Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 45.   Volumen XXXIV - 1997 - editado en 1998
 

Nuevas apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano


Fulanitos de tal, zutanitas de tul
Luis Aguilera
Planeta, Santafé de Bogotá,
1996, 341 págs.


Después de haber leído algunas páginas de la reciente novela de Luis Aguilera —Fulanitos de tal, zutanitas de tul— es casi inevitable recordar cierto episodio del Juan de Mairena de Antonio Machado. En el episodio en cuestión, Mairena le pide a uno de sus discípulos escribir la siguiente frase en la pizarra:

"Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rua".

Luego Mairena le dice a su alumna que escriba lo mismo en lenguaje poético para darse finalmente por satisfecho con un escueto "lo que pasa en la calle". Este episodio seguramente iba dirigido contra el barroquismo de algunos poetas de la época de Machado —empezando por los miembros de la Generación del 27— que andaban por el mundo en busca de metáforas asombrosas e inéditas. Contra ellos, Machado defendía la idea de que el trabajo literario consistía, ante todo, en la búsqueda de la sencillez.

Aguilera, a diferencia de Machado, no parece creer en la sencillez ni en la expresión escueta. Así, por ejemplo, para decir que alguien no gritó prefiere asegurar que alguien no abrió "la caja estridente de sus gritos" (pág. 7). Más adelante, en lugar de hablar de "las armas homicidas", habla de "la siempre macabra mercancía con que los descendientes de Caín se aplican a quitar prójimo de en medio" (pág. 20).

No es que la estética que predicaba Machado, a través de Juan de Mairena, tenga validez universal y absoluta. El barroquismo —o, mejor, el barroco— puede ser válido siempre y cuando abra nuevos sentidos a las palabras y de esta manera supere el simple malabarismo verbal para convertirse en una suerte de alquimismo. En el caso de Aguilera, sin embargo, es imposible ver un enriquecimiento del sentido de las palabras cuando, por ejemplo, en lugar de decir que los testigos no oyeron nada dice que "los figurantes accidentales del caso son unánimes al señalar que no escucharon prolegómeno alguno de gritos, tacos o amenazas" (pág. 14).

Incluso, tratándose de una novela policial —como es el caso de la novela de Aguilera— puede decirse que estos rebuscamientos verbales tienden a molestar al lector y a desviarlo del posible interés por la trama, que es lo que suele ser el principal atractivo de una novela policial. Sin embargo, puede pensarse que el barroquismo rimbombante de Fulanitos de tal, zutanitas de tul, tiene un sentido. Un sentido paródico. A medida que se avanza en la lectura, y se van encontrando joyas como las ya citadas, llega un momento en que ya resulta imposible descartar la posibilidad de que el narrador no esté hablando en serio sino impostando la voz para burlarse de alguien a través del remedo grotesco.

Aguilera usa, por momentos, un lenguaje rimbombante para describir una realidad que se enmascara detrás de falsas galas. No sólo el lenguaje es retorcido en esta novela. Todo es retorcido. Los motivos de los personajes, sus destinos, incluso el desarrollo de la investigación propiamente policíaca en la que cada cual termina averiguando más cosas sobre sí mismo que sobre el caso que pretende investigar.

A diferencia de la mayoría de las novelas policiales en las que ocurre un crimen y luego aparece alguien —bien sea un policía o un detective privado— que se entrega a la investigación como un asunto de rutina, en esta novela se requieren un montón de azares y de coincidencias para que se dé, siquiera, el comienzo de una investigación. Los dos investigadores son típicos antihéroes. De un lado Julián Bolaños, un juez alcohólico que empieza a interesarse por el caso de la misteriosa desaparición de Domingo Lunes sólo porque su jefe quiere echarlo a la calle y le da treinta días para que solucione ese caso que hubiera podido ser cualquier otro. Del otro lado Emilio Cuervo, el jefe del laboratorio de fotografía de la policía, un tipo lleno de complejos y frustraciones de toda índole cuya única actividad sexual es, desde hace años, masturbatoria, que se pasa los fines de semana leyendo novelas policíacas —por falta de amigos y relaciones— y que ve en el caso Lunes la posibilidad de hacer en su vida por lo menos una cosa de valor.

La investigación se desarrolla por cauces laberínticos porque nadie dice lo que está pensando y los investigadores no buscan lo que dicen buscar sino siempre otra cosa. Incluso, llega un momento en que a nadie —tal vez sólo al lector— parece interesarle ya lo que pasó con el desaparecido. Ni siquiera a su presunta viuda. Cada cual, empezando por Emilio Cuervo, tiene suficiente con sus propios retorcimientos. Y todo, también la trama, es retorcido como el lenguaje, porque, como dice Cuervo en un momento dado "los colombianos nunca decimos las cosas a derechas, no conocemos el camino recto" (pág. 81).

Detrás del barroquismo y la rimbombancia se esconde la obscenidad. Por eso, tal vez no sea coincidencia que Domingo Lunes desaparezca en un burdel de quinta categoría y no en otra parte. Toda la Bogotá que describe Aguilera, en cierta medida, está marcada por el burdel y por eso, llega a decirse, en un momento dado, que "a su manera cada quien se va prostituyendo" (pág. 193) y Gloria de Lunes —en un momento en que pasa revista a todos los acosos sexuales de los que ha sido objeto— se dice a sí misma que lo que ella tiene entre las piernas los hombres lo tienen en la cabeza (pág. 201). El lenguaje rimbombante —y falso— de las fraseologías a las que, según se dice en un momento dado, somos adictos los colombianos (pág. 126), también forma parte de la obscenidad y de la vulgaridad que caracteriza la realidad que se describe.

"La chabacanería ha hecho de este país su reino" (pág. 157), dice en un momento dado el juez Bolaños que poco antes se había molestado ante el hecho de que una prostituta dijera tener "nombre de artista" (pág. 141). La chabacanería es el imperio del mal gusto, que se caricaturiza con el lenguaje abarrocado de la novela. Y el mal gusto, cabe pensar, no es sólo un problema estético sino, ante todo, la expresión de una distorsión total de los valores en el plano ético. En un ensayo sobre Karl Kraus, Erich Heller comienza diciendo que una vez que le preguntaron a Confucio qué sería lo primero que él haría si tuviera que administrar un país, Confucio había contestado que él empezaría por mejorar el uso del lenguaje.

Ante esta respuesta los discípulos se sorprendieron y protestaron diciendo que el tema del lenguaje no tenía nada que ver con la pregunta que ellos habían hecho. "Si falla el lenguaje —explicó entonces Confucio— lo que se dice no es lo que se piensa. Si lo que se dice no es lo que se piensa, entonces las obras no llegan a realizarse. Si las obras no llegan a realizarse entonces no florecen la moral y el arte y si no florecen la moral y el arte entonces se desvía la justicia y si la justicia se desvía entonces todo el país anda a la deriva".

En el mundo de la novela de Aguilera el lenguaje falla, porque está distorsionado, y la justicia está desviada. Eso lo muestra, entre otras cosas, la siguiente afirmación del juez Bolaños:

Cuando las faltas son muy grandes no tienen castigo: se negocian. No sucede lo mismo con lo poco importante, con lo pequeño. Siempre se le juzga desproporcionadamente (pág. 248).

Todo, como el lenguaje, está distorsionado. El barroquismo y la rimbombancia son expresión de una carencia ética. A medida que se va leyendo se puede llegar a pensar, en un momento dado, que lo único auténtico y limpio del mundo que se describe es la fe religiosa de las prostitutas. En el mundo de la prostitución es el único lugar en esta novela en que cada quien dice abiertamente lo que está buscando. Las prostitutas parecen ser los únicos personajes que, por momentos, conocen el camino recto. Sería curioso saber si Aguilera al poner en boca de Betsabé —una de las prostitutas de la novela— varias defensas de su profesión no tuvo en mente cierto poema del mexicano Jaime Sabínez en el que se pide la canonización de las putas.

En todo caso en esfuerzo similar al de Sabínez por canonizar a las putas, Aguilera le levanta un triste monumento a Betsabé que dura páginas y paginas y que al lector que esté interesado en saber qué pasó con Domingo Lunes le molestará. Ese es tal vez el único defecto claro de la novela. Como novela policíaca, le sobran cerca de cincuenta páginas que se hubieran podido evitar sin sacrificar por eso las reflexiones que hace Aguilera sobre el mundo de la prostitución en el que tematiza más de una vez el tópico de la mujer que tiene que prostituirse por necesidad.

Ahí, en el mundo de la prostitución, se da la muerte de los ideales. También Gloria de Lunes —cuando entra en el "Candilejas" en busca de su marido— termina por sentir que lo que ella había sentido como un amor puro —acompañado del recuerdo melancólico de la primera desnudez compartida en una pensión de paso de la calle 57—, tiene un trasfondo obsceno y se imagina a su marido haciéndole el amor, sin quitarse los zapatos, sobre una mesa del "Candilejas" rodeados de clientes que los observan y hacen chistes verdes y sueltan risotadas.

Pero la novela no se queda sólo en la mostración de la muerte de los ideales sino que, a través de una conversación entre Bolaños y Cuervo que tiene lugar ocho años después de la desaparición de Domingo Lunes, da paso a una reflexión melancólica. En ese diálogo, que se introduce a partir de la página 93, la voz de Cuervo empieza a reemplazar por momentos la voz del narrador rimbombante y el lenguaje cambia un poco aunque, tanto Bolaños como Cuervo, tiende a usar giros rebuscados pero sin llegar a los extremos del narrador principal.

A pesar de toda la crueldad y la acidez de la novela, en el diálogo entre Cuervo y Bolaños —y en la melancolía que se respira en el mismo— se alcanza a sentir de rato en rato algo así como un oasis para algo que podría llamarse "buenos sentimientos". Los dos personajes dan lástima pero —hasta cierto punto— producen también cierta simpatía. La vida y el misterio de la desaparición de Domingo Lunes en cierta medida terminan derrotándolos. La ciudad por la que caminan prácticamente no es de ellos. Y los dos han aprendido que el sentido de las palabras es engañoso.

Bolaños es lo que es. Un abogado mediocre, que llegó a juez adjunto y a quien el alcoholismo y las vicisitudes del caso Domingo Lunes lo llevaron a perder su trabajo. Su única lucidez consiste en sus quejas acerca de la mediocridad del país que, en cierto punto, él mismo encarna.

Cuervo, en cambio, siente que hubiera podido ser otra cosa. Desde niño —le dice Cuervo a Bolaños—, él tuvo una pasión, la pasión del investigador. "Me gustaban las Ciencias Naturales, la Arqueología. Pero usted ya sabe que en este país si no hay dinero no hay estudios" (pág. 85).

Esa vocación frustrada de investigador —y su abuso de la lectura de novelas policíacas que lleva a que Bolaños lo compare con Alonso Quijano (pág. 86)— es lo que lleva a Emilio Cuervo a convertirse en un detective caricaturesco. Al final lo que descubre —según él mismo dice— es la clave de su destino (pág. 341). No diré aquí cómo termina la novela porque esto sería atentar contra las más elementales reglas de cortesía tratándose de una novela policial. Pero sí puedo decir que al final queda —en contraste con el lenguaje rimbombante de las primeras páginas— un silencio que puede propiciar la meditación. En ese momento cabe pensar que toda la novela es una lucha contra el ruido de las palabras que no dejan oír —para decirlo vallejianamente— la voz de la palabra.

En ese sentido, la novela se hubiera podido titular Nuevas apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano. Porque el lenguaje bogotano —los lenguajes bogotanos— atraviesan la novela y la marcan. Y aunque estas apuntaciones críticas tienen un sentido distinto al de las apuntaciones de Rufino José Cuervo no deja de ser curioso que Aguilera —a la hora de bautizar a su detective improvisado— haya resuelto darle el apellido del filólogo.

Fulanitos de tal, zutanitas de tul es, al menos en su intención implícita, una novela filológica. Es decir, una novela caracterizada por el amor a la palabra o —en su sentido originario— por el amor al logos. En ese amor se libra primero una batalla contra las falsas palabras, contra la palabrería. Esta intención es sin duda interesante y hasta seductora. Es difícil decir si la ejecución de la idea estuvo a la altura de la misma o no. En este caso, como en muchos otros, es necesario dejar que el recuerdo de la lectura madure en la memoria que es donde, en último término, se sabe si lo que perdura de una obra son sus aciertos o sus fallos. Más atrás he señalado un fallo estructural y creo haber aludido indirectamente a muchos de los logros. De momento creo que predominan los logros. Y creo que predominan los logros porque lo que me da vueltas en la cabeza es la frase final de Emilio Cuervo —no la citaré— y la manera como la dice. Tal vez para esa frase —y para esa escena— fue escrita toda la novela. Bolaños y Cuervo se despiden. El taxi de Bolaños se aleja y Cuervo le grita la última frase —tiene que gritarla porque el ruido de la carrera 13 y la distancia no dejan oír— y en el grito, la o de una de las palabras dichas termina agrandándose como si fuera un pozo en cuyo fondo estuviera todo el misterio.

Tal vez el ruido de la ciudad sea como el ruido de las palabras falsas y el grito de Cuervo sea el sentido de la palabra verdadera. Aguilera, lo sabemos a más tardar en el colofón de la novela, se ha alejado de la ciudad que ha descrito. Su evocación de Bogotá es una evocación lejana y —en lo mucho que tiene esta evocación de pesadilla— se podría pensar que se trata de un exorcismo. En todo caso, al final termina uno imaginándose una Bogotá llena de destinos. Como el de Cuervo, como el de Bolaños, como el del desaparecido Domingo Lunes. Y Bogotá sigue siendo la misma aunque cada destino sea distinto y único porque, como le dice Betsabé a Gloria de Lunes parafraseando a Heráclito sin saberlo, "el agua que se lleva el río no pasa dos veces bajo el mismo puente, pero sigue siendo el mismo río" (pág. 281).

Heráclito también quería oír el logos y se quejaba de que las multitudes no lo oyeran. Heráclito también era filólogo. Hace no mucho Luis Aguilera publicó —en Canarias— un libro de poemas titulado Quítenme esos versos de ahí. Tal vez pensaba en los malos versos en donde, como lo advirtió Silva, es el único lugar donde puede encontrarse la poesía. "Quítenme esos versos de ahí —hubiera podido decir Aguilera—, para dejarme oír la poesía". En esta novela, tiende a pedir que le quiten de ahí ciertas palabras para que lo dejen oír el logos. Como a Heráclito.

RODRIGO ZULETA