Este fue un
libro muy valiente
Entre la libertad y el miedo
Germán Arciniegas
Planeta, Colección Lista Negra, Santafé de Bogotá, 1996, 536 págs.
La novedad de este libro, publicado por
vez primera en 1952, consiste en que aparece ahora también por vez primera
ante los ojos del grueso de los lectores colombianos. En su tiempo, la censura hizo su
agosto, y lo que nos entrega hoy Arciniegas es la ruina de lo que fuera en sus días un
documento periodístico fundamental, junto con el olvido de los cadáveres que no alcanzó
a evitar con su bienhechora influencia de medio siglo atrás. Ya ni la historia de un
escándalo salva estas páginas; nos interesa apenas como documento histórico, y no tanto
por la historia de su prohibición en sí misma, puesto que no es un libro tan escandaloso
como lo pudo haber sido el del profesor Socarrás acerca de la patología clínica de
Laureano Gómez publicado ahora en esta misma colección, que registró algún
día una ya legendaria recogida total de la primera edición.
Más bien cabe señalar que Entre la
libertad y el miedo fue en su tiempo un récord absoluto para un libro colombiano.
Tuvo el raro mérito de aparecer primero en inglés y luego, poco a poco, en casi todos
los idiomas del mundo. Hoy por hoy, hace tantos años olvidado, sigue siendo uno de los
libros colombianos más traducidos a otros idiomas. Tuvo el mérito adicional de ganarle a
su autor un exilio en prácticamente toda Latinoamérica, empezando por su suelo natal, e
incluso le valió una noche de cárcel en Nueva York recordemos que también era la
época de MacCarthy.
Lo menos que se puede decir de él es que
es (o fue) un libro muy valiente. Una denuncia que nadie le estaba pidiendo al autor, un
testimonio del valor de un demócrata convencido, amén de escritor consagrado. Por lo
demás, contribuyó como nada a orientar a la opinión pública europea acerca de los
dictadorzuelos latinoamericanos y acaso me atrevo a decirlo cristalizaría en
la "leyenda negra" que daría luego origen a una nidada de proyectos literarios,
desde El señor presidente de Asturias, pasando por el Patriarca de García
Márquez, hasta La novela de Perón o Santa Evita de Tomás Eloy Martínez.
"Por el libro de Arciniegas escribió Haya de la Torre Europa sabe hoy
que los tiranos de allende y aquende la cortina de hierro son iguales". Lo que fue
esa acuciante denuncia ante el mundo podría resumirse en frase del propio Arciniegas
(pág. 52): "El hecho fundamental en que se afirman hoy los gobiernos de facto o las
simples dictaduras está en un juego de palabras que les permite mantener las apariencias
de un sistema democrático libre en las fórmulas para la exportación internacional,
combinado con un despotismo efectivo en el régimen interno". Esto es, el método de
Goebbels: "decir una mentira tan grande que sea imposible discutirla".
Sin duda, la imagen de Perón que forjó Arciniegas ante el mundo contribuyó como nada a
sembrar dudas acerca de esos dos personajes entre cómicos, folclóricos y siniestros, que
fueron Perón y Evita (la historia de una pesadilla, llama Arciniegas al episodio) y,
cómo no, puede ser citado entre las fuentes primitivas de la ópera de Andrew Lloyd Weber
que hoy vuelve a asombrar al mundo en una nueva y controvertida mise-en-scène.
Evita se apodera insensiblemente del
lector: "La personalidad histórica de Perón no tiene nada único: pertenece a la
familia de los dictadores pasados y presentes. Eva, Evita, en cambio, individualiza el
caso argentino". Los aficionados al rastreo histórico podrían comparar a Evita con
Teodora, la mujer de Justiniano, aunque Arciniegas prefiere compararla con Encarnación
Ezcurra, la mujer del dictador Rosas, inmortalizada en la Amalia de José Mármol,
a mediados del siglo XIX. ¿Cuáles son las ideas de Evita? Muy
simples: "Todo
se reduce a sustituir el imperio de las instituciones por el de su marido, o por el
suyo". La verdad, que se desprende de sus discursos, no es que cantara dulcemente Dont
cry for me, Argentina, sino que bajo el manto de cierto resplandor angelical manejaba
un lenguaje cuartelario y soez, peor que el de cualquier sargento... Sus discursos
recuerda Arciniegas eran populacheros e incendiarios. De estas páginas nos
surge casi la certidumbre de que los tenebrosos militares argentinos de los años setenta
fueron herederos directos de ese mismo Perón que acababa de morirse en 1974.
Me acaricia la tentación de reafirmar el
lugar común de que este libro no ha perdido actualidad. Por el contrario, la ha perdido
tanto, que su lectura resulta fastidiosa, siquiera como documento histórico. El mundo,
desde entonces, ha cambiado muchísimo. Páginas y páginas destinadas a demostrar que,
llámense Perón o Rojas Pinilla o Trujillo, o Laureano Gómez, o Pérez Jiménez, o
Somoza, u Odría, fueron horrendos tiranos, ya no nos producen ni una risa compasiva. Ni
siquiera se puede decir que ahora reine idéntico tirano, pero bajo otro nombre. El perfil
de la tiranía, cincuenta años después, ha cambiado por completo de máscara, más
sutil, si así lo queremos. El Patriarca de entonces reinaba, en medio de cuartelazos,
descabezamientos, supresión de partidos democráticos, torturas degradantes unas, o algo
cómicas, otras, como la de aquellos espectadores que fueron obligados, como en La
naranja mecánica, a ver repetidas veces, hasta la madrugada, un mismo corto en un
cine bogotano, por haber chiflado al Rojas Pinilla que aparecía en la pantalla.
La denuncia de infiltración de los
esbirros de Hitler en nuestros países ya forma parte de un repertorio histórico
trasnochado. Si acaso tenga actualidad alguna frase suelta que proclama verdades de a
puño como esta: "La censura en Colombia tiene el aspecto bastante sucio de una
competencia periodística".
Entre la libertad y el miedo fue
un libro de combate en los años 50; como tal conoció sucesivas ediciones, llenas de los
cambios del día a día, e incluso una revisión muy posterior, para informar sucintamente
de lo que ocurrió posteriormente en cada país. Hoy es un libro histórico más que
periodístico, como lo señala el autor en el magnífico prólogo de 1988, acaso lo más
rescatable de esta nueva edición.
Observaciones agudas, y ya clásicas,
ayudarían a llenar un documento con frases célebres de Arciniegas:
"Para Juan Vicente, Venezuela era
su hato".
"Se ha creído que Bolivia está edificada sobre una mina de estaño. Está sobre una
mina de pólvora". "Desde el día en que el Paraguay proclamó su independencia,
pesa sobre su destino un dilema: o Buenos Aires o el infierno. Que el Paraguay exista como
nación indica que ha optado por el segundo término".
"La novela latinoamericana es en lo general un documento más exacto que la
historia".
De resto, Arciniegas se complace en las
exageraciones de siempre: "Las mujeres bien vestidas que se ven en París son
argentinas". Por otro lado, atribuye la manera como se desató la violencia en
Colombia a la presencia subrepticia de falangistas españoles.
El libro predice la actual tragedia
venezolana, cuando Uslar Pietri aconsejaba: "Tenemos que sembrar el petróleo";
pero no, la historia demostró que se lo comieron en ayacas y en burocracia y se quedaron
en un atraso que tiene el patetismo de quien ha conocido días de pasado esplendor.
Arciniegas nos prodiga imágenes atroces de Bolivia: "Cuando hay revueltas en La Paz,
acuden en silencio a ver meciéndose de los faroles de la plaza mayor los cuerpos de los
ahorcados. Del taita presidente que se fue al otro mundo". Otras
sentencias, son de magnífica ironía, como esta sobre el Perú: "En rigor hay una
libertad de prensa: la de los sobrevivientes". Señala también, de manera muy
particular, lo que será el destino de nuestros partidos tradicionales durante la segunda
mitad del siglo XX: "Los liberales dirigentes se han retirado a esperar que las
ambiciones personales hagan que los conservadores se coman unos a otros".
No hacen falta, como era de esperarse,
los violentos ataques contra Laureano Gómez: difamador de Santander lo llama,
despotricador de la geografía patria, de la raza, bastión de Hitler y Mussolini. Llama
la atención, sí, cómo en una primera edición, que por suerte se ha conservado aquí
intacta, dice que Rojas Pinilla es "un hombre sencillo, un ingeniero, un hombre que
inspira confianza". Claro, significaba en el momento haber salido de Laureano; pero
años después la arremetida será aún peor contra el segundo que contra el primero.
Pareciera que a los buenos presidentes simplemente hubiera que darles tiempo para
demostrar que no lo son.
Me parece, en cualquier caso, que no deja
de ser refrescante reseñar hoy un libro de mediados del siglo, de una época en la que
los libros eran todavía interesantes.
LUIS H. ARISTIZÁBAL
|