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Los
nombres de la patria
Mambrú
R. H. Moreno-Durán
Editorial Santillana, Santafé de Bogotá, 1996, 299 págs.
En las últimas páginas de la novela,
Vinasco, el historiador que ocupa el centro del texto novelístico desde todas sus
perspectivas, dice que "en nuestro país ficción es el nombre que los
escépticos le dan a los golpes con que en vano intenta despertarnos el rigor de lo
cotidiano". La lectura rápida puede ver en esta sentencia una declaración de
intenciones, porque una posible interpretación del conjunto puede ser ésa: el de un
llamado a encarar lo real, a afrontar la historia de Colombia, pasada y presente,
actividad que no suele ser usual ni bienvenida.
Mambrú es, entre otras cosas, una
invectiva feroz contra la idiosincrasia nacional, conocida de todos pero rechazada de
nadie. La cadena de denuestos se hace más ácida en cuanto son varias voces las que la
proclaman. La repugnancia entrega sabiduría a las voces: los hombres, los participantes
del Batallón Colombia en la guerra de Corea, atracan en sus momentos más lúcidos cuando
la emprenden contra la inexorable estupidez del político colombiano (la cual, como por
arte de obediencia filial, comparten todos los organismos poderosos del sistema, desde los
próceres hasta los tenientes más cercanos) y también del colombiano medio, aquel que,
persiguiendo becas y otras promesas gringas, juzgó que venir "desde el culo del
planeta a luchar y morir por lo que en nuestro país no teníamos" era menos grave
que permanecer allá, en la inmensa cloaca nacional, para morir sin luchar a manos de
cualquier asaltante en cualquier calle de cualquier gran monstruo urbano, o cortado a
machete entre dos pueblos inencontrables, víctima de la violencia política que el
régimen podrido de Laureano Gómez intentaba callar con más violencia. "La patria
se me transformaba en un perro callejero y rabioso", se lee en alguna de las páginas
iniciales.
Es éste, pues, el marco histórico del
texto de ficción. Lo que sobre él construye Moreno-Durán es de una solidez durable, y
lo hace con gran dominio de un tono que practica quizá desde sus primeras novelas. La
contraportada no miente, al mencionar la "polifonía de voces que al ser oídas a
través del tamiz del historiador se convierten en una sola voz, rica en matices e
intimidades". Moreno-Durán ha sabido escoger la técnica y la estructura que mejor
convenían a su materia narrativa (quizá desde Bajtin sabemos que ésta es la única
forma de que un trabajo de ficción resulte exitoso). Ha dividido su obra en seis partes,
que comprenden a su vez seis voces, y que están rodeadas, además, por la del
historiador. Las voces de los combatientes (soldados, tenientes, militares todos, todos
carne de cañón, estafados de la historia) responden a la entrevista: le hablan al
historiador, Vinasco, el hombre que se ha conocido en el ámbito nacional por la
presentación de tesis controvertidas acerca de la guerra de Corea y de todos los
conflictos internacionales en que ha participado Colombia, desde la guerra con el Perú en
tiempos de Olaya Herrera hasta la guerra diminuta del canal de Suez. No sé si ello sea
una novedad en la narrativa de Moreno-Durán: no recuerdo, al menos, la presentación de
otro personaje que, desde la primera línea y hasta la última, logre guardar el mismo
estado de lucidez. El historiador Vinasco lo hace, y el que esa lucidez desentone y
resalte en este país de locos no debe sorprender a nadie, menos aún cuando viene escrita
en cursiva.
El lector tiene, entonces, las voces de
los combatientes, que actúan a través de la memoria, y narran ese remoto acontecimiento:
su participación en la guerra de Corea. Cada una de las seis partes está encabezada y
seguida por la voz añadida del historiador que, además de sumarse al recuerdo colectivo,
narra el tiempo presente, y ésta es su esencia: el viaje por avión del presidente
Virgilio Barco a Seúl en 1987. De manera que la estructura paralela es evidente: por
arriba viaja el presente, en avión; viaja Vinasco, el hijo, y viaja por el cielo. Por
abajo viaja el pasado, en barco; viaja Vinasco, el padre, el teniente muerto en
circunstancias confusas durante la guerra, y viajan todos los colombianos enviados por
Laureano Gómez a pelear una guerra ajena: y éstos viajan hacia el infierno, que parece
ser el nombre más adecuado de la guerra.
La única manera de no recordar la Eneida
y
la Comedia es no haber leído jamás la Eneida y
la Comedia.
(Aunque ambos poemas son de aquéllos que para conocer no es necesario haber leído).
Porque, de alguna manera o de muchas, la novela sostiene, a través de toda su existencia,
un llamado cultural a Dante o al Eneas que baja a los infiernos. En Vinasco, el
historiador, se reúnen ambos: Dante baja, como Vinasco, de la mano de Virgilio; Eneas
baja, como Vinasco, en busca de su padre muerto. Creo que Dante es un historiador, a su
modo, pues es el recopilador de una lengua y, por lo tanto, de toda una cultura que devora
y rinde al papel a través de sus tercetos infinitos.
Vinasco cruza los cielos y desciende al
infierno de la mano de Virgilio, con el propósito detonante de perseguir una revelación
(epifanía)
sobre la muerte de su padre. "¿Descansaba en realidad
debajo de una lápida? ¿Qué fantasma habitaba entonces ese ataúd al que cubrieron de
banderas y medallas, al que rodearon oficiales y diplomáticos el día en que, ante el
incomprensible mutismo de mi madre, se celebró la parodia de su velatorio? ¿Murió en
acto de guerra? ¿Fue asesinado? ¿Por qué y por quién?". El lector debe entender
que esta revelación es, por supuesto, el momento particular que desencadena el general,
la revelación sobre la guerra, la más amplia constatación de la futilidad de ese acto
arquetípico de estupidez. Para Eneas, la revelación fue su destino: la guerra para
fundar un pueblo, el pueblo romano, el elegido para imperar, años después, bajo el
gobierno preclaro de Octavio Augusto. Toda la epopeya tiene, en cuanto a lo inmediato y
evidente, ese fin temible: ser un canto al pueblo latino y al emperador que amaba a
Virgilio. Sólo la pluma genial del poeta podía rescatarla para hacerla el libro que
Borges, pensando en Leibniz, consideró acaso perfecto.
Para Vinasco, de otro lado, la
revelación es contraria: no la condonación, sino la condena de la guerra; no la
apoteosis del pueblo latino, sino la compasión (en unos casos) y el desprecio (en muchos
otros) del pueblo colombiano. Pues al final las circunstancias de la muerte de su padre
quedan sin esclarecer, las preguntas quedan sin respuesta. El desencanto (la "ruptura
del encanto") es el leitmotiv funcionante al final, como durante toda la
novela. El surgimiento de una sugerencia, la de la homosexualidad del padre, hace que
sintamos más profundamente el drama del historiador: su padre, que ha sido condecorado
después de muerto como héroe nacional, cuya muerte en el campo de batalla se ha
adjetivado hasta el cansancio hasta el punto de merecerle al historiador el
calificativo de hijo de héroe que, irónicamente, es su pasaporte para viajar al
lado de Virgilio, ese ilustre patriota, resulta ahora, que puede haber sido
vulgarmente asesinado por uno de sus soldados dentro de un lío confuso que no es
propiamente de faldas: pues el teniente Vinasco y el capitán Guerrero eran los únicos
militares que nunca estaban acompañados de mujeres en los míticos burdeles orientales.
Recuerdo que en Conversación en la catedral,
una novela admirada por
Moreno-Durán, Zavalita se entera de la homosexualidad de su padre, y ello contribuye
fuertemente a su situación novelesca. Que el llamado a los textos clásicos es una
parodia, queda subrayado por estas imágenes prosaicas: desde la más inocente de todas,
aquélla en la que directamente se compara al Virgilio latino con el presidente
colombiano, el desencanto es patente: "Su blanco cabello y su endeble figura me
hicieron recordar la primera frase que el poeta le dirige, en los umbrales del infierno:
¿Eres tú aquel Virgilio y esa
fuente / de quien brota el caudal de la elocuencia?"
No, el Virgilio del presente no será
capaz de llevar de la mano al poeta: terminará con el intestino perforado en un hospital
de Corea. Sin embargo, si bien el Alighieri no encontrará a Beatrice, la imagen femenina
salva lo que queda de su emoción: más allá del desinterés por las respuestas tras las
que ha entrevistado a tantos veteranos y leído tantos libros y hecho tantas preguntas, la
imagen más sólida de su mundo (el mundo del historiador, al que ha renunciado para dar
una versión distinta de la oficial) es la del sexo de una mujer hermosa, vislumbrado en
el momento en que ella resbala y él la ayuda a levantarse. La certeza de lo femenino que
se opone a la ambigüedad del mundo es un tema recorrido en Moreno-Durán. Esta mujer,
Lavinia, que es testigo importantísimo del último estado mental, y quizá la única que
logra comprenderlo: "Ha notado que mi emoción no existe, que soy más frío que esa
triste y desamparada cruz donde sólo hay un nombre y un par de fechas".
Así, desde el punto de vista
estructural, la novela otorga una favorable impresión de rigidez, y la llamaría
impecable de no ser por un hecho que puedo achacar a mi entendimiento. De las seis partes
en que se divide el texto, cinco comienzan y terminan con la misma voz: la de Galíndez en
el primero, la de Insignares en el segundo, etc. Pero no así la cuarta, que comienza con
Baena y termina con Galíndez. Si me detengo en lo que para muchos puede ser una mera
curiosidad crítica, es porque la forma, se ha comprobado de un tiempo para acá, no es
sólo un capricho del autor, sino que obra como un coagulante poderoso y además trabaja
en la mente del lector para crear la coherencia necesaria: la coherencia que necesita
quien se aproxima por primera vez a un texto que el autor ya frecuenta desde hace varios
años. Los matices con que las visiones independientes de los diversos narradores
enriquecen la trama mantienen vivo el interés; al ser filtrados por la voz del
historiador, adquieren un tono homogéneo, en una especie de licencia literaria que
favorece, imagino, la legibilidad del texto. ¿Es a eso a lo que se refiere el historiador
cuando dice que "la única licencia que me he permitido es la de revisar la prosodia
de las confidencias", pues "no haberlo hecho así habría dado por resultado una
mescolanza de jergas, localismos, frases hechas"? De cualquier forma, todas las voces
comparten el mismo afán nombrador que ya le conocíamos a Moreno-Durán: su
inventiva, que llega a parecer inagotable, no está hecha para satisfacer a todos los
lectores, pues al final de Mambrú, cuando los apodos de hombres y lugares se
siguen repitiendo, hay la sensación de que lo que empezó con hilarantes juegos de
palabras termina con el cansancio y la monotonía de los malos chistes, y quien no conozca
otros trabajos pensará con razón que el autor ha agotado sus procedimientos
humorísticos. Los apodos acosan a los personajes (el bachiller, el ensimismado, pero
también Arsieso, el Altísimo, Chul Av Ita y Ca Chip Orro), y a los sitios geográficos
(la Chimba, la primera Dama). Este afán se compadece, quizá, con el aire paródico de
que se busca impregnar toda la acción.
Señalé brevemente el hecho de lo
prosaico en la novela. Es, sin duda, dentro del ambiente de desprecio y denuesto salvaje
que corre, justísimamente, por las páginas, un aspecto capital. Para destruir el mito de
la patria, Moreno-Durán pasa primero por la destrucción de sus clases: la de los
dirigentes, que desde Bolívar hasta el futuro presidente César Augusto, pasando por
Rojas Pinilla y Laureano Gómez, es ferozmente satirizada; la de los dirigidos, amplísimo
grupo de violentos en acción o en potencia, dueños de una historia de asesinatos y
forjadores de otra igual; y la de los militares, que por el propósito de la novela
merecen ser tenidos aparte: aquellos hombres tristes que huyeron de Colombia por razones
que no excluyeron el simple crédito a las promesas de los Estados Unidos, y que tras la
guerra se encontraron apátridas y despreciados, y llegaron a su patria para ser muertos
por cualquier loco o volverse locos ellos mismos; o que, en una decisión que parecerá
afortunada, permanecieron en el oriente, y escaparon al vacío inmenso que les esperaba en
la patria inexistente.
Hay episodios que, queriendo escapar del
tono general de desencanto, son dramáticos pero hermosos, como la muerte de Andrade; hay
el mérito de una investigación notable y que ha sido disuelta con gracia en la prosa;
hay el abuso de los procedimientos humorísticos ya enunciado, pero también hay el estilo
seguro; hay la invasión constante de los personajes de otros libros, lo cual es
testimonio, si no de otra cosa, por lo menos del espíritu lúdico del autor. Diré que la
novela proporciona una magnífica lectura, que es rica la dureza con que la emprende
contra esto que se insiste en llamar la patria, y
que literariamente
trasciende, como era evidente, el aspecto histórico. No es usual que de esta mezcla entre
Dante y sodomía, promiscuidad y Virgilio, salga un texto coherente.
JUAN GABRIEL VÁSQUEZ
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