Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 45.   Volumen XXXIV - 1997 - editado en 1998
 

Vuelan, vuelan en el aire...


Una jornada en Macondo
Fotografías de Hannes Wallrafen. Textos de Gabriel García Márquez
Villegas Editores, Santafé de Bogotá,
s. f., 81 pág.


Dice García Márquez, en el prólogo de este libro de fotos de Hannes Wallrafen, que el fotógrafo logró encontrar el ámbito de sus novelas, "...este holandés errante que ha llegado conmigo al mismo puerto navegando por afluentes distintos, sin sospechar siquiera que ambos éramos víctimas afortunadas de los mismos engaños de la poesía", y siente el escritor que estas imágenes, aunque no son las mismas que él describe en sus novelas, tienen el mismo clima poético.

Frase tras frase, como todo en el García Márquez escrito, fluyen placer, magia, poesía. Un universo fantástico que desemboca para el lector en la necesidad de que no se termine nunca. García Márquez leído termina siendo una necesidad. Es tan intensa la realidad creada en cada uno de sus textos, que, para quien se permita abordarla, se torna en razón de ser. Bien podría uno dejar sus libros sólo para alimentarse y seguir leyéndolo de forma infinita durante toda la vida.

En este corto prólogo de tres Macondos, de tres universos, el de los niños de Aracataca que guían al turista por la geografía imaginaria de Cien años de soledad, sin siquiera haber leído el libro, el Macondo de la novela misma, y el Aracataca real, éste último el más falso de todos, según el escritor, producen en el lector la necesidad imperativa de quedarse, como se mencionó arriba, entre esa realidad.

Al recorrer por primera vez este libro, sentí que las fotos de Wallrafen son otra voz, otro ámbito, y están lejos de la atmósfera descrita por García Márquez.

Apenadísimo de no coincidir con nuestro Nobel de literatura, y con todo el respeto que merece don Gabriel García Márquez, monstruo de la literatura, decidí observar de nuevo las fotos, seguro de haberme equivocado. Una y otra vez, de principio a fin, de atrás para adelante, en desorden, sin tener en cuenta los textos al lado de cada foto, olvidando las imágenes que yo me hubiera hecho de sus distintos cuentos y de sus distintas novelas, pensando en que no eran ilustraciones de escenas concretas sino imágenes relacionadas con el mismo mundo de García Márquez, las observé y las observé y definitivamente creo que su universo se ve interrumpido por las imágenes puestas en escena por el fotógrafo holandés.

"Macondo no es un lugar sino un estado de ánimo que le permite a uno ver lo que quiere ver, y verlo como quiere", dice García Márquez en su prólogo, resumiendo los tres universos antes citados. Quién más que él, creador de su propio mundo para definir si las imágenes de Wallrafen lo llevan a encontrar la realidad escondida tras de sus libros. Pero, para mi modesta opinión, Macondo no está aquí, ninguna de estas imágenes logra reproducirlo. A las imágenes puestas en escena por el fotógrafo holandés les falta el hálito que las palabras escritas de García Márquez dan al lector, inclusive para aquel que no haya leído ninguno de sus libros y sólo tenga como referencia los textos, extractos de sus cuentos y sus novelas, que acompañan las fotos.

Es curioso ver cómo, con una prosa cargada de imágenes, absolutamente descriptiva, los cuentos y las novelas de García Márquez no han logrado ser traducidos al cine, al teatro, a la fotografía. Sus personajes son héroes y víctimas de un universo inmaterial desde el punto de vista físico. Es decir, que sólo pueden ser "vistos" mientras son leídos. Su representación fuera de los libros les quita toda veracidad. Ni los directores de cine rumanos, italianos o colombianos, ni los de teatro de Cuba o de Venezuela, ni los fotógrafos, incluido Wallrafen, lograrán plasmar jamás en imágenes los personajes y los espacios escritos por García Márquez.

En la literatura, como dice Michel Tournier, hay héroes y situaciones que pueden ser reproducidos fuera de su propio contexto y otros que sencillamente no. El escritor francés hace referencia concreta al caso de Robinson Crusoe, que él mismo tomara para su novela Viernes o los limbos del Pacífico, para el primer caso, y para el segundo de los casos se refiere a los héroes de Rojo y negro, de Stendhal. Ninguno de los habitantes de esta última novela sobreviviría un instante fuera de ella. Moriría de una suerte de asfixia por no poder respirar un aire distinto al de su propio texto. Esto mismo sucede con los seres de los libros de García Márquez. Ninguno de ellos puede dejar su universo, no fueron creados para hacerlo y no se transformaron para lograrlo, como Crusoe, después de cierto tiempo.

Cada uno tenemos nuestro propio Macondo, nuestra propia imagen de las manos de gorrión de Melquíades, del día en que llevaron a José Arcadio a conocer el hielo, de una tierra redonda como las naranjas, de la carta que nunca le llegó al coronel, de las alas del hombre que aterrizó en un patio de atrás, de los síntomas del amor similares a los del cólera, de los corazones con más cuartos que las casas de las putas. Para todos los lectores Esteban es el cuerpo enorme de un ahogado hermoso cubierto de conchas. Tan simple como suena. Irrepresentable fuera del cuento en que habita.

Con todo lo anterior no quiero decir que el señor Hannes Wallrafen sea un mal fotógrafo. Algunas de sus fotos tienen una luz y un encuadre que reproducen ciertos aspectos de la atmósfera del Caribe. Sobre todo aquellas que no están puestas en escena, o, inclusive aquellas, que, puestas en escena, reproducen situaciones reales, una gallera, el billar, etc. Las otras, con las que pretende abordar el realismo mágico de García Márquez, son fotos efectistas que se quedan en lo complicado de la escena misma antes que permitir una lectura metafórica. La señora en la mecedora observando cráneos de res, las niñas en el salón de clase iluminadas por la luz que sube desde sus pupitres de escuela, el candidato a presidente bajo la lluvia de confetis, son algo así como lo que logra Sonia Osorio respecto al folclor colombiano.

JUAN SIERRA