Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 46.   Volumen XXXIV - 1997 - editado en 1998
 

El vecino del piso de arriba


Somos barí
Hortensia Galvis Ramírez
Editorial Presencia, Santafé de Bogotá, 1995, 149 págs., 25 fotografías de Bruce Olsson


En la introducción de este breve libro, la pianista y columnista del periódico Vanguardia Liberal, de Bucaramanga, Hortensia Galvis, nos cuenta que su propósito es "divulgar los grandes valores espirituales de una cultura que hace parte de nuestras raíces, para que, conociéndolos, la discriminación al indígena sea un capítulo cerrado en nuestra historia" (pág. 11). De esta manera, se coloca del lado de aquellos que consideran que la actual situación de marginamiento, dominación y explotación que recae sobre las sociedades indígenas en Colombia se basa simplemente en la ignorancia que nuestra población tiene acerca de ellos, y sobre los valores más profundos de sus culturas. También comparte con aquellos otros que consideran que las sociedades indígenas poseen una espiritualidad profundamente religiosa y que es en ese campo en donde tienen mucho que enseñar al resto de los colombianos.

El texto, escrito en forma de relatos cortos e independientes, sigue un ordenamiento que va de la presentación del modelo de vida ideal de la sociedad barí (capítulos "Irocobina y el mensajero" y "Ser un barí"), pasando por su encuentro con los blancos y sus consecuencias ("La invasión del blanco", "Taigda Yado", "Contacto con los civilizados"), hasta culminar con el proyecto de un dirigente barí para el futuro de su comunidad ("El futuro barí").

Su construcción está elaborada mediante la combinación de diferentes procedimientos metodológicos, que varían de acuerdo con las circunstancias de sus personajes y de los acontecimientos que se narran en los distintos apartados. En algunos, la autora quiere reproducir fielmente las experiencias que escuchó narrar de labios de quienes las vivieron, como sucede con los capítulos sobre el contacto con los "civilizados" y sobre el viaje a Nueva York; otros son creación personal suya, aunque sobre la base de "hechos reales y verdaderos"; otros más reviven tradiciones y sucesos históricos, "que sazono con leyendas autóctonas"; por último, las "leyendas [...] proceden directamente de Babido Bobarishora Atacadara, un guerrero barí apasionado por la investigación de la historia de su tribu" (pág. 13). Estos procedimientos desembocan en una prosa fluida y amena, que se deja leer con facilidad.


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En lo que respecta al contenido, la autora dedica la casi totalidad de los doce capítulos del libro a hacer una apología del misionero y lingüista Bruce Olsson —su "vecino del piso de arriba" en el edificio en donde residen en Bucaramanga y "guía para cada detalle descrito" en el libro— y de su obra entre los barís; para ello, se fundamenta, según dice, en la recolección y presentación, con algunas modificaciones, de los relatos y opiniones de algunos de los "beneficiarios" de Olsson, en especial los de aquellos que han tenido la oportunidad de ser criados por él, o de haber formado parte de alguna de aquellas "remesas de indios barí" (pág. 68) enviados a la ciudad de Bucaramanga para cursar estudios por cuenta de dicho misionero, y que en su mayoría son hoy profesionales: enfermero, un abogado, un administrador de empresas, y de los relatos del propio Olsson.


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Otro de sus recursos para destacar la figura del misionero escandinavo está en el rechazo y la denuncia radicales de las actividades que todos los agentes de la sociedad nacional colombiana han realizado entre aquella nacionalidad indígena. Misioneros católicos y monjas lauritas, predicadores evangélicos y guerrilleros, antropólogos y gobierno son víctimas de las diatribas de la pianista; como aquella que atribuye a la ropa regalada por unas monjas la muerte de sesenta y tres personas de la comunidad de Caricachaboquira, en su mayoría niños, en el lapso de dos semanas (pág. 123).

O aquella otra que dice que "ˇen tres meses Jaulin creyó que ya lo sabía todo! Más tarde capitalizaría esos tres meses, en años de conferencias por el mundo y en la publicación de un libro: La paz blanca, que en nuestro concepto está lleno de lamentables equivocaciones" (pág. 60), sin explicar en qué consisten tales equivocaciones, y cuando, además, es bien sabido que el antropólogo Robert Jaulin pasó entre los barís mucho más de tres meses en 1964 y después regresó en otras ocasiones.

La conclusión que pone en boca de Roberto Dácsarara Axdobidora Cashara frente a la acción de dichos agentes es muy clara: "Después de 35 años las promesas de: gobierno, políticos, antropólogos, misiones religiosas y guerrilla han sido la basura que ya sepultó el tiempo; mientras que cada uno de los barí disfruta ahora de las obras que nos ha patrocinado Bruce Olsson. ˇDejen entonces que hablen los hechos y callen las palabras!" (pág. 76).

Sólo en el capítulo "Cuando la teología no alcanza", que dedica a las discusiones "teológicas" y va encaminado a refutar las doctrinas católicas, encuentra otras gentes por fuera del mundo barí cuyo pensamiento y realizaciones les son cercanos, por lo cual sus planteamientos se presentan en el texto con gran simpatía: los tibetanos, que moran en las "cumbres más altas de los Himalayas y están también dedicados a las cosas del espíritu" (págs. 137-140). Los libros Magia y misterio en el Tíbet, de Alexandra David Neel, y el Libro tibetano de los muertos son su guía para adentrarse en las concepciones tibetanas y exponer sus semejanzas con las de los barís.

Sin embargo, la presentación que se hace en el libro acerca de la vida y el pensamiento barís está bastante idealizada; tal pareciera que éstos no hubieran sufrido ningún cambio como consecuencia de sus contactos y relaciones con el "mundo blanco"; incluso aquellos que han vivido, estudiado y trabajado por años en la ciudad y que ahora son profesionales, aparecen como abanderados de la tradición y, por lo tanto, como líderes de su pueblo y sus comunidades. Según la autora, esto se hace posible porque, como dice Pedro Axjuanira: "Los de mi generación hemos sido los primeros en llevar dos nombres. También somos bilingües y biculturales, gracias a desvelos y esfuerzos de Yado (Olsson), quien ha insistido en que debemos saber cómo son los hombres blancos, para podernos defender de ellos" (pág. 59).

También ocurre que a lo largo del relato aparezcan con frecuencia algunos lugares comunes del pensamiento corriente sobre los indígenas: el toque de lo misterioso que ponen los "hechiceros", la "maravillosa armonía con la naturaleza" que llevan en su vida, la "perfecta sintonía con las dimensiones superiores del espíritu", etc.

El nivel del análisis y de los argumentos es superficial e ingenuo, quizá por querer hacerlo concordar con lo que la autora supone que es la mentalidad del público amplio, no ilustrado, al cual va dirigido. Así ocurre cuando Tacbogyera nos cuenta por qué abandonó sus estudios de teología: "Por casi dos semestres estudié las doctrinas del catolicismo. Luego llegué a la conclusión de que la mayoría de esas enseñanzas no nos conciernen. Para comenzar, en la selva no existen las manzanas, lógicamente nosotros nunca desobedecimos el mandato de Dios. Por eso tengo la certeza de que los barí nacemos sin pecado original. ˇFíjense que nosotros nunca hemos sido expulsados del paraíso!, ahí hemos vivido siempre en compañía de los chigbarí, los ángeles de Dios que todavía velan por nosotros" (pág. 135).

O cuando analiza cuál de las dos lenguas, el barí o el castellano, es mejor: "Hay un aspecto en donde la lengua del blanco aventaja al barí. Consiste en la existencia de nociones como: mentir, calumniar, asesinar, torturar, comprar, corromper, extorsionar, secuestrar, etc.... Los indígenas, que han aprendido del ejemplo del blanco, mienten sólo en español, ˇjamás en su propia lengua!" (pág. 82).

De ahí que, ante los nefastos resultados de la penetración de los blancos, Titira Asendora, futuro cacique de la comunidad de Shubacbarina, se proponga "trasladar la comunidad más adentro de la selva, donde la tradición de mis mayores todavía se conserve intacta. Aquí las relaciones con el blanco nos cohíben y corrompen. No podemos gozar de la libertad de ser estando subordinados a la voracidad del blanco, que no respetan nada. Nuestra alma clama por la tranquila independencia en las soledades de la selva, rodeados del sosiego verde de los árboles, entre cantos de pájaros y rumores de agua que salta por las piedras. Mucho me temo que la vida del barí sea tan delicada como una flor silvestre que, cuando hay manos que la estrujan, pierde su fragancia y agacha la cabeza antes de marchitarse" (págs. 148-149).

LUIS GUILLERMO VASCO