| De buenas y regulares venturas
Jóvenes, pobres amantes
Óscar Collazos
Seix Barral, Santafé de Bogotá, 1997,
239 págs.
En Jóvenes, pobres amantes se reúnen dos novelas en un solo libro.
Ésta, del título, y De putas y virtuosas publicadas por Seix Barral, Santafé de
Bogotá, en 1997.
Dos historias en el puerto de Buenaventura, que habían sido editadas ya,
separadas, en 1983. Por Plaza & Janés la primera y Editorial Laia la segunda, ambas
en Barcelona (España).
Jóvenes, pobres amantes es una historia
interesante de principio a fin, en ocasiones dilatada por el autor, Óscar Collazos, quien
se solaza en anotaciones, paréntesis y recuerdos de la vida a veces desdichada y a veces
lúcida de sus personajes, su tiempo y su geografía.
Toño Díaz, un astuto malandrín de 20 años en el puerto de Buenaventura
acompañado de La Loca, su desgreñada y voluptuosa amante, inducen al narrador de la
historia, un estudiante de 16 años en tiempo de vacaciones, hijo de bien, ávido de
aventuras, calle, sexo y noche. De ellos le cautivan su libertad, su arrojo, su
irreverencia, la lealtad que se consolida a medida que progresan sus andanzas.
Toño, avezado en el rebusque de la calle, se encarga interesadamente de guiar
hasta el prostíbulo a los marineros y viajeros que llegan al puerto, a la vez que de
robarlos o cobrar con sexo el miedo de las asustadas mujeres blancas que caen en sus
manos. Su vida pende siempre de un hilo, pero no le importa. Lleva la despreocupación del
que nada tiene y para quien cada día es una supervivencia llena de expectativas, cerveza,
amigos o enemigos ocasionales, la mugre y el abandono del puerto: su casa, su cárcel.
Así lo presenta el autor, justo al comienzo de la narración: "No era
exactamente un criminal. Podría ser uno de aquellos muchachos que de tanto recibir golpes
piensa que mejor sería darlos por su cuenta, la salvaje vida por delante, resistiéndose
a la resignación. Nadie se resigna por mucho tiempo a las miserias. Si después de
algunos esfuerzos la gran puta sigue allí, hay que pasarlo de la mejor forma, podía
haber pensado entonces el muchacho. Cuando se ha llegado a ese convencimiento pensé
yo años después la vida se vuelve menos amarga, aunque en el fondo y con el tiempo
se esté preparando la fría sangre de truhán. De esta estirpe era Toño Díaz. A pesar
de los años, no me ha sido difícil recordarlo" (pág. 13).
Entre Toño y La Loca crece un amor fatigado por el sexo, la tiranía, el vicio,
el desprendimiento de sus propias vidas. Ella ofrece su cuerpo al mejor postor, o en
juegos colectivos con los amigos de Toño. Está siempre dispuesta a ofrecer sus marchitos
frutos reavivados por la juventud. Pero en Toño tiene a su verdadero amante, por que es
él quien la tiraniza y la doblega, quien la menosprecia y la humilla, quien finalmente la
busca y la quiere.
En medio de los dos está el narrador de esta historia de jóvenes, pobres
amantes, del cual no sabemos su nombre, porque su amistad con ellos es distante, y no
parece interesarles ese detalle nimio, y es él quien decide seguirlos, aburrido del orden
y la previsible monotonía de su casa, aprovechando el tiempo sin tiempo de sus
vacaciones. Le toma cariño a Toño y tiene sueños eróticos con La Loca. Ve en ellos los
epígonos de una libertad y desenfreno que incuban en sus 16 años, la irreverencia y
astucia que se requieren para sobrevivir a la demolición de ese puerto comido por el
calor, el abandono, la trampa, el tráfico de toda índole y la sordidez.
Le regala dinero a Toño, saca ropa deportiva de su casa para regalársela (esa
amistad comenzó con el atraco de sus tenis nuevos a manos de Toño, con rayón de navaja
en el brazo incluido), le sirve de campanero en los robos a las gentes, del puerto, etc.
Con ellos, comienza a conocer la vida y las verdades del puerto de Buenaventura. Y eso le
gusta y lo sustrae de la vida y las mentiras de su cotidiana realidad.
Memorable de la novela es el pasaje en que el narrador y sus dos amigos suben a
La Pilota, zona de tolerancia del puerto.
En el bar El Caney encuentra el muchacho a Martínez, su profesor de historia en
el colegio, quien vive en ese barrio y todas las noches visita aquel lugar, sólo para
distraerse, para no pensar. Apasionado personaje este profesor. Locuaz y sarcástico,
reviste la presencia de un sabio abandonado a la vida sin alicientes de aquel puerto de
seres primarios y pendencieros, con la única convicción de ver pasar las cosas,
introduciendo en sus alumnos el bicho de la inconformidad y aterrizándoles a los
personajes y mentiras de la historia.
"El Imperio romano era, en las explicaciones de Martínez, una orgía de
asesinatos y de alcobas ensangrentadas, de intrigas que él contaba como si fueran
sainetes, tragedias, piezas de enredos. Si sacan algo en claro, avísenme, muchachos: no
doy clases para la claridad, sino para meter un poco de confusión allí donde había
sólo ignorancia". Así lo recuerda el autor (pág. 85).
Esa misma noche, entre cervezas, aguardientes y baile, Toño se trenza en una
pelea a cuchillo, de la cual ambos contendores salen ilesos. Comenzó por los celos de
quien pensó que Toño galanteaba a su pareja.
Al día siguiente, el narrador sale de allí atontado por la borrachera y hace un
recorrido por el puerto que lo lleva hasta la playa, al refugio-covacha de La Loca,
suponiendo encontrar en ese lugar a su amigo, perdido varias horas antes. Lo encuentra
moribundo, apuñalado por la espalda por quien había sido su rival en el bar.
Sereno, de alguna manera orgulloso y disculpado por haber sido atacado a
traición, agoniza con la dignidad de quien muere en su ley y no requiere escándalos ni
lágrimas ni venganzas.
Prosa ágil y bien cuidada la de Óscar Collazos, con su reino establecido en el
puerto de Buenaventura. Pasajes bellos y poéticos de excelente narrador, y caídas en
cierta insubstancialidad que desconcentra la lectura y coloca en labios del narrador (16
años) asuntos y reflexiones que a todas luces no le competen, no le "caben".
Quizá porque el narrador cuenta la historia, recordado a su vez por el autor, quien se
encuentra escalones más arriba, su demiurgo.
Más concentrada es la novela De putas y virtuosas, que completa este bien
editado volumen de Seix Barral.
Amalia Cifuentes Mora, recatada y púdica a pesar de su condición de prostituta,
reverencia los oficios religiosos de jueves y viernes santo, días en que transcurre la
historia en el mismo puerto de Buenaventura.
Cansada, estragada de la vida, se mantiene allí ante la falta de una mejor
opción y porque los años ya no le dan una oportunidad de buscar mejores alternativas.
Desprecia todo aquello y se aleja del bullicio y ordinariez de sus compañeras hasta el
punto de ser casi enemiga de todas ellas. Todo terminaría de otra manera, menos
pacífica, de no ser por el respeto y casi miedo que infunde en sus colegas, excepto en
Rosa, su única y fiel amiga.
Las enfrenta, las corrige, las insta al respeto que deben guardar en la Semana
Mayor y no se permite ligerezas insinuadas por ocasionales clientes que llegan a saciar su
lascivia y brutalidad. Ni siquiera a Joaquín, médico del puerto, de quien se había
enamorado a pesar de las dificultades de su matrimonio y sus dos hijos. Él encontraba en
ella la aventura y la sinceridad que no había en su casa, el amor no podrido por la
costumbre y las obligaciones.
Una historia de amor desgraciado, llevada al plano de la comedia en un trópico
insubstancial, enrarecido por la monotonía y el tráfico de mercancías y de cuerpos.
Donde también el amor es una compra-venta y quienes se rebelan están condenados a un
ostracismo interior que debe terminar en la delincuencia, la ilegalidad, el sufrimiento de
mártires o el suicidio. Aquí nadie se suicida porque en las dos novelas los personajes
han elegido las opciones anteriores y un suicidio sería quizá el tema de una tercera
novela.
De putas y virtuosas es una novela previsible, que pisa terrenos muy
trajinados en la literatura, pero rescatada de la intrascendencia por el recurso de un
lenguaje bien hilvanado, que ensarta al lector en la fina psicología de la protagonista,
las bien tratadas escenas de alcoba y de la homosexualidad, apenas sugerida, entre Amalia
y Rosa, que sólo al final tiene un tinte más marcado y dejará al lector con una sonrisa
de pudor y complicidad.
Este díptico es extensión del imaginario de Collazos, afincado para siempre en
esa ciudad-puerto de la que nunca ha podido desprenderse, de la que nunca en realidad ha
salido y que constituye el centro de sus mejores historias y sueños.
Por ello ese lapidario epígrafe del libro, de Constantino Cavafis: "No
hallarás otras tierras ni otros mares./La ciudad irá contigo a donde vayas".
LUIS GERMÁN SIERRA J. |