Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 45.   Volumen XXXIV - 1997 - editado en 1998
 

Del sótano al arte


Cuentos policiacos
Sonia Truque y Mauricio Contreras (compiladores)
Editorial Magisterio, Santafé de Bogotá, 1996, 118 págs.


No deberíamos tener temor al expresar una sentencia literaria de este calibre: Largo adiós de Raymond Chandler o Cosecha roja de Dashiell Hammet son obras maestras, inolvidables y poderosas, como El sonido y la furia de Faulkner o El viejo y el mar de Hemingway, y deberían aparecer en cualquier antología de la literatura estadounidense que se respete. Pero si dijéramos esto en voz alta, los historiadores profesionales de la literatura levantarían las cejas, asombrados, y luego se reirían descreídos. Probablemente en un diccionario literario jamás le dedicarán el mismo número de renglones a los dos primeros que a los segundos.

El género policiaco —según dictaminó Borges con severidad— es el único género cuyo fundador y origen conocemos con exactitud: Edgar Allan Poe, Los asesinatos de la rue Morgue, 1841. Y no es casual que haya nacido en un país protestante y en la cuna del capitalismo. Delitos plenamente relacionados con los antagonismos de la propiedad privada como el homicidio, la estafa, las lesiones personales y el hurto están a la orden del día en las novelas policiacas. Aparentemente esquemático —el lector de roman noir sabe que se encontrará con un crimen, un delincuente y alguien que lo descubrirá—, son pocos quienes han logrado renovarlo. Ha sido trabajado por amateurs como Ellery Queen, Georges Simenon y Agatha Christie, y por profesionales como los mencionados Hammett y Chandler, por esa malvada y culta norteamericana llamada Patricia Highsmith, y por el propio Borges, quien escribió con Bioy Casares las más bien aburridas aventuras metafísico-policiales de H. Bustos-Domeq.

Por hábito se la ha considerado subliteratura, o literatura de sótano, y existen fuertes razones para considerarlo de ese modo. Probablemente al aristocrático Conan Doyle le hubieran parecido lamentables los argumentos del borrascoso James Cain, y éste hubiera considerado al primero un idiota, pero los une el gusto por el misterio, por mantener a sus lectores en tensión y con el corazón a punto de estallar, y sobre todo por los laberintos de la prosa, aspecto que fascinaba tanto a ese fiel seguidor del género: Juan Carlos Onetti.

Esta microantología (trae cinco relatos) preparada por Truque y Contreras no es de las mejores. El prólogo es aparatoso, y —suponemos— el único criterio que primó en el momento de hacer la selección consistió en que las historias fueran "corticas". El primer cuento, La larga noche de Bradbury, fue duramente cuestionado en la Thriller’s Magazine —quizá la revista más consultada en el género, heredera de la ya famosa Black Mask por sus inexactitudes en el seguimiento de los crímenes de un grupo de chicanos o pachucos azuzados por nazis norteamericanos, y por su ingenuo final moralista, digno de Esopo. Le siguen los cuentos de la novel Miryam Laurini, La nota roja que no existió: cuerpo muerto, y El asunto del inspector Lásser del español L. Mateo Díez. El primero, más que una historia policial, es una crónica roja literariamente recreada, sugestiva y de un humor corrosivo. El segundo es un remake flojo de alguna novela de Simenon. De la tercera historia, El sitio más oscuro de la noche de Luis Britto García, se puede prescindir.

Los dos relatos que salvan el librito son Crónica de sucesos del brasileño Rubem Fonseca y La mujer del rufián de Dashiell Hammett. Fonseca (1925) es el más sólido de los novelistas "negros" latinoamericanos. Libros como El cobrador (1979), la magnífica novela El gran arte (1983) y Romance negro —traducido al castellano por el colombiano Mario Jursich (véase revista El Malpensante, núm. 1, noviembre de 1996)— son prueba de ello. Pero en Crónica de sucesos el crimen no constituye el centro de la historia, sino un recurso exterior para retratar megalópolis como Río de Janeiro, Ciudad de México o Bogotá. Sin embargo, se equivoca el lector si cree encontrar en este universo una radiografía de la vida urbana similar a la de Joyce o a la de Dos Passos. Aquí se va más allá, pues se ingresa a la cloaca de la vida de la ciudad, que, en términos más formales, los sociólogos y criminalistas llaman "violencia urbana".

Aquí la anomia lo abarca todo: es una sola calle, en diferentes apartamentos, simultáneamente, un niño ve a Cantinflas en televisión, dos homosexuales fornican frente a una película pornográfica, una mujer vende marihuana en paquetes de Marlboro, un esposo golpea e insulta a su mujer acusándola de infiel, un hombre soborna por teléfono a un funcionario público, un anciano escucha por radio a un presidente de la república que proclama su inocencia. Se vive, pues, entre la sensación de histeria colectiva y autodefensa paranoica: no dejar salir los niños solos a la calle, no dejar la puerta con una sola chapa, no olvidar colocar la alarma al carro, no hablar con ningún extraño.

Brusca, ruda, directa, de un humor ácido, la prosa de Fonseca devela el entramado de la ciudad secreta que va más allá de las discusiones institucionales o policiacas sobre el crimen callejero y el endurecimiento de las penas, pero que no discute las causas sociales del delito. En el conjunto de la obra de este autor carioca, se halla una crítica materialista de la vida en las grandes ciudades, escindidas de forma clasista entre barrios de lujosas casas con piscina, jacuzzi y televisión por cable, y por otro, el de sórdidas barriadas donde la pelea es por un turno para lavar ropa en una alberca pública, lograr un cupo para un niño en una escuela estatal o el dominio pandillesco de determinada calle.

En este desventurado encuentro de destinos la ley es aplastar al otro: los ricos quieren más poder y los pobres matar, robar o timar para no morir de hambre. De manera kafkiana se cierra el ciclo social y el ministro da la mano al mafioso que lo abastece de droga, lo patrocina económicamente y lo protege parapolicialmente. Todo bajo la justificación de sobrevivir en este Moloc, como lo dice escatológicamente Nariz de Hierro, un hampón reaccionario: "Me han escupido, meado y cagado. O me moría, o me convertía en esa maravilla que soy".

Raymond Chandler dijo que Hammett "sacó el asesinato del búcaro de cristal veneciano y lo tiró a la calle". En términos prácticos, lo sacó de la metafísica y del modelo intelectual y lo volvió histórico-social. Hammett (1894-1961) es, sin duda alguna, un personaje maravilloso, un neorromántico perdido en la ciudad más loca de la Tierra, que es San Francisco. En su cuento La mujer del rufián es posible encontrar sintetizada la materia de su arte: una historia de honor, en el marco de una venganza por dinero. Margaret Tharp es la amante de un pillo internacional, Guy, ausente frecuentemente del hogar, en "viaje de negocios". Un tercer personaje, Leonidas Ducas, también lo espera. Ella, para encontrar la seguridad de un orden vital doméstico alterado por la desaparición del amado; el otro, para aclarar cuentas de dinero. Con fino hilo de taxónomo, Hammett construye el andamiaje narrativo, cuyo único fin es colocarnos de frente a ese visitante, que para Margaret "más que un hombre parecía un ser fabuloso" (pág. 80).

La llegada del rufián parece poner fin a esa angustia femenina del hombre cuya dirección se ha extraviado. A través del desarrollo de la historia, Margaret descubre, de súbito, que vive realmente al lado de un asesino y un ladrón, y no de un "manos flojas" que ha robado una manzana en una tienda. Pero no le importa, porque es su hombre y con él construirá una vida por encima de todos los sobresaltos. Ingenua, desafía con su gesto una forma de vivir convencional: "Sus vecinos, propietarios de dóciles animales domésticos, la compadecían, o simulaban hacerlo, porque su hombre era una bestia errante a la que no se podía enjaular, porque no llevaba el insulso uniforme de la respetabilidad, porque no caminaba por caminos trillados y seguros" (pág. 64).

De una sola mirada entrevemos que ella tendrá la suficiente paciencia, toda la vida, para visitarlo en la cárcel, socorrerlo con dinero cuando el otro pierda el suyo jugando a las cartas, esperarlo en las largas noches mientras el marido se divierte en burdeles. Guy, a los ojos de su mujer, es un Atlas que sostiene el mundo. A los de los lectores, es un crudo patán que pronto cometerá otro nuevo crimen y un pobre diablo que ha engañado cínicamente a una mujer. Y entramos al corredor de la muerte...

La mujer del rufián es un relato vigoroso que bien podría llevar de epígrafe una frase de Macbeth: "¿Quién es el que no ha nacido de mujer? A ese es a quien he de temer, y a nadie más".

CARLOS SÁNCHEZ LOZANO