Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 45.   Volumen XXXIV - 1997 - editado en 1998
 

¡Recórcholis!


Los héroes de papel
Felipe Ossa
Altamir Ediciones, Santafé de Bogotá, 1996, 145 págs.


Colombia es una tierra que alberga expertos sorprendentes en cosas que por su naturaleza parecerían a primera vista muy ajenas a este valle de lágrimas: por decenas se contaron los peritos en Marx y el materialismo histórico, en la epistemología y en Foucault, en Deleuze y el Antiedipo, sustituidos hoy por los eruditos en Choppra, la carta astral y las esencias florales. Hay un matemático que está entre los diez únicos que en el mundo estudian una complicada ecuación. Hay doctos en el corazón de las ballenas, en el mosquito anofeles, en las heliconias, en ciertos problemas del átomo, en angelología, en la historia de los Beatles, en la lingüística de Chomsky.

Felipe Ossa (Bogotá, 1944) tiene su especialidad en algo que parecería poco serio y útil para un señor de su edad: la historia de los cómics. Una pasión juvenil que en la madurez se convirtió en una producción intelectual iniciada con El mundo de la historieta, libro al que siguió La historieta y su historia. En 1996 publicó Los héroes de papel, con motivo del centenario del nacimiento del género, originado con Yellow Kid (El chico amarillo) que apareció en New York World. Según cuenta el autor en la introducción, "coleccioné historietas desde los seis años, cada día de mi vida hasta los quince. Luego la adolescencia, con sus cambios y sus nuevas inquietudes, me hizo abjurar de mi afición". A través de las tiras cómicas, confiesa haber "mantenido viva en mí la imaginación y ese aire revitalizador que viene de la infancia, en el que todo es posible si lo sabemos soñar".

Como bien advierte Ossa, el libro no es una historia de los cómics ni un recuento de todos los personajes que han habitado el planeta de papel. Se trata de una selección a su gusto de cincuenta ejemplos, con énfasis en la producción norteamericana, aunque también hay muestras europeas, argentinas, mexicanas y no sin razón ninguna colombiana. El lector encuentra un sencillo, comprensible y bien ilustrado diccionario biográfico de héroes y famas inexistentes, que resulta por momentos más entretenido que uno dedicado a humanos de carne y hueso.

Cada una de las descripciones tiene una estructura semejante: ilustraciones, origen y autores del personaje, algunos cambios sufridos, características generales de la tira cómica en cuanto a historia y contenido y una síntesis biográfica de su creador. El nivel de los textos no es siempre parejo y algunas veces resultan —¡rayos!— demasiado sumarios y superficiales, como en el caso del inolvidable y mudo Reyecito de O. Soglow.

Pero, en la mayoría de los casos, los artículos dan noticias básicas del nacimiento y evolución del personaje. Algunos afortunados párrafos logran develar la esencia de los personajes, como en el caso de Educando a papá, "¿Por qué no puede ser un héroe un hombre del común que lucha por seguir siendo lo que fue antes de que la fortuna le sonriera y lo ascendiera a otra clase social que a él le fastidia? Esa es la eterna lucha, lucha heroica, de Pancho contra su arribista esposa Ramona y sus sofisticadas amistades" (pág. 29).

También se encuentran sorpresas históricas, como, por ejemplo, el origen de El Fantasma (del que no se menciona su sonado matrimonio con Diana Palmer) o el de Mandrake el mago, ambos hijos célebres de Lee Falk, quien se inspiró para el nombre del célebre mago después —no de un gesto hipnótico—, sino de leer un poema de John Donne (¡cáspita!): "me pregunté qué sería una raíz de mandrágora (mandrake), busqué en el diccionario y vi que se trataba de una raíz verdadera que se utilizaba en la farmacopea medieval y a la que se suponía capaz de obrar maravillas [...] Mandrake es una palabra muy sencilla, y pese a ello, poco corriente, solo hay una manera de pronunciarla, por lo que, como título para una serie de cómics resultó una feliz elección" (pág. 36).

El lenguaje de las historietas extranjeras puso al lector en contacto con interjecciones sonoras que expresan sorpresa o admiración, muy ajenas al habla colombiana. Casi todas son sinónimos de un simple ¡caramba!, tales como ¡córcholis!, ¡recáspita!, ¡zambomba!, ¡atiza!, ¡chispas!, ¡diablos! También introdujo nombres estrambóticos con los que se buscaba traducir del inglés el nombre original de distintos personajes: el compañero de desventuras de Benitín se llamaba Eneas Flores de Apodaca, y Parachoques era el apellido del esposo de Pepita, detalles que se escaparon al autor.

Como en la enciclopedia china de Borges, las tiras cómicas admiten múltiples clasificaciones inopinadas: de aventuras (terrestres, marítimas y siderales), de héroes humanos y de superhéroes con facultades y poderes únicos, las humorísticas (con personajes humanos, animales humanizados, grupos familiares, parejas de amigos o matrimonios), las que aburren (muchas), las que hacen reír un poco (pocas), las que son apenas una pausa fugaz entre la catarata impresa de tragedias (casi todas), las "intelectuales" (Quino, Shulz), las de género negro (Boogie el aceitoso), las abominables (Condorito), las tontas (muchas), las que tienen novias eternas (Narda, Diana Palmer, Luisa Lane), las de gatos (Krazy Kat, Félix, Fritz, Garfield, Hobbes), las inútiles (muchas), las de niños contra viejos (El Capitán y los chicos), las de detectives (Dick Tracy) y las maravillosas (Mafalda, Olafo, Asterix).

Por los límites de esta recopilación existen varios ausentes, entre los cuales hay tres especialmente notorios: Popeye el marino, cuya recurrencia a las espinacas para obtener su extraordinaria fuerza sirvió de recurso a muchas madres en la alimentación de sus hijos, a pesar del poco edificante predicamento que mantiene con Brutus; el argentino Mordillo, de silencioso humor corrosivo. Y Walt Disney, cuyos best-sellers simpáticos e insulsos, como el Pato Donald, Tribilín o Micky Mouse, tienen un puesto en esta galería.

La historieta moderna es una suerte de cine impreso, cuya consolidación bien puede asociarse a la cultura de masas, capitalizada por los emporios periodísticos. Al margen de la corriente principal, surgió también un subgénero que en un comienzo fue contestatario y rompió los esquemas tradicionales en cuanto a contenido, diseño y estilo de los dibujos. Tal fue el caso de El gato Fritz, un sexomaníaco e irreverente felino, o el de Valentina, una historieta erótica exquisitamente dibujada que da cabida al fetichismo, ambas presentes en el libro e integradas hoy al mercado.

Al margen de los grandes circuitos de distribución, existen estupendos dibujantes que a través de medios como las revistas y los libros dan a conocer sus dibujos y caricaturas que no caen en los repetitivos esquemas de las historietas comerciales y mantienen una calidad estética propia de las obras de arte, hasta el punto de que muchas de las tiras cómicas más populares se convierten a su lado en lo que el chicle y las hamburguesas son para la culinaria. Entre ellos no puede dejar de mencionarse a Saul Steinberg, a Maurice Sendac y a Edward Gorey, mientras, de nuevo, un retrasado Lorenzo Parachoques emprende veloz carrera en la mañana y atropella por enésima vez al cartero.

SANTIAGO LONDOÑO VÉLEZ