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Made
in Oxford vs. Henao & Arrubla
Entre la legitimidad y la
violencia. Colombia 1875-1994
Marco Palacios
Editorial Norma, Colección Vitral, Santafé de Bogotá, 1995, 386 págs.
Al igual que las antologías poéticas,
los libros que tratan de recorrer todo un espectro histórico hasta llegar a nuestros
días muestran por lo menos dos facetas totalmente distintas. El libro de Marco Palacios
me ha recordado las antologías poéticas; desde luego, no por los temas ni por su
tratamiento, sino porque, como las antologías poéticas, resulta muy claro y muy
explicable todo al principio, y confusión y caos a medida que se acerca a la actualidad.
Al igual que otros libros semejantes, se inicia en un pasado misterioso, que por lo lejano
se hace más accesible. A medida que va llegando a nuestros días, Palacios se va metiendo
más y más en vericuetos económicos y resbalones explicativos. Comienza con historia y
se va llenando de economía, sindicatos, datos estadísticos, ante la imposibilidad de
explicar lo que tal vez resulte inexplicable para cualquiera. Me pregunto, para no ir más
lejos, ¿cómo acercarse al papel que ha desempeñado el narcotráfico en los últimos
veinte o treinta años? ¿Cómo medir lo clandestino? ¿Cómo acercarse a algo de lo que
sabemos únicamente que es demasiado poderoso? ¿Mediante sus efectos palpables y
mensurables? No lo creo posible. El narcotráfico, y eso no es secreto para nadie
medianamente agudo, es una variable que convierte en peligrosa mentira cualquier cálculo
económico, los efectos del gasto público, los controles sobre la inflación, las cifras
de desempleo, etc. Por otra parte, ¿hasta qué punto nuestra historia actual estará
soterradamente "fabricada" por la intervención, abierta o soterrada, de los
Estados Unidos?
Eso no quiere decir que Palacios eluda el
análisis ni que a este libro made in
Oxford le falten calidades
ni descubrimientos prodigiosos que arrojan un poco de luz en la oscuridad. Me parece que
es un excelente libro, y que como tal será una referencia obligada por lo menos para los
próximos cincuenta años.
Se trata de una segunda parte de otro,
elaborado a cuatro manos junto con Frank Safford (País fragmentado,
pueblo
dividido),
que lleva el recuento de la historia de lo que hoy llamamos
Colombia, hasta el año 1875. ¿Por qué empezar con 1875? Porque aquel año marcaría el
principio del fracaso de la revolución liberal en Colombia.
Ahora bien: el formato es ensayístico,
más que histórico, cómodo expediente para huir del cientificismo (cosa que apoyo), al
cual debemos una formidable bibliografía comentada al final, que acaso sea lo mejor de
toda la obra.
Una cosa era Colombia cuando tres cuartas
partes del país estaban enteramente deshabitadas. "Antes que nada"
comenta el autor, Colombia era un país de campesinos independientes [...] la
gente nacía, trabajaba y moría dentro de un radio geográfico de unos cuantos
kilómetros cuadrados".
La historia sigue los dictados del poder.
La historiografía liberal sigue pasándole la cuenta de cobro al conservatismo (a la
hegemonía conservadora, más exactamente). Algún día sucederá lo contrario. Me parece
que sería bueno leer más a menudo historia conservadora, porque parece que estuviera de
moda atacar con sevicia al conservatismo, o por lo menos así resulta en los últimos
libros que he leído. ¿Será coincidencia? No intento defender al partido conservador,
pero el caso se me empieza a parecer a alguna fábula de La Fontaine en la cual el burro
la emprende a coces contra la piel del león muerto para no tener que enfrentar al león
vivo. Simplemente tengo que empezar a constatar que cincuenta años de hegemonía liberal
han hecho su fiesta sobre los despojos de la hegemonía conservadora de cincuenta años
atrás. Simplemente me aterra que si la historia la escriben los vencedores, dentro de
cincuenta años el liberalismo será la bestia negra de los descendientes del
narcotráfico y la corrupción. Simplemente me parece de una esterilidad pasmosa cebarse,
por ejemplo, en Laureano Gómez o en Miguel Antonio Caro, estatuas derruidas, o culparlos
por lo que ahora tenemos, cosa a la que, debo advertirlo, no condesciende este libro,
aunque no deja de llamarlos "coalición impía", ni logra evitar de cuando en
cuando hacerlos blanco de unos dardos de tinte político que se avienen mal con la tarea
de un historiador, y que suenan revanchistas o personales. Véase, por ejemplo, la página
67 de esta edición; véase la acusación a Álvaro Gómez de padecer del síndrome de
Estocolmo; véanse olvidos imperdonables como la labor, en el campo económico, de
financistas tan importantes como Esteban Jaramillo, aunque el autor debe reconocer un
hecho consumado que tuvieron que capear los conservadores, y es que la política
económica, a principios del siglo XX, tuvo que aceptar que los Estados Unidos eran la
potencia hegemónica de las Américas, lo cual cuestionó y destruyó los nexos con la
Gran Bretaña.
Por otra parte, el libro está repleto de
enfoques y argumentaciones nuevos, estadísticas sugestivas, datos interesantes poco
conocidos y, lo que es mejor, pertinentes. Si no de soluciones, por lo menos el libro es
una descripción muy válida de síntomas y síntomas.
Palacios nos regala una crónica
apasionante de cómo en Colombia el liberalismo ha absorbido socialismos y comunismos,
tanto así que el comunismo se ha convertido en "la escuela política de muchos
dirigentes liberales" (pág. 156); y sigue con esta perla de humor (¿involuntario?):
"los jerarcas comunistas han durado más que cualquier arzobispo, gerente de
Fedecafé o caudillo liberal o conservador".
El libro da, además, pasos importantes
para desentrañar los orígenes de la violencia, aunque, como siempre, el problema se nos
quede en una multiplicidad de factores nunca del todo convincentes. Palacios agrega
documentos muy reveladores, como un memorial político que enviara Benjamín Herrera al
presidente Pedro Nel Ospina, en el cual elaboraba una lista de 41 municipios en los cuales
eran perseguidos y asesinados los liberales, que serían coincidencialmente
los mismos municipios en los cuales se desató la sangrienta "violencia" de los
años cincuenta. Lo único que queda bien claro es que la cosa se sumerge en los tiempos
bíblicos... Acaso se intenta una explicación, basada en la cartografía, del hecho de
que en la costa atlántica la violencia fuera un fenómeno apenas marginal: un
"espléndido aislamiento" del interior andino.
Hasta Henao y Arrubla se hacía una
especie de historia militar salpicada con anécdotas del vivac. Palacios comprende la
historia como un todo. No desdeña las batallas ni los triunfos militares, como trataron
de hacerlo algunos de los apóstoles de la "nueva historia"; tampoco olvida los
acontecimientos culturales ni la influencia que han tenido los libros literarios sobre el
desarrollo de nuestra historia. Otorga una parte bastante importante a la influencia de la
literatura sobre cada época; transita cómodamente por los "cuadros de
costumbres", con sus "estereotipos antidemocráticos"; examina novelas como
Manuela de Eugenio Díaz, Olivos y aceitunos todos son unos de Vergara y
Vergara, o Blas Gil de Marroquín, así como atribuye su debida importancia a las
ideas agitadas en La rebelión de las masas de Ortega y Gasset, de tanto vuelo en
época de Gaitán. Señala el influjo de la televisión vía satélite o recuerda la
época de los suicidios en el salto de Tequendama o se detiene a contar alguna anécdota
de esas que retratan mejor (¡bendita sea la literatura!) que cualquier mapa estadístico.
Nos cuenta, por ejemplo, cómo en un remoto pueblo de la Sierra Nevada de Santa Marta los
habitantes consideraban conservadores a la Virgen, san Rafael y san Antonio, y liberales
al Sagrado Corazón y a san Martín de Loba. Así, la historia se nos va volviendo
anécdota.
Marco Palacios nos acerca a un país más
real, que vive de telenovelas y reinados de belleza. Con agudeza y prosa espléndida,
plantea las preguntas que se hicieron los médicos en cierta época: por ejemplo, si los
palomares y caballerizas del cada día más exclusivo barrio de la Catedral estarían en
el origen de los problemas de salud e higiene públicas. Destaca, por primera vez, que yo
sepa, el papel de las madres en la educación del país entero, un dato que por lo trivial
e inverificable en cifras ha sido dejado siempre de lado, cuando de él ha dependido el
desarrollo o el atraso de toda una región. Me parece saludable que la cifra de bajo
analfabetismo (una de las pocas que puede exhibir con algún orgullo la Colombia de hoy)
sea achacable en gran medida a "la presión de las madres de los sectores
populares" para dar educación a sus hijos.
Palacios trata de ser escueto, y lo
logra. El 9 de abril, por ejemplo, no ocupa más de una página. No obstante, prefiere
añadir cosas que los más jóvenes no sabíamos, como ese período en el cual se reúnen
las familias colombianas a escuchar las primeras radionovelas y los entonces emocionantes
debates en el Congreso, o esa mínima y heroica labor de un párroco de Sutatenza, en
Boyacá, que instaló un transmisor y distribuyó cinco mil radios para empezar a educar
al pueblo. Y señala, a propósito de la educación, el drama, en términos económicos,
del fenómeno de los cerebros fugados, con un escalofriante dato: cerca de la mitad de los
médicos graduados en Colombia terminan ejerciendo en los Estados Unidos.
Estos y otros ejemplos hacen de este
libro una lectura muy agradable. En Palacios hay un prosista ameno. Y en cualquier caso,
¡qué lejos estamos ya de Henao y Arrubla!
¿Conclusiones? El siglo XX fue el siglo
del café; desde sus inicios, aunque seguramente el primer día del siglo pocos hubieran
apostado en su favor, como bien hace notar el autor. Un desarrollo que ha sido guiado,
más que por políticas propias, por la mano invisible de todo lo que pasa en Brasil.
"El tránsito de la sociedad rural a
la urbana es el cambio social por antonomasia de la segunda mitad del siglo XX
colombiano". Es la superpoblación urbana, "el milagro de la multiplicación de
las manzanas" en las ciudades, como con gracia plantea el problema, acaso el más
grande distintivo de los cambios en Colombia. Junto al paso imponente de la burocracia,
que de cien mil empleados públicos en 1950 pasó a un millón (!) en 1990. Pero ante
todo, y en eso no podemos equivocarnos, el país padece de una endémica denegación de
justicia. La falta de justicia le hace advertir a Palacios, con algún humor, un hecho
casi fantástico: el "número mágico de 4.000 sindicados" por delitos, que
nunca varía en la estadística. "Colombia se ajusta al principio según el cual
mientras el poder judicial se mantiene en la etapa artesanal, la criminalidad avanza a la
industrial". De ahí se pasa, por vía directa, al tema acuciante de los derechos
humanos; para empezar por esos 33 centros de tortura denunciados en 1980 por Amnistía
Internacional y el rasgamiento de vestiduras cada vez que una "conspiración
internacional" quiere desprestigiar a las autoridades. "Poco consuelo
concluye tristemente el autor ofrecen las cínicas excusas gubernamentales de
que los guerrilleros son los principales transgresores".
Palacios entrega índices que dejan a
Colombia como "incontrovertible campeón mundial de asesinatos". Me permito
disentir. Ni en eso somos los primeros: en los últimos dos años nos han quitado el
título en Ruanda y en Kenia, donde al parecer el genocidio ha pasado del millón de
personas, con lo cual se acercan a los hitlerianos récords mundiales de los cuales
estamos todavía lejos. Pero dejando a un lado el dudoso humor negro, lo cierto es que la
actualidad está determinada una y otra vez por la violencia, por la guerra, por las
guerras subrepticias, por la hipócrita guerra a las drogas, "guerra perdida cuya
premisa mayor es que la oferta crea la demanda" (me pregunto si será ésta otra
cínica excusa que nos acostumbramos a manejar para consolarnos). Y el pato lo pagan los
colombianos. El peor año fue, sin duda, 1989, para constatar que "la cultura de la
violencia no sólo no desapareció, sino que se ramificaron sus manifestaciones".
Dice Palacios que en la Constituyente de
1991 campeó un ambiente de frivolidad posmoderna. Y se pregunta, para terminar, el papel
que en el futuro desempeñarán los grupos económicos en las campañas electorales. La
realidad, anticipándose a la profecía de Palacios, está empezando ya a mostrarlo,
aunque aquí el autor resbala burdamente en los peligros de profetizar hacia atrás o de
hacer historia de los últimos días. Nos quedamos estupefactos cuando de la campaña del
94 dice: "El certamen fue limpio en los procedimientos". Supongo que bastó que
pasaran días después de la entrega de pruebas del libro para que el autor se
arrepintiera de su afirmación. Esperemos que los descubrimientos futuros no sigan echando
abajo los conceptos esbozados en este libro. Es lo que sucede, para terminar, en las
páginas finales. Dice Palacios que "prevalece hoy un irritante consenso en las
virtudes de la paz, la democracia y el progreso [...] irritante por lo retórico"
(pág. 349). A renglón seguido agrega: "La tenacidad y talento de pintores y
escritores, ciclistas, futbolistas y boxeadores, y su habilidad para insertarse
exitosamente en la sofisticada maquinaria internacional que asigna el éxito y el
prestigio, entregan certidumbres necesarias y afianzan el sentido de que el país ya
pertenece por derecho propio al mundo internacional". ¿Será posible ser más
ingenuamente retórico? ¿Cree en realidad el historiador que cuando un patinador
colombiano es campeón mundial o un boxeador logra superar su miseria, o Asprilla le mete
un gol al hambre o a la ignorancia, las primeras páginas rebosan admiración sin límites
y el mundo entero se inclina ante la gloria inmarcesible y las virtudes del país del
Sagrado Corazón y decide emprender una cruzada para emular nuestros logros? El autor,
impulsado seguramente por la culminación de su libro, embriagado ante la belleza de su
obra terminada, se relaja y comete un error imperdonable en la última jugada. Prefiero
creer que lo que piensa el autor está dicho en todo el resto de la obra.
Deseo constatar que autores y editores
han desaprendido el arte de hacer buenos índices. En este libro el índice pertinente
hubiera sido el índice temático, por desgracia del todo ausente.
LUIS H. ARISTIZÁBAL
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