| Los poetas amor mío son unos
hombres horribles
Esplendor de la mariposa
Raúl Gómez Jattin
Editorial Magisterio, Santafé de Bogotá, 1995, 69 págs.
El suicidio del poeta siembra siempre la inquietud en el rebaño. La pequeña
colmena se siente transgredida. Los miembros de la colonia buscan afanosamente posturas
más cómodas: se emiten comunicados, se hacen reseñas necrológicas, notas de prensa.
Las profesiones de admiración y afecto aparecen e intentan opacar el gesto público del
impertinente. Los más atrevidos se animan a discutir o a poner en tela de juicio la
decisión del desertor un error o acaso un accidente, pero en el fondo y
oscuramente sienten algo de envidia.
Y es que, mirándolo bien, para la mayoría de nuestra sociedad literaria y
extraliteraria la sola presencia de una figura como la de Raúl Gómez Jattin (Cereté,
1954-Cartagena, 1997) incomodaba. Un poeta en estado puro, un místico en estado salvaje,
un loco espejo de una sociedad enferma, "cárcel de salud", no es,
por cierto, la figura más deseable. Eso fue Raúl Gómez Jattin ante todos: un marginado
(suicidado de la sociedad).
Hoy día, es casi un lugar común referirse al mito decimonónico del "poeta
maldito". Es necesario también etiquetar al marginado, nadie traga a un poeta libre:
"Muere a los 52 años, el único verdadero poeta maldito que ha dado la lírica
colombiana", decía una de estas notas, firmada por Óscar Collazos. "El poeta
en medio del incienso de sus aduladores contribuía a confirmar este cliché con una
actitud marginal que lo erigió en el poeta maldito de la clase media
intelectual", afirma Carlos A. Jáuregui, aunque el mismo Raúl con sorna declarara:
"Soy el único poeta maldito que se acuesta temprano".
En el fondo de esta actitud vital, irónica y crítica que Raúl Gómez Jattin
asume, subyace una postura ética: el haber borrado o querido borrar la distancia que la
sociedad obliga a establecer como "norma" entre la poesía y la vida. Al
respecto Cobo Borda sostiene: "Fue un poseído de la poesía y por lo tanto un hombre
que entregó su vida a ella". Toda la obra de Raúl Gómez Jattin, en efecto, fue la
búsqueda de ese fundamento: trasponer la vida a la escritura, trasponer la escritura a la
vida.
A los ojos de la crítica y está bien que así sea, el debate de la
locura, las drogas, la homosexualidad, el suicidio de Raúl, es secundario y superfluo a
los efectos de la lectura de su obra, ya que el "sujeto textual" (Raúl poeta)
aquél que se va construyendo como un efecto de la escritura es quien debe
tomar el crítico en cuenta, evitando identificaciones simplistas con el "sujeto
biográfico" (Raúl persona).
En tal sentido, la locura-suicidio es el destino final de su voz lírica y, por
tendencia natural pero errónea, tendemos a confundir la persona poética con
el creador real, atribuyendo al ser de carne y hueso las notas del mito personal que todo
poeta crea a partir de su arte, en el caso de Raúl imponiendo su destino artístico al
remiso y muchas veces mezquino campo de la realidad.
Los poetas Amor mío son
unos hombres horribles unos
monstruos de soledad evítalos
siempre comenzando por mí.
Los poetas Amor mío son
para leerlos. Mas no hagas caso
a lo que hagan en sus vidas.
Unas cuantas colecciones de poemas que caben en un volumen breve: Retratos (1980-1983),
Amanecer en el valle del Sinú (1983-1986), Del amor (1982-1987), Hijos
del tiempo (1990), Esplendor de la mariposa (1993), y un libro inédito que
será editado póstumamente con versos recuperados de aquellos manuscritos que dejaba a
sus amigos y en la Escuela de Bellas Artes, dan la medida vital y creadora de Raúl Gómez
Jattin, para quien se mezclaron de manera indiscernible en su escritura: la verdad de la
vida, el apunte confesional, la verdad del lenguaje, el vislumbre alucinado. En una tenaz
y ardiente tarea de desgaste amoroso, sensorial, emocional y psíquico, logró preservar
la pureza de su escritura.
Misticismo vacuo el de Raúl Gómez Jattin en un mundo donde no sólo los dioses
y Dios han huido, sino que el brillo de la divinidad se ha extinguido de la historia del
hombre. Es el tiempo de la penuria del que hablaba Heidegger. La inversión de Raúl
Gómez Jattin nos conduce a la hondura de un hombre solo, símbolo de todos, que "nos
representa con su sensibilidad dolorosa como un parto", arriesgándolo todo en este
"juego peligroso" de la escritura, jugándose el recinto del ser (el lenguaje,
diría Hölderlin; el verbo encarnado, diría Artaud).
Dios escucha a Raúl
Soy un devorado por el amor
Soy un perseguido del amor
La poesía de Raúl Gómez Jattin renuncia a la rigidez, al excesivo formalismo,
a la elocuencia retórica poco expresiva de nuestra poesía, afirma William Ospina. Los
poemarios Retratos y Amanecer en el valle del Sinú son indudablemente los
textos centrales en su peregrinaje poético, por la elementalidad y transparencia
líricas, por haber encontrado su propio lenguaje, mezcla de vocablo universal y popular,
de tono cotidiano y clásico. Los dos siguientes, Del amor e Hijos del tiempo,
son claramente de exploración y búsqueda. Del amor es un libro sin tapujos, donde
el erotismo es llevado a sus extremos. Poemario de indagación, pero una indagación más
personal que poética, una búsqueda más allá de la poesía aunque quien la realiza sea
ya un gran poeta. Documentos confesionales, testimonios de un misticismo exuberante, de un
panteísmo alucinado. El aporte significativo de este texto en el rescate del valor
poético del vocablo "vulgar" que no riñe con lo sublime, de la
palabra "obscena" (si entendemos etimológicamente la palabra como lo
fuera de escena, lo oculto). En Hijos del tiempo, Gómez Jattin ensaya
con formas clásicas para contarnos la historia desde el mito. Para este propósito recrea
un tono borgiano, según Nicolás Suescún: "De cierto sentimentalismo y algo de
esnobismo, que no afecta, sin embargo, el lirismo viril de sus demás poemas". Tanto Del
amor como Hijos del tiempo son los libros más experimentales e irregulares en
la obra del poeta de Cereté.
En algunos textos del Esplendor de la mariposa, el poeta vuelve a esos
destellos, a esa zona iluminada donde las palabras adquieren una potencialidad
significativa inagotable. Es el retorno a la lírica pura, de temperamento reflexivo y
aguda conciencia crítica, es el vértigo por la palabra diáfana. El resultado es una
poesía de gran equilibrio y de profundo buceo anímico-existencial:
Tengo en la cabeza
un pájaro celeste
que anida en esta prisión
Tengo en este pájaro
un ardiente corazón
Tengo en ese corazón
una frágil esperanza
de volar hacia Dios
[Pájaro]
Los rasgos estilísticos más significativos de estos textos del Esplendor de
la mariposa son:
Cultivo de una nueva brevedad, que equivale a una intensificación
expresiva del poema.
Lenguaje místico, descarnado, reducido a un exiguo número de palabras
verdaderas y esenciales.
Simbología forjada en la exploración individual, poesía depurada en la
vigilia.
Escritura filtrada, sin dispersión de metáforas ni acrobacias verbales. Raúl
Gómez Jattin entiende el poema como un acto de pureza, una síntesis:
Si quieres saber de Raúl
que habita estas prisiones
lee estos duros versos
nacidos de la desolación
poemas amargos
poemas simples y soñados
crecidos como crece la hierba
entre el pavimento de las calles
[Retrato]
Esplendor de la mariposa es un texto con estructura de diario. Dos
temas-ejes fundamentan su desarrollo: la conciencia de exiliado de la realidad y la
levedad del espíritu que se niega a las ataduras terrestres. Este poemario
significativamente fue dedicado a la memoria de Luis Carlos López, autoexiliado como él.
En los siguientes versos inéditos de Raúl Gómez se definen, de alguna manera, ambos
escritores:
Cartagena Por tus calles angostas
transitó aquel poeta de sonrisa
torcida y malestar citadino.
Don Luis Carlos López Escauriasa
estás muerto y yo le escribo
a tu poema ambiguo agradecido
por toda tu maldad y todo tu
/ realismo
[...]
Único entre nosotros: sonreído
y desgarrado nos sigues
alegrando y doliendo a la vez.
Al final de su producción, Raúl Gómez Jattin hará un balance de sus versos y
de su vida, con un tono bíblico que nos recuerda a su maestro Whitman. Con esa
propensión a la lucidez (a la autocrítica), con el alma alerta, dudará de su esencia y
lo dirá cantando:
He recorrido hospitales mitigando
/ la locura
[...]
Ahora sin ella escribo estos
/ versos
y no sé si he ganado o he perdido
No sé, si tú lector notarás
/ este cambio
y lamentarás que mi verso se haya
/ vuelto
reposado y tranquilo
Ojalá que natura de mí se haya
/ apiadado
y no eches de menos
el fervor de otros días.
JORGE H. CADAVID |