Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 45.   Volumen XXXIV - 1997 - editado en 1998
 

Panorama callejero


Sucedió en una calle
Alfredo Iriarte
Espasa Calpe, Santafé de Bogotá, 1996, 223 págs.


Bogotá, Cartagena y Tunja son los escenarios de este panorama callejero entresacado de la historia colombiana y relatado por un columnista del periódico El Tiempo. La idea de tomar las calles como espejos de una larga historia de tragedias, de sucesos sociales en general, parece una idea fascinante. Sin embargo, el lenguaje de Alfredo Iriarte —cuya trayectoria periodística y literaria no conozco ni es objeto de la presente reseña— se sitúa entre la historia y la ficción, y eso tal vez no le cae muy bien al objetivo que se propone el escritor.

Imágenes misteriosas se enfrentan con figuras de la vida real. Casi la mitad del libro cuenta historias de las calles bogotanas desde el año 1576 hasta aproximadamente principios del siglo XX.

Son más bien anécdotas que hay que armar como un rompecabezas para que salga una imagen entera del desarrollo de una sociedad. Sin embargo, hay que ser amigo de un estilo muy decorativo, de un estilo con muchos desvíos, de un estilo que se pierde en la artificialidad de la expresión como objetivo principal del relato en sí.

Iriarte parece escribir siguiendo permanentemente una línea de circunvalación, pero no para llegar más rápido al centro del relato, sino precisamente para demorarse más de lo necesario. Aunque muchos de los relatos parecen más bien breves.

Y así, circunvalando, el autor recorre los siglos, pero la idea principal de tomar las calles como espejo de un desarrollo social y de entresacar arbitrariamente unos acontecimientos para relatarlos como ejemplos de la particularidad de un pueblo se desvanece, mientras el lector se empeña en descubrir lo que el autor quisiera decir con estas historias. Sin embargo, hay momentos muy divertidos en esta recopilación, como, por ejemplo, el diario de un burócrata, quien muy cuidadosamente anotó lo siguiente:

Domingo 3. —Este día no vine a la Secretaría. Lo uno por ser día festivo, y lo otro por no haber cosa urgente que hacer. Además, porque el Artículo Primero de la Instrucción que rige en esta oficina previene: "que los oficiales de ella concurran todos los días a las horas que se prescriben, excepto los domingos; a menos que en ellos no se reciba o despache algún correo". Y ninguno de estos dos motivos concurrían para haber venido a ella.

Como anteriormente se dijo, los textos se sitúan entre la historia y la ficción; es decir, que ni son historia ni ficción, aunque su punto de partida sean muchas veces figuras de la historia real de Colombia; por ejemplo funcionarios del Virreinato de la Nueva Granada. Es por ello que, aunque su base es histórica, el deseo del autor es que se los entienda como ficción. Objetivo que no logra. Tomemos un ejemplo. Iriarte cuenta en un capítulo la historia del "Terremoto por decreto". Los hechos tienen lugar en Bogotá en 1827. El escenario es un elegante baile en honor del Libertador, durante el cual se produce una ofensa de un joven oficial contra el cónsul holandés. Como era costumbre en aquel tiempo, el incidente desembocó en un duelo en el cual el cónsul resultó muerto. Su sepelio en la Capilla del Sagrario causó las iras del sacerdote Margallo por haberse utilizado la Casa de Dios para las exequias de un hereje luterano. El sacerdote advirtió que la venganza de Dios se manifestaría a través de un terremoto. Unas dos semanas después, Bogotá fue, en efecto, estremecida por el peor terremoto de su historia. Punto final. ¿Y qué más? ¿Qué más nos quiere decir este relato? No tengo ni idea. Eso fue todo. Y por eso es poco lo que el autor logra a través de sus crónicas.

Ni cuando Iriarte pretende volverse cronista social —como bien podría ser el caso en el capítulo que narra la activación de la red de iluminación de Bogotá—, se puede soltar de las ataduras de la historia. Quizá sea por eso, por que la misión y profesión de Alfredo Iriarte es más la historia que la literatura o el periodismo, que el objetivo del libro parece haberse quedado estancado en la mitad del camino.

Sin embargo, de vez en cuando se despeja la nube de la historia y se producen explicaciones que despiertan la curiosidad del lector. Como es el caso del último capítulo que tiene lugar en Bogotá.

Para los bogotanos de hoy —empieza el relato— es virtualmente, inimaginable que esta megalópolis [....] ya entrado este siglo estuviera circunscrita a los mismos límites urbanos de fines del siglo XVI. Difícil de creer, pero verdadero. En 1906, año de este relato, la capital de Colombia llegaba por el sur hasta Las Cruces, por el oriente hasta Egipto, por el occidente hasta San Victorino y por el norte hasta la recoleta de San Diego. Cuando los bogotanos recorrían a las casas de recreo ya tenían que protegerse de "los aires de Chapinero". La Carrera séptima fue un sendero apacible con sauces, eucaliptos y muchísimo aire puro. El presidente Rafael Reyes, protagonista de este cuento, tenía su casa campestre en Chapinero, más preciso en la carrera 7a. con calle 67, "es decir, lejísimos de la ciudad".

Teniendo en cuenta el tráfico congestionado de hoy día y el crecimiento de la ciudad que se está devorando la Sabana con acero, cemento y plástico, verdaderamente impresionan las referencias a los límites geográficos de aquel tiempo. Pero, aparte de eso, las crónicas logran efectos muy aislados y no siempre convencen.

HELMUT SPREITZER