. Escena en una hacienda. Página 69.
Caballo y jinete con sus coloridos aperos y trajes, en compañía de personas en el
interior de una casa.
V. Colección de estampas religiosas y
recordatorios de Faes.
13. [Cristo, el cordero]. Estampa No.
105, color, 5 x 8 cm.
Sudario con el rostro de Cristo impreso y colgando de una cruz, y el cordero reposa en la
parte inferior.
14. "Yo soy el buen pastor..."
Recordatorio No. 59, color, 6 x 11 cm.
Jesús con un báculo y un cordero en sus brazos, seguido por un rebaño de ovejas.
15. "Agnus Dei..." Recordatorio
No. 22, color, 6 x 11 cm.
El joven Jesús rodeado de palomas blancas, con lirios blancos en la mano.
Notas:
* El autor agradece a los
profesores Juan Gonzalo Moreno y Luis Javier Villegas su colaboración y comentarios sobre
este artículo.
1 Claude Lévi-Strauss,
El pensamiento salvaje, México, Fondo de Cultura Económica, 1972, págs. 160-161.
2 Emmanuel Le-Roy
Ladurie, Montaillou, aldea occitana de 1294 a 1324, Madrid, Taurus Ediciones, 1981,
capítulo XIX, en especial págs. 439-441. El texto de Leach, citado por Le-Roy Ladurie,
no fue posible consultarlo: "Antropological aspects of language: animal categories
and verbal abuse", en E. Lennenberg (comp.) New Direction in the Study of Language,
Cambridge (EE.UU.), M.I.T. Press, 1966.
3 Artículos escogidos,
Londres, Juan M. Fonnegra, 1985, pág. 155.
4 Véanse algunos casos
de disputa en Beatriz Patiño, Criminalidad, ley penal y estructura social en la
provincia de Antioquia. 1750-1850, Medellín, Imprenta Departamental de Antioquia,
1994, págs. 309, 211 y 225. Robos de animales y demandas penales para recuperarlos se
pueden consultar en mi tesis de grado: Vagos, pobres y mendigos: Control social en
Antioquia. 1750-1850, especialmente el capítulo 3.
5 Ibíd., pág.
200. Grifo: animal del bestiario mítico, con pico y cabeza de aguila, alas de buitre,
cuerpo de león y uñas y cola de serpiente. Sebastián de Covarrubias Horosco, Tesoro
de la lengua castellana o española, Barcelona, Editorial Alta Fulla, 1987. Al
parecer, el insulto canino llegó con los españoles a América. Se encuentran tempranos
usos del mismo en el siglo XVI. En 1565, el capitán Diego Polo, en Cartagena, llamó
"perra" varias veces y en tono desafiante a una de sus negras esclavas, que
practicaba la brujería en otra de ellas. Véanse varios casos en Diana Luz Ceballos, Hechicería,
brujería e inquisición en el Nuevo Reino de Granada. Un duelo de imaginarios,
Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 1994, pág. 126.
6 Citado en Margarita
Garrido, Reclamos y representaciones. Variaciones sobre la política en el Nuevo Reino
de Granada, 1770-1815, Santafé de Bogotá, Banco de la República, 1993, págs.
349-350. Véase también la Fábula de la gallera. En ella, la pelea de gallos
hacía referencia a los campesinos que entregaban sus vidas en las contiendas de la Patria
Boba, por seguir a sus amos, cuyos intereses, en verdad, ignoraban.
7 Archivo Histórico de
Antioquia (A.H.A.), t. 69, doc. 1862, f. 3v.
8 Archivo del Cabildo de
Medellín (A.C.M.), t. 78 bis, doc. 6, fs. 141 y 143. En tiempos de la Reconquista
española, Pablo Morillo señaló a los vagos, sediciosos y libertinos que estuvieran a
favor de los insurgentes venezolanos como "polilla de la sociedad". Véase
"Conducto para detener esclavos prófugos", en Miquel Izard, Sin el menor
arraigo ni responsabilidad, núm. 37, Caracas, 12 de abril de 1817, pág 140.
9 José Antonio
Jaramillo, Algunas lógicas de diferenciación social en la Villa de Nuestra Señora de
la Candelaria de Medellín: 1750-1850, págs. 157-158. El mito del caballo en el
Ariège, en donde es el animal por excelencia para albergar tal o cual espíritu, hace
pensar a Le-Roy Ladurie en equivalencias de las jerarquías sociales con las zoológicas,
según las Tríadas de Dumezil, así:
Funciones: los que labran, los que
guerrean, los que rezan.
Estamentos: labradores, señor, perfecto (el santo).
Seres vivos: buey, caballo, ser humano.
Véase pág. 435. Un cuadro más completo
de equivalencias se encuentra en págs. 442-443.
10 Carlos Augusto
Gosselman, Viaje por Colombia. 1825-1826, Bogotá, Banco de la República, pág.
291.
11 Eladio
Gónima,
Historia del teatro de Medellín y vejeces, Medellín, Biblioteca de Autores
Antioqueños, 1973, pág. 117.
12 Véase una referencia
metafórica a la oveja por su inocencia y a la paloma por su sencillez, en Garrido, op.
cit., pág. 306. Alusiones del gobernador Francisco Silvestre al ganado ovino y
caprino en Antioquia a finales del siglo XVIII, en su Relación de la Provincia de
Antioquia, Medellín, Ediciones Especiales, Secretaría de Educación y Cultura de
Antioquia, 1986, pág. 145.
13 A. C. M., t. 80, fs.
61v.-62. Otra alusión al cordero en oposición al autoritarismo y rigidez de algunos
maestros de escuela, en Gónima, op. cit., pág. 127.
14 Proveedores de lo que
se denominaba "carne de monte", animales silvestres como el conejo eran cazados
por los colonos, una vez se terminaban las provisiones que llevaban para las exploraciones
de terrenos. Entre otros "animales de monte" cazados con trampas o en los ojos
de sal, estaban el saíno (parecido al cerdo), la tatabra, el gurre y el venado. Dentro de
las aves, las gallinetas, guacharacas, pavas, tórtolas y perdices eran las más
apetecidas. Véase Roberto Luis Jaramillo, La colonización antioqueña (1). Coleccionable,
núm. 14, pág. 136.
15 Citado en Patiño, op.
cit., pág. 288. En zonas del México colonial, como la Mixteca Alta, eran usuales
insultos con alusiones de tipo sexual en relación con las esposas: puta, cornudo,
alcahuete y cabrón eran palabras frecuentes. Véase William Taylor, Embriaguez,
homicidio y rebelión en las poblaciones coloniales mexicanas, México, Fondo de
Cultura Económica, 1987, págs. 127-129. Cabronada, como se verá más adelante,
aludía a cosas tontas, sin sentido o a algo despreciable.
16 A. H. A., Criminal B
58, 1780-1790, 8.
17 Citado en Patiño, op.
cit., pág. 303. El referido león era una especie de felino americano.
18 La lista de lugares
con nombres alusivos a la flora y a la fauna se haría interminable. Este aspecto de la
historia regional, sin estudiarse todavía, es importante, pues los nombres de lugar, la
toponimia, está ligada a la historia social y a la historia de la conquista del paisaje
agrario, como lo señala Marc Bloch en sus investigaciones sobre La historia rural
francesa: caracteres
originales, Barcelona, Editorial Crítica, 1978, pág. 97.
19 A. H. A., t. 76, doc.
2109, f. 14. La cursiva es mía.
20 Era tradicional en
Occidente asociar a los pobres, por su abundancia y ubicuidad, con los insectos. En una
frase atribuida a Carlos V, la masa de pobres, cada vez más miserable y abundante en sus
reinos, era "oruga o abejorros, insectos humanos, desgraciadamente
superabundantes". José Antonio Maravall, La literatura picaresca desde la
historia social (siglos XVI y XVII), Madrid, Ediciones Taurus, 1980, pág. 148.
21 A. C. M., t. 68, doc.
8, f. 1v.
22 Diana Ceballos, op.
cit., págs. 133, 163 y 189. Véase también sapo en Covarrubias, op. cit.
El tigre, el perro y el gato también eran signados negativamente y asociados a lo
demoniaco en las prácticas brujeriles. En estos animales decían transformarse negros y
negras acusados por la Inquisición de yerbateros y brujos. Al respecto, la teología
cristiana era clara y estricta, pues el hombre no podía devenir animal. Las formas
esenciales, como lo humano, no se transforman y son inalienables. La relación entre
animales y hombres sólo podía ser de analogía. Para esta anotación puede recurrirse a
Deleuze y Guattari, Mil Mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, Valencia, España,
Pre-Textos, 1988, pág. 257. Las tripas y cabezas de pollo, los "guesos" y
sabandijas eran usados para causar maleficios, según los documentos criminales de la
Colonia sobre estas prácticas. Véase Ceballos, op. cit., págs. 185 y 186.
23 Conducto para
detener esclavos..., pág. 142. La cursiva es mía.
24 Jorge Restrepo, Retrato
de un patriarca antioqueño. Pedro Antonio Restrepo Escovar. 1815-1899, Santafé de
Bogotá, Banco de la República, 1992, pág. 294, nota 23. En otra alusión al radical
caucano Tomás Rengifo, la asociación entre la belicosidad adjudicada a los caucanos, su
color negro y el carácter y color de la pantera, no parece tan inconsciente. Finalizando
la ocupación de los radicales en Antioquia, Restrepo escribió en su Diario:
"Diciembre 14/1789: [...] estupenda, grandiosa, salvadora noticia...[se ha] largado
de esta tierra el negro Tomás Rengifo, Presidente del Estado, el asesino, el ladrón, el
infame que humilló, saqueó, arruinó y envileció esta tierra infortunada. Se fue a las
tres de la mañana con su séquito de caucanos. Lleva, según dicen, catorce o quince
cargas de equipaje, casi todas, según dicen, de cóndores, él que no traía quizá media
carga de harapos. Para mí tengo que esta tierra se ha salvado con la ida de esa pantera
[...]". Véase op. cit., pág. 345. Sobre cómo se ha construido en la cultura
occidental la asociación entre el mal y los animales, asociados éstos a la bestia que
llevamos por dentro, véase Mary Midgley, Bestia y hombre. Las raíces de la naturaleza
humana,
especialmente el capítulo II.
25 Bronislaw Geremek,
"El marginado", en Le-Goff et al., El hombre medieval, Madrid,
Alianza Editorial, 1990, págs. 364-365.
26 Documentos para la
historia de San Jerónimo, selección hecha por el profesor Víctor Álvarez Morales
con la colaboración de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad de Antioquia con
el programa adelantado por Turantioquia, Medellín, marzo de 1986. (Mecanografiado).
El texto transcrito en A.H.A. vol. 343, doc. 6538, fs. 34v-36v. (Las cursivas son del
autor).
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