| Aventurero, científico y espía
Informes sobre los Estados sudamericanos en los años
de 1837 y 1838
Carl August Gosselman
Ediciones Abya-Yala, Quito,
1995, 226 págs.
Desde los primeros decenios del siglo XIX, muchos países europeos distintos de
la decaída España emprendieron la búsqueda de nuevos mercados en las nacientes
repúblicas del continente americano. No sólo buscaban nuevos mercados, sino también
oportunidades en la explotación de minas y la posibilidad de establecer colonias de
inmigrantes. En muchas ocasiones, ese interés fue compartido por los dirigentes
hispanoamericanos y por los diplomáticos europeos. Muchas veces las elites locales
ofrecían invitaciones y contratos a científicos europeos y, en otras, los negociantes y
diplomáticos del viejo continente enviaban a hombres que reunían las condiciones de
espías, aventureros y científicos. Sus informes eran esperados con ansiedad, puesto que
contenían los detalles de las riquezas posibles, los defectos y virtudes de pueblos
exóticos, las ambiciones y las competencias que debían afrontar. Según todos aquellos
detalles, en los que no faltaban las ilustrativas cifras, los gobiernos de Europa
organizaban sus estrategias comerciales hacia el Nuevo Mundo.
Suecia no era en la primera mitad del siglo XIX un país influyente en el mapa de
Europa ni tuvo intereses muy definidos por los países hispanoamericanos; es más, Suecia
prefirió más decididamente estrechar vínculos comerciales con el imperio brasileño que
con el resto de naciones del continente americano, pero incluso su comercio con Brasil no
alcanzó cifras protuberantes. El país nórdico asumió con timidez sus relaciones con
Suramérica durante el siglo pasado y, al contrario de otros países, como Dinamarca,
desplegó muy pocos recursos para explorar los territorios desconocidos del continente
americano. Optó por enviar agentes que implicaran pocos gastos y que no tenían poderes
de negociación, de tal modo que apenas si cumplían con preparar informes sobre las
condiciones generales de los países suramericanos y sobre los alcances de las relaciones
comerciales. Ese fue el caso del teniente de la marina sueca Carl August Gosselman, quien
viajaba "sin ostentar representación oficial alguna" con el fin de obtener
"informes fidedignos sobre la situación política de cada Estado".
Carl August Gosselman nació en Ystad, al sur de Suecia, en 1799, y murió en
Nyköping, cerca de Estocolmo, en 1844. Fue un hombre que reunió las condiciones de
aventurero, científico y espía, todas ellas las más apropiadas para cumplir con la
misión de "agente", según el lenguaje diplomático de la época. Tenía,
además, la virtud incuestionable de hablar con cierta facilidad el español. Este marino
sueco es más conocido por el extenso y detallado informe de su viaje por la Nueva Granada
entre 1825 y 1826, que culminó en el ya célebre libro titulado Viaje a Colombia en
1825 y 1826 (Resa i Colombia aren 1825 och 1826), donde el autor dejó ver un
sorprendente e inmenso talento narrativo, tanto como para quedar ese texto incluido entre
los clásicos de la literatura sueca de viajes.
Este otro libro es fruto de una misión posterior a la visita a la Nueva Granada
y no tiene la misma exuberancia estilística de la narración de su primer viaje. Enviado
en 1836 por su gobierno para recorrer los países del sur de América, Gosselman debía
entregar informes mensuales desde cada país que visitara, con el fin de ilustrar sobre
las condiciones para abrir un fuerte comercio exportador con Chile, Venezuela , Nueva
Granada y Perú principalmente. Los resultados fueron 31 informes que fueron conservados
en el Archivo Nacional de Suecia y de los cuales solamente siete merecieron la importancia
de la publicación. La responsabilidad de la divulgación de esos siete informes corrió
por cuenta del erudito Magnus Mörner, quien, como director del Instituto de Estudios
Iberoamericanos establecido en Estocolmo, promovió los estudios historiográficos sobre
América Latina. Mörner organizó y prologó la primera edición de los informes de
Gosselman, publicada en 1962, y que se basa en la primera publicación que tuvieron estos
informes en 1840.
Esta vez tenemos al frente una reciente edición ecuatoriana que conserva y
respeta todas las virtudes de la edición de 1962, sobre todo el esclarecedor prólogo de
Mörner y las ilustraciones que éste escogió para acompañar los resumidos informes.
Leer a Gosselman es leer a un liberal moderado europeo plagado de prejuicios para mirar
las bárbaras costumbres de los pueblos de América hispana; eso no es novedad, los
prejuicios nutrieron de manera frondosa las narraciones de los viajeros europeos que con
dificultad y muy lentamente entendieron que se encontraban ante naciones orientadas por
otras concepciones del mundo y con dilemas de otra estirpe. Cuando el marino sueco anduvo
por segunda ocasión por los países suramericanos, entre 1837 y 1838, pudo contemplar a
unas naciones en relativa tranquilidad reformadora. Visitó el Chile de Portales, la
Venezuela de Páez, el Ecuador de Rocafuerte, la Nueva Granada antes de la guerra civil de
los Supremos. Sus informes son muy breves pero, al fin y al cabo, útiles para establecer
un panorama aproximado de la situación del subcontinente por aquellos años. En su
tiempo, sus informes cayeron en el vacío de un frágil poder sueco que no tuvo que
aplazar hasta el siglo XX sus ánimos mercantiles; hoy son pequeñas piezas que
contribuyen al análisis de la presencia extranjera en nuestros países.
GILBERTO LOAIZA CANO |