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Los
personajes de este libro inspiran lástima pero no cautivan por su dolor
Maldito amor
Jorge Franco Ramos
Ediciones Universidad Central, Santafé de Bogotá, 1996, 173 págs.
Bertrand Russell, en el prefacio de Los
caminos de la libertad, decía: "Optimista es en la actualidad el hombre que
juzga posible que el mundo no se eche a perder aún más"
¿Sería demasiado exagerado afirmar que
sustituyendo mundo por amor en tal frase se tendría una visión aproximada
de Maldito amor?
Es cierto: uno ha sido advertido por el
título que no debe esperar un happy end... pero aun así hay algo que resulta
molesto en este libro.
La contraportada afirma: "La
tragedia de amar en dieciséis relatos apasionados, tormentosos y despechados".
¿Amar? ¿Realmente amar?... ¿O será acaso dolor por no ser amado?
Veamos el libro. Sí, allí están las
historias... y allí está la tristeza. Aun sabiendo que hablando de un personaje fuera
del relato se le mutila descaradamente, pasemos revista a algunas de las características
de los habitantes de estas páginas: la alcoholizada actriz y su fracasado director; el
burócrata que navega en el río del complejo de Edipo; el adolescente que ve por primera
vez una película pornográfica (o lo que es lo mismo: el sexo sin encajes), el cansancio
de los amantes por los años; la prostituta condenada que descubre cuán cerca tuvo el
amor que dejó ir; la asesina en serie de "amantes no enamorados", el travestí
que busca desesperadamente a una mujer que pueda amarlo tal cual es. En fin, aparentemente
nada que pueda quitarle el título de "maldito".
La concepción del amor ha cambiado, de
eso no cabe duda. Hoy tenemos una reclamación que hacerle a Shakespeare: mató a sus dos
jóvenes amantes de Verona antes que comenzara la verdadera historia... Desheredados, en
la miseria, ¿habría sobrevivido su amor la fase inicial del "encandilamiento"?
¿Habría Romeo soportado un "trabajo de villanos" únicamente para tener a su
amada durmiendo a su lado por las noches? ¿Habría Julieta aguantado más que un par de
meses el tener que cocinar ella misma, y su exilio perpetuo de los bailes de disfraces?
Hoy muchos somos plenamente conscientes
de que a Romeo no le tocaron las depresiones de su cónyuge, ni a Julieta los ronquidos de
su esposo... pero aún así sigue resultando molesto Maldito amor.
No es un mal libro, eso hay que dejarlo
bien claro. Hay talento allí: un talento que no sólo crea atmósferas propicias para el
nacimiento del dolor, sino que es capaz de hacer sentir en muchos casos ese dolor tan
palpable como un golpe propio. Ganó el premio nacional de narrativa Pedro Gómez
Valderrama, y en su estilo se lo merece. Más aún que la "imaginación
realista" que se le adjudica, es "irreal pero posible": así como hay
personajes dentro de estas páginas cuya historia bien podría ser la de personas que uno
conoce (a quienes, por cierto, no nos hemos atrevido a preguntar); hay otros, como la
bella "Carmita la camionera", que resultan mágicos pero no por completo
desterrados de la realidad.
Y así como no es su técnica narrativa
la que podría ser causa de una reclamación, tampoco puede serlo la amargura de sus
personajes. Borges decía en una entrevista: "Yo mismo tengo la impresión de que
todo lo que me sucede, incluso el infortunio, sobre todo el infortunio, me son dados para
que yo los cambie en algo, y por eso hay una gran literatura del infortunio y no de la
felicidad, que yo sepa... Porque la felicidad es un fin en ella misma, mientras que el
infortunio debe transformarse en otra cosa...Esa cosa, entonces, es el arte".
No, no es la infelicidad lo que molesta:
es la falta de transformación.
A veces Jorge Franco Ramos utiliza el
humor negro con mucho ingenio... con tanto ingenio, que puede ocasionar en el lector
reflexiones más profundas que la simple sonrisa:
Mamá mató a papá. Lo enterró
cuando él la abandonó. Tuvo la osadía de buscarse un cementerio y colocar allí una
lápida con su nombre. Yo no entendía por qué los domingos nos mandaba a ponerle flores
y, en la puerta del mismo cementerio, siempre nos esperaba él para llevarnos después a
comer helados.
Te pusimos flores, papá le decíamos.
Las flores son para los muertos decía él.
¿Tú no estás muerto, papá?
No. Yo no estoy muerto. Tu madre fue la que me mató. [pág. 34]
Tal como les sucede a ciertos personajes
entre sus páginas, el libro mismo nos seduce, por una noche o por una semana nos seduce,
y después se va sin que su ida nos deje una sensación más consistente que un recuerdo.
¿Por qué? No se me ocurre otra explicación distinta de que sus personajes no
evolucionan más allá del concepto que ya teníamos del amor.
No sería justo culpar al libro; habría
más bien que culpar a la época. Aparentemente cuando se habla de amor sólo hay dos
visiones: una que es una amalgama entre frases cursis y "pajaritos preñados";
otra que gira en espiral sobre la imposibilidad del amor y que sustituye la preñez de los
pajaritos por la sonrisa del cínico, dolorosa pero infértil.
Sí, los personajes de este libro sufren,
pero eso no basta para hacerlos "amantes" en el sentido más antiguo del
término. "Aquel que ama"... pues el amor es ante todo una decisión que, en
última instancia, conlleva una elección entre el bienestar propio y el del ser amado.
Este libro puede considerarse
antirromántico, pero no sólo frente a esa concepción filtrada (y en buena parte
castrada) de nuestra época, sino también en relación con la concepción mucho más
oscura (y más poderosa) que tuvo el movimiento romántico del siglo XIX.
Thomas Mann, a propósito del
romanticismo, afirmaba: "Lo romántico es un fruto de la vida, pero engendrado por la
muerte y preñado de muerte". Aquí, entre las páginas de Maldito amor, está
la muerte (no falta, pues, ese "otro lado" sin el cual la moneda no es más que
una mancha sobre el piso), pero aun así no es éste un libro romántico, pues le falta un
componente vital para adquirir tal distinción: el heroísmo... anteponer a la
autocompasión el exclamar con fuerza: "Sí, sufro: Ése es mi orgullo, pues no es
sólo justo sino digno".
Ésa, al final, es la reclamación que
uno puede hacerles a los personajes de este libro, la razón de que inspiren lástima pero
no cautiven en su dolor: anteponen ser amados a amar; utilizan la fórmula mágica de
nuestra cultura y con el intercambio alquímico de un par de letras sustituyen heroísmo
por egoísmo.
Se niegan a aprender.
Henry Miller, en Sexus, decía:
"El hombre cuya grandeza de corazón lo conduce a la locura y a la ruina es
irresistible para una mujer. Es decir, para la mujer que ama. Por lo que se refiere a los
que sólo piden que se les ame, que sólo buscan su propio reflejo en el espejo, ningún
amor, por grande que sea, los satisfará. En un mundo tan hambriento de amor, no es de
extrañar que los hombres y las mujeres se vean cegados por el encanto y el brillo de sus
yoes reflejados. No es de extrañar que el disparo de un revólver sea la última
citación. No es de extrañar que las ruedas trituradoras del metro, a pesar de cortar en
pedazos el cuerpo, no precipiten el elíxir del amor. En el prisma egocéntrico la
víctima se ve aprisionada por la propia luz que refracta. El yo muere en su jaula de
cristal...".
Sí, esa es la gran reclamación que
puede hacerse a este libro con base en su propio tema: es simplemente demasiado
contemporáneo.
ANDRÉS GARCÍA LONDOÑO
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