| Ésta era Colombia, Pablo
Nuestro lindo país colombiano
Daniel Samper Ortega
Biblioteca Familiar Presidencia de la República, Santafé de Bogotá, 1996,
614 págs.
Este original libro de Daniel Samper Ortega ganó en 1937 el Premio de Geografía
Patria abierto por la Sociedad Geográfica de Colombia y fue publicado por Ediciones
Samper Ortega. Después de la primera edición, se han hecho otras cuatro, incluyendo la
que ahora reseñamos.
Uno de los aspectos más interesantes y llamativos de la obra es la concepción
misma de su interesante y novedosa estructura, en la cual logra el autor armonizar
integralmente la forma (textos suyos y de muchos otros escritores) y la visión amplia y
variada de la multiplicidad de aspectos de Colombia, que son dignos de ser conocidos y
estudiados y que abarcan tanto lo geográfico como el vastísimo campo de lo histórico,
lo cultural, lo social y lo humano.
Sorprenden la amplia y fundamentada documentación que tiene el autor y su
conocimiento del país y de quienes habían escrito sobre él, gracias a lo cual logró
informar, de manera seria, variada y amena, acerca de tan diversos aspectos y elegir las
citas con acertado criterio, para darle al lector perspectivas y puntos de vista
diferentes. Los apartes citados e incluso los poemas no sólo ilustran sino que
estructuran la obra, cuyo eje conductor es el recorrido a través de todo el territorio
colombiano, en tres viajes diferentes, pero totalmente integrados, que se complementan y
enriquecen unos a otros. Además, los textos, aunque de diversos autores, épocas y
disciplinas, no ocasionan, en ningún caso, pérdida de la coherencia o la unidad. Por el
contrario, mantienen entre sí una íntima cohesión, le dan amenidad al libro y relieve a
una de las intenciones primordiales del autor: mostrar la gran diversidad geográfica y
climática, origen de la riqueza de la fauna y la flora; la variedad de razas, tipos de
sociedad y costumbres; la complejidad de su pasado histórico y cultural, de su política
y su economía, características del país.
Las diversas visiones de escritores y científicos de los siglos XIX y XX,
expresadas a través de perspectivas y géneros diversos, enriquecen el panorama que nos
va mostrando Samper Ortega a través de viajes imaginarios y son testimonios invaluables
para reflexionar acerca de lo que ha sido el país, de lo que hemos hecho con sus
recursos, y de lo que hemos perdido o ganado en el correr de los años.
La utilización de la primera persona plural nos involucra directamente en esta
aventura que nos va llevando desde lo más general a las particularidades que a menudo han
pasado por alto los libros de geografía y de historia. Los textos citados en cada
capítulo son de variadísima índole: ensayos históricos, geográficos y científicos,
testimonios de viajeros, poemas, crónicas, leyendas perpetuadas a través de la
tradición oral en muchas de las regiones del país y una gran variedad de textos
literarios sobre acontecimientos, personajes, ciudades y regiones.
Gracias a las descripciones de ríos, llanos y valles, de las islas, las regiones
selváticas del Amazonas y el Putumayo y de muchas otras regiones de Colombia, podemos
constatar los profundos cambios, el deterioro ya irreversible y la destrucción que ha
sufrido la naturaleza a lo largo de los 60 años que van desde que se escribió el libro
hasta ahora. Llama la atención que en los textos de los viajeros, observadores y
literatos, se expresan un profundo amor, admiración y respeto por el espacio natural que
están observando, por los habitantes de las regiones descritas, por las leyendas y las
costumbres propias de las comunidades que conocieron y sobre las cuales escribieron con
tanta devoción, sensibilidad e inteligencia. Son testimonios que tienen el encanto que no
se encuentra en los textos académicos de carácter científico.
Creo que la escogencia de estos viajes imaginarios es uno de los factores que le
permiten al libro conservarse como un documento vívido que no ha envejecido, a pesar de
que muchos de los datos, la división política del país, la población de las diversas
regiones, la vida económica y las formas de vida ya no tienen vigencia o ahora son
totalmente diferentes.
En la primera parte del libro, conformada por siete capítulos, vamos a
emprender, guiados por el autor, dos viajes un tanto diferentes, pero ambos con un marcado
carácter didáctico que en ningún momento cansa; es un muy bien logrado colage de temas
y perspectivas.
Para hacer la descripción del país en el capítulo primero va a utilizar dos
metáforas; la primera, Colombia como una "casa de esquina", los vecinos y las
características de "la casa por dentro".
La otra, es la metáfora de Robinson Crusoe solitario, no en una isla, sino en
nuestro país. ¿Cómo hubiera podido sobrevivir en él? Y es éste el recurso que le
permite enumerar las riquezas prodigiosas que le ofrecería el medio natural: la guadua
para fabricar la vivienda; el algodón para vestir en las tierras cálidas y la lana de
las ovejas para hacer abrigo en las tierras frías; los cientos de productos de la
naturaleza que permiten satisfacer todas las necesidades de ese "Robinson": el
jaboncillo para lavar el cuerpo y las ropas, la arcilla y las totumas para elaborar platos
y vasijas, el esparto y las pieles para hacer alfombras y esteras, una gran variedad de
maderas para fabricar muebles. Enumera también los vegetales y animales que le podrían
dar sustento y las yerbas y plantas medicinales para curar sus dolencias. Después de
mostrarnos esa abundante riqueza que posee el país y de lamentar su desconocimiento por
parte de los colombianos, a través de un texto de Luis Eduardo Nieto Caballero, el autor
nos invita a la realización de un primer viaje a lo largo de las fronteras del país, el
cual conformará los siguientes cinco capítulos.
Éste se inicia en el extremo sur de la costa del océano Pacífico y su
recorrido nos permite conocer las características de la región, desde el nacimiento del
río Mataje hasta Juradó, "última aldea colombiana", muy cercana a la frontera
con Panamá. Durante este trayecto vamos a conocer, además, la forma de ser, de vivir, de
trabajar de los negros de la zona, sus creencias y costumbres, la forma de viajar de Cali
a Barbacoas y a Tumaco y las características que entonces tenían esos lugares y los
habitantes de la zona; hay una descripción de la forma como se explotaba artesanalmente
el oro en los ríos de aluvión y con las dragas de las compañías mineras. Se destacan
las hermosas descripciones de Gorgona, y de las bahías de Buenaventura, Utría, Cupica y
Solano.
De la frontera con Panamá hace una breve reseña geográfica y una síntesis
histórica de su separación de Colombia.
Al llegar a la costa Atlántica, entreteje descripciones de la zona geográfica
con la evocación de Santa María la Antigua del Darién hecha por el viajero Francisco
Gutiérrez, quien intentó en vano hallarla y hace referencias a poblaciones del golfo de
Urabá y del valle del Sinú. Después, guiados por Luis Striffler, "un viaje del
Sinú a la Ciudad Heroica" en las más primitivas y precarias condiciones y la
magnífica visión de Cartagena al final de la travesía; hermosos homenajes a la ciudad y
una página de su heroica historia. Las alusiones a las islas de San Andrés y Providencia
son un tanto vagas y los cayos apenas se mencionan, pues, como lo anota el autor, hay una
"falta de comunicación entre Cartagena y el Archipiélago, emanada de nuestra
pobreza" a causa de la cual fue explotado por extranjeros el guano de los cayos
Roncador y Quitasueño.
El viaje continúa por la costa. Es interesante y causa una gran desazón leer lo
que escribe el autor acerca de lugares cuyos ecosistemas han sido prácticamente
destruidos en la actualidad, como la isla de Salamanca. Entre Bocas de Ceniza y el cabo de
la Aguja, dice el autor, la "costa tiene allí forma de una amplia ensenada llena de
islas, algunas tan grandes como la de Salamanca, y de radas, puntas y ancones. En el
primer trayecto, el correspondiente a la isla de Salamanca, la costa es baja y está
orillada de mangles [...] Toda ella es baja, con playa también orillada de manglares y
otros arbustos y en su interior abundante en pastos de buena calidad".
También se describen los que eran lugares maravillosos como, Galera Zamba,
Puerto Colombia, Barranquilla, aunque ésta en una forma muy somera, el río Magdalena, y
hay también una interesantísima reseña sobre la forma de vida de "Los bogas del
Magdalena".
Al hablar de Santa Marta, la Sierra Nevada y la Guajira, alternan las
descripciones de su geografía y de los asentamientos urbanos, las evocaciones de
carácter poético, la referencia a las salinas de Manaure a través de una bellísima
página de Eduardo Zalamea Borda y a las costumbres, tradiciones y leyendas de los
guajiros.
En la extensísima frontera con Venezuela se completa la visión de la Guajira en
todos sus aspectos, y pasamos por las serranías hasta llegar al Llano, visto por Santiago
Pérez Triana, y, a través de la reseña que hace el autor, de la región, de su
historia, sus habitantes, su forma de vida y sus tradiciones y costumbres. Cierra el
capítulo una página muy hermosa de José María Vergara y Vergara sobre el llanero como
un tipo humano único, que sólo puede tener similitudes con el gaucho de la pampa
argentina.
La frontera con Brasil se identifica con "el infierno verde", ese lugar
terrible "donde la naturaleza y el hombre se han mostrado igualmente crueles".
Sin embargo, su belleza es majestuosa y así lo expresa Daniel Ortega Ricaurte al
describir la región.
Recorremos la región fronteriza con el Perú, a través del texto de César
Uribe Piedrahíta, quien en su novela Toá recrea esta hermosa y terrible región y
la inhumana explotación del caucho que se dio en ella. Después, transcribe tres sonetos
del libro Tierra de promisión de José Eustasio Rivera, "el gran novelista de
la selva", el que la recreó en su fantástica y terrible belleza, y en las páginas
de La vorágine denunció también los horrores que se cometieron en las
caucherías.
Esta primera parte del libro termina con un recurso bien novedoso: hacer otro
recorrido, no ya por los territorios fronterizos, sino que nos sitúa "con el cóndor
de los Andes [...] en la más alta cumbre del nudo de Huaca", para mirar hacia el
extremo norte del territorio y contemplar su estructura. Hace aquí la descripción de las
hoyas hidrográficas, de las cordilleras y los valles y, al final, de las llanuras
orientales de Casanare y San Martín, destacando en cada lugar lo más llamativo a nivel
panorámico. Cierra el capítulo con "Los Llanos de Casanare vistos por un
pintor", de Rafael Tavera G., y "Los Llanos de San Martín vistos por un
educador", de don Agustín Nieto Caballero.
Después de este recorrido, "tenemos ya una idea panorámica de
nuestro lindo país colombiano, pues hemos dado la vuelta por sus fronteras y
hemos dejado vagar nuestras miradas a lo largo de los grandes nervios que en él
representan los tres ramales de los Andes, sustento principalísimo de su vida..."
Cita un texto de Luis López de Mesa, en el cual afirma que Colombia es una civilización
de "vertiente" y pasa a "mirar el país no ya en conjunto, sino por
partes...". Entramos así en la segunda parte del libro, que nos ofrece la visión
particular del país, ahora en un recorrido por los departamentos y otras divisiones
políticas que regían entonces. Es otra fase del viaje.
Comienza por una extensa descripción del departamento de Nariño que, como ya es
más concreta, incluye una síntesis histórica que parte del siglo XIX; luego se va
deteniendo en las ciudades y en lugares de interés como el santuario de Las Lajas,
descrito por Marco Fidel Suárez, la zona de los volcanes y dos bellos textos que se
refieren a la región, de Jorge Zalamea. Es muy interesante la descripción hecha en el
aparte "Cómo se llega a Pasto e Ipiales arrancando de Bogotá". Allí se hace
una pequeñísima reseña de cada una de las poblaciones y se mencionan los servicios con
que cuenta cada una, como luz eléctrica, correos y telégrafos. La página "Paso y
acción del Juanambú", de José María Espinosa, es de gran belleza. Termina lo que
concierne al departamento, con un texto de fray Jacinto María de Quito, sobre "Vida
y costumbres de los huitotos" y hay una reseña pormenorizada de la vida económica
del departamento, que también se encuentra, como síntesis, al final de cada uno de los
departamentos y de los territorios nacionales, y que es muy interesante, entre otras
cosas, por hacer un paralelo entre el estado de la economía regional, entonces y ahora.
Los llamados territorios nacionales del sur y del oriente son la comisaría del
Caquetá, la intendencia del Meta, la comisaría del Vichada y la comisaría de Arauca. En
ellos destaca los aspectos de la naturaleza que son impactantes: los llanos, los grandes
ríos, las ciudades, el viaje de Bogotá a Puerto Carreño y hace algunas reseñas sobre
grupos indígenas de estas zonas geográficas, sobre sus formas de vida y sus costumbres,
muchas de ellas escritas por quienes más profundamente las conocieron: los misioneros.
Completa el texto una bella página de Santiago Pérez Triana sobre un viaje suyo por el
Orinoco.
En el departamento del Cauca destaca las regiones naturales y los hechos
significativos, como la erupción del Puracé en 1869 narrada por Roberto Blake White, el
episodio de La Gaitana, el levantamiento de Alvaro de Oyón e incluye una reseña de
Gregorio Hernández de Alba sobre Tierradentro.
En el departamento del Huila se destacan las descripciones de Neiva, el nevado
del Huila, el páramo de Sumapaz y la cueva de los Guácharos; la reseña sobre San
Agustín; una, del gran conocedor de este tesoro arqueológico, T. H. Preuss y otra de
Agustín Codazzi.
Del Tolima destaca las bellezas naturales de la región, la ciudad de Ibagué y
el pasado histórico de otras poblaciones, cuando éste es importante, como en el caso de
Ambalema; les da relieve a las fiestas tradicionales, como la de San Pedro en El Espinal,
y al pasado histórico de Ibagué y Honda. También hace un interesante recuento de la
Expedición Botánica.
Al referirse al departamento del Valle destaca la cordillera, el río, la ciudad
de Cali y otras importantes como Buga, Palmira y Cartago. En unas hermosas páginas se
habla de Jorge Isaacs y de El Paraíso, la hacienda donde el escritor situó los
acontecimientos de su novela María.
Al llegar a Caldas habla de las regiones naturales, de la historia de las
ciudades y poblaciones cuyo desarrollo y riqueza son el producto del trabajo y el tesón
de sus habitantes que, venidos de Antioquia, realizaron la colonización, uno de los más
sorprendentes episodios de la vida nacional. Gracias a ella se fundaron ciudades como
Manizales, Armenia y Pereira (hoy capitales de otros dos departamentos) y se creó una
riqueza que ha sido vital para la economía nacional. Hay un bello texto de Manuel María
Mallarino: "Cómo se viajaba hacia 1840", y otro: "Cómo se viaja de
Bogotá-La Dorada".
Al hablar de Antioquia pone de relieve su gran riqueza minera, Efe Gómez y
Eduardo Zuleta y describen lo quebrado de su territorio, además del autor, Tomás
Carrasquilla y Manuel Uribe Ángel. Se habla de ciudades y pueblos: Medellín, Santa Fe de
Antioquia, Urrao, Santa Rosa, Yarumal, Sonsón y otros, son descritos con admiración y
amoroso orgullo por Andrés Posada Arango, Laureano García Ortiz e Isabel Lleras Restrepo
de Ospina, quien escribe Canción a Medellín, un poema en el que exalta la belleza
de la ciudad.
Para el departamento de Bolívar, comienza con una reseña histórica sobre el
Libertador y luego describe las regiones naturales y los ríos.
Del Atlántico dice que "es prácticamente una isla", que "lo
deslindan casi por completo del continente el Magdalena, el canal del Dique y el caño
Rosavieja". Hace una reseña pormenorizada del viaje desde Bogotá hasta
Barranquilla. Sólo aquí hay una breve referencia a la ciudad, a pesar de que tenía una
gran importancia en ese momento.
En el departamento del Magdalena destaca la zona bananera, la Sierra Nevada de
Santa Marta, las márgenes del Magdalena, la región del Cesar y la región del Sur y hace
un pequeño recuento histórico sobre el problema de las bananeras en 1928 y su trágico
desenlace. También se detiene a hablar de los indios arhuacos que habitan la Sierra
Nevada y de ésta hay unas páginas que la describen en toda su imponente belleza.
De Norte de Santander destaca básicamente la cordillera, se refiere al origen
del nombre del departamento y por lo tanto a Francisco de Paula Santander, a las regiones
y las ciudades, incluyendo un elogio del departamento, de Ernesto Hoffmann Liévano. Es
importante mencionar lo que escribe Policarpo Neira Martínez sobre "El paso de
Peralonso", un destacado episodio de la guerra de los Mil Días, la narración del
terremoto de Cúcuta en 1875 y de la Villa del Rosario de Cúcuta y, como en otros
capítulos, el interesante recuento de "Cómo se llega a Cúcuta y a Bucaramanga
arrancando de Bogotá".
Uno de los departamentos más extensamente tratados es el de Santander;
encontramos una serie de cuidadosas reseñas de las regiones naturales, las
características de su geografía, su riqueza, de la cual destaca el tabaco, el petróleo
en los dos Santanderes y el oleoducto de la Andian, que lo lleva desde Barrancabermeja
hasta Cartagena; el café, cultivado desde 1825, y la ganadería. Las ciudades son
descritas detalladamente, y hay un interesante texto de Gabriel Giraldo Jaramillo sobre
"El cementerio de Los Santos", la cueva que forma el cañón del río Chicamocha
y que sirvió de asilo a los súbditos de Guanentá, contra los soldados de Martín
Galeano; era un cementerio donde los indios guanes enterraban a sus caciques, cuyas momias
envolvían en grandes mantas tejidas por ellos. Es también una muy bella página la que
rememora el fusilamiento de la heroína de la independencia Antonia Santos, en la ciudad
del Socorro.
El capítulo dedicado a Boyacá es extenso y variado, por la cantidad de sitios
de interés, la riqueza y la variedad de su geografía, sus bellezas naturales y la
abundancia de lugares históricos. El autor cita una muy detallada descripción de un
viaje por la zona minera escrita por Manuel Ancízar, y otra del mismo autor sobre
"La Sierra Nevada de Güicán, Cocuy o Chita". También está narrada en detalle
"La marcha de los Llanos" y "El paso del Páramo" por Daniel Florencio
OLeary. Hay una historia de las ciudades y reseñas de las batallas del Pantano de
Vargas y de Boyacá y una bella página de don Tomás Rueda Vargas acerca de "La
muerte de Nariño".
El último capítulo está dedicado a Cundinamarca, fin del viaje y lugar central
en la estructura del libro. En él se destacan los panoramas de las diversas regiones
naturales con sus ríos, lagunas y pequeñas poblaciones, entre cuyas descripciones se
intercalan un texto de Eduardo Posada, sobre "El hombre dorado", la ceremonia
celebrada por los muiscas en la laguna de Guatavita, para investir al nuevo cacique, y
otras crónicas de tiempos precolombinos, coloniales y de la independencia.
"El camino de Guaduas" de Manuel Uribe Ángel nos lleva a la figura de
Policarpa Salavarrieta. Hay hermosas descripciones, de "La tierra caliente" de
Adriano Páez, de la sabana de Bogotá, de don Tomás Rueda Vargas y del Salto de
Tequendama, de José Manuel Groot y de Francisco José de Caldas y una muy interesante
descripción de los socavones de las minas de sal de Zipaquirá, donde años después se
construiría la primera catedral de sal. En el campo histórico, "La batalla del
Santuario" está a cargo de Joaquín Posada Gutiérrez y hay varios textos de
carácter histórico sobre Bogotá, a través de diversas épocas; termina el capítulo
con una pequeña reseña de la capital, que en ese momento tenía 330.000 habitantes, y
con la descripción de un larguísimo viaje de Bogotá a Medellín, que entonces contaba
con 143.952 habitantes. Después de la reseña sobre la vida económica del departamento,
hay catálogo de los municipios de Cundinamarca (año de fundación, altura, temperatura y
número de habitantes).
El libro, como lo anotamos al comienzo, es una obra muy amena y valiosa, porque a
través de sus textos conocemos muchos de los aspectos esenciales y bastante desconocidos
de Colombia, y tenemos la oportunidad de hacer un paralelo entre lo que fue "Nuestro
lindo país colombiano" y el que tenemos ahora para entregarles a las generaciones
que vienen.
HELENA IRIARTE |