Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 45.   Volumen XXXIV - 1997 - editado en 1998
 

Apocalipsis "now"


El horror económico
Vivían Forrester
Fondo de Cultura Económica,
México, 1997.


El capitalismo ha horrorizado a más de uno. Charles Dickens mostró que la rigurosa caridad protestante no era suficiente para aminorar la miseria que caía sobre las masas y sobre sus niños. Los obreros ludistas pensaron que destruyendo las máquinas podían exorcizar el desempleo. Marx afirmó que la mecanización como pasión del capitalismo iba a causar desempleo pero que más importante era que reduciría la fuente de la ganancia, el propio trabajo humano, y precipitaría al sistema en una crisis disolutoria. Schumpeter describió quizá mejor al capitalismo como una fuerza inatajable que era, en esencia, una creación destructiva o, digámoslo al contrario, una destrucción creadora. Ahora Vivían Forrester en un libro que ha obtenido enormes tirajes se horroriza, anota que los trabajadores perdieron el derecho a ser explotados y cree que el problema del desempleo en Europa y en el mundo es creciente e insoluble.

El enfoque francés

Quizás el problema sea más europeo y concretamente francés que global, aunque Forrester habla del horror planetario. La actitud francesa frente a la internacionalización de la economía la pudo resumir bien el presidente Chirac cuando dijo que la internet era un complot anglosajón. Ahora Forrester la amplía al preguntarse que "¿No se buscará más bien el crecimiento de las especulaciones financieras y los mercados más o menos virtuales —del ‘capitalismo electrónico’— tan disociados del crecimiento en cuestión?" (pág. 141). En otras palabras el cambio técnico involucrado en la informática no es real, no hay la tal "nueva economía", pero hay que ver a los cineastas franceses adquiriéndolo tardíamente, en una de sus millares de aplicaciones, como son los efectos especiales a las firmas de California y Seattle. Frente al acecho de la cultura de masas norteamericana, los franceses no hacen sino regular lo que pueden mostrar sus cinemas —50% de cine nacional, a la fuerza— y no se da el impulso para descentralizar, agilizar y modernizar su industria cinematográfica. Como lo observó uno de sus buenos directores: "ambos estamos produciendo basura pero la norteamericana es de mejor calidad técnica".

En los ochenta Francia introdujo el llamado Minitel que era un sistema de comunicación electrónico por teléfono implantado central y costosamente que cinco o seis años más tarde había sido superado por el módem y la computadora personal o sea por un sistema descentralizado y privado que se adapta mejor al cambio que el opuesto. Mientras el primero era estrechamente nacional y no fue adoptado por ningún otro país, el segundo fue conjugado con un sistema descentralizado de información que permitió su rápida globalización. No les parece admisible a los espíritus cerrados que cada tres años aparezca un nuevo chip más poderoso o proceso distinto que deja atrás el patrón tecnológico vigente. Se puede afirmar, entonces, que Francia está de espaldas al cambio técnico y su sistema político centralizado, cerradamente corporativo, no le permite la flexibilidad necesaria para absorber las nuevas tecnologías y con ellas hacer crecer el producto y el empleo. En consecuencia, se protege dentro de la Unión Europea y trata de impedir que la competencia de las grandes corporaciones japonesas y coreanas y ahora de las revitalizadas corporaciones de Estados Unidos les haga mella en sus mercados antes cautivos y crecientemente disputados.

La idea de la competencia y la descentralización son todavía tabúes en Francia y es una de las fuentes del horror que siente Forrester. Los economistas franceses son bastante impermeables a los vientos liberales que vuelven a agitar al mundo y les parece que su mercado de trabajo segmentado, protegido, asegurado contra el desempleo, es una conquista de la civilización, aún si su costo es una tasa de paro que ronda el 13% de la fuerza de trabajo. Es obvio que pasado cierto límite de beneficiados, el seguro para el desempleo abre un creciente déficit fiscal que se tiene que financiar con más impuestos, con más deuda pública o con ambos. Con política monetaria restrictiva, como la que le ha impuesto Alemania a la Unión Europea, el resultado es una alta tasa de interés que frena aún más el crecimiento económico y el del empleo.

La respuesta anglosajona

Estados Unidos estuvo acosado por la competencia japonesa y por la de los países de bajos salarios pero no se quejaron de que les estaban exportando la miseria social, como lo afirman los economistas franceses, ni cerraron su economía para mantener su equivalente civilizado del trabajo garantizado de por vida o de un seguro en caso de desempleo, como han pretendido hacer infructuosamente por tantos años los europeos. Estados Unidos se abrió con México en el Tratado de Libre Comercio contra el interés de los sindicatos y la industria sureña, y con ello lograron una mayor especialización regional y otro aumento de su comercio. No disponían del perfeccionismo de la mano de obra japonesa ni con su refinado diseño ni con la baratura de los productos coreanos, lo que les hizo perder parte del mercado del automóvil y de los electrodomésticos. En su momento yo también creí que la desindustrialización se extendería cada vez más en ese país. Pero, no: recibieron la competencia de frente y se reajustaron hasta el punto de quitar toda redundancia laboral tanto en el sector privado como en el público, reduciendo impuestos, reorganizando administrativamente sus negocios, imitando a sus rivales exitosos e incrementando el ritmo de implantación del cambio técnico. Ejecutivos altos, medios, trabajadores de los servicios y obreros se vieron desplazados por el "downsizing", el horrible achicamiento.

Desaparecieron profesiones enteras como la de las secretarias. Las fábricas se robotizaron y los negocios generalizaron el uso de los sistemas informáticos. A pesar de eso, se crearon en los Estados Unidos 2,4 millones de empleos altamente productivos anualmente en los noventa, y en octubre de 1997 tienen un tasa de desempleo de 4,7% de su fuerza de trabajo, casi un tercio la de Francia. Su tasa de crecimiento ha sido del 3,5% anual, ciertamente alta para ser una economía madura. Es obvio de nuevo que no todos se benefician de este crecimiento y que lo hacen en particular los empresarios, científicos e ingenieros que están creando las nuevas tecnologías. Han sido castigados en particular los obreros no calificados que no pueden ser reeducados fácilmente. Pero creo que es más digno un trabajador ganando el mínimo en Estados Unidos que un desempleado europeo que recibe el cheque de la seguridad social y se pasa el día en un bar o aún si trabaja subrepticiamente en la economía subterránea, despojado de toda generosidad social-demócrata.

Se restauró la rentabilidad en los Estados Unidos con base en un incremento sistemático de la productividad y la reducción de impuestos, mientras los salarios permanecían fijos o incluso se reducían en industrias que pasaban por situaciones críticas. Después del cruce por el purgatorio, las corporaciones norteamericanas salieron fortalecidas. Recuperaron el liderazgo en líneas tradicionales y barrieron en telecomunicaciones, informática y en las nuevas industrias, mientras recuperaban terreno en el ámbito automotriz, textil, acerías, etc., al estar montadas sobre una plataforma de información y de diseño industrial muy extensa y barata (lo que Forrester desprecia arrogantemente), algo que los europeos, excepto quizá los ingleses, están muy lejos de alcanzar. Los costos de producción de Estados Unidos hoy son muy inferiores a los de Europa, a los de Japón y, excluyendo salarios, también inferiores a los colombianos.

Seguridad social versus desempleo

No sé donde hay más horror: si en una economía con mucha seguridad social y alto desempleo que acogota la autovalía de los trabajadores, como lo muestra fehacientemente Forrester a lo largo de su libro, o en una economía de riesgo donde los trabajadores están sometidos a la inestabilidad, a crecientes esfuerzos y siempre miran el futuro con desasosiego, pero cuentan con mayores fuentes de empleo. Es una vida sofocante para la mayoría, sometida a la incertidumbre. Podría decir que si el capitalismo prometió alguna vez un jardín de rosas estaba mintiendo. Europa pareció vislumbrar ese jardín en los setenta cuando alcanzó el pleno empleo y debió importar mano de obra de su periferia continental y del norte de África.

Altos impuestos financiaron un elaborado sistema de seguridad social que se ve en problemas cuando el excedente producido, la base material de ese bienestar, se resentía por la maduración del mercado, los altos salarios y una política monetaria muy restrictiva que impuso Alemania a la comunidad 1. Europa lleva casi una década perdida y se encuentra en este feo dilema de mantener altas tasas de desempleo por demasiado tiempo o adaptar las formas organizativas más delgadas y eficientes impuestas primero por los japoneses en su sector exportador, por los coreanos y ahora por los norteamericanos, la reducción del Estado y de los impuestos para financiarlo, la desregulación que ya de todos modos está ejecutando y con la introducción masiva de las nuevas tecnologías en la producción y en los servicios.

La solución social-demócrata para el problema del desempleo, en la que yo alguna vez creí y defendí, es reducir la jornada de trabajo sin reducir los salarios. El problema que tiene repartir la jornada entre un mayor número de personas es que aumenta el costo unitario de producción, introduce una mayor rigidez en los turnos laborales, reduce por lo tanto la rentabilidad y las nuevas inversiones e induce a los empleadores a ahorrar más trabajo. El efecto económico de la política es precisamente el contrario del que busca: desincentivar el uso del trabajo en la economía y propiciar su remplazo por capital y así mismo fomenta la exportación de capital a otros países con mercados laborales más flexibles. Por otra parte, la competencia de países más productivos y con jornadas de trabajo más largas descalificaría más a la economía que decide acortar su jornada.

¿Cuál puede haber sido el beneficio de Europa de este sistema que no tuvieran los norteamericanos? Ha tenido menos indigentes, una criminalidad más baja, una población carcelaría menor, un sistema de salud más barato y accesible a toda la población, la gente con empleo vive más tranquila, una paz social y solidaridad más extendidas que la de los Estados Unidos, aunque en éste los índices sociales comienzan a mejorar, en la medida en que se reduce el desempleo y los beneficios muerden los grandes guetos de negros e hispanos de sus ciudades. Estados Unidos tiene en su contra el índice más alto del mundo en población carcelaria, al tratar muchos problemas sociales y de droga con represión, algo que los europeos han sabido lidiar con mayor sabiduría.

No hay en el libro de Forrester una argumentación sólida en favor de explicar el estancamiento europeo como estructural o necesario. El capitalismo es una larga historia de cambio técnico cuyas rachas han causado tremendos desajustes y ha precipitado a millares de personas en la indigencia. Al mismo tiempo, sin embargo, ese cambio técnico ha propiciado ganancias diferenciales por un tiempo que han alimentado una mayor inversión en las nuevas áreas y eventualmente en la renovación de las industrias atrasadas; frecuentemente también se ha alcanzado el pleno empleo. El desarrollo económico no es otra cosa que hombres trabajando con mayor eficiencia, lo que permite ampliar los consumos y es lo que en últimas financia el bienestar social. Si ese cambio y esa eficiencia creciente se frenan, si el igualitarismo impide el cambio técnico, se sacrifica a la gallina de los huevos de oro y no hay ganancias suficientes que mantengan alto el nivel de empleo.

Justificar gasto público porque éste crea empleo y consumidores, como lo hace la Forrester y más de un populista, olvida que ese dinero invertido privadamente por el capitalista implica un aumento de la ganancia y no sólo un consumo de ésta. El uno puede crear nuevo empleo mientras el gobierno sólo lo reproduce. Las abundantes empresas y bancos públicos que tiene Francia, a pesar de no estar tan politizados como los nuestros, no crean tanto excedente y tanto crecimiento como sus equivalentes privados. Algunos, como Crédit Lyonais, dan incluso grandes pérdidas al otorgar créditos con criterios políticos a industrias supuestamente estratégicas que no garantizan su repago, pérdidas que corren por cuenta de los contribuyentes, por cuyos derechos Forrester no pregunta. Es obvio que esos derechos se borran en los sistemas muy centralizados, pero ese borrón es precisamente la clave para que su dinero se malgaste y para que este tipo de gasto público no produzca un átomo de vida. Forrester pretende mantener las conquistas sociales permitidas por la ampliación del plusvalor pero, al mismo tiempo, se horroriza frente a no tener ese trabajo cada vez más tecnificado e intenso que es a la vez la clave de la recuperación de la ganancia que es, a su vez, la que financia el empleo creciente en la economía.

SALOMÓN KALMANOVITZ

1 Por contraste, Inglaterra que reformó sus instituciones sociales y laborales para darle flexibilidad a sus mercados, pero que también escapó a la política monetaria restrictiva de la comunidad, muestra un mayor dinamismo que el continente y una tasa de desempleo de la mitad de éste.