Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 45.   Volumen XXXIV - 1997 - editado en 1998
 

Saúl no da empleo


Juegos de rebeldía. La trayectoria política de Saúl Charris de la Hoz
Medófilo Medina
Línea de investigación en historia política, CINDEC, Universidad Nacional, Santafé de Bogotá, 1997, 220 págs.


Una de las audacias que implica la elaboración de este trabajo es el haber tomado a un personaje vivo para biografiarlo (aunque se halle retirado de la actividad por la que fue conocido) y mediante su biografía esclarecer el funcionamiento de los mecanismos de adhesión, la relación entre el centro y las regiones y las redes locales de poder del sistema político colombiano: la otra consiste en que el historiador de oficio aborda el período más reciente, lo cual conlleva arriesgar juicios acerca del presente, sin la perspectiva a la que está acostumbrado.

Por haber conocido, antes de su publicación, algunas exposiciones del proceso investigativo que produjo este libro, quien aquí reseña puede referirse a ciertos "secretos de taller" en su elaboración. El primero es el de la cuidadosa factura estilística, la economía y lo terso de la prosa con la que está escrito. Es un rasgo sobresaliente, pues quienquiera que trajine en el oficio de escribir sabe que la claridad asociada al rigor en el análisis constituyen el ideal que se busca conseguir. Llegar a él requiere de muchos borradores de una lucha perseverante con la palabra, y ambas cualidades en un solo texto vienen siendo producto exótico en nuestro medio. Es un rasgo que ha de destacarse, pues contrasta con lo que predomina en la literatura académica.

El historiador Medina, ya a estas alturas, se sabe dueño de una destreza para exponer, elude las simplificaciones y el retoricismo propios de la materia con la que trabaja, y se echa de ver que además se aparta de ciertos énfasis y ciertas expresiones consagradas que pudieran hallarse en sus escritos anteriores. Hay una premeditado cultivo de la frase corta densa, y de la expresión más didáctica entre varias posibles. A leguas se nota que nuestro historiador tiene poco aprecio por el barroco lingüístico latinoamericano; no practica el arte de la enumeración, ni resuelve el problema de las analogías históricas mediante la profusión de sinónimos o de circunloquios. Si de algo está curado el profesor Medina es del verbalismo como vicio intelectual

Realza la forma para realzar el contenido. Al realzar la forma, cavilando con cuidado en la composición del texto, cincelando y puliendo cada frase con esmero, parece advertirnos contra la subvaloración acrítica, salirle al paso a lo que pudiera ser un espejismo del lector que sólo esperara biografías de personajes de primera fila. Nos está indicando que la importancia del contenido no puede juzgarse a priori; que hay una significación particular en los personajes subalternos y en la dimensión regional; nos indica, en fin, que entre los usos posibles de la biografía para el historiador el que menos se ha cultivado es el que más posibilidades analíticas ofrece. La técnica narrativa que emplea está pensada para atraer al lector no especializado, al lector que jamás haya oído hablar del biografiado (que es, por cierto, el caso de los colombianos mayores de 40 años; es decir, de la inmensa mayoría de los colombianos). Como dice en otro texto Malcolm Deas, mientras que las biografías de los grandes hombres son el género más antiguo, y en el período más reciente hacer la biografía de la gente sencilla ha estado en boga, son prácticamente inexistentes las biografías de personajes intermedios.

Medófilo Medina no desestima el valor de la anécdota, del hecho singular, pero concibe que su utilidad está en función del meticuloso análisis de contexto. Valora lo individual, pero en tanto que pueda justipreciar su representatividad, establecer su significación local y regional, por ejemplo. Como para algunos de los historiadores franceses en los que encuentra modelos para el género, el individuo viene siendo el prisma a través del cual se puede descomponer toda la gama del espectro de la vida social.

Ilustrando aquella afirmación de un teórico social según la cual un buen problema de investigación puede originarse en una idea preconcebida, incluso en un prejuicio, en una idea que al cabo de muy poco se muestre falsa, pero que, a condición de que se la sujete a una contrastación metódica que conduzca luego a la más adecuada de las formulaciones, lo que nos revela este libro es, entre otras cosas, la sinuosidad y contramarchas en el proceso de investigar. Mediante una alusión inicial al determinismo con el que la izquierda de los años 70 solía enfocar la política, sus mecanismos y sus protagonistas, se nos señala el punto de partida. Luego se percibe que la trayectoria ha sido larga y que la manera de enfocar al personaje, la significación que se le atribuye, ha ido cambiando a lo largo de ella.

En algún momento, hacia el final, nos dice el autor que considera su escrito un ensayo, seguramente en el sentido de que no pretendió ser íntegramente demostrativo o exhaustivo, siendo meticuloso. Que en torno al mismo personaje deja campos y problemas a la investigación futura, es claro. El tono polémico de algunas de las conclusiones lo corrobora; pero allí mismo pueden estar las limitaciones de este libro. Varias de las conclusiones son enunciativas, pero no tienen una secuencia argumental previa. Cuando el vuelo interpretativo de las conclusiones hubiera conducido a un reexamen de algunos de los aspectos del sistema político colombiano —y al propio lector se le ocurren argumentos provenientes de la materia expuesta—, el autor los deja a título de sugerencias o como no suficientemente explorados.

Es el caso de un problema crucial: la violencia de todas las ciudades colombianas. Barranquilla, uno de los escenarios en el que se mueve nuestro biografiado, es la primera en la que el gaitanismo se consolida, y llega a ser, muy temprano, su bastión incontrastable. El propio y muy rápido ascenso de Charris de la Hoz al plano nacional tiene que ver con la emergencia del gaitanismo. Gracias a ese auge, y a la afinidad con Gaitán que interviene directamente para nominarlo —afinidad muy bien estudiada y expuesta en este libro—, Charris pasa sin mediaciones del concejo de Barranquilla al Senado de la república y a la escena nacional.

El 9 de abril es Charris hacia quien se vuelven las masas gaitanistas. La jornada se vive allí con intensidad, y con ribetes dramáticos en lo personal. Charris de la Hoz, quien había pronunciado discursos virulentos con anterioridad ("Por cada liberal que caiga, que caigan tres conservadores"), pronuncia dos discursos emotivos antes de derrumbarse, debido a una conmoción cerebral, ese mismo día; pero el caso es que nada de esa emotividad y efervescencia, y nada de esa intemperancia verbal, producen episodios de violencia semejantes a los de las ciudades y regiones del interior. Atlántico y Barranquilla siguen siendo pacíficas, se convierten en sitio de refugio para exiliados de la violencia provenientes de otras regiones (gracias a una labor que, por cierto, Charris promueve y organiza), y nuestro historiador declara que el pacifismo del Atlántico, el hecho de que la región y su centro se hubieran sustraído a la oleada posterior de violencia, escapa a los objetivos del trabajo. Desde luego que no cabría esperar explicaciones o interpretaciones concluyentes, pero sí cabría esperar inferencias, hipótesis propias o la confrontación de las hipótesis que respecto del pacifismo de la Costa Atlántica han hecho otros investigadores; Fals Borda, por ejemplo. En todo caso, el personaje escogido, su época, el contexto nacional en el que se mueve hacen ineludible el problema de la violencia

Otro aspecto que a nuestro juicio hubiera merecido una consideración más metódica, un tratamiento comparativo, es el del populismo y su carácter efímero en Colombia. Hay avances, sin duda, elementos para una explicación, pero al mismo tiempo notamos inhibiciones, cierta contención al respecto. La orientación populista es una de las constantes del personaje desde su etapa gaitanista hasta su participación en la Anapo, y está presente como opción ideológica en algunos pasajes de las entrevistas hechas con propósitos biográficos. La precariedad, o lo efímero, del populismo en el caso colombiano, la han señalado Pécaut y otros colombianistas como una singularidad en el contexto latinoamericano, singularidad que contribuye a explicar la también precaria integración del país por su base.

La discusión está abierta entre historiadores, sociólogos y politólogos; nuestro historiador alude al problema, aporta elementos muy importantes para su análisis, pero no lo explora suficientemente. ¿Eran esas variedades del populismo colombiano tan sólo un ademán, una táctica electoral? A lo largo del trabajo y a propósito de ciertas definiciones políticas del biografiado, se aportan elementos para la comprensión de la naturaleza de los partidos políticos colombianos, de la persistencia del bipartidismo, de su conformación como un rasgo de la cultura política colombiana. Ya el título escogido para el libro apunta en esa dirección. Acerca del carácter parasitario de los partidos políticos tradicionales, de su elasticidad organizativa, de su capacidad para la cooptación de los disidentes, se exponen los componentes claves y se encuentran algunos de los pasajes más agudos de este libro. Y esa es, sin duda, una parte sustancial de la explicación, pero acerca de los propios conatos populistas, de sus inconsistencias, de su carácter inorgánico y de las diferencias con otras experiencias latinoamericanas de mayor arraigo, queda la impresión de que se hubiese podido avanzar más, explorando más al personaje y su pasado.

Una última cuestión es la del clientelismo; lo que encontramos aquí son ciertas contraevidencias. Inicialmente se toma una definición tradicional, y la trayectoria inicial de nuestro personaje encuadra en la lógica clientelista: sistema de contraprestación en que se intercambian bienes públicos por lealtades políticas. El político regional es así una pieza clave para acercar el Estado a la región, y edifica su carrera sobre ese papel de intermediario. Las redes de apoyo que construye a su favor cumplen, además, esa función. Pero uno de los rasgos de la personalidad de Charris de la Hoz, reconocido aún por sus rivales, es su honradez. Cualidad, a simple vista, poco relacionada con el modo predominante de hacer política en Colombia, y con lo que contemporáneamente entendemos como clientelismo y cuyos trasfondos éticos y religiosos, cuyas referencias últimas de valor ha identificado y analizado juiciosamente Medófilo Medina, en la formación temprana y en el medio familiar del biografiado.

"Saúl no da empleo" es una de las explicaciones proveniente de sus rivales para explicar la pérdida de su influencia política y del número de adherentes a su corriente. El tono moralizante y fiscalizador de algunas de sus intervenciones lo corrobora y es destacado en la narración, así como es lo que explica algunos de los cambios de adhesión respecto de figuras nacionales por parte del propio Charris. No parece haberse adelantado en su contra investigaciones o denuncias por malos manejos o beneficios particulares de las obras promovidas, no es posible establecer parangones entre esta trayectoria y las de otros representantes políticos regionales, arquetipos del clientelismo, que han sido objeto de monografías sistemáticas, y el contraste con la generación de dirigentes regionales que lo reemplazará lo favorece a ese respecto. Pero entonces queda un problema de interpretación: o el clientelismo ha cambiado de modus operandi —y habría que señalarlo y discernir su valor explicativo— o aquello en lo que se basó la carrera política del biografiado no era propiamente clientelismo, sino el sistema tradicional de movilización y de consecución de lealtades al que ningún dirigente regional se podía sustraer en principio. Lleras Restrepo, uno de los líderes con quienes se identifica de modo intermitente Charris, es quien introduce el término y el concepto en Colombia, y lo hace tomándolo de la discusión política y académica italiana, en donde se subraya precisamente que la contraprestación la ofrece el político clientelista mediante la nómina, creando toda suerte de empleos superfluos, dilapidando los recursos públicos para perpetuarse como dirigente.

Pero al poner tanto acento en las limitaciones tal vez haya desbalance en esta reseña: hemos sido prolijos en la crítica y parcos en el elogio; sin embargo, es precisamente por que creemos que los aciertos del trabajo son sobresalientes, a la vez que consideramos que con lo que hubiera de limitaciones, fertiliza y estimula la discusión.

En un sentido más universal, en las ciencias sociales existe una tendencia reciente a subrayar la importancia estratégica del conocimiento histórico. En los Estados Unidos, por ejemplo, hombres provenientes del sector académico que luego han desempeñado un papel protagónico en la toma de decisiones al más alto nivel (Henry Kissinger, White House Years, 1979; Robert MacNamara, In Retrospect. The tragedy and Lessons of Vietnam, 1995), al evaluar las incongruencias y errores de la política exterior norteamericana, más allá de sus diferencias de diagnóstico coinciden en una deficiencia básica: la falta de conocimiento histórico por parte de sus dirigentes. (El primero dedica un apartado de su libro a destacar "la perspectiva del historiador" en la comprensión de los cambios globales; el segundo se refiere a la falta de conocimiento histórico —"our profound ignorance of the history"— como una de las causas principales de la derrota norteamericana en Vietnam).

Aquí, frente a este libro, estamos frente a un trabajo de alto nivel, que produce y hace accesible un conocimiento histórico especializado, un producto sazonado y maduro, un ejemplo poco común de disciplina intelectual, de laboriosidad, de vuelo interpretativo aplicado a un tema y a un personaje hasta ahora no estudiados.

FERNANDO CUBIDES
Profesor, Departamento de Sociología,
Universidad Nacional