Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 46.   Volumen XXXIV - 1997 - editado en 1998
 

El ojo ajeno


Carta a un desconocido
Brigitte Rémer


En vuelo, entre París y Bogotá;
es decir, en ninguna parte,
la noche del 22 de octubre.

Amigo entrañable:

El lugar era de paraíso. Su nombre es Villa de Leyva; la armónica, la razonable, especie de Edén cediendo ante el peso de las buganvillas y las acacias, con una naturalidad conmovedora. Sus calles, en ocasiones angostas, bordeadas de colores que declinan del rosa hasta el violeta pasando por el fucsia, o subrayadas de amarillo, conducen al corazón del laberinto: la plaza blanca, adoquinada, desierta, de una proporción casi utópica, que invita al sosiego; su sobriedad, con cierta clase de dignidad, se presta a la contemplación. Único contraste: el agua de la fuente central, con la extraña magia de la luna encerrada, que rompe el silencio. Sentí este mismo choque —o esta misma hipnosis— cuando descubrí, entre dos callecitas, la Plaza de San Marcos, en Venecia, sin haberla estado buscando. Villa de Leyva es una encantadora ciudad colonial, me habían dicho. Como todo Boyacá, situado entre Santafé de Bogotá y el estado mayor de la región militar de Venezuela, Villa de Leyva fue durante la época colonial un centro importante, según me explicaron. La palabra "colonial" se usaba con mucha naturalidad; a mí, en cambio, sigue molestándome.


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Mi Colombia es un rostro: el suyo. Su primera mirada se superpone a este encuentro de iniciación. Usted fue ese pájaro de fuego que me entregó las primeras claves de un país que visitaba por primera vez; usted, que ya conocía mi país y decía amarlo; usted, que me facilitó por razones de lenguaje y atención particular el paso hacia los otros, esta comunidad universitaria y cultural que explicaba mi presencia ahí.


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¿Recuerda esa escapada al museo en esa misma encantadora ciudad de Villa de Leyva? ¿Recuerda los frescos sobre los muros que, como parábolas, representan a la población indígena entre catolicismo impuesto y sincretismo? ¿Recuerda esa coral de niños esculpida en la piedra en la que el más pequeño debe tener unos cinco años y el director del coro unos doce? Y esa pareja indígena tomada de la mano y donde el niño está representado en el fondo del vientre de la madre, ¿la recuerda?

¿Recuerda ese espectáculo de teatro —ritual más que espectáculo— en una casa aislada, en lo alto de la colina, donde se interpretan los grandes mitos fundadores en una forma similar a lo que hizo el Teatro de la Crueldad? Estábamos todos, el teatro estaba repleto. ¿Se acuerda cuando bajamos de la colina?

¿Recuerda nuestro viaje en chiva a Ráquira, ese maravilloso pueblo de artesanías situado a 25 kilómetros de ahí? Lo primero que viene a mi memoria es la chiva de colores rojo, verde, amarillo y blanco, la misma que se obsequia como recuerdo de Colombia y lleva como firma Bogotá o Cali, o cualquier otra ciudad. Esto fue para mí lo más pintoresco y uno de los momentos más felices. Éramos tantos, que la chiva quedó repleta, por dentro y por fuera, con gente de nuestro grupo, mientras el conductor, bamboleando su vehículo para eludir los huecos de la carretera, nos llevó de puro milagro hasta nuestro destino.

Ráquira y sus casas ingeniosas: nunca antes en mi vida había visto tal festival de colores tan vivos, resaltados, provocadores. Era un verdadero placer: azul —ya sea azul rey, petróleo, de cobalto, de Prusia, de ultramar, azul marino; bermellones y carmines, rojo violáceo y púrpuras; amarillos de oro, de paja o amarillos ocre; verde claro, esmeralda o veronés, y todas las declinaciones posibles, tanto en semitintes como en los ritmos, variaciones de las bases y refinamientos en el decorado.

Ráquira y sus hornos con fuego de leña construidos en círculo, lo que permite disponer de varios fogones para la cocción de las artesanías, sus grandes vasijas volteadas manualmente, sus guirnaldas de miniaturas en barro blanco o rojo, como el borde decorado de las ollitas que me fascinaron, o el Cristo clavado que parece más bien un ladrón, o incluso esas casas de todos los géneros y todas las arquitecturas y la iglesita que usted me regaló, así como el sombrero amarillo de paja que llevaba puesto al salir de Bogotá cuando nos dijimos adiós.

Ráquira me recordó mi charla con Jorge, artesano de Medellín que trabajaba la madera y mencionaba a menudo lo difícil que era para él vivir de su oficio. Me regaló una copa, hecha con sus propias manos, que conservo en mi casa y en la que se cruzan tres tipos de madera: cedro, pino y nazareno, así como cinco colores, del blanco al rojo pasando por los ocres y los marrones.

Pero en Ráquira también me sentí agredida por la presencia de militares en uniforme de campaña, empuñando ametralladoras y apostados en todas las esquinas de la plaza. De esto también se hablaba; sin embargo, para mí era una realidad desconocida. Ése fue mi primer contacto con la trágica realidad colombiana. No sé a qué movimiento guerrillero o paramilitar pertenecían esos jóvenes; quizá sólo eran soldados del ejército colombiano, pero, en todo caso, nunca olvidaré esa niña de uno o dos años que jugaba a sus pies.

A usted lo conocí tranquilo, sereno, relajado, atento y abierto; pasé momentos preciosos, compartiendo largas conversaciones durante la noche, bebiendo aguardiente. Permítame que reserve estos instantes en mi memoria.

Sereno, dije. Pero solo quien conoce mal a Colombia utilizaría esa palabra, pues su país está muy lejos de la serenidad y, así como el cielo vacila a menudo entre el azul o el blanco, la pantalla del fundido al encadenado, estos contrastes pueden poner a dudar y a balancearnos entre un deseo y su contrario, un gesto y su reverso, un positivo y su negativo, hasta perderse. Solo hablaría así quien no lo conoce bien a usted, el de los sentimientos extremos de inseguridad y abandono, que vienen de muy lejos. Usted era doblemente otro. Debí haber recordado que la iniciación, esa que dura toda la vida, es difícil, y que nuestras dos "etnias", usted hombre y yo mujer, tienen problemas para comprenderse; aun así, tuve la tentación de olvidarlo.


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Mi Colombia es una superposición de rostros, como una precipitación química que gracias al revelador hace emerger el retrato. Para mí es un placer presentárselos. Vinieron a París a participar en el programa de formación en "Concepción, decisión y gestión cultural" que yo dirijo. Se llaman Pilar, Juan Camilo, Tatiana, Giovanni, Clemencia y María Lucía. Con ellos pasamos en total diez meses, un ciclo que para las últimas dos participantes apenas comienza. Con ellos y otros quince colegas venidos del mundo entero trabajamos en el campo de las políticas culturales. Ellos me hablaban de Bogotá, Cali y Medellín, pero también hablábamos de otros lugares y de muchas otras cosas, dentro de la sinergia general.

Juan Camilo es el culpable de que haya viajado a Colombia por razones de trabajo. ¡Cómo se lo agradezco! Ese encuentro fue decisivo para mí. Yo no salgo jamás si no es por razones de trabajo, pues ando siempre como en estado de urgencia permanente y soy lo contrario del trotamundos y el turista coleccionador de países. Por eso no alcanzo a ver todas las maravillas de su patrimonio, no porque no sienta curiosidad sino por simple falta de tiempo.


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Pero mis maravillas valen más que todos los museos del oro juntos, incluso si el de Bogotá tiene la belleza del Diablo, pues para mí la riqueza está en los encuentros, las personas, cuando tengo la oportunidad de "restregar" las preguntas que me obsesionan y "raspar" todas nuestras certezas para comprender al otro y su mundo. Aquí, permítame expresar mi rabia contra los etnocéntricos y embaucadores de todo tipo, y alentarlos, más bien, a conservar la cabeza fría y el espíritu crítico. La Europa mítica, en estos momentos decadente, puede causar a veces algunos estragos.

Mi pecado, entonces, como comprenderá, se llama cultura, arte, transversalidad, política y desarrollo culturales, cooperación internacional, multiculturalismo, horizontalidad, servicio público; y nuestros métodos de trabajo son el debate y la inventiva.

Caí muy joven en la marmita artística e internacional: a los dieciocho años empecé a trabajar en la Universidad Internacional de Teatro y más adelante en el Centro Universitario Internacional de Formación e Investigación Dramática, y posteriormente obtuve una beca para trabajar en Polonia. Mis espacios y mi imaginación se alimentaron de esta apertura, que se enriquece todos los días dentro de mis diferentes trabajos ligados a la sociología y a la formación en el área multicultural.

Desde que llegué a Villa de Leyva para participar en el seminario sobre el tema "Universidad y gestión cultural", organizado por iniciativa de Colcultura en colaboración con la embajada de Francia, entré de lleno en la problemática de las identidades culturales y la multiplicidad de sus experiencias, puntos de vista y dificultades, pues los participantes provenían de distintas regiones: Antioquia, Cundinamarca, Nariño, Valle del Cauca, Guajira, Santander y Boyacá, sede del seminario. Esta diversidad me impresionó. Todos la vivían y la expresaban ahí; sentí que tenía mucha suerte de ser testigo de estos debates. Estando ahí confirme que mi horizonte francés y europeo es a menudo estrecho y fútil, y nuestras reacciones como las de niños mimados.

Mi Colombia es una multitud de rostros. ¿Recuerda usted a Marta Eugenia, Beatriz, Epifanio, Mirta, Sergio, Hernán, Carlos, Alberto, Marta, Teresa, Gloria Helena? La bienvenida que ellos me dieron, la atmósfera de hospitalidad que crearon y la vigilancia discreta que usted me dedicó, todo eso me conmovió. Me sentí como en mi casa, y el regalo más valioso que recibí durante nuestra gran fiesta, además de refugiarme en sus brazos, fueron esas firmas en el reverso de la inmensa foto que me dieron de un mar lánguido y sensual que representa el infinito con miles de reflejos, con miles de facetas: "Tu historia y tu experiencia se han cruzado con las nuestras"; "Vivir es compartir"; "Lo más importante es la huella que has dejado en nuestro corazón"; "De qué me sirve el recuerdo, acaso te tengo en mi memoria". ¿Reconoce usted estas palabras?

Con estos compañeros descubrí la lucha de las culturas minoritarias, en particular la de los indígenas, herederos de la gran civilización chibcha que se han batido durante siglos por el reconocimiento y el respeto de su territorio. Tribus como los uwas, que ha amenazado con suicidarse si una compañía petrolera norteamericana que se ha apoderado de sus tierras continúa sus actividades de explotación. O como los wayúes, en la Guajira, a quienes volví a ver el verano pasado en Francia con ocasión de la Primavera de los actores de Montpellier; con sus caras pintadas, los wayúes bailaban la yonna, una "expresión colectiva que es en la actualidad la danza más popular y con la que se celebran los acontecimientos felices" y que guarda una "significación simbólica", según dice el texto de presentación del programa. O como los tikunas, en los alrededores del río Amazonas, entre Perú, Colombia y Brasil, con sus cantos de voz nostálgica, y otras tribus de las regiones amazónicas que nos invitaron a visitarlos en su maloca, su casa, entre cotidiana y sagrada. Clarissa fue la artífice de estas expediciones.

Me acerqué al mítico Caribe sin tener en un principio ni la menor noción ni la menor idea, ni siquiera el deseo de hacerlo, pues estando en París no me atraía en absoluto la moda latina ni los lugares conocidos como "latinos", con sus salsas y lambadas que, descontextualizadas, pierden su valor. En Europa plagiamos y vulgarizamos esta música, la vaciamos de su sustancia hasta bastardearla. Vistos desde aquí, los clichés van a buen paso, y comprendí mejor esta realidad leyendo La región y la economía mundial, libro de economía política sobre el Caribe colombiano, "que busca el fondo y su razón", como me lo dedicó Alberto, su autor.

Descubrí la Guajira y el Magdalena, con Riohacha y la seductora Santa Marta, pasé de nuevo por Cartagena de Indias la bella, en Bolívar, y Barranquilla en el Atlántico. De Cartagena recuerdo el cine, por su célebre festival internacional creado en 1960 y la estatuilla de India Catalina con que se recompensa al ganador; de Barranquilla, me acuerdo de Momo, rey de ese gran acontecimiento popular que es el carnaval desde hace ciento cincuenta años. Crucé por estas dos ciudades aprovechando que pronunciaba una conferencia y que debía tomar un avión para seguir a otra ciudad colombiana, en medio de un calor húmedo, pero saqué el tiempo para llamarlo a usted, lo que daba más sentido al resto y más placer.

Descubrí el "vallenato", música mestiza del caribe nacida de la confluencia de tres culturas: negra, africana, por la percusión; la blanca, europea, por el acordeón, y la indígena, por la guacharaca. Recuerdo los "cantos vallenatos de Escalona" con La vieja Sara, El pirata y Colombia, tierra querida, con Las acacias y La casa en el aire, y otras canciones más, como El camino de la vida o Caracoleando, que me habían recomendado y que Carlos Vives retomó y reinterpretó; Amor sensible o la muy célebre Alicia adorada. De tanto hablarle y recordar, me ha dado una gran saudade y no encuentro ni en francés ni en español una palabra más precisa que esa para definir lo que siento. Quisiera evocar también a Totó la Momposina, con su disco Carmelina, que me obsequió su encantador primo, tan lejano y tan cercano, lo que me permitió conocer el sonido mágico de esas grandes flautas que son las gaitas que "toman prestado tanto al mundo vegetal como al reino mineral", como explicó la misma Totó a François Xavier Gómez, periodista de Liberation, en su gira por Francia en mayo pasado. "El cuerpo —añade Totó— es tallado en bambú o en cacho; la boquilla se hace con una mezcla de cera de abejas y polvo de carbón vegetal, y el pico es tallado en un hueso de pato. Por eso su sonido es mágico".

El periodista agrega: "Acompañados a la manera de sextetos cubanos (en el emocionante bolero Carmelina) por los rituales de tambores negros o por los cobres de una banda de pueblo, Totó la Momposina canta con la fuerza del río que recuerda haber sido caimán". Por desgracia, la última vez que ella se presentó en París me enteré cuando ya había partido, pero ya se presentarán otras ocasiones.

En París, a comienzos de este año, asistí a la exposición "Figuras de éxtasis", que presentaba las más bellas piezas del arte barroco de Colombia, arte de la representación por excelencia, conservadas por el Museo de Arte Religioso de Popayán en la Nueva Granada y exhibidos por primera vez en Europa. Se presentaron cuatro temas: la Natividad, el Ciclo Marino (con esa extraordinaria Virgen alada), la descripción del Apocalipsis de San Juan, donde se refleja de nuevo un sincretismo religioso, y la Pasión, "marcha ineluctable y ritmada hacia la muerte y la misericordia de la Resurrección", representada por "El Amo, el Cristo de la Paciencia, el Ecce Homo quien, sentado, torturado, cubierto de espinas con la soga al cuello y bañado en sangre lleva en su mano derecha un bastón de plata", dice el programa. "El bastón —añade— es una caña de azúcar, escultura que precede en la actualidad en Popayán las procesiones de la fiesta profana del día del trabajo, cada primero de mayo". Por último el cuarto tema, la Eucaristía, donde se muestran los riquísimos ostentatorios que integran el oro y las piedras preciosas.


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Viene también a mi mente un artículo del diario Le Monde del 30 de julio de 1996 —¿finalmente se lo envié?— En el que se hablaba del descubrimiento, cuatro años atrás en el valle del río Cauca, del tesoro de los señores de Malagana, riquezas de una civilización precolombina desconocida que obligó a reforzar la vigilancia para luchar contra los "guaqueros", estos buscadores de oro y profanadores de tumbas indígenas que se apoderaron de una parte importante de este acervo. Lo que quedó fue expuesto en el espléndido Museo del Oro de Bogotá, administrado por el Banco de la República. Había fíbulas, coronas, aretes, collares y estatuas de las culturas Tumaco, Calima, Nariño, Tolima, Sinú, Tairona y otras. "El Estado, dice el artículo 7 de la Constitución, reconoce y protege la diversidad étnica y cultural de la Nación colombiana".

Toda esta impresionante riqueza con que cuenta su país inspira respeto. A pesar de no haberlos visitado, yo agregaría otros lugares que figuran en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco. Pienso en San Agustín y sus imponentes esculturas al aire libre, en Tierradentro, otro parque arqueológico con signos pintados como jeroglíficos, e incluso en Santa Cruz de Mompox y su iglesia de Santa Bárbara.

Conocí la literatura colombiana mucho antes de mi viaje a su país, a través de los libros del premio Nobel 1982, a quien usted llama Gabo y para mí es García Márquez. Cien años de soledad fue una obra inseparable de mi juventud. Tengo presentes las referencias a la alquimia en un mundo de sincretismo caribeño y la intención explícita del autor de realizar una reescritura de la historia que fuera una reconstrucción de la verdadera Historia, que había permanecido durante mucho tiempo confiscada.

"Hay varios García Márquez —explicaba en enero de 1995 Jean François Fogel, periodista de Le Monde, con ocasión de la publicación de El amor y otros demonios—. Existen al menos tantos García Márquez como domicilios en la vida errante del novelista. Está el artista exiliado que atraviesa el jardín de su residencia en las colinas de San Jerónimo en la ciudad de México para llevar sus libros a la mesa de trabajo de su estudio invadido por la música. Está también el colombiano que vive en el norte de la capital y que, al igual que toda persona de renombre en Bogotá, se desplaza escoltado por un escuadrón de guardaespaldas. Está igualmente el barcelonés, que ya lo fue en el pasado y ahora regresa y se instala como un burgués catalán en un edificio modernista de la ciudad condal. Está también, político y generoso, el habanero cuya ciudad sirve de confesionario amistoso a toda la revolución cubana. Está también el parisino, más friolento, y quien fuera de su apartamento de un barrio del centro parece llevar siempre consigo el recuerdo de las ratonnades (brutalidades que cometía la policía francesa contra los árabes) durante la guerra de Argelia. Está sobre todo el ‘costeño’, nacido en la costa caribeña, encantado de vivir, con vista al mar, rodeado de los calores y los olores de Cartagena de Indias".


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Su último libro, Noticia de un secuestro, el que usted me obsequió en septiembre cuando viaje a Bogotá, y cuyo título —en letras blancas y negras en relieve, y la cubierta es color bermejo, como la sangre— me recuerda extrañamente la historia que me contó un amigo colombiano, una historia verdadera que guardo en secreto. García Márquez reportero concibió su libro como una investigación en la que reconstruye, mediante entrevistas, los secuestros de varias personalidades.

Otro personaje destacado de mi literatura es Álvaro Mutis, quien también vive en México. Octavio Paz, ya desde 1959, elogiaba su obra por "el orden y la belleza". En estos poemas nació el personaje central de Maqroll el Gaviero, su hermano, su doble. Es aquí donde adquieren forma los paisajes, las nostalgias, las obsesiones de esta búsqueda desesperada que constituye la trama de sus novelas. "La única manera de vivir verdaderamente, plenamente, es saber que estamos... cómo decirlo... jodidos. Que el paraíso no hay que buscarlo en la tierra. Que la esperanza, en este mundo, es un callejón sin salida. No esperar nada de este mundo permite comenzar a gozar la vida, regocijarse con ella", declaró Mutis al periodista Arnould de Liedekerke en junio de 1995. Estoy tentada a ofrecerle estas palabras como un ramo; quizás validen ellas su filosofía. Mutis se presenta como "un incondicional" de Proust: "El fracaso, la descomposición de los objetos, de los hombres, de los sentimientos, forman parte de mis obsesiones", agrega. En cuanto a la política, Mutis dice que "es de una gran superficialidad" y luego suelta una carcajada.

Mi literatura colombiana son también Fernando Vallejo y la caída en el infierno adonde nos conduce en La virgen de los sicarios, y Germán Espinosa, autor de La tejedora de coronas (La Carthagénoise, en francés), que usted me obsequió un 9 de diciembre, día que hubiera deseado más ligero. El libro, me dijo usted, era "para comprender la visión culta de un colombiano sobre su país, aunque sólo sea de un período". Novela local, "con una profusión de historias en la historia, una multitud de regresos al pasado", comentó Nicole Zand en Le Monde.

Cuando habla de literatura, García Márquez la relaciona de inmediato con la poesía: "La poesía informa sobre todo. La fuerza de la poesía está en su capacidad para comunicarlo todo". Usted es de un país de poetas, ¿quizá usted mismo sea poeta? La poesía, como todo arte, puede ayudar a soportar el mundo. "Mi arte sería el de vivir", decía Marcel Duchamp.

Pienso en los títulos de algunas antologías que me regalaron gentilmente algunos de sus colegas: Pétalos, besos y lágrimas, Piel nocturna, Tierra de poetas, que empieza "Sabías que al mar lo inventaron los poetas"... Algunas palabras me vienen a la mente en desorden, pero el nombre de los autores se me escapa. Recuerdo una partitura... algo así como Cuarteto catorce, pero no estoy segura. Las palabras regresan... quizá nunca me habían abandonado:

Ahora comparto tu luz
ahora conozco tu ser
ahora no te puedes ir
aunque ya no estés.

Otro libro dedicado por un amigo habla, si mal no estoy, de filosofía. Poesía y filosofía, la combinación rima: "Este texto no es sino una maravillosa disculpa para que puedas tener algo pensado por mí, pero especialmente para que no olvides este maravilloso encuentro".

Un joven poeta colombiano de veintidós años, entrevistado por la corresponsal de Le Monde en Colombia, Anne Proenza, el 9 de agosto de 1994, afirmaba: "Estamos en un país de mentiras y la poesía es el único modo de expresión que no admite la falsedad". El joven explicaba dónde, según él, está anclada la poesía. "Tenía cinco años, vivía con mis abuelos en un pequeño pueblo de Bolívar donde nacen las tres cordilleras. Solía descender la calle principal, la Calle Real, que era la única calle pavimentada, a toda velocidad, buscando el vértigo. Me lanzaba corriendo y trataba de ir cada vez más rápido. Para correr cada vez más rápido, primero imaginé que me perseguía el Diablo. Trataba de escapármele. Pero esto no bastaba para ir cada vez más rápido. Entonces imaginé que el que me perseguía era Dios, el Dios cruel, el dios castigador, el que nos enseña la religión católica. Y corría cada vez más rápido para esquivarlo. La poesía es un poco el mismo juego. Es la necesidad de inventar alguna cosa para sentirse libre".


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También descubrí la pintura y la escultura que nos revela su país. La colección del Banco de la República recibe más de 3.000 obras en su exposición permanente, desde la época colonial, sobre temas religiosos copiados de pinturas europeas en un primer momento, hasta las obras más contemporáneas. Como la de Alejandro Obregón, por la magia de su Caribe con flores tropicales, entre luz, lluvia y mar; Botero y Luis Caballero, que también pude admirar en el Museo Nacional de Bogotá, esta antigua prisión, caserón imponente de largos corredores austeros bordeados de columnas. Descubrí obras de Botero que no conocía y que me parecieron más frescas que las que fueron expuestas en Europa, muy estereotipadas, así como sus esculturas de mármol que tuve la ocasión de ver en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas. Caballero es un pintor familiar para mí, pues entré al corazón de su pintura gracias al mejor guía de su obra, Juan Camilo Sierra, comisario de sus distintas exposiciones, tanto la de París, en el otoño del 96, como la de Bogotá, en el verano del 97, que llevaba por nombre "Sin título". No pienso que usted haya tenido la oportunidad de ver la exposición de París cuando estuvo de visita, porque llegó demasiado tarde, o demasiado temprano.

Caballero dibuja, a partir de modelos naturales, el cuerpo masculino, hasta la obsesión, entre violencia y goce. En el catálogo de la Galería Loeb figura una cita de Caballero: "Dibujar no es reproducir la realidad sino tratar de apropiarse de la emoción fugitiva y siempre cambiante que nos inspira esta realidad... Dibujar a partir de modelos reales es analizar, escoger, en el interior de este embrollo de líneas y de formas que constituye nuestra visión".


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Caballero hace pensar en Bacon, quien, según Jean Clair, trata de "atrapar en la apariencia de los seres la muerte que los trabaja" y cuyo grito pasa por la figura deformada. El catálogo de Bogotá también hace referencia a Antonin Artaud, maestro del Teatro de la Crueldad, por el filtro de la interpretación de Dubuffet. El catálogo reproduce también las reflexiones de Caballero, quien habla en voz alta y busca abrirse su espacio en el contexto artístico contemporáneo. "Las diferentes corrientes que formaron la vanguardia recurrieron de manera cada vez más creciente al comentario. Sin duda porque es precisamente el lenguaje el que rige sus movimientos y porque la elaboración de este lenguaje se convirtió en un fin en sí mismo. El arte juega con el arte y reflexiona sobre él mismo con sutilezas y bizantinismos cada vez más refinados. Los artistas se han vuelto gramáticos; yo creo, en cambio, que lo más importante en el arte no es la gramática sino la poesía, y que la pintura se hace con imágenes y no con ideas".

"Sin título", en Bogotá, abarcaba de 1966 a 1968, período durante el cual trabajó en su país entre sus distintas estadías en Europa, ya sea en España o en Francia, donde se radicó a partir de 1968. Los colores son más vivos y el movimiento es permanente. Se presentó El políptico, obra sin título denominada también "Cámara del amor" y la cual obtuvo el primer premio de la Bienal de Coltejer, en Medellín. Su intención, según el catálogo de Bogotá, era domesticar al lector, que con mucha frecuencia se queda por fuera del universo del artista, e "introducir al espectador dentro de un cubo pictórico, de rodearlo y abrumarlo de pintura, de encerrarlo dentro de un espacio pictórico, con la esperanza de forzar sus sentidos y hacerlo ver y entender. Sobre todo ver".

Continuando con mi panorama de lo que me llama la atención de su país, alargaría la lista llevándola del lado de lo efímero, hacia el teatro. Le confieso, sin embargo, que lo conozco mal, por falta de tiempo, e ignoro sus fuentes, sus líneas de búsqueda, su organización. Tengo como referencia al imponente Teatro Cristóbal Colón —que cumplía en el 92 su centenario— por haber conocido a su directora, Luz Stella Rey. Pero esto no me dice nada, por supuesto, sobre la dinámica teatral del país. Usted me pasó en cambio algunas críticas escritas por un amigo suyo que me sirvieron de iniciación. Conocí la obra de Athol Fugard Ahí vive alguien, en la que se hace referencia a Sartre y a la mirada del otro, y las Almas muertas de Gogol, presentada por el Teatro Libre, así como el trabajo del Grupo Rajatabla, que montó la obra de un autor venezolano, Animales feroces.

Pilar me llevó al hermoso Teatro El Parque, restaurado recientemente, donde todo es a la escala de los niños. Ahí trabaja un grupo polivalente, desde la programación hasta la recepción de los cursos, y prepara talleres para continuar con ellos el trabajo, de manera dinámica y creativa.


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Mi experiencia de espectadora del teatro colombiano es todavía muy limitada; espero encontrar buenas razones para profundizar mi conocimiento sobre él, sobre todo porque, como usted sabe, estoy terminando mi tesis de doctorado en sociología del teatro, trabajando poco a poco, de madrugada o en los pocos ratos libres que me deja mi vida profesional. De madrugada, cuando para usted, en su mundo, todavía era de noche, su presencia invadía mi espacio y me daba un gran aliento para continuar mi trabajo.

Para usted no es ninguna novedad mi interés por el teatro. Sé que muchos grupos de teatro extranjeros, algunos franceses, visitan Colombia durante el Festival Iberoamericano de Teatro que se realiza cada dos años. Su directora, Fanny Mikey, es la encargada de realizar la cuidadosa selección de los grupos. También sé que en la séptima versión, en 1996, se dieron cita 78 grupos de 31 países y hubo 380.000 espectadores y que Clarissa Ruiz, la directora adjunta, desarrolla una actividad más permanente en el seno de la Casa del Teatro.

La reciprocidad es, a mi modo de ver, menos evidente y compruebo que, tanto en mi país como quizá también en otros lugares de Europa, no tenemos ni la visibilidad ni la comprensión sobre el movimiento teatral colombiano. Me acuerdo, sin embargo, del Teatro Experimental de Cali y del Teatro La Candelaria de Bogotá, compañías que se destacaron en la gran época del Festival de Naciones y del Festival Internacional de Nancy. Estos espacios de encuentro ya no existen y no sé si estas compañías han encontrado sangre nueva con el paso de los años. Pasé por Bogotá delante del Teatro La Candelaria vestida de amarillo, verde y quizá azul, pero no fui más lejos.

La Candelaria, justamente, nos lleva al corazón de Bogotá. Este barrio colonial de balcones antiguos y puertas de madera, barrio tortuoso y colorido, de calles encantadoras, lugar de mezcla y de culturas donde se cruzan estudiantes e intelectuales en la Biblioteca Luis Ángel Arango. Auténtico centro cultural ligado al Banco de la República, la biblioteca se levanta a la sombra de un árbol metálico, una escultura en la que se ironiza la falta de espacio verde, según me dijeron, o que hace referencia al papel, que nace de la pulpa de la madera. También encontramos una espléndida sala de conciertos, lugares de exposición y una infraestructura imponente, lugar de recursos, de informaciones y publicaciones que hace pensar en el Centro Nacional de Arte y Cultura Georges Pompidou, de París. Al frente está la colección permanente de la que ya le hablé. Cerca de ahí, en uno de esos pequeños restaurantes cálidos, comí ajiaco y probé pan de yuca. Las empanadas, en cambio, prefiero comerlas cerca de su colorida finca.


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Ah, se me olvidaba, en La Candelaria también está situado el nuevo Ministerio de Cultura, con sus distintas sedes, el cual reemplaza a Colcultura. Ahí tuve la grata sorpresa de volver a encontrarme con varias personas, algunas de ellas ocupando cargos del más alto nivel, y con quienes había trabajado en Villa de Leyva. Todavía no me he formado, sin embargo, una opinión sobre lo bien fundado o no de un Ministerio de Cultura en Colombia. ¿Qué piensa usted? García Márquez es un ferviente opositor, a pesar de reconocer la importancia de fijar un marco de política cultural, pues según él se corre el riesgo de politizar y oficializar la cultura y dejarla en manos del clientelismo. Él pensaba más bien en un organismo público, no gubernamental, más flexible y menos burocrático, algo así como un "Consejo Nacional de Cultura". Visto desde Europa, un esquema más cercano al modelo anglosajón que al francés. Para que la cultura tenga plenos derechos de ciudadanía y para que los presupuestos correspondan a las intenciones, su creación parece importante, pero no conozco en detalle el contexto general de su país. La Ley General de Cultura, ley 397 del 7 de agosto de 1997, propone, en sus 83 artículos, un marco. Su puesta en marcha validará su existencia. "Crear es vivir", escribió usted en 1994. "Hacia un mundo posible", escribió en 1995.

Bogotá, donde estuve algunos días, durante una segunda estadía, es una ciudad difícil, agresiva por su desorganización, peligrosa en sus vías de comunicación y sus transportes. La vida es ruda, pero su "alma sentimental" me conmueve. Algunos barrios ahora se han vuelto ejemplares. Pienso en Ciudad Salitre, con su nueva dinámica que articula en torno de un establecimiento de cultura científica y técnica.

También recuerdo varios campus universitarios adonde me llevó uno de sus amigos: Javeriana, Nacional, Central, los Andes, he terminado por confundirlos. Pero hay uno, creo que el último, cuyo recuerdo tengo todavía muy presente, pues cuenta con una vegetación maravillosa, para mi exótica y armoniosamente viva; una suntuosa alameda, misteriosa y digna, bordeada de árboles muy altos, una zona en relieves. Nos turnamos para tomarnos una foto, mi amigo en las escaleras, yo en el césped. Numerosos pabellones, sin conexión entre ellos, cursivos y nichos crean el movimiento y forman parte de la memoria: un antiguo hospital psiquiátrico, una cárcel de mujeres, una fábrica de sombreros, la Biblioteca de Babel, el vagón azul de los arquitectos. Los pabellones se reparten según las disciplinas. Recuerdo nuestras discusiones sobre la noción de lo público y lo privado. La noción de ‘privado’ me había molestado en un comienzo y usted se sonrió cuando le señalé que para mí la educación y la formación deben ser un servicio público. En Francia, la universidad privada es la excepción, como usted sabe, ya que usted vivió y estudió en Europa. Usted me dijo incluso cosas terribles sobre los límites de nuestra capacidad de acoger y atender visitantes venidos del otro lado del mundo, quizá desinterés e incluso desprecio que, en su caso, tuvo injustamente graves repercusiones en la salud de uno de sus seres queridos. Uno no se da cuenta de todo esto, en el lugar donde vive; la mirada del otro tiene este efecto determinante de espejo, real y a menudo cruel, pero saludable.

Quisiera contarle otro suceso, en apariencia anecdótico, que me impresionó mucho en mi primer viaje a Colombia. Ocurrió en Manizales, al final de una conferencia que pronuncié sobre el interés de profesionalizarse en los oficios de la cultura. Vino a hablarme una joven simpática que conocía muy bien mi lengua, arrancó una hoja de una agenda para escribir su dirección —hoy descubro, escribiéndole a usted y volviendo a mirar este mensaje, que corresponde al 23 de julio, la fecha de mi santo— y apuntó su nombre, la calle, la ciudad, el continente y debajo: "Tercer Mundo". No tuve el valor de preguntarle lo que la motivaba a escribir su dirección en esos términos, pero le confieso que ese gesto me sigue estremeciendo. Ella me había lanzado brutalmente a otro mundo, aquel que llamamos a menudo primer mundo, me pregunto todavía con base en qué jerarquía.

Mi Colombia es una miríada de rostros, vasto calidoscopio. Para escucharlo, aprendí a invertir el mundo a vivir a dos velocidades, a de menos seis o siete horas, dependiendo de las estaciones, usted lo sabe, pues lo he molestado a las seis de la mañana o a las diez de la noche. He aprendido a acechar en la prensa, allá donde vivo, la más mínima información, cualquier línea sobre lo que ocurre en Colombia. Allí encuentro todas las descertificaciones y estados de urgencia ligados a la economía, por supuesto a la política, en medio de la incertidumbre.

Esta violencia, absurda, me hace pensar en Guernica, del cual me habló, película de Alain Resnais realizada a partir de pinturas, dibujos y esculturas de Picasso y cuyo argumento esencial se basa en el cuadro del mismo nombre, pintado durante la guerra civil española. Yo lo vi en la cinemateca, en enero. María Casares lee el texto: "¡Guernica! Es una pequeña ciudad de Vizcaya, capital tradicional del País Vasco... El 26 de abril de 1937, día de mercado, en las primeras horas de la tarde, aviones alemanes al servicio de Franco bombardearon Guernica durante tres horas y media con escuadrillas que se turnaban. Toda la ciudad fue incendiada y destruida. Murieron dos mil personas, todos civiles". Paul Eluard dibujó su poema:

Vous n’aviez pas pensé à la mort
La peur et le courage de vivre et
                                / de mourir
La mort si difficile et si facile
Aujourd’hui c’est la fin de notre
                          / monde à nous
Chacun montre son sang
Définitivement
Les enfants prennent un air absent
La terre est froide comme un mort
1

Su Voto por la Paz guarda algunas esperanzas; en ciudades como Apartadó, en la región bananera del golfo de Urabá particularmente azotada por la violencia, la gente puede comenzar quizá a albergar algunas esperanzas. ¿De dónde sacan ustedes esa fuerza de vida que caracteriza a mis ojos su país, inmerso en la paradoja entre ternura y violencia, tradición familiar y soledad, refinamiento y aspereza, montañas y mares? ¿De dónde sacaron energía estas Desobedientes, mujeres modelo que sobresalieron en la historia del continente latinoamericano y marcaron su época con su destino ejemplar?

Tendría todavía mil cosas más para decirle, pero ya estoy llegando al borde de la página. Debo terminar esta carta, este "cabrilleo indefinido" de mis comentarios, como diría Foucault, a quien tanto aprecia usted. No sé si habrá tenido la paciencia o el deseo de leer esta carta hasta el final. Como Chéjov, "hoy descanso mi alma escribiendo cartas", y le dirijo ésta.

"Es de noche. Las estrellas están ahí y nos esperan para soñar. ¿Debemos hacer otra cosa?". Yo lo cito escuchando la Suite No. 3 para violonchelo de Bach, que tanto ama usted.

En el 2001, la odisea de mi espacio me llevará a Moulin, allá donde usted sabe. Yo lo esperaré, a usted que se ha retirado de su Arrayán de dulce olor.

Firma: Petite Belle

1 "No habíais pensado en la muerte/ El miedo y el valor de vivir y morir/ La muerte tan difícil y tan fácil/ Hoy es el fin de nuestro mundo/ Cada uno muestra su sangre/ Definitivamente/ Los niños adquieren un aire ausente/ La tierra es fría como un muerto".