Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 45.   Volumen XXXIV - 1997 - editado en 1998
 

La diatriba como discurso


Provocaciones
Rafael Gutiérrez Girardot
Editorial Ariel, Santafé de Bogotá, 1997, 229 págs.


Algún día de la inagotable década de los veinte, André Breton dijo (y André Breton queda en nuestra memoria por lo que dijo y tal vez por lo que hizo, no por lo que escribió) que el deber de todo artista era odiar a su país creativamente. Entiendo la sentencia como un llamado al escepticismo más absoluto, al enfrentamiento sin concesiones y a veces iconoclasta, porque sólo ello es capaz de depurar los peligros del nacionalismo soso, ciego y estúpido y que siempre, sin que se sepa bien por qué, se vuelve pequeño fundamentalismo o chovinismo ingenuo y peligroso.

En los diez ensayos de Provocaciones (hay dos añadidos con respecto a la edición de 1992), Rafael Gutiérrez Girardot encuentra razones válidas para odiar a su país. No importa que el texto discurra sobre un filósofo español y otro alemán de la primera mitad de este siglo, Gutiérrez Girardot se las arregla para conducir los argumentos —o empujarlos, simplemente— a la crítica voraz en contra de las enfermedades nacionales, algunas veces, y en contra de los enfermos, las más de ellas. Sus víctimas predilectas son la familia Santos, la Universidad de los Andes, Germán Arciniegas, y en general cierta clase sociopolítica que aún habita impunemente en Colombia. Las simpatías del lector con cada una de estas opiniones regirán su paso por el libro y su sensibilidad moldeará su actitud. Basta decir que existe, entre los derechos del intelectual, este tipo de ejercicio de venganza verbal; que muchas veces el tono anterior se torna sincero lamento por nuestra suerte; que estos ejercicios, inclusive, habrían de constituir parte de eso que algún filósofo llamó el deber de indignación de los ciudadanos; que, finalmente, emprenderla de tal forma contra todo hábito social o intelectual que al autor le parezca indeseable o corrosivo sólo puede resultar saludable: es la ausencia de esta actividad lo que declara la muerte de una civilización. Porque lo que hace Gutiérrez Girardot contribuye al debate, abre espacios de crítica, despierta la desconfianza y el escepticismo, elementos imprescindibles de supervivencia hoy en día. Gutiérrez Girardot es parte de la conciencia odiada de nuestro ámbito; es prueba de que la visión desde fuera es privilegiada, como lo explicaba la manida metáfora del bosque; y es feliz testimonio de que el sopor nunca es total en ninguna parte. No discuto, insisto, la posible verdad de las opiniones de Gutiérrez Girardot; porque, como creía Borges en una página poco escuchada, de qué boca salga la verdad durante el diálogo es indiferente. Pero la crítica feroz forma parte de la lucha contra el chovinismo intelectual y de cualquier otra naturaleza. Tal actitud podría ser privilegiada en un ámbito como el latinoamericano, donde el desprecio ignorante sólo cede el paso a la adulación inocente y arribista. "La hispanística es, pues, una ciencia apologética —se lee en el ensayo Ernst Robert Curtius como hispanista—. Para ella y su praxis es evidente que en la historia intelectual europea no hay diferencia alguna entre Platón, Aristóteles, Kant, Hegel y Calderón de la Barca".

Los ensayos de Gutiérrez Girardot tienen, es bueno decirlo, el atributo de la erudición. El ensayista es un serio estudioso de los temas que abarca; conoce artículos sueltos aparecidos en revistas, conoce otros documentos de mínima resonancia, si de ello depende la sustentación de un argumento. Particularmente apasionantes son dos textos: el primero, José Ortega y Gasset. En el primer centenario de su nacimiento, que contempla la relación del filósofo español (que Gutiérrez considera un maestro de la simulación, un estafador intelectual) con sus contemporáneos alemanes: Mommsen, Cohen, Scheler y Heidegger ilustran, para Gutiérrez Girardot, el arribismo de Ortega y Gasset, que se jactaba de amistades inexistentes con las grandes figuras del pensamiento moderno; que declaraba haberse anticipado a todas las ideas (salvo unas poquísimas) de Heidegger, el más grande renovador de la filosofía occidental contemporánea. Sintetizando vida y obra, crítica y chisme, Gutiérrez Girardot entrega una sentencia que hoy quizá puede empezar a tenerse por cierta: "Lo que Ortega construyó fue un castillo de naipes —dice en Ortega y Gasset o el arte de la simulación— que el viento de los tiempos ha destruido silenciosamente".

En segundo lugar, "Clasicismo" y revolución en Jorge Luis Borges examina afortunadamente las nociones de lo clásico y lo romántico, para intuir que Borges, en sus tópicos, fue un revolucionario. Gutiérrez Girardot contribuye a desechar el rótulo de "reaccionario" que muchos asignaron a Borges sobre la base dudosa (entre otras bases dudosas) de su concepción del tiempo. En seguida Gutiérrez Girardot sorprende al lector estableciendo un paralelo entre Las ruinas circulares y Los sonámbulos, de Hermann Broch. La sorpresa es grata, quizá por lo difícil del encuentro. El autor la lleva a buen término, lo cual no carece de talento.

Los demás ensayos se benefician todos de la lucidez y la meticulosidad de Gutiérrez Girardot. Su sustancia es firme, y sobrelleva sin problemas los riesgos a los que la somete la constante diatriba. Es de lamentar, por otro lado, la modestia formal de los textos, que acaso raye en pobreza en algunos párrafos. La prosa de Gutiérrez Girardot es notable por su carencia de recursos sintácticos, que obliga a frases largas pero incoherentes, pródigas en subordinadas que las comas caóticas no logran salvar para el entendimiento. Los giros torpes, las estructuras pesadas, son consecuencias necesarias de un mal estilo o, al menos, de una redacción poco imaginativa. El libro entero, además, no parece haber sido corregido, o acaso haya sido víctima de una inusual negligencia. Las faltas van desde la errata mecanográfica sin importancia hasta la ausencia de concordancias gramaticales. "Pero el eco que tuvieron, no lo animaron a continuar la obra", se lee en la página 82 sobre la obra de Theodor Mommsen. No es el único golpe a los ojos del lector.

Al final queda la sensación de que factores que parecerían extraños al preciso argumento filosófico, como la poca elegancia en las burlas onomásticas (Julius Caesar Turbado y ¡Ay! Ala es quizá el peor ejemplo), turban la lectura. Una de las enfermedades predilectas de Gutiérrez Girardot, contra la cual enfila sus armas hasta tres veces en el libro, es la del rastacuerismo; pero cada vez que el autor explica el origen francés del vocablo, utiliza una grafía distinta. Son minucias que, sin embargo, no deberían impedir la realidad siguiente: la importancia de este autor en el contexto intelectual colombiano es innegable, su presencia es imprescindible. Lúcidos y feroces, los ensayos de Gutiérrez Girardot son una de las pocas arenas con que aún cuenta el espíritu crítico.

JUAN GABRIEL VÁSQUEZ