Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 46.   Volumen XXXIV - 1997 - editado en 1998
 

La vida contra la pared


Autobiografiti
Luis Liévano
Intermedio Editores, Santafé de Bogotá, 1996, 174 págs.


No sé si sea una maldición la que persigue a los escritores que ostentan mi apellido: hay una antología de grafitis (emplearé el término así, castellanizado), de Gonzalo Aristizábal (Oveja Negra, 1993); hay igualmente un libro de Alonso Aristizábal que se llama Escritos en los muros (Oveja Negra, 1985); ahora reseño esta Autobiografiti de Luis Liévano. Consigno esto como un dato curioso, o acaso como una tendencia ancestral a no percibir en el mundo nada más que lo sublime y lo ridículo, y entro en materia. A quien le interese le diré que hay acerca de este tema, por lo menos, un estudio sociológico, el de Armando Silva Téllez, Una ciudad imaginada. Graffiti, expresión urbana (1986).

Uno de los primeros tópicos que capta la atención del lector en Cien años de soledad es aquél que alguna vez he dado en llamar el "síndrome del sabio Caldas", y que consiste en inventar, por ignorancia o ingenuidad, lo que ha sido inventado en Europa cincuenta años antes. Genialmente afectado por el síndrome, mucho más peligroso que la peste del olvido, es José Arcadio Buendía, epígono costeño de nuestro lejano sabio payanés. De Caldas las biografías proclaman con no recelado orgullo patriótico que: "armado de sus propios medios, con sólo su ingenio como herramienta y la ayuda de Dios, este sabio granadino consiguió emular a los más distinguidos sabios de Europa"...

Si de Salomón pudo escribir Baltasar Gracián que fue el más sabio de los hombres, y el hombre a quien más engañaron las mujeres, de Caldas, aquel sabio que pidió a sus amigos que le escogieran la esposa con la que debería casarse, podría predicarse que fue engañado no sólo por las mujeres sino por el medio en el que vivió, y que lo pagó con su sangre. Mucho antes que García Márquez, Humboldt había advertido la miseria intelectual de nuestros sabios, todo talento innato, poca preparación. Siempre se ha especulado acerca de la relación entre Caldas y el sabio alemán. He leído las notas del barón, que demuestran el desagrado con el cual tomó la imposición que los santafereños de 1800, ya metidos de lleno en el mundo de la intriga y de las palancas, le querían hacer para que tomara al granadino como compañero de viaje y lo llevara a hacer su "posgrado" en París... (Parece insinuar el barón que Caldas intrigó al lado de Mutis para que Humboldt se lo llevara). Tan no se llevó Humboldt a Caldas para Europa, que prefirió llevarse a Montúfar, el ecuatoriano, hijo, por lo demás, del marqués de Selva Alegre, a quien se debe el grito de independencia de la vecina provincia.


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El mundo underground de los grafitis, más que expresión popular de rebeldía, aunque también lo sea, me parece responder de manera plena a ese síndrome del sabio Caldas. Me refiero al contenido, presumiblemente al bagaje cultural de los autores y, obvia decirlo, de los callejeros lectores.

El grafiti es simplemente sabiduría en cápsulas. Como tal, fue inventado en los albores de la escritura, en Altamira y demás cavernas. Como tal, la mayoría de los grafitis responden a sencillas figuras retóricas de uso frecuente: aliteraciones, calambures del tipo "plata no es" y "platano es", que algunos llaman rebus. Hay un par mencionados en De rosis nascentibus, un cuento excelente de un escritor colombiano que se llama Hoover Delgado, que por cierto es un homenaje a otro mundo extraño, tan relacionado con el grafiti, el de los radioyentes nocturnos: "Ser vil, letal, impía"; solución: "Servilleta limpia". O este otro: "Quien da amor, ayuna, besa limpio"; solución: "¿Quién da amor, ay, una vez al impío?". O este de un poema de Octavio Paz: "Mi ser es pira y es ceniza, / respira y es ceniza". O como dice Héctor Abad, "Yo no soy anti-paisa, sino antioqueño".

Como se ve, su relación con el jeroglífico es más que egipcia. De este tipo son varios de los grafitis de este libro, como el de la página 46: "Tu son risa es cara musa de mi soledad".


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Frases que son divertidos ejercicios intelectuales y que, aparte de sus propiedades "grafiticantes", como dice aquel mismo cuento ya mencionado: "es cierto que tales aventuras no suelen proporcionar más delicias que a sus adeptos, y tanta musculatura como la que se puede obtener en la yema del índice después de pasar miles de páginas marchitas".

El grafiti es repentismo, boutade, calambur, paranomasias, que son juegos visuales y auditivos del tipo: "de primera, deprimente", "el indigesto Digesto", "despojado y despejado (Calderón)", "lo birlaba y se burlaba", "retórico y erótico", "obesos y sebosos" (Octavio Paz), "si quisiera siquiera", "una nefelibata analfabeta", "milagros y malogros", y otros muchos que los escritores estamos acostumbrados a ver en los lapsus editoriales (alguna vez escribí "obsoleto" y el texto final rezó "absoluto", con lo cual fui completamente calumniado). Otros son simples regodeos o perífrasis, como prefiráis.

Pues bien, adentrados en estos laberintos, descubro en una página de este librito (si es que alcanza a tan elevado título), en caracteres demasiado agrandados que ocupan la página entera, esta frase digna de José Arcadio Buendía: "El sentido común es el menos común de los sentidos". ¡Eureka! ¡Euskadi! El ingenioso autor vuelve a descubrir el agua tibia. Y bueno, las frases son, parodiando al Skármeta de Il postino, no del que las hizo sino del que las necesita. Eso, exactamente con las mismas palabras, pero en francés, ya se le había ocurrido por lo menos a Voltaire, pero sin duda a otros muchos antes que a él. ¿Por qué razón? Porque es obvio. Porque se basa en la idea simple de una expresión mal bautizada que se quedó en la lengua como un contrasentido. Basta hacer resaltar la contradicción, y la frase quedó terminada. Viéndolo bien, nada tiene de raro que las frases ingeniosas se repitan y se le vuelvan a ocurrir a cada nueva generación.

El autor de este breviario ilustrado, un tipo con cara de yo no fui, yo apenas voy para la ciclovía, no nos deja entrever si todos los grafitis mencionados son suyos. Presumo, por tanto, que buena parte no son originales. Yo mismo he visto, mucho antes de 1993, aquel ya famoso: "Vendo catre, motivo Eduardo", o esa obra maestra: "El niño Dios son los papás". Ahora bien, reconozco que el autor, en apoyo de mi tesis, pudo haberlos reinventado y escribirlos luego una vez más.

Nuestros Voltaires criollos tienen una ilustre ascendencia: el epigrama de la Gruta Simbólica, ese grupo de comienzos del siglo XX que no escribía en los muros sino en una gruta, simbólica, por lo demás, y hacían geniales rebus, como el involuntario de una ilustre dama de nuestras letras, doña: "soledad acosta de samper", de cuyo matrimonio no hablaba bien su nombre, o como aquel de los celebérrimos en otros tiempos, Cástor y Pólux, un poemilla que se sabían todos los bogotanos hace cincuenta años:

"¡Que paren las mulas!", gritaba
                                / Ana Rosa
"¡que paren las mulas en el
                             / cambiavía!".
Y dice un borracho con voz
                             / misteriosa:
"Las mulas no paren, no sea
                             / mentirosa;
no paren las mulas, ¡que siga el
                               / tranvía!".

O este otro, debido a Gonzalo Rueda Caro:

Un mal poeta copió
romances de García Lorca,
y Bayona, que los vio,
hecho una fiera exclamó:
—Si lo sabe García... l’orca!

Así eran los grafitis de otrora, orales, todo el mundo los sabía de memoria, o, cuando mucho, quedaban escritos en una servilleta, como aquel no menos célebre que hizo Ñito Restrepo a una hotelera:

Te desprecio, feísima hotelera,
por avara, por sucia y por ladina,
porque quieres sacar de una
                                    / gallina
los tesoros que un rey ni en sueños
                                      / viera,
lo que en un año produce una
                                    / gallera.
Me voy de tu tenducha porque
                                    / quiero,
porque soy mío y me costó mi
                                     / plata,
y porque esta mañana, vieja
                                  / ingrata,
te vi limpiar un plato en el bolero
de tu mugrienta y asquerosa bata!

Me pregunto: ¿no va algo en elegancia de aquellos tiempos a los nuestros, en que se emborronan paredes, haciendo aún más feas a ciudades de por sí poco agraciadas? ¿No valiera más que los grandes artistas se dedicaran a decorar antenas parabólicas para tratar de hacer un poco menos marciano el paisaje aéreo urbano? En cualquier caso, pensándolo un poco más, creo que es preferible ver un rasgo de ingenio que basura en los muros de una ciudad fea y que al transeúnte al menos se le arregla un poquito su mezquino día. Si esto fuera Estocolmo, o Copenhague, pase, mueran los grafiteros, pero entre tanto, que prosperen y que protesten, porque, como bien dice el prologuista, Arturo Guerrero, "lo mismo que a la vida, en Colombia también a la palabra la tienen arrinconada contra la pared". Al menos su grito se aparta del silencio cómplice de nosotros, los inermes ciudadanos del montón que no escribimos grafitis pero que a veces soñamos con hacerlo.

Hay grafitis, cómo no reconocerlo, simplemente geniales. Y en este libro hay algunos de ellos: "¡Ojo! No olvide sus defectos personales", "Busco sexo opuesto, o puesto o sexo...", "Vamos al grano... La uña", etc. Pero eso no basta. Hay algo preocupante en el ambiente. Si los editores están apelando a la publicación de grafitis, los anónimos somos los escritores de novelas, cuentos y ensayos, que vamos a tener que publicar... en las paredes.

* * *

Género menor, género vergonzante, género que merecería aquellas plumas de antaño para denigrarlo, apenas queda claro el socorrido dicho popular de que la muralla es el papel de la canalla. El grafiti es sordo como una tapia... Aunque alguna vez en Montpellier le escuché a Miguel Felipe Camacho, hijo del poeta Camacho Ramírez, que era imposible que alguien fuera "sordo como una tapia", puesto que "las paredes oyen".


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El grafiti mural, porque hay géneros menores como el muy curioso de los letreros en los baños, que merece especiales estudios psicológicos, peca del más grave de los pecados literarios: su falta de economía. Para escribir un solo poema se precisa algo más que todo el edificio de Avianca. Dos páginas de Oscar Wilde o de Nicolás Gómez Dávila bastan —y no lo digo metafóricamente— para llenar todo este librito, y eso siendo generosos con el autor y sin debatir la calidad del contenido.

Entre nosotros hay incluso sitios especializados, como los baños de Café Libro, por ejemplo, o los recintos del Goce Pagano, cuyos contertulios, hinchas furibundos de Jorge Amado, animados por ese fanático impenitente que es Jorge Torrado, contaban entre sus filas a un futuro presidente de Colombia. Hubo además, en los años 70, revistas como Joker, El Viejo Topo y El Cuento, "que podían considerarse publicaciones cerradas para una secta de iniciados que buscaban refugio en el humor y el ingenio, en medio de un mundo convulsionado por obsesiones tan serias como la guerra, el desencanto y la revolución".

Pero bien, hay géneros placebos, sustitutos del grafiti, y no por ello menos dignos, y creo que cabe mencionarlos. Dice John Barth, uno de los padres del minimalismo norteamericano: "Frente al placer de la prosa a gran escala de Heródoto, Tucídides y Petronio están las deliciosas miniaturas de las fábulas de Esopo y los ‘retratos’ de Teofrasto. Frente a poemas épicos en verso como La Ilíada, La Odisea, La Eneida y, los aún más largos en sánscrito, Ramayana, Mahabarta y el Mar de los cuentos, estas formas poéticas venerables tan supercomprimidas como el palíndromo, o un sólo pareado o los haikus del Japón feudal y sus ecos en la poesía imaginista de principios del siglo XX hasta los ‘poemas mínimos contemporáneos’ de, por ejemplo, Robert Creeley. Hay incluso poemas de una sola palabra, o palabras que debieran ser poemas. La mejor que conozco es una que encontré en el Libro Guiness de Records Mundiales en la entrada correspondiente a la palabra más sucinta: se trata de la palabra de la Tierra de Fuego mamihlapinatapei, que se supone quiere decir ‘mirándose a los ojos, esperando cada uno que el otro inicie lo que ambos desean pero ninguno de los dos se atreve a iniciar’".

Estos géneros, que hoy son reivindicados por la literatura de mayor vanguardia, tienen una virtud capital: la condensación, que por momentos alcanza la maestría. Por los años ochenta floreció, con base en el mismo Goce Pagano, Javier Duque López, un manizaleño cuyo oficio principal era construir palíndromos; esto es, frases que se leen igual al derecho y al revés, y a quien se debe —a menos que sea otra manifestación más del síndrome del sabio Caldas— la obra maestra del palíndromo, la muestra perfecta: "Sé verlas al revés".


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Creo que somos varios los que dedicamos algunos de nuestros ocios a esos menesteres de onanismo literario en lugar de ir al burdel de los muros públicos... Los palíndromos sirven hasta para el amor: "Serenata por amar, o patán eres", o piropos como "Oro se te ve, tesoro". Tal vez el más célebre palindromista fue Georges Perec, el autor de La vida, instrucciones de uso, que fue llamado "Príncipe del anagrama", "Rey del acróstico", "Emperador del palíndromo". Perec escribió un texto de cinco mil letras que empieza: "Trace l’inegal palindrome..." y termina "...ne mord ni la plage ni l’écart..."

Entre nosotros se ha ocupado del palíndromo Daniel Samper Pizano, quien, a propósito, escribió alguna vez una nota tan pobre en su columna semanal que no dudé en enviarle el siguiente lacónico mensaje palindrómico: "Leí naderías. Eres aire, Daniel".

* * *

Para finalizar, no puedo dejar de mencionar este cuento-anécdota de origen apócrifo. En los años cuarenta solían reunirse los contertulios de Piedra y Cielo y se leían sus poemas. En alguna ocasión Arturo Camacho Ramírez, espíritu juguetón como pocos, aburrido de tanta poesía, pidió que se cambiara el orden del día y que cada uno de ellos consignara, en debida prosa, alguna ocurrencia divertida con el objeto de hacer reír a sus compañeros. Todos se dieron de inmediato a la tarea.

Se recogieron los papelitos. Había en ellos varias anécdotas muy divertidas. Pero uno de ellos, anónimo, consignaba apenas un pequeño poema:

Ahí se oponía:
Haz narración, hoy,
Carranza, ¡ah!...
¡y no poesía!

Se miraron unos a otros, consternados.

—¿Y qué tiene de especial este poemilla? —preguntó el aludido, Eduardo Carranza.

—Nada. ¡Sólo párate en la última letra y lee todo el poema al revés y sabrás qué tiene de especial!

LUIS H. ARISTIZÁBAL