La vida contra
la pared
Autobiografiti
Luis Liévano
Intermedio Editores, Santafé de Bogotá, 1996, 174 págs.
No sé si sea una maldición la que
persigue a los escritores que ostentan mi apellido: hay una antología de grafitis
(emplearé el término así, castellanizado), de Gonzalo Aristizábal (Oveja Negra, 1993);
hay igualmente un libro de Alonso Aristizábal que se llama Escritos en los muros
(Oveja Negra, 1985); ahora reseño esta Autobiografiti de Luis Liévano. Consigno
esto como un dato curioso, o acaso como una tendencia ancestral a no percibir en el mundo
nada más que lo sublime y lo ridículo, y entro en materia. A quien le interese le diré
que hay acerca de este tema, por lo menos, un estudio sociológico, el de Armando Silva
Téllez, Una ciudad
imaginada. Graffiti, expresión urbana (1986).
Uno de los primeros tópicos que capta la
atención del lector en Cien años de
soledad es aquél que alguna vez he
dado en llamar el "síndrome del sabio Caldas", y que consiste en inventar, por
ignorancia o ingenuidad, lo que ha sido inventado en Europa cincuenta años antes.
Genialmente afectado por el síndrome, mucho más peligroso que la peste del olvido, es
José Arcadio Buendía, epígono costeño de nuestro lejano sabio payanés. De Caldas las
biografías proclaman con no recelado orgullo patriótico que: "armado de sus propios
medios, con sólo su ingenio como herramienta y la ayuda de Dios, este sabio granadino
consiguió emular a los más distinguidos sabios de Europa"...
Si de Salomón pudo escribir Baltasar
Gracián que fue el más sabio de los hombres, y el hombre a quien más engañaron las
mujeres, de Caldas, aquel sabio que pidió a sus amigos que le escogieran la esposa con la
que debería casarse, podría predicarse que fue engañado no sólo por las mujeres sino
por el medio en el que vivió, y que lo pagó con su sangre. Mucho antes que García
Márquez, Humboldt había advertido la miseria intelectual de nuestros sabios, todo
talento innato, poca preparación. Siempre se ha especulado acerca de la relación entre
Caldas y el sabio alemán. He leído las notas del barón, que demuestran el desagrado con
el cual tomó la imposición que los santafereños de 1800, ya metidos de lleno en el
mundo de la intriga y de las palancas, le querían hacer para que tomara al granadino como
compañero de viaje y lo llevara a hacer su "posgrado" en París... (Parece
insinuar el barón que Caldas intrigó al lado de Mutis para que Humboldt se lo llevara).
Tan no se llevó Humboldt a Caldas para Europa, que prefirió llevarse a Montúfar, el
ecuatoriano, hijo, por lo demás, del marqués de Selva Alegre, a quien se debe el grito
de independencia de la vecina provincia.
El mundo underground de los grafitis, más que expresión popular de rebeldía,
aunque también lo sea, me parece responder de manera plena a ese síndrome del sabio
Caldas. Me refiero al contenido, presumiblemente al bagaje cultural de los autores y,
obvia decirlo, de los callejeros lectores.
El grafiti es simplemente sabiduría en
cápsulas. Como tal, fue inventado en los albores de la escritura, en Altamira y demás
cavernas. Como tal, la mayoría de los grafitis responden a sencillas figuras retóricas
de uso frecuente: aliteraciones, calambures del tipo "plata no es" y
"platano es", que algunos llaman rebus. Hay un par mencionados en De
rosis nascentibus, un cuento excelente de un escritor colombiano que se llama Hoover
Delgado, que por cierto es un homenaje a otro mundo extraño, tan relacionado con el
grafiti, el de los radioyentes nocturnos: "Ser vil, letal, impía"; solución:
"Servilleta limpia". O este otro: "Quien da amor, ayuna, besa limpio";
solución: "¿Quién da amor, ay, una vez al impío?". O este de un poema de
Octavio Paz: "Mi ser es pira y es ceniza, / respira y es ceniza". O como dice
Héctor Abad, "Yo no soy anti-paisa, sino antioqueño".
Como se ve, su relación con el
jeroglífico es más que egipcia. De este tipo son varios de los grafitis de este libro,
como el de la página 46: "Tu son risa es cara musa de mi soledad".
Frases que son divertidos ejercicios intelectuales y que, aparte de sus propiedades
"grafiticantes", como dice aquel mismo cuento ya mencionado: "es cierto que
tales aventuras no suelen proporcionar más delicias que a sus adeptos, y tanta
musculatura como la que se puede obtener en la yema del índice después de pasar miles de
páginas marchitas".
El grafiti es repentismo, boutade,
calambur, paranomasias, que son juegos visuales y auditivos del tipo: "de primera,
deprimente", "el indigesto Digesto", "despojado y despejado
(Calderón)", "lo birlaba y se burlaba", "retórico y erótico",
"obesos y sebosos" (Octavio Paz), "si quisiera siquiera", "una
nefelibata analfabeta", "milagros y malogros", y otros muchos que los
escritores estamos acostumbrados a ver en los lapsus editoriales (alguna vez escribí
"obsoleto" y el texto final rezó "absoluto", con lo cual fui
completamente calumniado). Otros son simples regodeos o perífrasis, como prefiráis.
Pues bien, adentrados en estos
laberintos, descubro en una página de este librito (si es que alcanza a tan elevado
título), en caracteres demasiado agrandados que ocupan la página entera, esta frase
digna de José Arcadio Buendía: "El sentido común es el menos común de los
sentidos". ¡Eureka! ¡Euskadi! El ingenioso autor vuelve a descubrir el agua tibia.
Y bueno, las frases son, parodiando al Skármeta de Il postino, no del que las hizo
sino del que las necesita. Eso, exactamente con las mismas palabras, pero en francés, ya
se le había ocurrido por lo menos a Voltaire, pero sin duda a otros muchos antes que a
él. ¿Por qué razón? Porque es obvio. Porque se basa en la idea simple de una
expresión mal bautizada que se quedó en la lengua como un contrasentido. Basta hacer
resaltar la contradicción, y la frase quedó terminada. Viéndolo bien, nada tiene de
raro que las frases ingeniosas se repitan y se le vuelvan a ocurrir a cada nueva
generación.
El autor de este breviario ilustrado, un
tipo con cara de yo no fui, yo apenas voy para la ciclovía, no nos deja entrever si todos
los grafitis mencionados son suyos. Presumo, por tanto, que buena parte no son originales.
Yo mismo he visto, mucho antes de 1993, aquel ya famoso: "Vendo catre, motivo
Eduardo", o esa obra maestra: "El niño Dios son los papás". Ahora bien,
reconozco que el autor, en apoyo de mi tesis, pudo haberlos reinventado y escribirlos
luego una vez más.
Nuestros Voltaires criollos tienen una
ilustre ascendencia: el epigrama de la Gruta Simbólica, ese grupo de comienzos del siglo
XX que no escribía en los muros sino en una gruta, simbólica, por lo demás, y hacían
geniales rebus, como el involuntario de una ilustre dama de nuestras letras, doña:
"soledad acosta de samper", de cuyo matrimonio no hablaba bien su nombre, o como
aquel de los celebérrimos en otros tiempos, Cástor y Pólux, un poemilla que se sabían
todos los bogotanos hace cincuenta años:
"¡Que paren las mulas!",
gritaba
/
Ana Rosa
"¡que paren las mulas en el
/
cambiavía!".
Y dice un borracho con voz
/
misteriosa:
"Las mulas no paren, no sea
/
mentirosa;
no paren las mulas, ¡que siga el
/
tranvía!".
O este otro, debido a Gonzalo Rueda Caro:
Un mal poeta copió
romances de García Lorca,
y Bayona, que los vio,
hecho una fiera exclamó:
Si lo sabe García... lorca!
Así eran los grafitis de otrora, orales,
todo el mundo los sabía de memoria, o, cuando mucho, quedaban escritos en una servilleta,
como aquel no menos célebre que hizo Ñito Restrepo a una hotelera:
Te desprecio, feísima hotelera,
por avara, por sucia y por ladina,
porque quieres sacar de una
/
gallina
los tesoros que un rey ni en sueños
/
viera,
lo que en un año produce una
/
gallera.
Me voy de tu tenducha porque
/
quiero,
porque soy mío y me costó mi
/
plata,
y porque esta mañana, vieja
/
ingrata,
te vi limpiar un plato en el bolero
de tu mugrienta y asquerosa bata!
Me pregunto: ¿no va algo en elegancia de
aquellos tiempos a los nuestros, en que se emborronan paredes, haciendo aún más feas a
ciudades de por sí poco agraciadas? ¿No valiera más que los grandes artistas se
dedicaran a decorar antenas parabólicas para tratar de hacer un poco menos marciano el
paisaje aéreo urbano? En cualquier caso, pensándolo un poco más, creo que es preferible
ver un rasgo de ingenio que basura en los muros de una ciudad fea y que al transeúnte al
menos se le arregla un poquito su mezquino día. Si esto fuera Estocolmo, o Copenhague,
pase, mueran los grafiteros, pero entre tanto, que prosperen y que protesten, porque, como
bien dice el prologuista, Arturo Guerrero, "lo mismo que a la vida, en Colombia
también a la palabra la tienen arrinconada contra la pared". Al menos su grito se
aparta del silencio cómplice de nosotros, los inermes ciudadanos del montón que no
escribimos grafitis pero que a veces soñamos con hacerlo.
Hay grafitis, cómo no reconocerlo,
simplemente geniales. Y en este libro hay algunos de ellos: "¡Ojo! No olvide sus
defectos personales", "Busco sexo opuesto, o puesto o sexo...", "Vamos
al grano... La uña", etc. Pero eso no basta. Hay algo preocupante en el ambiente. Si
los editores están apelando a la publicación de grafitis, los anónimos somos los
escritores de novelas, cuentos y ensayos, que vamos a tener que publicar... en las
paredes.
* * *
Género menor, género vergonzante,
género que merecería aquellas plumas de antaño para denigrarlo, apenas queda claro el
socorrido dicho popular de que la muralla es el papel de la canalla. El grafiti es sordo
como una tapia... Aunque alguna vez en Montpellier le escuché a Miguel Felipe Camacho,
hijo del poeta Camacho Ramírez, que era imposible que alguien fuera "sordo como una
tapia", puesto que "las paredes oyen".
El grafiti mural, porque hay géneros menores como el muy curioso de los letreros en los
baños, que merece especiales estudios psicológicos, peca del más grave de los pecados
literarios: su falta de economía. Para escribir un solo poema se precisa algo más que
todo el edificio de Avianca. Dos páginas de Oscar Wilde o de Nicolás Gómez Dávila
bastan y no lo digo metafóricamente para llenar todo este librito, y eso
siendo generosos con el autor y sin debatir la calidad del contenido.
Entre nosotros hay incluso sitios
especializados, como los baños de Café Libro, por ejemplo, o los recintos del Goce
Pagano, cuyos contertulios, hinchas furibundos de Jorge Amado, animados por ese fanático
impenitente que es Jorge Torrado, contaban entre sus filas a un futuro presidente de
Colombia. Hubo además, en los años 70, revistas como Joker, El Viejo Topo y El Cuento,
"que podían considerarse publicaciones cerradas para una secta de iniciados que
buscaban refugio en el humor y el ingenio, en medio de un mundo convulsionado por
obsesiones tan serias como la guerra, el desencanto y la revolución".
Pero bien, hay géneros placebos,
sustitutos del grafiti, y no por ello menos dignos, y creo que cabe mencionarlos. Dice
John Barth, uno de los padres del minimalismo norteamericano: "Frente al
placer de la prosa a gran escala de Heródoto, Tucídides y Petronio están las deliciosas
miniaturas de las fábulas de Esopo y los retratos de Teofrasto. Frente a
poemas épicos en verso como La
Ilíada, La Odisea, La Eneida y, los aún
más largos en sánscrito, Ramayana, Mahabarta y el Mar de los cuentos,
estas formas poéticas venerables tan supercomprimidas como el palíndromo, o un sólo
pareado o los haikus del Japón feudal y sus ecos en la poesía imaginista de
principios del siglo XX hasta los poemas mínimos contemporáneos de, por
ejemplo, Robert Creeley. Hay incluso poemas de una sola palabra, o palabras que debieran
ser poemas. La mejor que conozco es una que encontré en el Libro Guiness de Records
Mundiales en la entrada correspondiente a la palabra más sucinta: se trata de la
palabra de la Tierra de Fuego mamihlapinatapei, que se supone quiere decir
mirándose a los ojos, esperando cada uno que el otro inicie lo que ambos desean
pero ninguno de los dos se atreve a iniciar".
Estos géneros, que hoy son reivindicados
por la literatura de mayor vanguardia, tienen una virtud capital: la condensación, que
por momentos alcanza la maestría. Por los años ochenta floreció, con base en el mismo
Goce Pagano, Javier Duque López, un manizaleño cuyo oficio principal era construir
palíndromos; esto es, frases que se leen igual al derecho y al revés, y a quien se debe
a menos que sea otra manifestación más del síndrome del sabio Caldas la
obra maestra del palíndromo, la muestra perfecta: "Sé verlas al revés".
Creo que somos varios los que dedicamos algunos de nuestros ocios a esos menesteres de
onanismo literario en lugar de ir al burdel de los muros públicos... Los palíndromos
sirven hasta para el amor: "Serenata por amar, o patán eres", o piropos como
"Oro se te ve, tesoro". Tal vez el más célebre palindromista fue Georges
Perec, el autor de La vida, instrucciones de uso, que fue llamado "Príncipe
del anagrama", "Rey del acróstico", "Emperador del palíndromo".
Perec escribió un texto de cinco mil letras que empieza: "Trace linegal
palindrome..." y termina "...ne mord ni la plage ni lécart..."
Entre nosotros se ha ocupado del
palíndromo Daniel Samper Pizano, quien, a propósito, escribió alguna vez una nota tan
pobre en su columna semanal que no dudé en enviarle el siguiente lacónico mensaje
palindrómico: "Leí naderías. Eres aire, Daniel".
* * *
Para finalizar, no puedo dejar de
mencionar este cuento-anécdota de origen apócrifo. En los años cuarenta solían
reunirse los contertulios de Piedra y Cielo y se leían sus poemas. En alguna ocasión
Arturo Camacho Ramírez, espíritu juguetón como pocos, aburrido de tanta poesía, pidió
que se cambiara el orden del día y que cada uno de ellos consignara, en debida prosa,
alguna ocurrencia divertida con el objeto de hacer reír a sus compañeros. Todos se
dieron de inmediato a la tarea.
Se recogieron los papelitos. Había en
ellos varias anécdotas muy divertidas. Pero uno de ellos, anónimo, consignaba apenas un
pequeño poema:
Ahí se oponía:
Haz narración, hoy,
Carranza, ¡ah!...
¡y no poesía!
Se miraron unos a otros, consternados.
¿Y qué tiene de especial este
poemilla? preguntó el aludido, Eduardo Carranza.
Nada. ¡Sólo párate en la última
letra y lee todo el poema al revés y sabrás qué tiene de especial!
LUIS H. ARISTIZÁBAL
|