Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 45.   Volumen XXXIV - 1997 - editado en 1998
 

Cartagena de Indias: historiografía
de sus fortificaciones*

 

RODOLFO SEGOVIA SALAS

Trabajo fotográfico: Alberto Sierra Restrepo

 

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Planta del castillo de San Luis de Bocachica en 1661, destruido por Vernon en 1741, dibujo de Pedro Mejía (Archivo General de Indias -AGI 73-) (Tomado de: Rutas y fortificaciones en América y Filipinas [Madrid], Biblioteca CEHOPU, 1985).

En Cartagena de Indias la cuadrícula fundacional incorporó consideraciones militares. Dentro de la enorme bahía sin corrientes de agua dulce, se escogieron dos apartadas islas por sus inmejorables condiciones defensivas. Un cinturón de ciénagas las aislaba del continente y una traicionera resaca embarazaba intentos de desembarco desde el mar Caribe. Al imperativo militar se sacrificaron las ventajas del puerto seguro. En efecto, los galeones debían fondear a corta distancia de la costa de la península de Icacos (hoy Base Naval del Caribe) y cargar y descargar sus pasajeros, fardos y botijas en pequeñas embarcaciones hasta y desde el muelle de la Contaduría, al fondo de la bahía de Las Ánimas. Costoso intermediario para una ciudad que también era comerciante, y que hubiese podido evitarse acoderando los navíos de la Carrera de Indias directamente a un muelle de desembarco en alguna de las amplias orillas de la bahía. Pero no fue así; se prefirió lo militar a lo comercial. Nacida bajo ese sino, no es de sorprenderse que se convirtiera en la plaza fuerte colonial más importante de la América del Sur, y en la segunda del Caribe, después de La Habana.

La historia militar de Cartagena de Indias está, entonces, ligada a la doble condición de ser centro de intercambio con reputación de opulencia, y de constituirse con el tiempo en puntal geopolítico por sus condiciones defensivas. De estos dos aspectos, el que ha despertado el mayor y más temprano interés historiográfico por su sabor romántico ha sido la narración de los épicos ataques y defensas de la ciudad colonial antes y después de rodearse de murallas de piedra. Desde cuando el noble francés Jean François de la Roque, señor de Roberval, compañero de Cartier en las tempranas expediciones al Canadá y conocido en las crónicas como Roberto Baal u O’valle, la sorprendiera en 1544, Cartagena nunca dejó de vivir bajo la amenaza de "enemigas venganzas". Y no sólo amenazas, sino que fue blanco de golpes matreros y guerras declaradas, escenario de gestas heroicas y, ya en la época republicana, de los coletazos de las guerras civiles.

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Plano del bastión -Medial Luna-, por Juan de Herrera y Sotomayor, 1730, del Servicio Geográfico del Ejército (Tomado de: Cartografía y relaciones históricas de ultramar, Servicio Histórico Militar, t. 5, Madrid, 1980).

Se hace referencia a la Cartagena en combate porque esos episodios tuvieron una marcada influencia sobre quienes pensaron y construyeron las defensas de la plaza fuerte. Cada experiencia bélica añadió un bastión o un revellín que pretendía contribuir al ajuste del cerrojo defensivo. Además, la literatura del "apetito y festejo" de la piratería, del sitio de Vernon, de la heroica resistencia durante la Reconquista y de los retozos democráticos posindependientes comenzó casi enseguida —a veces en el curso de los eventos mismos— a conformar el acervo historiográfico. En cambio, la historiografía de las fortificaciones es cosa muy reciente. Aunque ha caído hoy en desuso, ¿quién no recuerda con emoción y cariño la lectura de Soledad Acosta de Samper en Los piratas de Cartagena. Crónicas histórico-novelescas, Bogotá, Imprenta de la Luz, 1886, y, en cambio, quién tiene memoria de páginas en loor de las murallas escritas el siglo pasado? En ese entonces, más bien se hablaba de cómo tumbarlas, por considerarlas un estorbo.



 

5.jpg (13851 bytes) Planta del castillo de Santa Cruz situado en la bahía de Cartagena de Indias, por Juan de Herrero y Sotomayor, ca. 1730, del Servicio Geográfico del Ejército (Tomado de: Cartografía y relaciones históricas de ultramar, Servicio Histórico Militar, t. 5, Madrid, 1980).

Para los aficionados al fulgor de los hechos de armas, antes que a la frialdad de los merlones y troneras que le sirven de escenario, o al paciente quehacer diario del ingeniero militar que lo construye, la historiografía de Cartagena es un rico filón. Si, para tomar un ejemplo, se desea reconstituir con fuentes impresas el ataque de Bernard Jean Louis Desjean, barón de Pointis, en 1697, se puede recurrir a más de una docena de transcripciones de documentos de la época y culminar con la pormenorizada versión contemporánea de Enrique de la Matta Rodríguez, El asalto de Pointis a Cartagena de Indias, Sevilla, Publicaciones de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, núm. 256, 1979. Otro tanto podría recopilarse sobre el ataque inglés de 1741. La lista sería larga aunque, para la visión de conjunto de la crucial defensa de Cartagena contra el intento británico de escindir el imperio español, no hay nada mejor que el capítulo sobre las campañas de Vernon en la monumental obra de Juan Manuel Zapatero, La guerra del Caribe en el siglo XVIII, Madrid, Servicio Histórico y Museo del Ejército, 1990, o el erudito examen de Richard Harding, Amphibious Warfare in the Eighteenth Century. The British Expedition to the West Indies, 1740-42, The Royal Historical Society, The Boydell Press, Woodbridge, Suffolk, Reino Unido, 1991.

6.jpg (17033 bytes) Plano y perfil de la batería de San Sebastián situada en la entrada del puerto de la Plaza de Cartagena de Indias, anónimo, ca. 1730, del Servicio Geográfico del Ejército (Tomado de: Cartografía y relaciones históricas de ultramar, Servicio Histórico Militar, t. 5, Madrid, 1980).

Para cada suceso en la accidentada vida marcial de Cartagena, desde la cruenta (y hasta ahora insuficientemente historiada) toma por Francis Drake, en 1585, de la ciudad desprotegida, hasta los cómicos episodios del sitio de Gaitán Obeso en 1885, hay una crónica, cuando no un extenso libro, sobre las vivencias del momento, o alguna docta disertación sobre sus antecedentes y consecuencias. En contraste, sobre fuertes y murallas la historiografía es escasa y tardía. Parte del problema reside en lo árido del tema. A pesar de su omnipresente significación en la historia de Cartagena de Indias —es imposible desplazarse por la ciudad y su bahía sin tropezarse con una fortificación—, adentrarse en el tema requiere una dosis de paciencia para adquirir abstrusos conocimientos que van desde la poliorcética hasta la familiaridad con materiales y técnicas de construcción hoy desuetos, desde rudimentos de la ciencia militar, y, muy específicamente, comprensión de la fortificación permanente abaluartada, hasta nociones de metalurgia.

Son cuatro los autores básicos (aunque no los únicos) para acercarse al pensamiento de los ingenieros militares que pacientemente construyeron la plaza fuerte de Cartagena de Indias. Se trata de obras de expertos españoles que, bien sea por su propia intuición o inspirados por los modelos italianos, holandeses y, especialmente, por Sebastián Le Petre, señor de Vauban, enseñaron a través de la cátedra y de sus escritos los principios de fortificación a los Maestros del Arte que la Corona desplazó a América. Son ellos la Teórica y práctica de fortificación, conforme a las medidas y defensas de estos tiempos, repartidas en tres partes, Madrid, 1598, conjuntamente con el Compendio y breve resolución de fortificación, conforme a los tiempos presentes, con algunas demandas curiosas, probándolas con demostraciones matemáticas, y algunas cosas militares, Madrid, 1613, ambas del capitán Cristóbal de Rojas y hoy disponibles en una espléndida edición facsimilar editada por el Cedex (Centro de Estudios y Experimentación de Obras Públicas) y la Cehopu (Comisión de Estudios Históricos y de Obras Públicas), bajo el título de Tres tratados sobre fortificación y milicia, Madrid, 1985. Más difíciles de conseguir son Sebastián Fernández de Medrano, El arquitecto perfecto en el arte militar, Bruselas, 1700, y Pedro de Lucaze, Principios de fortificación, Barcelona, 1772, así como el Tratado de fortificación, o arte de construir los edificios militares y civiles, obra original publicada en Inglaterra por su autor, el inglés John Muller, profesor de artillería y fortificación en la Academia de Woolwich, y traducida y publicada en Barcelona por Miguel Sánchez Taramas en 1768.

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Detalle del fuerte de San Felipe en Cartagena con una de sus garitas, fotografía de Graciano Gasparini  (Tomado de: Rutas y fortificaciones en América y Filipinas [Madrid],     Biblioteca CEHOPU, 1985).

En esas fuentes esotéricas hay que beber para aproximarse a los conceptos, el lenguaje y las técnicas de los ingenieros de Cartagena. Las dificultades archivísticas y lo reservado del tema mantuvieron a los historiadores de Colombia y América alejados de estas disciplinas hasta cuando Juan Manuel Zapatero, para el Caribe y Suramérica, y José Antonio Calderón Quijano, para la Nueva España, abrieron brecha en el quinto decenio de este siglo. El mismo Zapatero produjo una lúcida obra titulada La fortificación abaluartada en América, San Juan de Puerto Rico, Instituto de Cultura Portorriqueña, 1978, que, más que una historia de las fortificaciones, es un apretado compendio de todo lo que hay que conocer y entender sobre el Arte —incluyendo una oscura jerigonza con palabras como falsabraga, contraescarpa y carponera— para entrar en la mente de los ingenieros militares que pasaron al Nuevo Continente. De hacer falta algo más para ampliar la comprensión, se recomienda, por su sencillez didáctica, a Christopher Duffy, Fire and Stone. The Science of Fortress Warfare, 1660-1860, Nueva York, Hippocrene Books, Inc., 1975, y Siege Warfare. The Fortress in the Early Modern World, 1494-1660, Nueva York, Barnes & Noble Books, 1977.

8a.jpg (18465 bytes) Planos perspectivas y perfiles de los castillos de San Luis de Bocachica, Santa Cruz, San Felipe de Barajas.  Baterías de San José y San Juan de Manzanillo, realizados por Juan de Herrero y Sotomayor, 1730, del Servicio Geográfico del Ejercito ( Tomado de : Cartografía y relaciones históricas de ultramar, Servico Histórico Militar, t. 5,Madrid, 1980)
8b.jpg (20814 bytes) Contraguardia proyectada para cubrir el ángulo entrante de la cortina de Santa Catalina, de Lorenzo de Solís, 1754, del Servicio Geográfico del Ejército (Tomado de: Cartografía y relaciones históricas de ultramar, Servicio Histórico Militar, t. 5, Madrid, 1980).
9a.jpg (18053 bytes) Plano del cimiento del fuerte de San Fernando, elaborado por Lorenzo de Solís y Juan B. Mac Evan, 1753, del Servicio Geográfico del Ejército (Tomado de: Cartografía y relaciones históricas de ultramar, Servicio Histórico Militar, t. 5, Madrid, 1980).
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Pero hay más. Tal como el castillo de San Felipe, que fue cercado de alambradas por la familia Gulfo, el resto de la herencia castrense de Cartagena soportó irreparables vejámenes a causa de la indiferencia generalizada hasta bien entrado el siglo XX. Percibido como un obstáculo para el progreso de la ciudad, el cinturón amurallado se desmoronaba mientras se le abrían rotos por doquier. Repositorio de citas furtivas y útil mingitorio, a nadie se le ocurría historiarlo. De ahí que —aparte del testimonio diario que dejara don Carlos Crismatt en su paciente y milagrosa reconstrucción del San Felipe casi sin documentación— el primer libro que indirectamente trata de las defensas de Cartagena sólo se haya publicado por Hauser y Menet, Madrid, 1942. Es el discurso de ingreso a la Real Academia de la Historia del doctor Diego Angulo Iñiguez, con el título de Bautista Antonelli. Las fortificaciones americanas en el siglo XVI. El ilustre ingeniero, huésped de Cartagena en 1586 y 1594, y autor del diseño original de sus murallas, pasa, sin embargo, por las páginas del distinguido académico sin que se sepa cómo puso una piedra, ni de dónde la sacó, ni quiénes lo secundaron. Pero el discurso tiene el mérito de haber recordado que esas murallas, que comenzara a construir a principios del siglo XVII el sobrino de Antonelli, Cristóbal de Roda, poseían una historia. También indirectamente pionera es la obra de Julia Herráez de Escariche, Don Pedro Zapata de Mendoza, gobernador de Cartagena de Indias, Sevilla, Publicaciones de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, núm. 32, 1946, surgida de esa escuela sevillana que tanto ha contribuido a la historiografía del Nuevo Mundo español. Al biografiar a su fundador, la doctora Herráez documenta la construcción del primer castillo de San Felipe de Barajas.

En Colombia, el primero en reconocer la importancia histórica de las fortificaciones de Cartagena y dedicarles un incompleto esfuerzo investigativo fue el académico de número de la Academia Colombiana de Historia y general de la república, Pedro Julio Dousdebes. Su libro, aparecido bajo el título de Cartagena de Indias, plaza fuerte, se publica en Bogotá, 1948, como el número 28 de la Biblioteca del Oficial y forma parte de la serie Capítulos de la Historia Militar de Colombia. Ese temprano intento de escribir historia con elementos limitados, sin contar con investigación primaria en un tema que las fuentes secundarias apenas si habían tocado accidentalmente, resultó plagado de errores. El general Dousdebes tuvo, sin embargo, el indudable acierto de considerar la plaza fuerte como un todo y de historiarla como una unidad coherente, donde las partes poseían una misión definida frente al enemigo.

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Fuerte de San Felipe de Barajas, fotografía     de Graciano Gasparini (Tomado de: Rutas y fortificaciones en América y Filipinas  [Madrid]. Biblioteca CEHOPU, 1985).

El yermo panorama historiográfico de la primera mitad del siglo XX cambia de manera radical con la densa disertación doctoral de Enrique Marco Dorta. Inspirado por el doctor Angulo Iñíguez, pionero biógrafo de Antonelli y profesor de historia del arte hispanoamericano en la Universidad de Sevilla, Marco Dorta comenzó —como él mismo lo atestigua— a espulgar el Archivo de Indias a partir de 1935, aunque su tesis de doctorado, Cartagena de Indias. La ciudad y sus monumentos, no fuese editada por la Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, núm. 55, Sevilla, hasta 1951. Unos cuantos entusiastas tuvieron el privilegio de frecuentarlo durante su prolongada estadía en Cartagena (1940-1941), pero el impacto de sus exhaustivas investigaciones, en lo civil y lo militar, no viene a sentirse realmente hasta la publicación de la gran obra. El libro ha sido reeditado dos veces: en Cartagena, 1960, por el recordado hispanista Alfonso Amadó y Clarós, y en Bogotá, 1988, por el Fondo Cultural Cafetero. Las últimas dos ediciones aparecieron bajo el título de Cartagena de Indias. Puerto y plaza fuerte y se encuentran agotadas.

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Plano y perfiles de la muralla real batida de la Mar del Norte de Cartagena de Indias, de Antonio Arébelo, 1761, del Servicio Geográfico del Ejército (Tomado de: Cartografía y relaciones históricas de ultramar, Servcio Histórico Militar, t. 5, Madrid, 1980).
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Perfiles y elevaciones del castillo de San Felipe de Barajas, de Antonio de Arébalo, 1763, del Servicio Geográfico del Ejército (Tomado de: Cartografía y relaciones históricas de ultramar, Servcio Histórico Militar, t. 5, Madrid, 1980).

Hasta el día de hoy nadie ha contribuido tanto al conocimiento del desarrollo físico de la ciudad de Cartagena durante la época colonial como Enrique Marco Dorta. Sus enseñanzas modificaron para siempre la manera como investigadores posteriores se han aproximado al tema y les descubrieron hasta a los simples aficionados la profundidad documental y la dimensión humana y política que encierra el universo arquitectónico del "Corralito de Piedra". Pero, para lo que nos atañe en este breve resumen bibliográfico, hay que anotar que Marco Dorta no fue un historiador militar. Su especialidad era la historia del arte. En tal condición ha debido sucumbir, como tantos de nosotros, al imponente encanto de los volúmenes merlonados y al juego de luces y sombras sobre las piedras centenarias. Empero, su propósito no era esclarecer las razones que inspiraron a los ingenieros de la plaza y a la corona española para financiar y organizar la construcción de las fortificaciones. Él se limita a consignar el qué, el cuándo y el con quién, a veces de manera incompleta y confusa. No se preocupó, ni tenía por qué hacerlo, de hilar cronológica, estratégica y tácticamente los frentes de defensa de la plaza y su bahía para la inteligencia de quienes quisiesen hoy atacarla o defenderla con los medios de la época. Por lo mismo, son escasas las referencias al Archivo General de Simancas, al Servicio Histórico-Militar y al Servicio Geográfico del Ejército, donde se encuentra el mayor acervo propiamente militar sobre las provincias de ultramar.

Todo lo anterior se anota sin ánimo de disminuir el enorme mérito de Marco Dorta y su invaluable contribución al conocimiento de la Cartagena castrense. Si se tiene la paciencia de atar cabos a través de las páginas y compilar todo lo que investigó y escribió sobre sus fortificaciones, se encontrará que es mucho más que todo lo que documentadamente se había reseñado o publicado antes de él. Más aún: no cabe duda de que la existencia de Cartagena de Indias. La ciudad y sus monumentos contribuyó a estimular la misión de reconocimiento del doctor en historia Juan Manuel Zapatero. Su estadía en la ciudad durante el primer trimestre de 1967 trajo como resultado Las fortificaciones de Cartagena de Indias. Estudio asesor para su restauración, publicado por el Banco Cafetero de Colombia, Madrid, 1969. Bajo ese inocente título se esconde una vida de investigaciones sobre las defensas de Cartagena que llenan ordenadamente buena parte de los vacíos que dejara Marco Dorta. Allí está clasificado, en riguroso orden topográfico, todo cuanto subsistía, hasta 1967, de las fortificaciones de la ciudad, con una noticia histórica de cada baluarte, de cada lienzo de muralla, de cada batería y de cada castillo. Más allá de la historia, el Estudio asesor contiene detalladas recomendaciones para la restauración del recinto "real" y de las fortificaciones exteriores, complementadas por minuciosos "planos rectores", como los llamaba el distinguido experto, para asistir paso a paso a los restauradores. Esa guía ha servido de base para las labores de conservación, restauración y consolidación durante los últimos 30 años, desde la recuperación del baluarte de San Francisco Javier hasta la difícil y admirable tarea de rescatar el Ángel San Rafael sobre el cerro del Horno, en Bocachica. El mismo comandante Zapatero sembró la semilla práctica con sus "campañas" —como las bautizó el comandante— de 1968 en San José de Bocachica y de 1969 en el baluarte de San Ignacio y la calle de la Ronda. Con él se formaron quienes, siguiendo sus enseñanzas, han adelantado una fructuosa labor restauradora de la Cartagena castrense.

El inventario del Estudio asesor lo complementa Zapatero con su exhaustiva Historia de las fortificaciones de Cartagena de Indias, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica del Centro Hispanoamericano de Cooperación y Dirección General de Relaciones Culturales del Ministerio de Asuntos Exteriores, 1979. Obra prodigiosa que sólo podía ser acometida por un experto de categoría mundial en fortificación permanente abaluartada. Allí aparecen historiados desde el primer fuerte del Boquerón, guardián del fondeadero y del ingreso a la bahía de las Ánimas, hasta el postrer informe del desdichado Manuel de Anguiano, último ingeniero militar de Cartagena y mártir de la Independencia. El lenguaje de Juan Manuel Zapatero es áspero. No le hace concesión alguna al lector, que debe estar preparado, glosario en mano, a enfrentar todos los arcanos de la terminología de la arquitectura militar. Superado ese escollo, lo que espera al estudioso es un apasionante descubrir cómo la cambiante morfología de la bahía, la evolución del poderío naval, los progresos de la artillería y los avances en las técnicas de fortificación convirtieron a Cartagena en un estupendo laboratorio donde se fueron trasplantando las adquisiciones del Arte hasta la época final de "la escuela europea y universal" de fortificar. Valga añadir que transplantar no es copiar. Como bien lo señala Zapatero, los ingenieros de las Indias crearon una escuela de fortificación abaluartada hispanoamericana, transición entre lo medieval y lo moderno, para adaptarse a las circunstancias topográficas y climáticas del trópico. Ese devenir quedó cabalmente plasmado en la ciudad de Heredia.

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Detalle de un bastión del castillo de San Felipe, fotografía de Graciano Gasparini (Tomado de: Rutas y fortificaciones en América y Filipinas [Madrid], Biblioteca CEHOPU, 1985).

El libro refleja la rigurosa disciplina de su autor. Cada frase queda avalada por una precisa labor de archivo. Si se quiere ahondar en los temas, ahí están las citas que pueden servirle al historiador para regresar a las fuentes o para cotejar los asertos. Toda afirmación está sustentada sobre sólidos cimientos. Ahora bien, la Historia no es sólo una colección de datos bien hilvanados. El lector encontrará, además, un esfuerzo por trasmitir la visión estratégica y táctica de los ingenieros, las razones que exponían en sus informes y dictámenes para proponer o construir, a sabiendas de que las obligaciones militares de la corona eran inmensas y los recursos limitados. Por la castellana severidad del idioma de Zapatero, estos conceptos no siempre se destacan con claridad, pero un poco de paciencia es suficiente para aprender históricas perlas de sabiduría militar.

La copiosa documentación de la Historia de las fortificaciones es particularmente rica en ilustraciones, que lamentablemente no se produjeron en colores. Las copias van desde los primitivos diseños de los protoingenieros e ingenieros del siglo XVI hasta los sofisticados planos de los delineantes del siglo XVIII, y permiten un detallado seguimiento y análisis de la poliorcética de Cartagena. El material gráfico completa las pesquisas de Marco Dorta en el Archivo General de Indias con los abundantes fondos del Archivo General de Simancas (Valladolid), del Archivo General Militar (Segovia), de la Biblioteca Nacional (Madrid), del Servicio Geográfico del Ejército (Madrid), y del Servicio Histórico-Militar (Madrid). El comandante Zapatero fue director de este último durante muchos años. Seguramente se seguirá descubriendo, en archivos españoles y extranjeros y en el propio Archivo General de la Nación de Colombia, así como en las colecciones de Raros y Curiosos de la Biblioteca Nacional, cartografía adicional de los fuertes y el recinto "real" de Cartagena ordenada por los ingenieros de Indias. Todo lo que aparezca encontrará seguramente su ubicación historiográfica, intercalado en las páginas magistrales de la Historia de las fortificaciones de Cartagena de Indias.

 

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Detalles de varios perfiles de los baluartes cortinas de la Plaza de Cartagena de Indias, por Antonio de Arébalo, 1772, del Servicio Geográfico del Ejército (Tomado de: Cartografía y relaciones históricas de ultramar, Servicio Histórico Militar, t. 5, Madrid, 1980).

A propósito de cartografía, un inestimable complemento de la historia militar de Cartagena está contenido en el tomo V de la Cartografía y relaciones históricas de ultramar. Colombia-Panamá-Venezuela, dividido en dos volúmenes: Carpeta de cartografía y Carpeta descriptiva. Esta hermosa colección multicolor de casi doscientos planos, de los cuales aproximadamente la mitad atañen a la ciudad y a sus fortificaciones, fue publicada (edición numerada) en Madrid, 1980, por el Servicio Histórico-Militar y el Servicio Geográfico del Ejército, bajo la dirección de Juan Manuel Zapatero. Contiene, además de los planos de las fortificaciones propiamente dichas, una valiosa cartografía del virreinato de la Nueva Granada. El formato grande y la nitidez de las reproducciones, así como la excelente carpeta descriptiva con las claves de cada ilustración, facilitan la tarea del investigador.

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Plano y periles de 22 bóvedas proyectadas en la cortina entrantes entre el baluarte de San Lucas y de San Andrés de Cartagena, de Agustín Crame, 1778, del Servicio Geográfico del Ejército (Tomado de: Cartografía y relaciones históricas de ultramar,  Servicio Histórico Militar, t. 5, Madrid, 1980).

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Plano del castillo de San Lázaro, de Agustín Crame, 1778, del Servicio Geográfico del Ejército (Tomado de: Cartografía y relaciones históricas de ultramar, Servicio Histórico Militar, t. 5, Madrid, 1980).

La historiografía del pensamiento de los ingenieros militares y sus realizaciones concretas plasmadas en piedra y argamasa ha venido a complementarse en época reciente con el análisis del impacto de lo militar sobre la sociedad civil. La profunda militarización de América a raíz de las reformas borbónicas durante la segunda mitad del siglo XVIII había recibido poca atención de los historiadores hispanoamericanos. El énfasis en la historia social y económica durante el último medio siglo ha sacado del anonimato tan importante aspecto de la vida cartagenera. Es conocida la incesante actividad de los ingenieros militares de Cartagena después del sitio de Vernon. Se acometió prontamente la reconstrucción de las averiadas fortificaciones y la construcción de nuevos bastiones, cuyos fundamentos tácticos se analizaban a la luz de las lecciones que deja el ataque. El rey Fernando VI evitó enredos militares en su política europea pero no descuidó la protección del imperio. España era España porque poseía a América, y conservar a América significaba reconstruir el poderío naval hispano. Con buenas razones, la corona estimaba que debía encarar una inevitable confrontación colonial con el inglés. Los navíos y la defensa de los puertos recibieron la solícita atención del monarca. En Cartagena, durante su reinado y la primera parte del de su sucesor, Carlos III (1759-1788), se desplegó la más intensa actividad fortificadora de toda la Colonia.

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Planta del proyecto de la torre para reforzar el castillo de San Luis, de Juan de Somovilla Tejada, 1684 -AGI 70- (Tomado de: Rutas y fortificaciones en América y Filipinas [Madrid], Biblioteca CEHOPU, 1985).

La comprensión de la estrategia hispana ha recibido recientemente, a través de la Editorial Mapfre S. A., el refuerzo de dos obras sinópticas de gran lucidez (no se ahonda en la amplísima literatura sobre el tema, porque requeriría su propio ensayo bibliográfico), cuyos títulos lo dicen todo: Carmen Gómez Pérez, El sistema defensivo americano, Madrid, 1992, y Juan Batista González, La estrategia española en América durante el Siglo de las Luces, Madrid, 1992. Ambas esclarecen lo que la corona pretendía de Cartagena de Indias y por qué invirtió en su protección, casi alocadamente, lo que no tenía. El construir tanto trajo dos consecuencias. La primera puede resumirse en la frase del enérgico ministro de Carlos III, José de Gálvez: no es prudente fortificar "como si los baluartes y murallas se defendieran por sí propios". Con un simple análisis de costo-beneficio, se cayó en la cuenta de que tantas plazas fuertes requerían más guarniciones que las que España quería o podía suministrar desde la península. La respuesta fue armar a los leales súbditos americanos para que atendieran a su propia defensa. La segunda consecuencia fue exigirles que colaboraran con el costo de mantenerlas.

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Panorámica de la batería y fuerte de San Fernando de Bocachica realizados en 1753, fotografía de Graciano Gasparini (Tomado de: Rutas y fortificaciones en América y Filipinas [Madrid], Biblioteca CEHOPU, 1985).

Esta ruptura con el subyacente laissez-faire permitido por los Austrias quebró la arraigada lealtad ultramarina por la institución real, que ni siquiera la atroz contienda civil de la guerra de la Sucesión española de principios del siglo XVIII había conseguido resquebrajar. Les estaba tocando el bolsillo a los americanos. En 1810, el soplo huracanado de los vientos nuevos encontró un árbol vencido. Entre otras cosas, porque la cooptación de la elite criolla para los cuadros de oficiales le otorgó figuración social, fuero e instrucción militar para conducir la final revuelta, al frente de las mismas milicias de blancos y pardos que tan eficazmente asistieran en la defensa del imperio. Poco sirvió que unos cuantos, mediando relumbrantes doblones, adquirieran títulos nobiliarios. Cómo se gestaron y aplicaron las reformas en Cartagena es la materia de Allan J. Kuethe, Military Reform and Society in New Granada, 1773-1808, Gainesville (Fla.), Center for Latin American Studies, University of Florida, 1978, y Juan Marchena Fernández, La institución militar en Cartagena de Indias en el siglo XVIII, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, 1982.

Ambos libros son enormemente instructivos aun para aquellos que han trajinado mucho tiempo las cosas de nuestra América. El equilibrio de poder en el Nuevo Mundo era tan sutil que la introducción de reformas profundas en una esquina del mosaico arriesgaba desquiciar el todo. Se comprendería mejor la naturaleza de ese equilibrio si supiésemos más sobre la institución militar en Cartagena desde el fin de la Conquista hasta las reformas borbónicas. He ahí el primero de los temas de investigación que se podrían sugerir para ir llenando los boquetes de que adolece la historia de la ciudad. Aunque sin suficiente profundidad analítica (se trata de una obra de juventud), el modelo de Juan Marchena sería quizá el indicado. Este acucioso investigador de la escuela sevillana, para la que ninguna ponderación es suficiente, pasa un cedazo sobre un siglo de la Cartagena castrense y, excepto, quizá, en materia de técnicas constructivas y naturaleza de los materiales y sus fuentes, deja poco por escarbar. Queda un vacío, que no era materia de su investigación, ni lo ha sido para nadie que ha tocado el tema militar de Cartagena: los costos de la defensa, su financiación y el impacto económico de la presencia castrense en tres siglos y medio de Cartagena, plaza fuerte. Un tema más para contribuir a enriquecer la historiografía de la ciudad.

En lo que se refiere a la materia prima y los métodos con que se erigió a Cartagena, civil y militarmente, hay un silencio generalizado. Es famosa la clasificación de Antonio de Arévalo de las canteras de los extramuros según sus propiedades y usos, pero es poco lo que se conoce sobre la aplicación de la teoría a la práctica constructiva en el trópico. Es de aplaudir, por lo tanto, la contribución de Alfonso Cabrera, Rosmery Martelo y Rosa Elena Martínez, en su laureada tesis para recibirse como arquitectos en la Universidad Jorge Tadeo Lozano, seccional del Caribe. Las técnicas antiguas de construcción y su corolario, La ruta de los hornos, han abierto una rica veta investigativa para combinar la historia con la arqueología y la arquitectura, que debe profundizarse.

No se puede cerrar esta breve reseña historiográfica sin mencionar dos obras popularizadas de la ciudad fortificada: Las fortificaciones de Cartagena de Indias: Estrategia e historia, que, con un toque de narcisismo, este autor señala que lleva cinco ediciones en español (la última, Santafé de Bogotá, 1996, en lujoso formato) y dos en inglés, y Cartagena de Indias, mágica acrópolis de América, Madrid, Colegio de Ingenieros, Canales y Puertos, 1991, de Enrique Cabellos Berreiro. Yo no tengo más mérito que haber servido de exégeta de mi maestro, Juan Manuel Zapatero. Enrique Cabellos, ingeniero civil español que pasara largos años en Colombia, en cambio, publicó un pulido volumen con estupendas fotografías en colores de su autoría, donde recoge ordenadamente y en buena prosa la historia de Cartagena vista desde el ángulo militar. Tanto en los hechos como en los juicios, muy pocas veces deja de acertar. Y, además, ha sido escrita con tanto cariño que su lectura es bálsamo para todo aquel que ame la presencia histórica y la existencia concreta de Cartagena de Indias.

He excedido las instrucciones de los señores coordinadores al intentar una bibliografía brevemente comentada sobre la fortificación de Cartagena porque, a mi leal saber, ese balance no se ha hecho nunca. Por otra parte, son tan pocas las obras sobre el tema que el inventario toma poco tiempo. Ya a lo largo de la reseña hubo oportunidad de señalar los libros sobresalientes: Marco Dorta y Zapatero llenan el ámbito historiográfico; Kuethe y Marchena señalan rumbos nuevos. Desde el claro en la selva que ellos han desbrozado habrá que conquistar el resto del territorio archivístico e interpretativo 1.

 

Notas:

* Trabajo presentado en un simposio sobre la historiografía de Cartagena organizado en octubre de 1997 por el Banco de la República y la Universidad Jorge Tadeo Lozano, seccional del Caribe.

1 Para un completo ensayo bibliográfico sobre las fortificaciones de América y sus antecedentes, se recomienda José Antonio Calderón Quijano, Las fortificaciones españolas en América y Filipinas, Madrid, Editorial Mapfre, S. A., 1996, pág. 605-691.