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Cartagena
de Indias: historiografía
de sus fortificaciones*
RODOLFO SEGOVIA SALAS
Trabajo fotográfico: Alberto Sierra
Restrepo
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Planta del castillo de San
Luis de Bocachica en 1661, destruido por Vernon en 1741, dibujo de Pedro Mejía (Archivo
General de Indias -AGI 73-) (Tomado de: Rutas y fortificaciones en América y
Filipinas [Madrid], Biblioteca CEHOPU, 1985).
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En Cartagena de Indias la
cuadrícula fundacional incorporó consideraciones militares. Dentro de la enorme bahía
sin corrientes de agua dulce, se escogieron dos apartadas islas por sus inmejorables
condiciones defensivas. Un cinturón de ciénagas las aislaba del continente y una
traicionera resaca embarazaba intentos de desembarco desde el mar Caribe. Al imperativo
militar se sacrificaron las ventajas del puerto seguro. En efecto, los galeones debían
fondear a corta distancia de la costa de la península de Icacos (hoy Base Naval del
Caribe) y cargar y descargar sus pasajeros, fardos y botijas en pequeñas embarcaciones
hasta y desde el muelle de la Contaduría, al fondo de la bahía de Las Ánimas. Costoso
intermediario para una ciudad que también era comerciante, y que hubiese podido evitarse
acoderando los navíos de la Carrera de Indias directamente a un muelle de desembarco en
alguna de las amplias orillas de la bahía. Pero no fue así; se prefirió lo militar a lo
comercial. Nacida bajo ese sino, no es de sorprenderse que se convirtiera en la plaza
fuerte colonial más importante de la América del Sur, y en la segunda del Caribe,
después de La Habana.
La historia militar de Cartagena de
Indias está, entonces, ligada a la doble condición de ser centro de intercambio con
reputación de opulencia, y de constituirse con el tiempo en puntal geopolítico por sus
condiciones defensivas. De estos dos aspectos, el que ha despertado el mayor y más
temprano interés historiográfico por su sabor romántico ha sido la narración de los
épicos ataques y defensas de la ciudad colonial antes y después de rodearse de murallas
de piedra. Desde cuando el noble francés Jean François de la Roque, señor de Roberval,
compañero de Cartier en las tempranas expediciones al Canadá y conocido en las crónicas
como Roberto Baal u Ovalle, la sorprendiera en 1544, Cartagena nunca dejó de vivir
bajo la amenaza de "enemigas venganzas". Y no sólo amenazas, sino que fue
blanco de golpes matreros y guerras declaradas, escenario de gestas heroicas y, ya en la
época republicana, de los coletazos de las guerras civiles.
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Plano del
bastión -Medial Luna-, por Juan de Herrera y Sotomayor, 1730, del Servicio Geográfico
del Ejército (Tomado de: Cartografía y relaciones históricas de ultramar,
Servicio Histórico Militar, t. 5, Madrid, 1980).
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Se hace referencia a la Cartagena
en combate porque esos episodios tuvieron una marcada influencia sobre quienes pensaron y
construyeron las defensas de la plaza fuerte. Cada experiencia bélica añadió un
bastión o un revellín que pretendía contribuir al ajuste del cerrojo defensivo.
Además, la literatura del "apetito y festejo" de la piratería, del sitio de
Vernon, de la heroica resistencia durante la Reconquista y de los retozos democráticos
posindependientes comenzó casi enseguida a veces en el curso de los eventos
mismos a conformar el acervo historiográfico. En cambio, la historiografía de las
fortificaciones es cosa muy reciente. Aunque ha caído hoy en desuso, ¿quién no recuerda
con emoción y cariño la lectura de Soledad Acosta de Samper en Los piratas de
Cartagena. Crónicas histórico-novelescas,
Bogotá, Imprenta de la Luz, 1886,
y, en cambio, quién tiene memoria de páginas en loor de las murallas escritas el siglo
pasado? En ese entonces, más bien se hablaba de cómo tumbarlas, por considerarlas un
estorbo.
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Planta del
castillo de Santa Cruz situado en la bahía de Cartagena de Indias, por Juan de Herrero y
Sotomayor, ca. 1730, del Servicio Geográfico del Ejército (Tomado de: Cartografía y
relaciones históricas de ultramar, Servicio Histórico Militar, t. 5, Madrid, 1980).
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Para los aficionados al
fulgor de los hechos de armas, antes que a la frialdad de los merlones y troneras que le
sirven de escenario, o al paciente quehacer diario del ingeniero militar que lo construye,
la historiografía de Cartagena es un rico filón. Si, para tomar un ejemplo, se desea
reconstituir con fuentes impresas el ataque de Bernard Jean Louis Desjean, barón de
Pointis, en 1697, se puede recurrir a más de una docena de transcripciones de documentos
de la época y culminar con la pormenorizada versión contemporánea de Enrique de la
Matta Rodríguez, El asalto de Pointis a Cartagena de Indias,
Sevilla,
Publicaciones de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, núm. 256, 1979.
Otro tanto podría recopilarse sobre el ataque inglés de 1741. La lista sería larga
aunque, para la visión de conjunto de la crucial defensa de Cartagena contra el intento
británico de escindir el imperio español, no hay nada mejor que el capítulo sobre las
campañas de Vernon en la monumental obra de Juan Manuel Zapatero, La guerra del Caribe
en el siglo XVIII,
Madrid, Servicio Histórico y Museo del Ejército, 1990, o
el erudito examen de Richard Harding, Amphibious Warfare in the Eighteenth Century.
The British Expedition to the West Indies, 1740-42,
The Royal Historical
Society, The Boydell Press, Woodbridge, Suffolk, Reino Unido, 1991.
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Plano y perfil de la
batería de San Sebastián situada en la entrada del puerto de la Plaza de Cartagena de
Indias, anónimo, ca. 1730, del Servicio Geográfico del Ejército (Tomado de: Cartografía
y relaciones históricas de ultramar, Servicio Histórico Militar, t. 5, Madrid,
1980).
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Para cada suceso en la
accidentada vida marcial de Cartagena, desde la cruenta (y hasta ahora insuficientemente
historiada) toma por Francis Drake, en 1585, de la ciudad desprotegida, hasta los cómicos
episodios del sitio de Gaitán Obeso en 1885, hay una crónica, cuando no un extenso
libro, sobre las vivencias del momento, o alguna docta disertación sobre sus antecedentes
y consecuencias. En contraste, sobre fuertes y murallas la historiografía es escasa y
tardía. Parte del problema reside en lo árido del tema. A pesar de su omnipresente
significación en la historia de Cartagena de Indias es imposible desplazarse por la
ciudad y su bahía sin tropezarse con una fortificación, adentrarse en el tema
requiere una dosis de paciencia para adquirir abstrusos conocimientos que van desde la
poliorcética hasta la familiaridad con materiales y técnicas de construcción hoy
desuetos, desde rudimentos de la ciencia militar, y, muy específicamente, comprensión de
la fortificación permanente abaluartada, hasta nociones de metalurgia.
Son cuatro los autores básicos (aunque
no los únicos) para acercarse al pensamiento de los ingenieros militares que
pacientemente construyeron la plaza fuerte de Cartagena de Indias. Se trata de obras de
expertos españoles que, bien sea por su propia intuición o inspirados por los modelos
italianos, holandeses y, especialmente, por Sebastián Le Petre, señor de Vauban,
enseñaron a través de la cátedra y de sus escritos los principios de fortificación a
los Maestros del Arte que la Corona desplazó a América. Son ellos la Teórica y
práctica de fortificación, conforme a las medidas y defensas de estos tiempos,
repartidas en tres partes,
Madrid, 1598, conjuntamente con el Compendio y
breve resolución de fortificación, conforme a los tiempos presentes, con algunas
demandas curiosas, probándolas con demostraciones matemáticas, y algunas cosas militares,
Madrid, 1613, ambas del capitán Cristóbal de Rojas y hoy disponibles en una
espléndida edición facsimilar editada por el Cedex (Centro de Estudios y
Experimentación de Obras Públicas) y la Cehopu (Comisión de Estudios Históricos y de
Obras Públicas), bajo el título de Tres tratados sobre fortificación y milicia,
Madrid, 1985. Más difíciles de conseguir son Sebastián Fernández de Medrano, El
arquitecto
perfecto en el arte militar, Bruselas, 1700, y Pedro de Lucaze, Principios
de fortificación, Barcelona, 1772, así como el Tratado de fortificación, o arte
de construir los edificios militares y civiles, obra original publicada en Inglaterra
por su autor, el inglés John Muller, profesor de artillería y fortificación en la
Academia de Woolwich, y traducida y publicada en Barcelona por Miguel Sánchez Taramas en
1768.
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Detalle del
fuerte de San Felipe en Cartagena con una de sus garitas, fotografía de Graciano
Gasparini (Tomado de: Rutas y fortificaciones en América y Filipinas
[Madrid], Biblioteca CEHOPU, 1985).
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En esas fuentes esotéricas hay que
beber para aproximarse a los conceptos, el lenguaje y las técnicas de los ingenieros de
Cartagena. Las dificultades archivísticas y lo reservado del tema mantuvieron a los
historiadores de Colombia y América alejados de estas disciplinas hasta cuando Juan
Manuel Zapatero, para el Caribe y Suramérica, y José Antonio Calderón Quijano, para la
Nueva España, abrieron brecha en el quinto decenio de este siglo. El mismo Zapatero
produjo una lúcida obra titulada La
fortificación abaluartada en América,
San Juan de Puerto Rico, Instituto de Cultura Portorriqueña, 1978, que, más que una
historia de las fortificaciones, es un apretado compendio de todo lo que hay que conocer y
entender sobre el Arte incluyendo una oscura jerigonza con palabras como falsabraga,
contraescarpa y carponera para entrar en la mente de los ingenieros militares que
pasaron al Nuevo Continente. De hacer falta algo más para ampliar la comprensión, se
recomienda, por su sencillez didáctica, a Christopher Duffy, Fire and Stone. The
Science of Fortress Warfare, 1660-1860, Nueva York, Hippocrene Books, Inc., 1975, y Siege
Warfare. The
Fortress in the Early Modern World, 1494-1660,
Nueva
York, Barnes & Noble Books, 1977.
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Planos
perspectivas y perfiles de los castillos de San Luis de Bocachica, Santa Cruz, San Felipe
de Barajas. Baterías de San José y San Juan de Manzanillo, realizados por Juan de
Herrero y Sotomayor, 1730, del Servicio Geográfico del Ejercito ( Tomado de : Cartografía
y relaciones históricas de ultramar, Servico Histórico Militar, t. 5,Madrid, 1980)
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Contraguardia
proyectada para cubrir el ángulo entrante de la cortina de Santa Catalina, de Lorenzo de
Solís, 1754, del Servicio Geográfico del Ejército (Tomado de: Cartografía y
relaciones históricas de ultramar, Servicio Histórico Militar, t. 5, Madrid, 1980).
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Plano del
cimiento del fuerte de San Fernando, elaborado por Lorenzo de Solís y Juan B. Mac Evan,
1753, del Servicio Geográfico del Ejército (Tomado de: Cartografía y relaciones
históricas de ultramar, Servicio Histórico Militar, t. 5, Madrid, 1980).
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Pero hay más. Tal como el
castillo de San Felipe, que fue cercado de alambradas por la familia Gulfo, el resto de la
herencia castrense de Cartagena soportó irreparables vejámenes a causa de la
indiferencia generalizada hasta bien entrado el siglo XX. Percibido como un obstáculo
para el progreso de la ciudad, el cinturón amurallado se desmoronaba mientras se le
abrían rotos por doquier. Repositorio de citas furtivas y útil mingitorio, a nadie se le
ocurría historiarlo. De ahí que aparte del testimonio diario que dejara don Carlos
Crismatt en su paciente y milagrosa reconstrucción del San Felipe casi sin
documentación el primer libro que indirectamente trata de las defensas de Cartagena
sólo se haya publicado por Hauser y Menet, Madrid, 1942. Es el discurso de ingreso a la
Real Academia de la Historia del doctor Diego Angulo Iñiguez, con el título de Bautista
Antonelli. Las fortificaciones americanas en el siglo XVI. El ilustre ingeniero,
huésped de Cartagena en 1586 y 1594, y autor del diseño original de sus murallas, pasa,
sin embargo, por las páginas del distinguido académico sin que se sepa cómo puso una
piedra, ni de dónde la sacó, ni quiénes lo secundaron. Pero el discurso tiene el
mérito de haber recordado que esas murallas, que comenzara a construir a principios del
siglo XVII el sobrino de Antonelli, Cristóbal de Roda, poseían una historia. También
indirectamente pionera es la obra de Julia Herráez de Escariche, Don Pedro Zapata de
Mendoza, gobernador de Cartagena de Indias, Sevilla, Publicaciones de la Escuela de
Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, núm. 32, 1946, surgida de esa escuela sevillana
que tanto ha contribuido a la historiografía del Nuevo Mundo español. Al biografiar a su
fundador, la doctora Herráez documenta la construcción del primer castillo de San Felipe
de Barajas.
En Colombia, el primero en reconocer la
importancia histórica de las fortificaciones de Cartagena y dedicarles un incompleto
esfuerzo investigativo fue el académico de número de la Academia Colombiana de Historia
y general de la república, Pedro Julio Dousdebes. Su libro, aparecido bajo el título de Cartagena
de Indias, plaza fuerte, se publica en Bogotá, 1948, como el número 28 de la
Biblioteca del Oficial y forma parte de la serie Capítulos de la Historia Militar de
Colombia. Ese temprano intento de escribir historia con elementos limitados, sin contar
con investigación primaria en un tema que las fuentes secundarias apenas si habían
tocado accidentalmente, resultó plagado de errores. El general Dousdebes tuvo, sin
embargo, el indudable acierto de considerar la plaza fuerte como un todo y de historiarla
como una unidad coherente, donde las partes poseían una misión definida frente al
enemigo.
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Fuerte de San
Felipe de Barajas, fotografía de Graciano Gasparini (Tomado de: Rutas
y fortificaciones en América y Filipinas [Madrid]. Biblioteca CEHOPU, 1985).
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El yermo panorama historiográfico
de la primera mitad del siglo XX cambia de manera radical con la densa disertación
doctoral de Enrique Marco Dorta. Inspirado por el doctor Angulo Iñíguez, pionero
biógrafo de Antonelli y profesor de historia del arte hispanoamericano en la Universidad
de Sevilla, Marco Dorta comenzó como él mismo lo atestigua a espulgar el
Archivo de Indias a partir de 1935, aunque su tesis de doctorado, Cartagena de Indias.
La ciudad y sus monumentos,
no fuese editada por la Escuela de Estudios
Hispanoamericanos de Sevilla, núm. 55, Sevilla, hasta 1951. Unos cuantos entusiastas
tuvieron el privilegio de frecuentarlo durante su prolongada estadía en Cartagena
(1940-1941), pero el impacto de sus exhaustivas investigaciones, en lo civil y lo militar,
no viene a sentirse realmente hasta la publicación de la gran obra. El libro ha sido
reeditado dos veces: en Cartagena, 1960, por el recordado hispanista Alfonso Amadó y
Clarós, y en Bogotá, 1988, por el Fondo Cultural Cafetero. Las últimas dos ediciones
aparecieron bajo el título de Cartagena de Indias. Puerto y plaza fuerte y se
encuentran agotadas.
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Plano y perfiles
de la muralla real batida de la Mar del Norte de Cartagena de Indias, de Antonio Arébelo,
1761, del Servicio Geográfico del Ejército (Tomado de: Cartografía y relaciones
históricas de ultramar, Servcio Histórico Militar, t. 5, Madrid, 1980).
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Perfiles y
elevaciones del castillo de San Felipe de Barajas, de Antonio de Arébalo, 1763, del
Servicio Geográfico del Ejército (Tomado de: Cartografía y relaciones históricas
de ultramar, Servcio Histórico Militar, t. 5, Madrid, 1980).
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Hasta el día de hoy nadie ha
contribuido tanto al conocimiento del desarrollo físico de la ciudad de Cartagena durante
la época colonial como Enrique Marco Dorta. Sus enseñanzas modificaron para siempre la
manera como investigadores posteriores se han aproximado al tema y les descubrieron hasta
a los simples aficionados la profundidad documental y la dimensión humana y política que
encierra el universo arquitectónico del "Corralito de Piedra". Pero, para lo
que nos atañe en este breve resumen bibliográfico, hay que anotar que Marco Dorta no fue
un historiador militar. Su especialidad era la historia del arte. En tal condición ha
debido sucumbir, como tantos de nosotros, al imponente encanto de los volúmenes
merlonados y al juego de luces y sombras sobre las piedras centenarias. Empero, su
propósito no era esclarecer las razones que inspiraron a los ingenieros de la plaza y a
la corona española para financiar y organizar la construcción de las fortificaciones.
Él se limita a consignar el qué, el cuándo y el con quién, a veces de manera
incompleta y confusa. No se preocupó, ni tenía por qué hacerlo, de hilar cronológica,
estratégica y tácticamente los frentes de defensa de la plaza y su bahía para la
inteligencia de quienes quisiesen hoy atacarla o defenderla con los medios de la época.
Por lo mismo, son escasas las referencias al Archivo General de Simancas, al Servicio
Histórico-Militar y al Servicio Geográfico del Ejército, donde se encuentra el mayor
acervo propiamente militar sobre las provincias de ultramar.
Todo lo anterior se anota sin ánimo de
disminuir el enorme mérito de Marco Dorta y su invaluable contribución al conocimiento
de la Cartagena castrense. Si se tiene la paciencia de atar cabos a través de las
páginas y compilar todo lo que investigó y escribió sobre sus fortificaciones, se
encontrará que es mucho más que todo lo que documentadamente se había reseñado o
publicado antes de él. Más aún: no cabe duda de que la existencia de Cartagena de
Indias. La ciudad y sus monumentos contribuyó a estimular la misión de
reconocimiento del doctor en historia Juan Manuel Zapatero. Su estadía en la ciudad
durante el primer trimestre de 1967 trajo como resultado Las fortificaciones de
Cartagena de Indias. Estudio asesor para su restauración,
publicado por el
Banco Cafetero de Colombia, Madrid, 1969. Bajo ese inocente título se esconde una vida de
investigaciones sobre las defensas de Cartagena que llenan ordenadamente buena parte de
los vacíos que dejara Marco Dorta. Allí está clasificado, en riguroso orden
topográfico, todo cuanto subsistía, hasta 1967, de las fortificaciones de la ciudad, con
una noticia histórica de cada baluarte, de cada lienzo de muralla, de cada batería y de
cada castillo. Más allá de la historia, el Estudio asesor contiene detalladas
recomendaciones para la restauración del recinto "real" y de las
fortificaciones exteriores, complementadas por minuciosos "planos rectores",
como los llamaba el distinguido experto, para asistir paso a paso a los restauradores. Esa
guía ha servido de base para las labores de conservación, restauración y consolidación
durante los últimos 30 años, desde la recuperación del baluarte de San Francisco Javier
hasta la difícil y admirable tarea de rescatar el Ángel San Rafael sobre el cerro del
Horno, en Bocachica. El mismo comandante Zapatero sembró la semilla práctica con sus
"campañas" como las bautizó el comandante de 1968 en San José de
Bocachica y de 1969 en el baluarte de San Ignacio y la calle de la Ronda. Con él se
formaron quienes, siguiendo sus enseñanzas, han adelantado una fructuosa labor
restauradora de la Cartagena castrense.
El inventario del Estudio asesor
lo complementa Zapatero con su exhaustiva Historia de las fortificaciones de Cartagena
de Indias, Madrid,
Ediciones Cultura Hispánica del Centro Hispanoamericano de
Cooperación y Dirección General de Relaciones Culturales del Ministerio de Asuntos
Exteriores, 1979. Obra prodigiosa que sólo podía ser acometida por un experto de
categoría mundial en fortificación permanente abaluartada. Allí aparecen historiados
desde el primer fuerte del Boquerón, guardián del fondeadero y del ingreso a la bahía
de las Ánimas, hasta el postrer informe del desdichado Manuel de Anguiano, último
ingeniero militar de Cartagena y mártir de la Independencia. El lenguaje de Juan Manuel
Zapatero es áspero. No le hace concesión alguna al lector, que debe estar preparado,
glosario en mano, a enfrentar todos los arcanos de la terminología de la arquitectura
militar. Superado ese escollo, lo que espera al estudioso es un apasionante descubrir
cómo la cambiante morfología de la bahía, la evolución del poderío naval, los
progresos de la artillería y los avances en las técnicas de fortificación convirtieron
a Cartagena en un estupendo laboratorio donde se fueron trasplantando las adquisiciones
del Arte hasta la época final de "la escuela europea y universal" de
fortificar. Valga añadir que transplantar no es copiar. Como bien lo señala Zapatero,
los ingenieros de las Indias crearon una escuela de fortificación abaluartada
hispanoamericana, transición entre lo medieval y lo moderno, para adaptarse a las
circunstancias topográficas y climáticas del trópico. Ese devenir quedó cabalmente
plasmado en la ciudad de Heredia.
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Detalle de un
bastión del castillo de San Felipe, fotografía de Graciano Gasparini (Tomado de: Rutas
y fortificaciones en América y Filipinas [Madrid], Biblioteca CEHOPU, 1985).
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El libro refleja la rigurosa
disciplina de su autor. Cada frase queda avalada por una precisa labor de archivo. Si se
quiere ahondar en los temas, ahí están las citas que pueden servirle al historiador para
regresar a las fuentes o para cotejar los asertos. Toda afirmación está sustentada sobre
sólidos cimientos. Ahora bien, la Historia no es sólo una colección de datos
bien hilvanados. El lector encontrará, además, un esfuerzo por trasmitir la visión
estratégica y táctica de los ingenieros, las razones que exponían en sus informes y
dictámenes para proponer o construir, a sabiendas de que las obligaciones militares de la
corona eran inmensas y los recursos limitados. Por la castellana severidad del idioma de
Zapatero, estos conceptos no siempre se destacan con claridad, pero un poco de paciencia
es suficiente para aprender históricas perlas de sabiduría militar.
La copiosa documentación de la Historia
de las fortificaciones es particularmente rica en ilustraciones, que lamentablemente
no se produjeron en colores. Las copias van desde los primitivos diseños de los
protoingenieros e ingenieros del siglo XVI hasta los sofisticados planos de los
delineantes del siglo XVIII, y permiten un detallado seguimiento y análisis de la
poliorcética de Cartagena. El material gráfico completa las pesquisas de Marco Dorta en
el Archivo General de Indias con los abundantes fondos del Archivo General de Simancas
(Valladolid), del Archivo General Militar (Segovia), de la Biblioteca Nacional (Madrid),
del Servicio Geográfico del Ejército (Madrid), y del Servicio Histórico-Militar
(Madrid). El comandante Zapatero fue director de este último durante muchos años.
Seguramente se seguirá descubriendo, en archivos españoles y extranjeros y en el propio
Archivo General de la Nación de Colombia, así como en las colecciones de Raros y
Curiosos de la Biblioteca Nacional, cartografía adicional de los fuertes y el recinto
"real" de Cartagena ordenada por los ingenieros de Indias. Todo lo que aparezca
encontrará seguramente su ubicación historiográfica, intercalado en las páginas
magistrales de la Historia de las fortificaciones de Cartagena de Indias.
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Detalles de varios perfiles
de los baluartes cortinas de la Plaza de Cartagena de Indias, por Antonio de Arébalo,
1772, del Servicio Geográfico del Ejército (Tomado de: Cartografía y relaciones
históricas de ultramar, Servicio Histórico Militar, t. 5, Madrid, 1980).
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A propósito de cartografía, un
inestimable complemento de la historia militar de Cartagena está contenido en el tomo V
de la Cartografía y relaciones históricas de ultramar. Colombia-Panamá-Venezuela,
dividido en dos volúmenes: Carpeta de cartografía y Carpeta descriptiva. Esta
hermosa colección multicolor de casi doscientos planos, de los cuales aproximadamente la
mitad atañen a la ciudad y a sus fortificaciones, fue publicada (edición numerada) en
Madrid, 1980, por el Servicio Histórico-Militar y el Servicio Geográfico del Ejército,
bajo la dirección de Juan Manuel Zapatero. Contiene, además de los planos de las
fortificaciones propiamente dichas, una valiosa cartografía del virreinato de la Nueva
Granada. El formato grande y la nitidez de las reproducciones, así como la excelente
carpeta descriptiva con las claves de cada ilustración, facilitan la tarea del
investigador.
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Plano y periles de 22
bóvedas proyectadas en la cortina entrantes entre el baluarte de San Lucas y de San
Andrés de Cartagena, de Agustín Crame, 1778, del Servicio Geográfico del
Ejército (Tomado de: Cartografía y relaciones históricas de ultramar,
Servicio Histórico Militar, t. 5, Madrid, 1980).
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Plano del castillo de San
Lázaro, de Agustín Crame, 1778, del Servicio Geográfico del Ejército (Tomado de: Cartografía
y relaciones históricas de ultramar, Servicio Histórico Militar, t. 5, Madrid,
1980).
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La historiografía del pensamiento
de los ingenieros militares y sus realizaciones concretas plasmadas en piedra y argamasa
ha venido a complementarse en época reciente con el análisis del impacto de lo militar
sobre la sociedad civil. La profunda militarización de América a raíz de las reformas
borbónicas durante la segunda mitad del siglo XVIII había recibido poca atención de los
historiadores hispanoamericanos. El énfasis en la historia social y económica durante el
último medio siglo ha sacado del anonimato tan importante aspecto de la vida cartagenera.
Es conocida la incesante actividad de los ingenieros militares de Cartagena después del
sitio de Vernon. Se acometió prontamente la reconstrucción de las averiadas
fortificaciones y la construcción de nuevos bastiones, cuyos fundamentos tácticos se
analizaban a la luz de las lecciones que deja el ataque. El rey Fernando VI evitó enredos
militares en su política europea pero no descuidó la protección del imperio. España
era España porque poseía a América, y conservar a América significaba reconstruir el
poderío naval hispano. Con buenas razones, la corona estimaba que debía encarar una
inevitable confrontación colonial con el inglés. Los navíos y la defensa de los puertos
recibieron la solícita atención del monarca. En Cartagena, durante su reinado y la
primera parte del de su sucesor, Carlos III (1759-1788), se desplegó la más intensa
actividad fortificadora de toda la Colonia.
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Planta del proyecto de la
torre para reforzar el castillo de San Luis, de Juan de Somovilla Tejada, 1684 -AGI 70-
(Tomado de: Rutas y fortificaciones en América y Filipinas [Madrid], Biblioteca
CEHOPU, 1985).
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La comprensión de la estrategia
hispana ha recibido recientemente, a través de la Editorial Mapfre S. A., el refuerzo de
dos obras sinópticas de gran lucidez (no se ahonda en la amplísima literatura sobre el
tema, porque requeriría su propio ensayo bibliográfico), cuyos títulos lo dicen todo:
Carmen Gómez Pérez, El sistema defensivo americano,
Madrid, 1992, y Juan
Batista González, La estrategia española en América durante el Siglo de las Luces,
Madrid, 1992. Ambas esclarecen lo que la corona pretendía de Cartagena de Indias y
por qué invirtió en su protección, casi alocadamente, lo que no tenía. El construir
tanto trajo dos consecuencias. La primera puede resumirse en la frase del enérgico
ministro de Carlos III, José de Gálvez: no es prudente fortificar "como si los
baluartes y murallas se defendieran por sí propios". Con un simple análisis de
costo-beneficio, se cayó en la cuenta de que tantas plazas fuertes requerían más
guarniciones que las que España quería o podía suministrar desde la península. La
respuesta fue armar a los leales súbditos americanos para que atendieran a su propia
defensa. La segunda consecuencia fue exigirles que colaboraran con el costo de
mantenerlas.
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Panorámica de la batería y
fuerte de San Fernando de Bocachica realizados en 1753, fotografía de Graciano Gasparini
(Tomado de: Rutas y fortificaciones en América y Filipinas [Madrid], Biblioteca
CEHOPU, 1985).
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Esta ruptura con el subyacente laissez-faire
permitido por los Austrias quebró la arraigada lealtad ultramarina por la institución
real, que ni siquiera la atroz contienda civil de la guerra de la Sucesión española de
principios del siglo XVIII había conseguido resquebrajar. Les estaba tocando el bolsillo
a los americanos. En 1810, el soplo huracanado de los vientos nuevos encontró un árbol
vencido. Entre otras cosas, porque la cooptación de la elite criolla para los cuadros de
oficiales le otorgó figuración social, fuero e instrucción militar para conducir la
final revuelta, al frente de las mismas milicias de blancos y pardos que tan eficazmente
asistieran en la defensa del imperio. Poco sirvió que unos cuantos, mediando relumbrantes
doblones, adquirieran títulos nobiliarios. Cómo se gestaron y aplicaron las reformas en
Cartagena es la materia de Allan J. Kuethe, Military Reform and Society in New Granada,
1773-1808,
Gainesville (Fla.), Center for Latin American Studies, University of
Florida, 1978, y Juan Marchena Fernández, La institución militar en Cartagena de
Indias en el siglo
XVIII, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos de
Sevilla, 1982.
Ambos libros son enormemente instructivos
aun para aquellos que han trajinado mucho tiempo las cosas de nuestra América. El
equilibrio de poder en el Nuevo Mundo era tan sutil que la introducción de reformas
profundas en una esquina del mosaico arriesgaba desquiciar el todo. Se comprendería mejor
la naturaleza de ese equilibrio si supiésemos más sobre la institución militar en
Cartagena desde el fin de la Conquista hasta las reformas borbónicas. He ahí el primero
de los temas de investigación que se podrían sugerir para ir llenando los boquetes de
que adolece la historia de la ciudad. Aunque sin suficiente profundidad analítica (se
trata de una obra de juventud), el modelo de Juan Marchena sería quizá el indicado. Este
acucioso investigador de la escuela sevillana, para la que ninguna ponderación es
suficiente, pasa un cedazo sobre un siglo de la Cartagena castrense y, excepto, quizá, en
materia de técnicas constructivas y naturaleza de los materiales y sus fuentes, deja poco
por escarbar. Queda un vacío, que no era materia de su investigación, ni lo ha sido para
nadie que ha tocado el tema militar de Cartagena: los costos de la defensa, su
financiación y el impacto económico de la presencia castrense en tres siglos y medio de
Cartagena, plaza fuerte. Un tema más para contribuir a enriquecer la historiografía de
la ciudad.
En lo que se refiere a la materia prima y
los métodos con que se erigió a Cartagena, civil y militarmente, hay un silencio
generalizado. Es famosa la clasificación de Antonio de Arévalo de las canteras de los
extramuros según sus propiedades y usos, pero es poco lo que se conoce sobre la
aplicación de la teoría a la práctica constructiva en el trópico. Es de aplaudir, por
lo tanto, la contribución de Alfonso Cabrera, Rosmery Martelo y Rosa Elena Martínez, en
su laureada tesis para recibirse como arquitectos en la Universidad Jorge Tadeo Lozano,
seccional del Caribe. Las técnicas antiguas de construcción y su
corolario,
La ruta de los hornos, han abierto una rica veta investigativa para combinar la
historia con la arqueología y la arquitectura, que debe profundizarse.
No se puede cerrar esta breve reseña
historiográfica sin mencionar dos obras popularizadas de la ciudad fortificada: Las
fortificaciones de Cartagena de Indias: Estrategia e historia, que, con un toque de
narcisismo, este autor señala que lleva cinco ediciones en español (la última, Santafé
de Bogotá, 1996, en lujoso formato) y dos en inglés, y Cartagena de Indias, mágica
acrópolis de América, Madrid, Colegio de Ingenieros, Canales y Puertos, 1991, de
Enrique Cabellos Berreiro. Yo no tengo más mérito que haber servido de exégeta de mi
maestro, Juan Manuel Zapatero. Enrique Cabellos, ingeniero civil español que pasara
largos años en Colombia, en cambio, publicó un pulido volumen con estupendas
fotografías en colores de su autoría, donde recoge ordenadamente y en buena prosa la
historia de Cartagena vista desde el ángulo militar. Tanto en los hechos como en los
juicios, muy pocas veces deja de acertar. Y, además, ha sido escrita con tanto cariño
que su lectura es bálsamo para todo aquel que ame la presencia histórica y la existencia
concreta de Cartagena de Indias.
He excedido las instrucciones de los
señores coordinadores al intentar una bibliografía brevemente comentada sobre la
fortificación de Cartagena porque, a mi leal saber, ese balance no se ha hecho nunca. Por
otra parte, son tan pocas las obras sobre el tema que el inventario toma poco tiempo. Ya a
lo largo de la reseña hubo oportunidad de señalar los libros sobresalientes: Marco Dorta
y Zapatero llenan el ámbito historiográfico; Kuethe y Marchena señalan rumbos nuevos.
Desde el claro en la selva que ellos han desbrozado habrá que conquistar el resto del
territorio archivístico e interpretativo 1.
Notas:
* Trabajo presentado en
un simposio sobre la historiografía de Cartagena organizado en octubre de 1997 por el
Banco de la República y la Universidad Jorge Tadeo Lozano, seccional del Caribe.
1 Para un completo ensayo
bibliográfico sobre las fortificaciones de América y sus antecedentes, se recomienda
José Antonio Calderón Quijano, Las fortificaciones españolas en América y Filipinas,
Madrid, Editorial Mapfre, S. A., 1996, pág. 605-691.
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