Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 46.   Volumen XXXIV - 1997 - editado en 1998
 

Made in Oxford vs. Henao & Arrubla


Entre la legitimidad y la violencia. Colombia 1875-1994
Marco Palacios
Editorial Norma, Colección Vitral, Santafé de Bogotá, 1995, 386 págs.


Al igual que las antologías poéticas, los libros que tratan de recorrer todo un espectro histórico hasta llegar a nuestros días muestran por lo menos dos facetas totalmente distintas. El libro de Marco Palacios me ha recordado las antologías poéticas; desde luego, no por los temas ni por su tratamiento, sino porque, como las antologías poéticas, resulta muy claro y muy explicable todo al principio, y confusión y caos a medida que se acerca a la actualidad. Al igual que otros libros semejantes, se inicia en un pasado misterioso, que por lo lejano se hace más accesible. A medida que va llegando a nuestros días, Palacios se va metiendo más y más en vericuetos económicos y resbalones explicativos. Comienza con historia y se va llenando de economía, sindicatos, datos estadísticos, ante la imposibilidad de explicar lo que tal vez resulte inexplicable para cualquiera. Me pregunto, para no ir más lejos, ¿cómo acercarse al papel que ha desempeñado el narcotráfico en los últimos veinte o treinta años? ¿Cómo medir lo clandestino? ¿Cómo acercarse a algo de lo que sabemos únicamente que es demasiado poderoso? ¿Mediante sus efectos palpables y mensurables? No lo creo posible. El narcotráfico, y eso no es secreto para nadie medianamente agudo, es una variable que convierte en peligrosa mentira cualquier cálculo económico, los efectos del gasto público, los controles sobre la inflación, las cifras de desempleo, etc. Por otra parte, ¿hasta qué punto nuestra historia actual estará soterradamente "fabricada" por la intervención, abierta o soterrada, de los Estados Unidos?

Eso no quiere decir que Palacios eluda el análisis ni que a este libro —made in Oxford— le falten calidades ni descubrimientos prodigiosos que arrojan un poco de luz en la oscuridad. Me parece que es un excelente libro, y que como tal será una referencia obligada por lo menos para los próximos cincuenta años.

Se trata de una segunda parte de otro, elaborado a cuatro manos junto con Frank Safford (País fragmentado, pueblo dividido), que lleva el recuento de la historia de lo que hoy llamamos Colombia, hasta el año 1875. ¿Por qué empezar con 1875? Porque aquel año marcaría el principio del fracaso de la revolución liberal en Colombia.

Ahora bien: el formato es ensayístico, más que histórico, cómodo expediente para huir del cientificismo (cosa que apoyo), al cual debemos una formidable bibliografía comentada al final, que acaso sea lo mejor de toda la obra.

Una cosa era Colombia cuando tres cuartas partes del país estaban enteramente deshabitadas. "Antes que nada" —comenta el autor—, Colombia era un país de campesinos independientes [...] la gente nacía, trabajaba y moría dentro de un radio geográfico de unos cuantos kilómetros cuadrados".

La historia sigue los dictados del poder. La historiografía liberal sigue pasándole la cuenta de cobro al conservatismo (a la hegemonía conservadora, más exactamente). Algún día sucederá lo contrario. Me parece que sería bueno leer más a menudo historia conservadora, porque parece que estuviera de moda atacar con sevicia al conservatismo, o por lo menos así resulta en los últimos libros que he leído. ¿Será coincidencia? No intento defender al partido conservador, pero el caso se me empieza a parecer a alguna fábula de La Fontaine en la cual el burro la emprende a coces contra la piel del león muerto para no tener que enfrentar al león vivo. Simplemente tengo que empezar a constatar que cincuenta años de hegemonía liberal han hecho su fiesta sobre los despojos de la hegemonía conservadora de cincuenta años atrás. Simplemente me aterra que si la historia la escriben los vencedores, dentro de cincuenta años el liberalismo será la bestia negra de los descendientes del narcotráfico y la corrupción. Simplemente me parece de una esterilidad pasmosa cebarse, por ejemplo, en Laureano Gómez o en Miguel Antonio Caro, estatuas derruidas, o culparlos por lo que ahora tenemos, cosa a la que, debo advertirlo, no condesciende este libro, aunque no deja de llamarlos "coalición impía", ni logra evitar de cuando en cuando hacerlos blanco de unos dardos de tinte político que se avienen mal con la tarea de un historiador, y que suenan revanchistas o personales. Véase, por ejemplo, la página 67 de esta edición; véase la acusación a Álvaro Gómez de padecer del síndrome de Estocolmo; véanse olvidos imperdonables como la labor, en el campo económico, de financistas tan importantes como Esteban Jaramillo, aunque el autor debe reconocer un hecho consumado que tuvieron que capear los conservadores, y es que la política económica, a principios del siglo XX, tuvo que aceptar que los Estados Unidos eran la potencia hegemónica de las Américas, lo cual cuestionó y destruyó los nexos con la Gran Bretaña.

Por otra parte, el libro está repleto de enfoques y argumentaciones nuevos, estadísticas sugestivas, datos interesantes poco conocidos y, lo que es mejor, pertinentes. Si no de soluciones, por lo menos el libro es una descripción muy válida de síntomas y síntomas.

Palacios nos regala una crónica apasionante de cómo en Colombia el liberalismo ha absorbido socialismos y comunismos, tanto así que el comunismo se ha convertido en "la escuela política de muchos dirigentes liberales" (pág. 156); y sigue con esta perla de humor (¿involuntario?): "los jerarcas comunistas han durado más que cualquier arzobispo, gerente de Fedecafé o caudillo liberal o conservador".

El libro da, además, pasos importantes para desentrañar los orígenes de la violencia, aunque, como siempre, el problema se nos quede en una multiplicidad de factores nunca del todo convincentes. Palacios agrega documentos muy reveladores, como un memorial político que enviara Benjamín Herrera al presidente Pedro Nel Ospina, en el cual elaboraba una lista de 41 municipios en los cuales eran perseguidos y asesinados los liberales, que serían —coincidencialmente— los mismos municipios en los cuales se desató la sangrienta "violencia" de los años cincuenta. Lo único que queda bien claro es que la cosa se sumerge en los tiempos bíblicos... Acaso se intenta una explicación, basada en la cartografía, del hecho de que en la costa atlántica la violencia fuera un fenómeno apenas marginal: un "espléndido aislamiento" del interior andino.

Hasta Henao y Arrubla se hacía una especie de historia militar salpicada con anécdotas del vivac. Palacios comprende la historia como un todo. No desdeña las batallas ni los triunfos militares, como trataron de hacerlo algunos de los apóstoles de la "nueva historia"; tampoco olvida los acontecimientos culturales ni la influencia que han tenido los libros literarios sobre el desarrollo de nuestra historia. Otorga una parte bastante importante a la influencia de la literatura sobre cada época; transita cómodamente por los "cuadros de costumbres", con sus "estereotipos antidemocráticos"; examina novelas como Manuela de Eugenio Díaz, Olivos y aceitunos todos son unos de Vergara y Vergara, o Blas Gil de Marroquín, así como atribuye su debida importancia a las ideas agitadas en La rebelión de las masas de Ortega y Gasset, de tanto vuelo en época de Gaitán. Señala el influjo de la televisión vía satélite o recuerda la época de los suicidios en el salto de Tequendama o se detiene a contar alguna anécdota de esas que retratan mejor (¡bendita sea la literatura!) que cualquier mapa estadístico. Nos cuenta, por ejemplo, cómo en un remoto pueblo de la Sierra Nevada de Santa Marta los habitantes consideraban conservadores a la Virgen, san Rafael y san Antonio, y liberales al Sagrado Corazón y a san Martín de Loba. Así, la historia se nos va volviendo anécdota.

Marco Palacios nos acerca a un país más real, que vive de telenovelas y reinados de belleza. Con agudeza y prosa espléndida, plantea las preguntas que se hicieron los médicos en cierta época: por ejemplo, si los palomares y caballerizas del cada día más exclusivo barrio de la Catedral estarían en el origen de los problemas de salud e higiene públicas. Destaca, por primera vez, que yo sepa, el papel de las madres en la educación del país entero, un dato que por lo trivial e inverificable en cifras ha sido dejado siempre de lado, cuando de él ha dependido el desarrollo o el atraso de toda una región. Me parece saludable que la cifra de bajo analfabetismo (una de las pocas que puede exhibir con algún orgullo la Colombia de hoy) sea achacable en gran medida a "la presión de las madres de los sectores populares" para dar educación a sus hijos.

Palacios trata de ser escueto, y lo logra. El 9 de abril, por ejemplo, no ocupa más de una página. No obstante, prefiere añadir cosas que los más jóvenes no sabíamos, como ese período en el cual se reúnen las familias colombianas a escuchar las primeras radionovelas y los entonces emocionantes debates en el Congreso, o esa mínima y heroica labor de un párroco de Sutatenza, en Boyacá, que instaló un transmisor y distribuyó cinco mil radios para empezar a educar al pueblo. Y señala, a propósito de la educación, el drama, en términos económicos, del fenómeno de los cerebros fugados, con un escalofriante dato: cerca de la mitad de los médicos graduados en Colombia terminan ejerciendo en los Estados Unidos.

Estos y otros ejemplos hacen de este libro una lectura muy agradable. En Palacios hay un prosista ameno. Y en cualquier caso, ¡qué lejos estamos ya de Henao y Arrubla!

¿Conclusiones? El siglo XX fue el siglo del café; desde sus inicios, aunque seguramente el primer día del siglo pocos hubieran apostado en su favor, como bien hace notar el autor. Un desarrollo que ha sido guiado, más que por políticas propias, por la mano invisible de todo lo que pasa en Brasil.

"El tránsito de la sociedad rural a la urbana es el cambio social por antonomasia de la segunda mitad del siglo XX colombiano". Es la superpoblación urbana, "el milagro de la multiplicación de las manzanas" en las ciudades, como con gracia plantea el problema, acaso el más grande distintivo de los cambios en Colombia. Junto al paso imponente de la burocracia, que de cien mil empleados públicos en 1950 pasó a un millón (!) en 1990. Pero ante todo, y en eso no podemos equivocarnos, el país padece de una endémica denegación de justicia. La falta de justicia le hace advertir a Palacios, con algún humor, un hecho casi fantástico: el "número mágico de 4.000 sindicados" por delitos, que nunca varía en la estadística. "Colombia se ajusta al principio según el cual mientras el poder judicial se mantiene en la etapa artesanal, la criminalidad avanza a la industrial". De ahí se pasa, por vía directa, al tema acuciante de los derechos humanos; para empezar por esos 33 centros de tortura denunciados en 1980 por Amnistía Internacional y el rasgamiento de vestiduras cada vez que una "conspiración internacional" quiere desprestigiar a las autoridades. "Poco consuelo —concluye tristemente el autor— ofrecen las cínicas excusas gubernamentales de que los guerrilleros son los principales transgresores".

Palacios entrega índices que dejan a Colombia como "incontrovertible campeón mundial de asesinatos". Me permito disentir. Ni en eso somos los primeros: en los últimos dos años nos han quitado el título en Ruanda y en Kenia, donde al parecer el genocidio ha pasado del millón de personas, con lo cual se acercan a los hitlerianos récords mundiales de los cuales estamos todavía lejos. Pero dejando a un lado el dudoso humor negro, lo cierto es que la actualidad está determinada una y otra vez por la violencia, por la guerra, por las guerras subrepticias, por la hipócrita guerra a las drogas, "guerra perdida cuya premisa mayor es que la oferta crea la demanda" (me pregunto si será ésta otra cínica excusa que nos acostumbramos a manejar para consolarnos). Y el pato lo pagan los colombianos. El peor año fue, sin duda, 1989, para constatar que "la cultura de la violencia no sólo no desapareció, sino que se ramificaron sus manifestaciones".

Dice Palacios que en la Constituyente de 1991 campeó un ambiente de frivolidad posmoderna. Y se pregunta, para terminar, el papel que en el futuro desempeñarán los grupos económicos en las campañas electorales. La realidad, anticipándose a la profecía de Palacios, está empezando ya a mostrarlo, aunque aquí el autor resbala burdamente en los peligros de profetizar hacia atrás o de hacer historia de los últimos días. Nos quedamos estupefactos cuando de la campaña del 94 dice: "El certamen fue limpio en los procedimientos". Supongo que bastó que pasaran días después de la entrega de pruebas del libro para que el autor se arrepintiera de su afirmación. Esperemos que los descubrimientos futuros no sigan echando abajo los conceptos esbozados en este libro. Es lo que sucede, para terminar, en las páginas finales. Dice Palacios que "prevalece hoy un irritante consenso en las virtudes de la paz, la democracia y el progreso [...] irritante por lo retórico" (pág. 349). A renglón seguido agrega: "La tenacidad y talento de pintores y escritores, ciclistas, futbolistas y boxeadores, y su habilidad para insertarse exitosamente en la sofisticada maquinaria internacional que asigna el éxito y el prestigio, entregan certidumbres necesarias y afianzan el sentido de que el país ya pertenece por derecho propio al mundo internacional". ¿Será posible ser más ingenuamente retórico? ¿Cree en realidad el historiador que cuando un patinador colombiano es campeón mundial o un boxeador logra superar su miseria, o Asprilla le mete un gol al hambre o a la ignorancia, las primeras páginas rebosan admiración sin límites y el mundo entero se inclina ante la gloria inmarcesible y las virtudes del país del Sagrado Corazón y decide emprender una cruzada para emular nuestros logros? El autor, impulsado seguramente por la culminación de su libro, embriagado ante la belleza de su obra terminada, se relaja y comete un error imperdonable en la última jugada. Prefiero creer que lo que piensa el autor está dicho en todo el resto de la obra.

Deseo constatar que autores y editores han desaprendido el arte de hacer buenos índices. En este libro el índice pertinente hubiera sido el índice temático, por desgracia del todo ausente.

LUIS H. ARISTIZÁBAL