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El
vecino del piso de arriba
Somos barí
Hortensia Galvis Ramírez
Editorial Presencia, Santafé de Bogotá, 1995, 149 págs., 25 fotografías de Bruce
Olsson
En la introducción de este breve libro,
la pianista y columnista del periódico Vanguardia Liberal, de Bucaramanga, Hortensia
Galvis, nos cuenta que su propósito es "divulgar los grandes valores espirituales de
una cultura que hace parte de nuestras raíces, para que, conociéndolos, la
discriminación al indígena sea un capítulo cerrado en nuestra historia" (pág.
11). De esta manera, se coloca del lado de aquellos que consideran que la actual
situación de marginamiento, dominación y explotación que recae sobre las sociedades
indígenas en Colombia se basa simplemente en la ignorancia que nuestra población tiene
acerca de ellos, y sobre los valores más profundos de sus culturas. También comparte con
aquellos otros que consideran que las sociedades indígenas poseen una espiritualidad
profundamente religiosa y que es en ese campo en donde tienen mucho que enseñar al resto
de los colombianos.
El texto, escrito en forma de relatos
cortos e independientes, sigue un ordenamiento que va de la presentación del modelo de
vida ideal de la sociedad barí (capítulos "Irocobina y el mensajero" y
"Ser un barí"), pasando por su encuentro con los blancos y sus consecuencias
("La invasión del blanco", "Taigda Yado", "Contacto con los
civilizados"), hasta culminar con el proyecto de un dirigente barí para el futuro de
su comunidad ("El futuro barí").
Su construcción está elaborada mediante
la combinación de diferentes procedimientos metodológicos, que varían de acuerdo con
las circunstancias de sus personajes y de los acontecimientos que se narran en los
distintos apartados. En algunos, la autora quiere reproducir fielmente las experiencias
que escuchó narrar de labios de quienes las vivieron, como sucede con los capítulos
sobre el contacto con los "civilizados" y sobre el viaje a Nueva York; otros son
creación personal suya, aunque sobre la base de "hechos reales y verdaderos";
otros más reviven tradiciones y sucesos históricos, "que sazono con leyendas
autóctonas"; por último, las "leyendas [...] proceden directamente de Babido
Bobarishora Atacadara, un guerrero barí apasionado por la investigación de la historia
de su tribu" (pág. 13). Estos procedimientos desembocan en una prosa fluida y amena,
que se deja leer con facilidad.
En lo que respecta al contenido, la autora dedica la casi totalidad de los doce capítulos
del libro a hacer una apología del misionero y lingüista Bruce Olsson su
"vecino del piso de arriba" en el edificio en donde residen en Bucaramanga y
"guía para cada detalle descrito" en el libro y de su obra entre los
barís; para ello, se fundamenta, según dice, en la recolección y presentación, con
algunas modificaciones, de los relatos y opiniones de algunos de los
"beneficiarios" de Olsson, en especial los de aquellos que han tenido la
oportunidad de ser criados por él, o de haber formado parte de alguna de aquellas
"remesas de indios barí" (pág. 68) enviados a la ciudad de Bucaramanga para
cursar estudios por cuenta de dicho misionero, y que en su mayoría son hoy profesionales:
enfermero, un abogado, un administrador de empresas, y de los relatos del propio Olsson.
Otro de sus recursos para destacar la figura del misionero escandinavo está en el rechazo
y la denuncia radicales de las actividades que todos los agentes de la sociedad nacional
colombiana han realizado entre aquella nacionalidad indígena. Misioneros católicos y
monjas lauritas, predicadores evangélicos y guerrilleros, antropólogos y gobierno son
víctimas de las diatribas de la pianista; como aquella que atribuye a la ropa regalada
por unas monjas la muerte de sesenta y tres personas de la comunidad de Caricachaboquira,
en su mayoría niños, en el lapso de dos semanas (pág. 123).
O aquella otra que dice que "ˇen
tres meses Jaulin creyó que ya lo sabía todo! Más tarde capitalizaría esos tres meses,
en años de conferencias por el mundo y en la publicación de un libro: La paz blanca,
que en nuestro concepto está lleno de lamentables equivocaciones" (pág. 60),
sin explicar en qué consisten tales equivocaciones, y cuando, además, es bien sabido que
el antropólogo Robert Jaulin pasó entre los barís mucho más de tres meses en 1964 y
después regresó en otras ocasiones.
La conclusión que pone en boca de
Roberto Dácsarara Axdobidora Cashara frente a la acción de dichos agentes es muy clara:
"Después de 35 años las promesas de: gobierno, políticos, antropólogos, misiones
religiosas y guerrilla han sido la basura que ya sepultó el tiempo; mientras que cada uno
de los barí disfruta ahora de las obras que nos ha patrocinado Bruce Olsson. ˇDejen
entonces que hablen los hechos y callen las palabras!" (pág. 76).
Sólo en el capítulo "Cuando la
teología no alcanza", que dedica a las discusiones "teológicas" y va
encaminado a refutar las doctrinas católicas, encuentra otras gentes por fuera del mundo
barí cuyo pensamiento y realizaciones les son cercanos, por lo cual sus planteamientos se
presentan en el texto con gran simpatía: los tibetanos, que moran en las "cumbres
más altas de los Himalayas y están también dedicados a las cosas del espíritu"
(págs. 137-140). Los libros Magia y misterio en el Tíbet,
de Alexandra
David Neel, y el Libro tibetano de los muertos son su guía para adentrarse en las
concepciones tibetanas y exponer sus semejanzas con las de los barís.
Sin embargo, la presentación que se hace
en el libro acerca de la vida y el pensamiento barís está bastante idealizada; tal
pareciera que éstos no hubieran sufrido ningún cambio como consecuencia de sus contactos
y relaciones con el "mundo blanco"; incluso aquellos que han vivido, estudiado y
trabajado por años en la ciudad y que ahora son profesionales, aparecen como abanderados
de la tradición y, por lo tanto, como líderes de su pueblo y sus comunidades. Según la
autora, esto se hace posible porque, como dice Pedro Axjuanira: "Los de mi
generación hemos sido los primeros en llevar dos nombres. También somos bilingües y
biculturales, gracias a desvelos y esfuerzos de Yado (Olsson), quien ha insistido en que
debemos saber cómo son los hombres blancos, para podernos defender de ellos" (pág.
59).
También ocurre que a lo largo del relato
aparezcan con frecuencia algunos lugares comunes del pensamiento corriente sobre los
indígenas: el toque de lo misterioso que ponen los "hechiceros", la
"maravillosa armonía con la naturaleza" que llevan en su vida, la
"perfecta sintonía con las dimensiones superiores del espíritu", etc.
El nivel del análisis y de los
argumentos es superficial e ingenuo, quizá por querer hacerlo concordar con lo que la
autora supone que es la mentalidad del público amplio, no ilustrado, al cual va dirigido.
Así ocurre cuando Tacbogyera nos cuenta por qué abandonó sus estudios de teología:
"Por casi dos semestres estudié las doctrinas del catolicismo. Luego llegué a la
conclusión de que la mayoría de esas enseñanzas no nos conciernen. Para comenzar, en la
selva no existen las manzanas, lógicamente nosotros nunca desobedecimos el mandato de
Dios. Por eso tengo la certeza de que los barí nacemos sin pecado original. ˇFíjense
que nosotros nunca hemos sido expulsados del paraíso!, ahí hemos vivido siempre en
compañía de los chigbarí, los ángeles de Dios que todavía velan por nosotros"
(pág. 135).
O cuando analiza cuál de las dos
lenguas, el barí o el castellano, es mejor: "Hay un aspecto en donde la lengua del
blanco aventaja al barí. Consiste en la existencia de nociones como: mentir, calumniar,
asesinar, torturar, comprar, corromper, extorsionar, secuestrar, etc.... Los indígenas,
que han aprendido del ejemplo del blanco, mienten sólo en español, ˇjamás en su propia
lengua!" (pág. 82).
De ahí que, ante los nefastos resultados
de la penetración de los blancos, Titira Asendora, futuro cacique de la comunidad de
Shubacbarina, se proponga "trasladar la comunidad más adentro de la selva, donde la
tradición de mis mayores todavía se conserve intacta. Aquí las relaciones con el blanco
nos cohíben y corrompen. No podemos gozar de la libertad de ser estando subordinados a la
voracidad del blanco, que no respetan nada. Nuestra alma clama por la tranquila
independencia en las soledades de la selva, rodeados del sosiego verde de los árboles,
entre cantos de pájaros y rumores de agua que salta por las piedras. Mucho me temo que la
vida del barí sea tan delicada como una flor silvestre que, cuando hay manos que la
estrujan, pierde su fragancia y agacha la cabeza antes de marchitarse" (págs.
148-149).
LUIS GUILLERMO VASCO
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