Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 46.   Volumen XXXIV - 1997 - editado en 1998
 

Este fue un libro muy valiente


Entre la libertad y el miedo
Germán Arciniegas
Planeta, Colección Lista Negra, Santafé de Bogotá, 1996, 536 págs.


La novedad de este libro, publicado por vez primera en 1952, consiste en que aparece ahora —también por vez primera— ante los ojos del grueso de los lectores colombianos. En su tiempo, la censura hizo su agosto, y lo que nos entrega hoy Arciniegas es la ruina de lo que fuera en sus días un documento periodístico fundamental, junto con el olvido de los cadáveres que no alcanzó a evitar con su bienhechora influencia de medio siglo atrás. Ya ni la historia de un escándalo salva estas páginas; nos interesa apenas como documento histórico, y no tanto por la historia de su prohibición en sí misma, puesto que no es un libro tan escandaloso como lo pudo haber sido el del profesor Socarrás acerca de la patología clínica de Laureano Gómez —publicado ahora en esta misma colección—, que registró algún día una ya legendaria recogida total de la primera edición.

Más bien cabe señalar que Entre la libertad y el miedo fue en su tiempo un récord absoluto para un libro colombiano. Tuvo el raro mérito de aparecer primero en inglés y luego, poco a poco, en casi todos los idiomas del mundo. Hoy por hoy, hace tantos años olvidado, sigue siendo uno de los libros colombianos más traducidos a otros idiomas. Tuvo el mérito adicional de ganarle a su autor un exilio en prácticamente toda Latinoamérica, empezando por su suelo natal, e incluso le valió una noche de cárcel en Nueva York —recordemos que también era la época de MacCarthy—.

Lo menos que se puede decir de él es que es (o fue) un libro muy valiente. Una denuncia que nadie le estaba pidiendo al autor, un testimonio del valor de un demócrata convencido, amén de escritor consagrado. Por lo demás, contribuyó como nada a orientar a la opinión pública europea acerca de los dictadorzuelos latinoamericanos y acaso —me atrevo a decirlo— cristalizaría en la "leyenda negra" que daría luego origen a una nidada de proyectos literarios, desde El señor presidente de Asturias, pasando por el Patriarca de García Márquez, hasta La novela de Perón o Santa Evita de Tomás Eloy Martínez. "Por el libro de Arciniegas —escribió Haya de la Torre— Europa sabe hoy que los tiranos de allende y aquende la cortina de hierro son iguales". Lo que fue esa acuciante denuncia ante el mundo podría resumirse en frase del propio Arciniegas (pág. 52): "El hecho fundamental en que se afirman hoy los gobiernos de facto o las simples dictaduras está en un juego de palabras que les permite mantener las apariencias de un sistema democrático libre en las fórmulas para la exportación internacional, combinado con un despotismo efectivo en el régimen interno". Esto es, el método de Goebbels: "decir una mentira tan grande que sea imposible discutirla".


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Sin duda, la imagen de Perón que forjó Arciniegas ante el mundo contribuyó como nada a sembrar dudas acerca de esos dos personajes entre cómicos, folclóricos y siniestros, que fueron Perón y Evita (la historia de una pesadilla, llama Arciniegas al episodio) y, cómo no, puede ser citado entre las fuentes primitivas de la ópera de Andrew Lloyd Weber que hoy vuelve a asombrar al mundo en una nueva y controvertida mise-en-scène.

Evita se apodera insensiblemente del lector: "La personalidad histórica de Perón no tiene nada único: pertenece a la familia de los dictadores pasados y presentes. Eva, Evita, en cambio, individualiza el caso argentino". Los aficionados al rastreo histórico podrían comparar a Evita con Teodora, la mujer de Justiniano, aunque Arciniegas prefiere compararla con Encarnación Ezcurra, la mujer del dictador Rosas, inmortalizada en la Amalia de José Mármol, a mediados del siglo XIX. ¿Cuáles son las ideas de Evita? Muy simples: "Todo se reduce a sustituir el imperio de las instituciones por el de su marido, o por el suyo". La verdad, que se desprende de sus discursos, no es que cantara dulcemente Don’t cry for me, Argentina, sino que bajo el manto de cierto resplandor angelical manejaba un lenguaje cuartelario y soez, peor que el de cualquier sargento... Sus discursos —recuerda Arciniegas— eran populacheros e incendiarios. De estas páginas nos surge casi la certidumbre de que los tenebrosos militares argentinos de los años setenta fueron herederos directos de ese mismo Perón que acababa de morirse en 1974.

Me acaricia la tentación de reafirmar el lugar común de que este libro no ha perdido actualidad. Por el contrario, la ha perdido tanto, que su lectura resulta fastidiosa, siquiera como documento histórico. El mundo, desde entonces, ha cambiado muchísimo. Páginas y páginas destinadas a demostrar que, llámense Perón o Rojas Pinilla o Trujillo, o Laureano Gómez, o Pérez Jiménez, o Somoza, u Odría, fueron horrendos tiranos, ya no nos producen ni una risa compasiva. Ni siquiera se puede decir que ahora reine idéntico tirano, pero bajo otro nombre. El perfil de la tiranía, cincuenta años después, ha cambiado por completo de máscara, más sutil, si así lo queremos. El Patriarca de entonces reinaba, en medio de cuartelazos, descabezamientos, supresión de partidos democráticos, torturas degradantes unas, o algo cómicas, otras, como la de aquellos espectadores que fueron obligados, como en La naranja mecánica, a ver repetidas veces, hasta la madrugada, un mismo corto en un cine bogotano, por haber chiflado al Rojas Pinilla que aparecía en la pantalla.

La denuncia de infiltración de los esbirros de Hitler en nuestros países ya forma parte de un repertorio histórico trasnochado. Si acaso tenga actualidad alguna frase suelta que proclama verdades de a puño como esta: "La censura en Colombia tiene el aspecto bastante sucio de una competencia periodística".

Entre la libertad y el miedo fue un libro de combate en los años 50; como tal conoció sucesivas ediciones, llenas de los cambios del día a día, e incluso una revisión muy posterior, para informar sucintamente de lo que ocurrió posteriormente en cada país. Hoy es un libro histórico más que periodístico, como lo señala el autor en el magnífico prólogo de 1988, acaso lo más rescatable de esta nueva edición.

Observaciones agudas, y ya clásicas, ayudarían a llenar un documento con frases célebres de Arciniegas:

"Para Juan Vicente, Venezuela era su hato".
"Se ha creído que Bolivia está edificada sobre una mina de estaño. Está sobre una mina de pólvora". "Desde el día en que el Paraguay proclamó su independencia, pesa sobre su destino un dilema: o Buenos Aires o el infierno. Que el Paraguay exista como nación indica que ha optado por el segundo término".
"La novela latinoamericana es en lo general un documento más exacto que la historia".

De resto, Arciniegas se complace en las exageraciones de siempre: "Las mujeres bien vestidas que se ven en París son argentinas". Por otro lado, atribuye la manera como se desató la violencia en Colombia a la presencia subrepticia de falangistas españoles.

El libro predice la actual tragedia venezolana, cuando Uslar Pietri aconsejaba: "Tenemos que sembrar el petróleo"; pero no, la historia demostró que se lo comieron en ayacas y en burocracia y se quedaron en un atraso que tiene el patetismo de quien ha conocido días de pasado esplendor. Arciniegas nos prodiga imágenes atroces de Bolivia: "Cuando hay revueltas en La Paz, acuden en silencio a ver meciéndose de los faroles de la plaza mayor los cuerpos de los ahorcados. Del ‘taita’ presidente que se fue al otro mundo". Otras sentencias, son de magnífica ironía, como esta sobre el Perú: "En rigor hay una libertad de prensa: la de los sobrevivientes". Señala también, de manera muy particular, lo que será el destino de nuestros partidos tradicionales durante la segunda mitad del siglo XX: "Los liberales dirigentes se han retirado a esperar que las ambiciones personales hagan que los conservadores se coman unos a otros".

No hacen falta, como era de esperarse, los violentos ataques contra Laureano Gómez: difamador de Santander —lo llama—, despotricador de la geografía patria, de la raza, bastión de Hitler y Mussolini. Llama la atención, sí, cómo en una primera edición, que por suerte se ha conservado aquí intacta, dice que Rojas Pinilla es "un hombre sencillo, un ingeniero, un hombre que inspira confianza". Claro, significaba en el momento haber salido de Laureano; pero años después la arremetida será aún peor contra el segundo que contra el primero. Pareciera que a los buenos presidentes simplemente hubiera que darles tiempo para demostrar que no lo son.

Me parece, en cualquier caso, que no deja de ser refrescante reseñar hoy un libro de mediados del siglo, de una época en la que los libros eran todavía interesantes.

LUIS H. ARISTIZÁBAL