Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 44.  Volumen XXXIV - 1997 - editado en 1998
 

Aventurero, científico y espía


Informes sobre los Estados sudamericanos en los años
de 1837 y 1838
Carl August Gosselman
Ediciones Abya-Yala, Quito,
1995, 226 págs.


Desde los primeros decenios del siglo XIX, muchos países europeos distintos de la decaída España emprendieron la búsqueda de nuevos mercados en las nacientes repúblicas del continente americano. No sólo buscaban nuevos mercados, sino también oportunidades en la explotación de minas y la posibilidad de establecer colonias de inmigrantes. En muchas ocasiones, ese interés fue compartido por los dirigentes hispanoamericanos y por los diplomáticos europeos. Muchas veces las elites locales ofrecían invitaciones y contratos a científicos europeos y, en otras, los negociantes y diplomáticos del viejo continente enviaban a hombres que reunían las condiciones de espías, aventureros y científicos. Sus informes eran esperados con ansiedad, puesto que contenían los detalles de las riquezas posibles, los defectos y virtudes de pueblos exóticos, las ambiciones y las competencias que debían afrontar. Según todos aquellos detalles, en los que no faltaban las ilustrativas cifras, los gobiernos de Europa organizaban sus estrategias comerciales hacia el Nuevo Mundo.

Suecia no era en la primera mitad del siglo XIX un país influyente en el mapa de Europa ni tuvo intereses muy definidos por los países hispanoamericanos; es más, Suecia prefirió más decididamente estrechar vínculos comerciales con el imperio brasileño que con el resto de naciones del continente americano, pero incluso su comercio con Brasil no alcanzó cifras protuberantes. El país nórdico asumió con timidez sus relaciones con Suramérica durante el siglo pasado y, al contrario de otros países, como Dinamarca, desplegó muy pocos recursos para explorar los territorios desconocidos del continente americano. Optó por enviar agentes que implicaran pocos gastos y que no tenían poderes de negociación, de tal modo que apenas si cumplían con preparar informes sobre las condiciones generales de los países suramericanos y sobre los alcances de las relaciones comerciales. Ese fue el caso del teniente de la marina sueca Carl August Gosselman, quien viajaba "sin ostentar representación oficial alguna" con el fin de obtener "informes fidedignos sobre la situación política de cada Estado".

Carl August Gosselman nació en Ystad, al sur de Suecia, en 1799, y murió en Nyköping, cerca de Estocolmo, en 1844. Fue un hombre que reunió las condiciones de aventurero, científico y espía, todas ellas las más apropiadas para cumplir con la misión de "agente", según el lenguaje diplomático de la época. Tenía, además, la virtud incuestionable de hablar con cierta facilidad el español. Este marino sueco es más conocido por el extenso y detallado informe de su viaje por la Nueva Granada entre 1825 y 1826, que culminó en el ya célebre libro titulado Viaje a Colombia en 1825 y 1826 (Resa i Colombia aren 1825 och 1826), donde el autor dejó ver un sorprendente e inmenso talento narrativo, tanto como para quedar ese texto incluido entre los clásicos de la literatura sueca de viajes.

Este otro libro es fruto de una misión posterior a la visita a la Nueva Granada y no tiene la misma exuberancia estilística de la narración de su primer viaje. Enviado en 1836 por su gobierno para recorrer los países del sur de América, Gosselman debía entregar informes mensuales desde cada país que visitara, con el fin de ilustrar sobre las condiciones para abrir un fuerte comercio exportador con Chile, Venezuela , Nueva Granada y Perú principalmente. Los resultados fueron 31 informes que fueron conservados en el Archivo Nacional de Suecia y de los cuales solamente siete merecieron la importancia de la publicación. La responsabilidad de la divulgación de esos siete informes corrió por cuenta del erudito Magnus Mörner, quien, como director del Instituto de Estudios Iberoamericanos establecido en Estocolmo, promovió los estudios historiográficos sobre América Latina. Mörner organizó y prologó la primera edición de los informes de Gosselman, publicada en 1962, y que se basa en la primera publicación que tuvieron estos informes en 1840.

Esta vez tenemos al frente una reciente edición ecuatoriana que conserva y respeta todas las virtudes de la edición de 1962, sobre todo el esclarecedor prólogo de Mörner y las ilustraciones que éste escogió para acompañar los resumidos informes. Leer a Gosselman es leer a un liberal moderado europeo plagado de prejuicios para mirar las bárbaras costumbres de los pueblos de América hispana; eso no es novedad, los prejuicios nutrieron de manera frondosa las narraciones de los viajeros europeos que con dificultad y muy lentamente entendieron que se encontraban ante naciones orientadas por otras concepciones del mundo y con dilemas de otra estirpe. Cuando el marino sueco anduvo por segunda ocasión por los países suramericanos, entre 1837 y 1838, pudo contemplar a unas naciones en relativa tranquilidad reformadora. Visitó el Chile de Portales, la Venezuela de Páez, el Ecuador de Rocafuerte, la Nueva Granada antes de la guerra civil de los Supremos. Sus informes son muy breves pero, al fin y al cabo, útiles para establecer un panorama aproximado de la situación del subcontinente por aquellos años. En su tiempo, sus informes cayeron en el vacío de un frágil poder sueco que no tuvo que aplazar hasta el siglo XX sus ánimos mercantiles; hoy son pequeñas piezas que contribuyen al análisis de la presencia extranjera en nuestros países.

GILBERTO LOAIZA CANO