| La generación de la diáspora contraataca
Fulanitos de tal, zutanitas de tul
Luis Aguilera
Planeta, Santafé de Bogotá,
1996, 341 págs.
Es bueno recordar de cuando en cuando que Colombia es la patria del que tal vez
sea el mejor novelista del mundo; que es también el país tradicional de los buenos
poetas; que aun antes de don Miguel Cané, la ciudad de Santafé era conocida como una
Atenas sudamericana; que, como decía Alberto Lleras, en alguna época la poesía era el
primer escalón de la vida pública y se podía llegar hasta la presidencia ascendiendo
por una escalera de alejandrinos pareados.
La nuestra es una patria de escritores. Así estos no anden en casa sino en
foráneas patrias. Sin querer aseverar que en casa de herrero hay por fuerza cuchillo de
palo, ya parece que va siendo el momento de no poder ocultar una realidad inocultable:
buena parte de la mejor literatura colombiana se está escribiendo en el extranjero. Ya va
siendo hora de reconocer la importancia de esa generación de la diáspora, compuesta
en buena parte por autores no muy jóvenes casi todos tienen más de cuarenta y
cinco años lo que indica no tanto que se trata de talentos recién nacidos o de
escritores tardíos, sino antes bien un pasado de largas y amargas luchas por darse a
conocer. ¿Escritores tardíos? Para nada. En Colombia el tardío es el país.
Creo imposible que en un futuro se pueda hablar de la literatura colombiana de
finales del siglo XX sin referirse tal vez en primer término a esa
generación accidental y accidentada. La realidad va cambiando y es difícil percibir qué
es lo sustancial en medio de la hojarasca del presente. Colombia cuenta hoy con ciudades
nuevas e inesperadas, que por cierto no son las menos pobladas: Jackson Heights en Nueva
York, la misma Miami, capital de Latinoamérica... Sin temor a equivocarnos podemos decir
que algunas de dichas ciudades están entre las diez más pobladas del país 1. Y cada una de ellas tiene, como es claro, sus representantes
literarios, que por lo general viven en mejores condiciones que los que se han quedado en
su tierra natal. Citaré, pidiendo antes excusas por las muchas omisiones, a algunos de
los más representativos escritores de esa diáspora. No menciono los de Nueva York, que
son legión, y que ya han merecido más de una antología. En Miami está Luis Zalamea, en
México están García Márquez, Álvaro Mutis, Aguilera Garramuño, Eduardo García
Aguilar... y otros tantos; algunos andan o anduvieron por el Viejo Mundo: en España
Ricardo Cano Gaviria, y hace un tiempo Moreno Durán y Óscar Collazos; en Alemania, el
narrador Luis Fayad y los críticos Gutiérrez Girardot, Carlos Rincón y, últimamente,
Rodrigo Zuleta, quien está derrochando desde hace un tiempo lucidez y originalidad en las
páginas de este mismo Boletín.
No quiero decir que todo lo importante se esté hacienda afuera, sino que lo que
se está haciendo afuera es importante, y muy importante. El alejamiento otorga cierto
prestigio, y el salir del medio provinciano permite desarrollar capacidades que en medio
del tráfago diario de la lucha por el pan rara vez se ven. A su vez hay menor dificultad
de acceso a editores no mendicantes. Tampoco culpo a los editores nuestros, pero lo cierto
es que si algún día tengo dinero para un negocio, en lo último que pienso invertir es
en una casa editorial.
* * *
Esta generación de la diáspora se caracteriza entre otras cosas por una
amplitud en los temas tratados fruto acaso de ese mismo alejarse de la
provincia. Maqroll el Gaviero parece ser el moderno héroe de esos escritores,
vagabundo y carente de nacionalidad.
Uno de ellos escribe una novela sobre la muerte de Rivera, otro sobre la vida de
Silva, pero también novelas sobre Flaubert o sobre Walter Benjamin. Otro, Luis Aguilera,
un "orejón" de la Sabana de Bogotá perdido en el mapa, escribe felices
páginas en el extremo occidental del África. No sé si sentarse a reflexionar al borde
del ignoto poniente en las islas Canarias lleve necesariamente a la nostalgia. Recordemos
que Dante, en plena Edad Media, arrastraba a Ulises lejos de Itaca para hacerle naufragar
a la vista de las islas Canarias. Lo que sí puedo afirmar es que no deja de ser original
que esa nostalgia evoque la sordidez de un burdel o de un juzgado de instrucción criminal
en la lejana Santafé de Bogotá. Me parece más probable (y agradable) sentarse en un
juzgado penal a escribir sobre las islas Canarias que en las islas Canarias a escribir
sobre un juzgado criminal de la lejana y mezquina ciudad de los treinta y dos campanarios.
Debo a Óscar Torres Duque el dato de que el autor de esta novela es el mismo
poeta que ya había sido incluido en la célebre antología crítica de la poesía
colombiana de Andrés Holguín, por allá por 1974. Luego no es ningún novato en el mundo
de las letras, cosa que por demás se desprende de su elaboradísimo estilo, pleno de
escuela y de riguroso trabajo. No sé qué otras cosas haya escrito, pero destila oficio
por todos lados.
Pues bien, de esta grata lectura hay que reconocer que la generación de la
diáspora ha producido y sigue produciendo joyas literarias en cualquier parte del mundo,
que resultan muy superiores a las pretendidas "joyas" que los españoles
inventan cada semana, y que parecen fabricar un genio cada quince días, mientras dura en
los escaparates la última novedad.
Debo confesar que inicié la lectura de esta novela con cierto desgano. La
carátula no anuncia nada especial, incluso profetiza el mal gusto, pero la novela es
bastante menos mala que lo que la carátula quiere insinuar. Imaginé, como tan a menudo,
otro novelista de tal por cual. Es más, incrédulo, demoré un tanto la reseña: quería
que la lectura se enfriara, que se aposentara. Luego de un examen concienzudo, e incluso
de alguna relectura parcial, tengo que convenir, y de otra manera sería injusto, que se
trata de una novela simplemente deliciosa. En todo caso eso no me dice mucho sino a mí. Y
no es tarea nada fácil la de un acercamiento medianamente crítico. Es difícil apreciar
los verdaderos méritos de una obra como esta. Tal vez tomándole aún mayor distancia, el
tiempo dicte su veredicto. Lo que pasa es que el tiempo, siempre lo he creído, no es más
que la lectura casual de algún crítico del futuro. De lo contrario, en este mundo
comercial y de publicidad, nada garantiza que la mejor novela del mundo sea siquiera
leída, mucho menos reconocida.
Es preciso percibir esta novela, única, dentro de su originalidad. Ese es su
valor primario. Está dedicada a todos los fulanos, zutanos, menganos y perencejas de
Bogotá, de Colombia, del mundo. Ya es cosa bien complicada meterse con tales faunos,
porque historiar a pobres diablos puede ser tarea fructífera, pero es más difícil
hacerlo agradable que a lo que sucede entre sedas y olanes. Es el mismo problema que veo
en Vargas Llosa, un deslinde irreconciliable entre un lenguaje fino y una materia
sórdida. Quien cree que historiar realidades mezquinas es bella cosa, que se puede
escribir bien y ser aburrido, no produce más que un engendro informe que termina en prosa
prosaica, prosa de garito y de burdel. Y simplemente se deja de paladear esas páginas,
porque aunque hay mucha gente que escribe bien, hay pocos que aciertan a escribir bien
sobre temas "bien". Tengo para mí que escritores tan agradables como Vargas
Llosa fracasan esencialmente por regodearse entre lo sórdido y mezquino, habiendo temas
más dignos de tan buena pluma. El mismo Macondo, mirado desde un punto de vista realista,
no pasaría de ser una aldea maloliente, malsana y miserable, perdida en medio del
Magdalena. Pero García Márquez ve todo lo que no es mezquindad y sordidez en ella y nos
lo hace ver, todo lo contrario de lo que sucede en novelas como La ciudad y los perros.
Y es que no se puede novelar lo innovelable, los intersticios, las idas al baño,
las conversaciones anodinas. Y la de Aguilera es una novela sórdida y terriblemente
realista. Ni siquiera nos muestra una Bogotá idealizada, sino urbanamente sucia y
contaminada y, lo que es peor, digna de sus habitantes, pobres seres apestosamente
reducidos, pigmeos sucios y desamparados, víctimas del medio pero también del amor:
"Así es el amor, ni más ni menos: un extraordinario prestidigitador que nos hace
ver seres perfectos donde sólo hay el detritus de sus carencias y defectos".
* * *
Ahora bien, creo que uno escribe no sólo para conjurar fantasmas, sino para
mejorar su realidad. Si usted vive en las Canarias podríamos decirle, como en la novela
de Andrés Hoyos, que no se moleste alborotando sus espectros juveniles y que conviene a
los felices permanecer en casa. Sin embargo, el escritor se aventura a hacerlo y nos
cuenta su saga mezquina. Pero entonces sucede el milagro, el mismo milagro que ha salvado
a las cuatro o cinco buenas novelas bogotanas: el humor. El humor que le da presencia y
consistencia humanas a este melodrama, que deja esbozar una sonrisa en la comisura de los
labios de los protagonistas y que nos los hace tremendamente interesantes.
No tengo nada contra las zutanitas de tul. Por el contrario, creo mucho más
fácil encontrar virtudes humanas en ellas que en ciertas damas encopetadas. Creo que si
el más antiguo trabajo en la tierra no estuviera degradado por el alcohol y las drogas
que una malvada convención le asigna, sería una profesión noble y digna y, por
supuesto, literaria. "La casa perfecta para un escritor es un burdel, pues en las
horas de la mañana hay mucha calma y en cambio en las noches hay fiesta", decía
Faulkner. Y como diría García Márquez, "no se le ocurrió un lugar más digno para
vivir que aquel hotel de perdularias tiernas". No en vano Faulkner y García Márquez
nutrieron lo mejor de su inspiración en medio del lenocinio.
Y esta novela es una crónica de esos dos mundos: el de los juzgados y del de la
prostitución, tan ligados a menudo entre sí. El libro se va empapando de sordidez; se
dijera que la nostalgia del Candilejas, junto con lo que, en sus propias palabras, el
autor llama "el óxido de la edad tardía" y que nos trae reminiscencias de Luis
Landero, el espléndido novelista de Juegos de la edad tardía, tenía que
expresarse de alguna manera o se iba a enconar en el alma de un escritor que se nutre
también en los nuevos escritores españoles.
No obstante, esta es una novela hecha por y para bogotanos. ¿Por qué? Porque
tiene un aliento parroquial inconfundible que tal vez la haga difícil en España, aunque
conozco extranjeros que han disfrutado a rabiar el Sin remedio de Antonio
Caballero, con el cual guarda algunas semejanzas, o a argentinos que no se cansan de leer
a Daniel Samper Pizano. En fin, qué le vamos a hacer, lo que ocurra en los cerros de
Ubeda quizá no nos concierna ni interese en estos trópicos, pero ser provincia no deja
de ser provincia...
Retornemos al estilo. La novela tiene una construcción muy particular en medio
de un vocabulario amplio, más conceptista que culterano. Vemos "alcoholes que
aguardan en la vejiga de una botella", o "los acentos circunflejos de sus
espesas cejas", o bien "pelos alámbricos que le ajardinaban los pabellones de
las orejas, apéndices estos también puestos en mayúsculas". Pero no todo el libro
es así. Y si bien al comienzo parece flaquear un poco, poco a poco va entrando en calor y
nos va deparando sorpresas agradables, tanto que hacia la mitad de la novela el juego
argumental está completamente agotado, pero no importa, no se trata de eso. Como dice el
propio autor, "cada quien ve lo que quiere que vea su encantamiento".
Sigo convencido de que el crimen es el mejor si no el único tema
digno de la literatura. El primer protagonista, que responde al nombre de Domingo Lunes,
es asesinado en un crimen que parece haber sido cometido por Terminator y que por lo
demás nunca será resuelto. La anécdota policíaca no es gran cosa. Es apenas un alibi;
esto es, un crimen es la disculpa para hablar de putas o de los Sherlock Holmes
criollos. La novela termina siendo una crónica de lupanar, en todo el sentido de la
palabra. ¡Qué curioso el origen de varias palabras que tienen que ver con el tema! Por
ejemplo, lupanar. Ovidio habla en su Ars amandi de las "lobas que acechan
escondidas en la noche". Pero lo más interesante es que los prostíbulos se
construían fuera de las puertas de la ciudad, en donde abundaban los lobos. De ahí el
título de lupanares. O las rameras, que se distinguían en la ciudad antigua porque
ponían a la puerta de sus casas unas ramitas de laurel, para distinguirse, por supuesto.
Pero la novela es hermosa, y tiene poesía, si no en los detalles, sí en el
conjunto. Por momentos prima la vulgaridad, una vulgaridad de corte muy realista, como si
se tratara de instalar un micrófono en un burdel. Hacia el final, los protagonistas
comienzan a hablar en el mismo tono docto del autor. Pero se va volviendo un canto de amor
a las mujeres de vida pública a la vez que nos instruye y nos deja duchos en la vida de
burdel, que nos es mostrada con tal prolijidad, que se diría que el autor es un experto
en el tema. Habría que colegir, si fuéramos malas lenguas, que tiene gran imaginación o
que ha estado alguna vez metido en el negocio.
Esta es una novela con rincones, remansos de agradable literatura, mejor en la
segunda que en la primera parte. Y si al principio hubo dudas, en mi caso terminó
primando la admiración. Si por algo peca, en el intento de encontrarle peros, es por
exceso, cosa que apenas caería como crítica afectuosa. Porque hay otra riqueza en este
libro: las sentencias, muchas de ellas de sabor popular. Mujeres que desgranan reflexiones
acerca del puterío mientras pelan papas: "Cuando un hombre venga y le pague el
ratico, Cristalita, no se sienta cohibida mi amorcita. Es porque lo necesita. Si fuera por
mero gusto, lo haría con su mujer que no cobra... Es que uno suple lo que las remilgadas
niegan". Renglón seguido, más exactamente en la página 293, elaboran un magnífico
decálogo de la ramera, por ejemplo: "En todo hombre hay un niño. Primero cóbrele
al hombre y endespuecito juéguele al niño". "En boquita cerrada no entran
enfermedades", y otras que la decencia obliga a callar.
El humor, el amor y el desamor. La soledad final. "En el fondo la soledad es
la mayor pobreza a la que puede llegar un hombre. El que recibe una caricia, una palabra
de afecto, nunca será pobre del todo".
Y una moraleja:
Es lo único que se aprende con los años, estimado señor: alguien da una
patada en Siberia y uno la recibe en el trasero.
LUIS H. ARISTIZÁBAL
1 Debo al doctor Abraham Lechter el dato, que no he podido
comprobar, de que hoy por hoy la segunda ciudad colombiana, en lo que a población se
refiere, es Cali... La despoblación de Medellín, en todo caso, es notoria, en parte por
esa otra diáspora de antioqueños que han marchado a otras zonas del país, en parte por
falta de espacio para su crecimiento. No es aventurado pensar que en cien años la mayor
ciudad de Antioquia será Rionegro.
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