Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 45.   Volumen XXXIV - 1997 - editado en 1998
 

Lo insólito entre lo ordinario


Las crónicas de McCausland
Ernesto McCausland Sojo
Editorial Espasa Calpe, Santafé de Bogotá, 1996, 197 págs.


Esta colección de treinta crónicas consiste en una selección de trabajos periodísticos de quien, con cinco premios Simón Bolívar a cuestas, ha trabajado en el periódico El Heraldo, el programa "El Mundo Costeño" de Telecaribe, y el Noticiero QAP, del cual es presentador. Tienen la peculiaridad de haber sido en su mayoría llevadas al formato televisual antes de ser integradas en esta recopilación.

Quizá la mejor explicación para su trabajo la brinde el mismo McCausland en la introducción del libro:

Siempre he considerado el periodismo como el pretexto perfecto para viajar a las profundidades del alma humana. De semejante despropósito profesional surgen los personajes y las historias que aparecen en este libro: la dama que publicó un aviso en el periódico anunciando que era virgen; el hombre que se disfrazaba de Drácula y terminó creyéndose vampiro; los amigos del Pibe Valderrama en el barrio Pescaíto; el jefe arhuaco que lleva en su mochila una botella de Coca-Cola; el pueblo que sufre una mayúscula transformación con la misteriosa aparición de un camión lleno de plátanos; o el pescador anónimo que terminó de salvarle la vida a la sobreviviente de una catástrofe aérea. Todos tienen algo que los une: son gente común y corriente, protagonistas de historias apasionantes. [pág. 11]

Hace tiempo que las fronteras entre los géneros del periodismo parecen zona ocupada en guerra civil: todo el mundo las reclama como suyas. De hecho, "el nuevo periodismo" ya era viejo cuando Wolfe lo bautizó. Es vano, entonces, discutir límites para estas "crónicas"; pretender precisar si ellas pertenecen al reportaje o a la entrevista "literalizada"... y aún más torpe es intentar clasificarlas como correspondientes al área de Sucesos o al de Sociales.

Resulta mucho más apropiado afirmar que este es un periodismo del individuo. O, lo que es lo mismo, una obra acerca de las Colombias en Colombia. Una mirada a un tema al cual suele ser alérgica la "comunicación masiva": la persona misma, ese ser llamado Juan o Juana, con sus propias historias y eventos extraordinarios, quizá con efectos menos cuantificables sobre ese monstruo de desproporciones que es la historia nacional", pero indiscutiblemente mucho más vivo.

Lo extraordinario percibido tras lo anónimo. Los mil y un dramas y comedias del ser humano "común" en lucha por su propia existencia. Adquiriendo las proporciones grotescas de un barrio entero apodado como "barrio Sida" a quien le llegó la enfermedad a través de cadenas de infección generadas por un solo portador y más tarde por deseo de venganza ("¡Puede que vaya a morir, pero antes me llevo a un poco!" [pág. 127]); hasta la creatividad de un periodista costeño que decidió acabar con su propio aburrimiento, y el de sus lectores, creando la "Gran Liga Internacional de Fútbol del Magdalena", colocando como jugadores excelsos a los más extravagantes individuos de la fauna local, y quien, cuando se le fue la mano en creatividad, resolvió el inconveniente de un plumazo anunciando en un titular "Salvaje aguacero arrasó seis estadios en el Magdalena"; o la de un individuo que podría darle consuelo a Woody Allen por tener dilemas familiares aún peores, dado que vive con la hija de su exesposa y ha tenido varios hijos con ella, por lo cual "los cuatro hijos de la primera esposa son al mismo tiempo hijos y cuñados de Pascacio; los tres hijos de la segunda esposa son a la vez hijos y nietos suyos; su primera esposa es simultáneamente ex esposa y suegra; los cuatro hijos de la primera esposa son al mismo tiempo hermanos y tíos de los tres hijos de la segunda esposa, los cuales a su vez son nietos e hijastros de la primera esposa" (pág. 83).

El estilo periodístico siempre se ha caracterizado por partir del "mínimo común denominador", esto es, por no utilizar construcciones o léxicos demasiado complejos para la capacidad de comprensión de la mayoría de los lectores del periódico. Sin embargo, en el caso de McCausland, ese coloquialismo extremo en el que desemboca el "periodismo no especializado" no puede atribuirse a una subvaloración del lector, sino a cierta sencillez en la técnica que permite dejarse absorber con más facilidad dentro del marco real-maravilloso de lo cotidiano.

De hecho, son de tal modo complejas estas historias en la sencillez con que dejan vislumbrar lo extraordinario, que lo que nunca se pierde en ellas es la sorpresa. No importa que la historia sea la de aquella señorita de cuarenta y cinco años que, aterrada con paranoia de que sus vecinos estuvieran vituperando su honra, puso una denuncia e intentó publicar el siguiente aviso: "Rosa Castañeda Castro, de Algarrobo, Magdalena, ruega a las personas de buen corazón que oigan comentar que ella no es virgen favor denunciarlo en el juzgado de Fundación" (pág. 54); o la de aquel hombre de setenta y ocho años con una vitalidad de veinteañero que, precavido para el día de su muerte, "no sólo ya compró el ataúd —de color rojo fuego— y la tumba en el cementerio central de Urumita; sino que le pagó a la banda del pueblo para que toque en su funeral; convino con el párroco los detalles de las honras fúnebres y hasta tiene en su despensa el café‚ que brindarán sus familiares en el velorio" (pág. 142). En cualquiera de las crónicas, la impresión de que hemos dejado de lado un universo completo, sorprendente, a nuestro nivel, por estar pensando en las alturas o el subsuelo, crece y nos trastoca.

Quizá el punto débil de McCausland sea la política; es decir, aquellas historias donde los personajes ven alterado el curso de sus vidas por la violencia de un régimen o de un individuo que defiende ciertas ideas políticas; algo nada raro en este país, donde, como diría un Daniel Samper Pizano, se dice que hubo un día de paz un fin de semana de 1910, pero no es un dato comprobado. Por eso cuando, tal vez para no perder el encanto narrativo de la crónica, se limita a describir el terrible resultado de la actuación del régimen cubano sobre una madre y su hijo, los desmanes barbáricos de un grupo guerrillero, o el abuso de un gobernante, sin crear una argumentación racional en torno a ello, no da más que una visión contemplativa del problema. Y eso es grave: cuando se renuncia al análisis, la sensiblería queda como única herramienta de discurso.

Tiene sus límites, entonces, esta forma de periodismo, inclusive dentro de su marco particular integrado por la narración sobre el ser individual. Marca sin duda un camino interesante, necesario, para observar a una Colombia viva, fascinante, que yace oculta bajo un montón de datos numéricos, definiciones colegiales de "Patria" e indicadores económicos. Por eso, porque parece indicar un camino provechoso pero que no basta para entender en profundidad los problemas que vemos cada día ante nuestros ojos, creo que el libro le deja a uno una tarea: ir aún más allá de sus narraciones e interpretar una Colombia real, una unión de individuos, cada uno con su propia historia, pero todos habitando el mismo suelo.

ANDRÉS GARCÍA LONDOÑO