¿Qué nos pasó
entre el 48 y el 58?
Del bogotazo al Frente Nacional
Alberto Bermúdez
Tercer Mundo Editores, Santafé de Bogotá, 1995, 336 págs.
Definitivamente, la historiografía es la
continuación de la política por otros medios: los de la narrativa. Así esté provista
de nuevos y sugestivos enfoques teóricos e incorpore nuevas fuentes y métodos. La
publicación del libro de Alberto Bermúdez es una muestra del peso que todavía tiene en
el país la historiografía que caracterizó, por largo tiempo, a los historiadores de los
partidos tradicionales que mutuamente se inculpaban las tragedias nacionales. El libro
señala responsabilidades en el interior mismo de los partidos, superando las
generalizaciones que cubrían a todo el liberalismo o a todo el conservatismo, como si la
historia de las colectividades tradicionales no hubiera estado atravesada por profundas
pasiones internas. La concepción bipartidista de la historia política colombiana sufre,
con el nuevo libro, una adecuación más moderna en cuanto a la incorporación de mayor
número de testimonios producidos en la medida en que los acontecimientos han ido
decantándose de aniversario en aniversario. La utilidad académica que presta el texto es
innegable. Sus páginas contienen documentos antes dispersos en medios de comunicación y
publicaciones agotadas y que ahora pueden ser consultados sin la extenuación de su
búsqueda.
Los cuatro acontecimientos que Bermúdez
reconstruye y analiza, ocurridos en la década comprendida entre 1948 y 1958, cambiaron,
según dice, la historia de Colombia: el 9 de abril de 1948, el 13 de junio de 1953, el 10
de mayo de 1957 y el Frente Nacional instaurado en 1958. Episodios que, de acuerdo con sus
conclusiones, dieron comienzo, en Colombia, a una nueva sociedad. Quejándose de no haber
sido tratados de manera integrada por los científicos sociales, Bermúdez se propuso
enlazarlos y pensarlos bajo una misma lente. Es interesante destacar de la introducción
del libro el intento del autor por mostrar los espacios de la sociabilidad política
bogotana en la antesala de la historia que se propone presentar. Vale la pena hacer
resaltar, también, el método cinematográfico por el que se decide el autor en la
reconstrucción del golpe del 13 de junio y del 10 de mayo, lo que de por sí es un
rescate del acontecimiento como unidad de análisis válida para, desde allí, leer la
historia de un país. Introduce viejas narraciones y logra dar una visión de conjunto
útiles para el lector joven, quien se verá en la necesidad de ponderar la inevitable
subjetividad del historiador.
El libro comienza con la reconstrucción
y evaluación del 9 de abril de 1948. Salvo el trabajo de Arturo Alape sobre El
bogotazo,
publicado en los comienzos de la década de los ochenta, Bermúdez prefiere fuentes
periodísticas y libros todavía con información inexacta, por lo menos en el primer
capítulo. Tipo de fuentes que le sirvieron más para reafirmar lugares comunes que para
innovar. Por ejemplo, la culpabilidad del comunismo internacional, no tanto en el
asesinato de Gaitán, pero sí en los disturbios que produjo el crimen. Con lujo de
detalles, el autor muestra que en Bogotá se encontraba lo más selecto de los
profesionales de la subversión continental. Así, el 9 de abril se revela no como el
movimiento espontáneo que fue, sino como un complot internacional. Basándose en un libro
de Rafael Azula publicado en 1956, Bermúdez vuelve sobre supuestas atrocidades cometidas
en poblaciones colombianas el 9 de abril y cuya inexistencia comprobaron, tiempo después,
investigaciones locales.
La parte más expresiva del libro la
constituyen sus capítulos 2 y 3, donde el autor aborda, en toda su intensidad,
antecedentes y consecuencias del golpe de junio de 1953. Bermúdez toma partido por
Laureano Gómez, destaca logros como el plan vial nacional, la creación de Ecopetrol, del
Banco Popular, del ministerio de Fomento, del sistema de peajes para la financiación de
las obras públicas, entre otras; y sostiene que "la tozudez de tantos hechos
positivos de gobierno produjo en el país un respiro saludable. Y muy seguramente si la
precaria salud del presidente no lo hubiera obligado a retirarse del mando en tiempo tan
breve, la paz y la armonía entre los colombianos se hubiesen afianzado con grandes
beneficios generales" (pág. 99). Así la responsabilidad de todo lo malo que
comúnmente se le adjudica a ese personaje cae en el presidente encargado, Roberto
Urdaneta Arbeláez, y en los sectores ospinistas y alzatistas del partido conservador. Por
estar conformada la Asamblea Nacional Constituyente por una mayoría ospino-alzatista, a
ellos les cabía la autoría del controvertido texto constitucional y no al presidente
Gómez. Tampoco tenía ninguna culpabilidad el presidente titular en los problemas de
orden público que vivía el país. A la no presencia en Bogotá del presidente Urdaneta y
de su ministro de Gobierno, se debieron desmanes, según anota, como los incendios de las
casas de los jefes liberales Carlos Lleras Restrepo y Alfonso López, ocurridos en
septiembre de 1952.
El autor es incisivo en destacar la dimensión de la división del conservatismo,
profundizada y sin regreso desde el 11 de noviembre de 1951, cuando de la Convención
Nacional Conservadora salieron dos directorios, uno en favor del gobierno y otro en
contra. Se legitimó así la división de los conservadores en dos casas irreconciliables:
la ospinista y la laureanista. De la primera formaban parte, más por supervivencia y
estrategia de poder, que por identificación doctrinaria, los alzatistas.
Para Bermúdez, el golpe de Rojas se
venía gestando de tiempo atrás. Según él, todos los pasos de Rojas, desde su regreso
al país en 1952, se encaminaban hacia el palacio presidencial. Para ello contó con
ospinistas y alzatistas que también buscaban la caída de Laureano. El golpe del 13 de
junio aparece, entonces, como inevitable, y el presidente titular como víctima. Esta
parte del libro se debate en la contradicción de sostener primero la autonomía de Rojas
en el golpe y anotar después que éste había sido "apenas el instrumento que Ospina
hábilmente utilizó para alcanzar sus propósitos" (pág. 145).
La interpretación de todo lo
concerniente al gobierno de Rojas se hace desde una postura favorable al futuro Frente
Nacional y a su papel como restaurador de la democracia. Ese parece ser el postulado de
partida y la hipótesis a demostrar. En desarrollo de ese objetivo, la trama está
conformada por los buenos: Laureano y el sector liberal que constituyó a tiempo la
oposición al régimen militar, y los malos: Rojas, el militar; Ospina y Alzate, los
oportunistas conservadores que nutren el gobierno de los burócratas que necesita. Las
cosas le salen bien al autor. El libro está bien escrito y recrea en detalle los
episodios abarcados. Buena prosa y rejuvenecida lectura para quien por primera vez se
introduce en el tema. Empero, no resultan fáciles las cosas para el lector versado en el
cuento. Realmente se da un número mayor de información, alguna desconocida y ligeramente
esbozada y se jalona la interpretación de los acontecimientos. Lo que sigue sin hacerse,
y que el libro de Bermúdez pone sobre el tapete, es la imperiosa necesidad, en la
historiografía nacional, de una historia desde adentro, desde la dinámica misma del
régimen militar y que profundice con mayor imaginación. Son pocas, todavía, las
investigaciones que den cuenta sobre la vertiente popular que allí intervenía, sobre las
representatividades intermedias de los mismos partidos tradicionales que veían la
posibilidad de ventilar sus idearios, imposibles de discutir en los cerrados partidos
tradicionales. Sería interesante saber qué pensaba el colombiano del común sobre ese
experimento de Rojas, cuál era su estado de ánimo en el entremés de la intensidad de la
lucha por el poder que desde arriba desarrollaban las elites de los partidos. El problema
de la esperanza y la desesperanza de los colombianos, quienes, hartos de la politización
del país, vieron que el régimen de Rojas constituía una posible despolitización
partidaria de la sociedad.
Bermúdez explota las fuentes de tal manera, que el rumbo que sigue la historia nacional
es la puesta en práctica del resultado al que llegan los apasionados enfrentamientos
entre las elites políticas. Del libro, a lo mejor sin que el autor lo quiera, deduce uno
que lo importante para los partidos políticos colombianos no ha sido el país. Éste no
cuenta para nada, tan sólo es una carta que sacan de la manga de la camisa cuando
necesitan justificar un posicionamiento. La manera como afrontó y desarrolló el Frente
Civil la oposición, lo que nos muestra es el carácter elitista y cerrado que en Colombia
ha distinguido las formas como la elite de los partidos hace la política, sin pueblo.
El capítulo IV, parte final del libro,
es apresurado y menos detallado. No se compadece con el gran esfuerzo de composición que
hace el autor en los capítulos centrales. El material informativo y analítico sobre los
gobiernos de la coalición es insuficiente para sostener el peso de las conclusiones del
libro: la sobrevaloración del Frente Nacional como el episodio civil más grande del
siglo. Sin ruborizarse, afirma el autor: "[...] la gran coalición de los partidos
que se inició en 1957 en Benidorm, no se hizo con el ánimo de efectuar reformas sociales
sino para algo mucho más trascendente, como era producir la modificación estructural en
la manera de pensar y actuar de los colombianos. Fue una acción deliberada tendiente a
cambiar de raíz y definitivamente el agrio enfrentamiento partidista mantenido durante
130 años de vida independiente, para lo cual había que cambiar al hombre. Y ese
propósito se logró a cabalidad" (pág. 330). ¿Será? Queda el lector, más que con
un amargo sabor, con la duda de saber si es de Colombia que se está hablando. ¿Que el
Frente Nacional cambió al hombre colombiano?, ¿que no se trataba de reformas sociales?
Planteada así la polémica, bien valen
la pena algunos cuestionamientos nada nuevos pero necesarios siempre que de las bondades
del Frente Nacional se hable: 1o. No es tan cierto que el proyecto frentenacionalista haya
incorporado a la totalidad de los partidos tradicionales. Se trató de resolver las
desavenencias de sus cúpulas; 2o. Con el triunfo del Frente Nacional se incorporaron al
dominio del Estado los sectores económicos más poderosos del país, en desmedro de las
pequeñas economías, convirtiéndose la política en mucho más oligárquica de lo que
fue en los tiempos de Jorge Eliécer Gaitán; 3o. Cerró los canales de expresión
volcando parte de la oposición a la clandestinidad; 4o. Amarró el país al bipartidismo.
Con puño firme, Lleras Restrepo logró reducir el espíritu reformador del MRL y acabó
con una serie de agrupaciones que hubieran permitido la creación en el país de un
sistema de partidos diversificado; 5o. Las tímidas reformas de Lleras Restrepo se
desarrollaron, más que por vocación reformista, por reacción al ímpetu de la
oposición conciliatoria, la que, sin embargo, fue puesta en cintura con saña. 6o.
Burocratizó la política en el país y politizó la vida nacional en la peor de sus
acepciones, la politiquería y el clientelismo impuestos al ciudadano para alcanzar no
sólo el ascenso social sino también la supervivencia; 7o. Elección tras elección, no
se reconocieron los resultados electorales que ubicaron a la oposición como segunda
fuerza en el país y se llegó a la vergüenza nacional de desconocer el favorecimiento
popular a Rojas en 1970. Triunfo que simbolizaba, a su vez, una revancha de los
colombianos, que, a diferencia de Bermúdez, creyeron que el Frente Nacional era, como lo
habían pregonado sus voceros, para hacer reformas sociales.
CÉSAR AUGUSTO AYALA DIAGO
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