| El suicidio público del artista
"La poesía me ha deparado locura, pobreza y soledad".
R. Gómez Jattin
"I saw the best minds of my generation destroyed by madness, starving hysterical
naked".
Allen Ginsberg
Acababa de terminar una investigación de cerca de dos años sobre la obra de
Raúl Gómez Jattin, uno de los más interesantes poetas colombianos desde el nadaísmo,
cuando recibí la noticia terrible de su muerte. No me tomó por sorpresa la noticia. El
caso de Gómez es el de un suicidio público.
Gómez deja a la poesía colombiana y latinoamericana una obra bella e
importante, si bien irregular, que interesa como testimonio de la afirmación de su
individualidad auténtica; una obra que busca y encuentra la belleza del acto brutal, en
el parricidio o el coito zoofílico, en la pelea de gallos y en el atardecer sobre las
aguas del río Sinú.
Un lugar común de la "crítica" ha sido la mención, sin mayor
análisis, de la locura del poeta, dando por hecho que hay una relación entre ésta y la
creación poética. Se alaba no a la lucidez, que a otros pudiera parecer locura, sino la
afición por las drogas, los síntomas de esquizofrenia y la agresividad sin razón
aparente. Sólo Darío Jaramillo ha criticado esta visión limitada, superficial y
monocromática. Sin embargo, la nota predominante es la asociación de su obra con el
desvarío y la droga. El poeta en medio del incienso de sus aduladores contribuía a
confirmar este cliché con una actitud marginal que lo erigió en el "poeta
maldito" de la clase media intelectual. Se etiquetó y valoró su obra desde la
observación biográfica, descuidando los temas raizales, la lengua popular, el rescate
del valor poético de "lo vulgar" y, sobre todo, la frescura del lenguaje
directo y sin pudor que nos obsequian sus versos.
La etiqueta de "loco" tiene la doble función de mitigar la
peligrosidad y la carga subversiva de su poesía en tanto se la explica en términos de
desvarío. La verdadera locura puede ser acaso la nuestra y la de una sociedad enferma que
evade una revolución leyéndose poemas en voz alta en certámenes y recitales. Toda la
crítica hecha hasta el momento ha girado alrededor de la anécdota, la referencia a la
vida personal del autor y, ya sea para criticarle o alabarle, este argumento ha sido
gastado sin economías y repetidamente. La obra y no el autor es lo que interesa a la
crítica moderna; cualquier referencia al poeta sin una razón de ser en el texto es
superflua.
Gómez completó un proceso de autodestrucción y aniquilamiento; vivió como
mendigo en las calles, o en oscuras pensiones, fue paciente habitual de sanatorios
psiquiátricos y huésped temporal de la cárcel. Devino en el individuo bajo control,
entre los aplausos de una sociedad que se aliviaba de tener al poeta como el loco oficial
de una corte popular. De esta tragedia escribirán por estos días poetas y críticos. Se
hará un panegírico de la locura, olvidando que los mejores poemas de Gómez corresponden
a momentos de extraordinaria lucidez y que en ellos están los rastros de su lucha contra
la enfermedad y la muerte; una lid que a nivel personal el poeta probablemente perdió
pero que en la obra sigue dando con denuedo.
Donald Hall, en un artículo sobre Dylan Thomas, abundando en la hipótesis
vitalista del arte decía que: "El poeta que sobrevive es el poeta que debemos
celebrar. El ser humano que se enfrenta a la oscuridad y la derrota es el más admirable
de todos [...] Hay ejemplos como Frost y Eliot, como Yeats y Emily Dickinson y Henry
James, que prueban lo que sostengo, pues todos ellos sufrieron pero decidieron sobrevivir
[...] En nuestra cultura la autodestrucción de un artista es vista como algo admirable,
digno de ser elogiado, una garantía de su sinceridad [...] Pero esta creencia sólo
expresa el odio de la cultura que la clase media siente por sí misma. La muerte y la
destrucción son enemigos del arte [...] el gas y los somníferos matan a los poetas; el
alcohol y las drogas matan a los poetas más lentamente, pero mientras están matando a
los poetas, matan a los poemas".
La lucha contra la muerte y la locura, esa trágica lucha en cuanto se
sabe, perdida pero que, como diría Nietzsche en El origen de la tragedia, se
justifica en sí misma y no en sus resultados, esa erótica lucha que insiste
tercamente en la vida, se reanuda en los versos del poeta. Allí lo encontraremos
tirándole piedras al cielo, ahora que ya no está y que no camina perdido, enfermo y solo
por las calles de Cartagena.
CARLOS A. JÁUREGUI DIDYME-DOME
University of Pittsburgh |