Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 45.   Volumen XXXIV - 1997 - editado en 1998
 

De buenas y regulares venturas


Jóvenes, pobres amantes
Óscar Collazos
Seix Barral, Santafé de Bogotá, 1997,
239 págs.


En Jóvenes, pobres amantes se reúnen dos novelas en un solo libro. Ésta, del título, y De putas y virtuosas publicadas por Seix Barral, Santafé de Bogotá, en 1997.

Dos historias en el puerto de Buenaventura, que habían sido editadas ya, separadas, en 1983. Por Plaza & Janés la primera y Editorial Laia la segunda, ambas en Barcelona (España).

Jóvenes, pobres amantes es una historia interesante de principio a fin, en ocasiones dilatada por el autor, Óscar Collazos, quien se solaza en anotaciones, paréntesis y recuerdos de la vida a veces desdichada y a veces lúcida de sus personajes, su tiempo y su geografía.

Toño Díaz, un astuto malandrín de 20 años en el puerto de Buenaventura acompañado de La Loca, su desgreñada y voluptuosa amante, inducen al narrador de la historia, un estudiante de 16 años en tiempo de vacaciones, hijo de bien, ávido de aventuras, calle, sexo y noche. De ellos le cautivan su libertad, su arrojo, su irreverencia, la lealtad que se consolida a medida que progresan sus andanzas.

Toño, avezado en el rebusque de la calle, se encarga interesadamente de guiar hasta el prostíbulo a los marineros y viajeros que llegan al puerto, a la vez que de robarlos o cobrar con sexo el miedo de las asustadas mujeres blancas que caen en sus manos. Su vida pende siempre de un hilo, pero no le importa. Lleva la despreocupación del que nada tiene y para quien cada día es una supervivencia llena de expectativas, cerveza, amigos o enemigos ocasionales, la mugre y el abandono del puerto: su casa, su cárcel.

Así lo presenta el autor, justo al comienzo de la narración: "No era exactamente un criminal. Podría ser uno de aquellos muchachos que de tanto recibir golpes piensa que mejor sería darlos por su cuenta, la salvaje vida por delante, resistiéndose a la resignación. Nadie se resigna por mucho tiempo a las miserias. Si después de algunos esfuerzos la gran puta sigue allí, hay que pasarlo de la mejor forma, podía haber pensado entonces el muchacho. Cuando se ha llegado a ese convencimiento —pensé yo años después— la vida se vuelve menos amarga, aunque en el fondo y con el tiempo se esté preparando la fría sangre de truhán. De esta estirpe era Toño Díaz. A pesar de los años, no me ha sido difícil recordarlo" (pág. 13).

Entre Toño y La Loca crece un amor fatigado por el sexo, la tiranía, el vicio, el desprendimiento de sus propias vidas. Ella ofrece su cuerpo al mejor postor, o en juegos colectivos con los amigos de Toño. Está siempre dispuesta a ofrecer sus marchitos frutos reavivados por la juventud. Pero en Toño tiene a su verdadero amante, por que es él quien la tiraniza y la doblega, quien la menosprecia y la humilla, quien finalmente la busca y la quiere.

En medio de los dos está el narrador de esta historia de jóvenes, pobres amantes, del cual no sabemos su nombre, porque su amistad con ellos es distante, y no parece interesarles ese detalle nimio, y es él quien decide seguirlos, aburrido del orden y la previsible monotonía de su casa, aprovechando el tiempo sin tiempo de sus vacaciones. Le toma cariño a Toño y tiene sueños eróticos con La Loca. Ve en ellos los epígonos de una libertad y desenfreno que incuban en sus 16 años, la irreverencia y astucia que se requieren para sobrevivir a la demolición de ese puerto comido por el calor, el abandono, la trampa, el tráfico de toda índole y la sordidez.

Le regala dinero a Toño, saca ropa deportiva de su casa para regalársela (esa amistad comenzó con el atraco de sus tenis nuevos a manos de Toño, con rayón de navaja en el brazo incluido), le sirve de campanero en los robos a las gentes, del puerto, etc. Con ellos, comienza a conocer la vida y las verdades del puerto de Buenaventura. Y eso le gusta y lo sustrae de la vida y las mentiras de su cotidiana realidad.

Memorable de la novela es el pasaje en que el narrador y sus dos amigos suben a La Pilota, zona de tolerancia del puerto.

En el bar El Caney encuentra el muchacho a Martínez, su profesor de historia en el colegio, quien vive en ese barrio y todas las noches visita aquel lugar, sólo para distraerse, para no pensar. Apasionado personaje este profesor. Locuaz y sarcástico, reviste la presencia de un sabio abandonado a la vida sin alicientes de aquel puerto de seres primarios y pendencieros, con la única convicción de ver pasar las cosas, introduciendo en sus alumnos el bicho de la inconformidad y aterrizándoles a los personajes y mentiras de la historia.

"El Imperio romano era, en las explicaciones de Martínez, una orgía de asesinatos y de alcobas ensangrentadas, de intrigas que él contaba como si fueran sainetes, tragedias, piezas de enredos. Si sacan algo en claro, avísenme, muchachos: no doy clases para la claridad, sino para meter un poco de confusión allí donde había sólo ignorancia". Así lo recuerda el autor (pág. 85).

Esa misma noche, entre cervezas, aguardientes y baile, Toño se trenza en una pelea a cuchillo, de la cual ambos contendores salen ilesos. Comenzó por los celos de quien pensó que Toño galanteaba a su pareja.

Al día siguiente, el narrador sale de allí atontado por la borrachera y hace un recorrido por el puerto que lo lleva hasta la playa, al refugio-covacha de La Loca, suponiendo encontrar en ese lugar a su amigo, perdido varias horas antes. Lo encuentra moribundo, apuñalado por la espalda por quien había sido su rival en el bar.

Sereno, de alguna manera orgulloso y disculpado por haber sido atacado a traición, agoniza con la dignidad de quien muere en su ley y no requiere escándalos ni lágrimas ni venganzas.

Prosa ágil y bien cuidada la de Óscar Collazos, con su reino establecido en el puerto de Buenaventura. Pasajes bellos y poéticos de excelente narrador, y caídas en cierta insubstancialidad que desconcentra la lectura y coloca en labios del narrador (16 años) asuntos y reflexiones que a todas luces no le competen, no le "caben". Quizá porque el narrador cuenta la historia, recordado a su vez por el autor, quien se encuentra escalones más arriba, su demiurgo.

Más concentrada es la novela De putas y virtuosas, que completa este bien editado volumen de Seix Barral.

Amalia Cifuentes Mora, recatada y púdica a pesar de su condición de prostituta, reverencia los oficios religiosos de jueves y viernes santo, días en que transcurre la historia en el mismo puerto de Buenaventura.

Cansada, estragada de la vida, se mantiene allí ante la falta de una mejor opción y porque los años ya no le dan una oportunidad de buscar mejores alternativas. Desprecia todo aquello y se aleja del bullicio y ordinariez de sus compañeras hasta el punto de ser casi enemiga de todas ellas. Todo terminaría de otra manera, menos pacífica, de no ser por el respeto y casi miedo que infunde en sus colegas, excepto en Rosa, su única y fiel amiga.

Las enfrenta, las corrige, las insta al respeto que deben guardar en la Semana Mayor y no se permite ligerezas insinuadas por ocasionales clientes que llegan a saciar su lascivia y brutalidad. Ni siquiera a Joaquín, médico del puerto, de quien se había enamorado a pesar de las dificultades de su matrimonio y sus dos hijos. Él encontraba en ella la aventura y la sinceridad que no había en su casa, el amor no podrido por la costumbre y las obligaciones.

Una historia de amor desgraciado, llevada al plano de la comedia en un trópico insubstancial, enrarecido por la monotonía y el tráfico de mercancías y de cuerpos. Donde también el amor es una compra-venta y quienes se rebelan están condenados a un ostracismo interior que debe terminar en la delincuencia, la ilegalidad, el sufrimiento de mártires o el suicidio. Aquí nadie se suicida porque en las dos novelas los personajes han elegido las opciones anteriores y un suicidio sería quizá el tema de una tercera novela.

De putas y virtuosas es una novela previsible, que pisa terrenos muy trajinados en la literatura, pero rescatada de la intrascendencia por el recurso de un lenguaje bien hilvanado, que ensarta al lector en la fina psicología de la protagonista, las bien tratadas escenas de alcoba y de la homosexualidad, apenas sugerida, entre Amalia y Rosa, que sólo al final tiene un tinte más marcado y dejará al lector con una sonrisa de pudor y complicidad.

Este díptico es extensión del imaginario de Collazos, afincado para siempre en esa ciudad-puerto de la que nunca ha podido desprenderse, de la que nunca en realidad ha salido y que constituye el centro de sus mejores historias y sueños.

Por ello ese lapidario epígrafe del libro, de Constantino Cavafis: "No hallarás otras tierras ni otros mares./La ciudad irá contigo a donde vayas".

LUIS GERMÁN SIERRA J.