| En Colombia no se puede vivir ni después de
muerto
Correspondencia
Carlos E. Restrepo y Fernando González
Universidad de Antioquia, Medellín, 1995, 231 págs.
Siempre he pensado que hay algo impúdico en la publicación de correspondencias
privadas, a menos que, por motivos bien definidos, sus autores, a menudo locos mesiánicos
o narcisistas impenitentes como Víctor Hugo, que escribían diarios para futuros lectores
hipotéticos, consientan más o menos explícitamente en esa publicación o hayan escrito
con la mira puesta en ella. Pienso también que la correspondencia privada es un pobre
género literario; no así, en ocasiones, la correspondencia literaria, que no viene a ser
la misma cosa. Por correspondencia privada entiendo cartas destinadas a informar de
menudos incidentes domésticos, registros de negocios, calificaciones de los niños en el
colegio, peticiones de cobros de dineros o de poner en movimiento la maquinaria de las
influencias para nombramientos en cargos públicos. Tales cosas no interesan, tiempo
después, ni a sus mismos autores, ni tienen por qué salir a la luz pública. Meterse en
la vida privada de una familia, por el sólo hecho de que dos de sus integrantes hayan
sido personajes públicos, es no sólo irrespetuoso, sino aburrido. Poco o nada nos
importan las cuitas de los unos, las enfermedades de los otros, los sucesos o insucesos
escolares de los niños.
De la misma manera, cabe lamentar en este libro varios errores editoriales.
Primer error: encabezar con el nombre de Carlos E. Restrepo esta correspondencia privada,
puesto que en realidad casi todo el libro está compuesto por cartas de Fernando
González. Segundo error: no hay una secuencia cronológica de las cartas. Simplemente se
ponen primero las de González y, al final del libro, las de Restrepo. Tercer error: Las
pocas y malas notas, están al final. En cambio, los editores nos obsequian con una
sorprendente bibliografía que responde no se sabe a qué principio. El libro tiene otro
problema: es completamente incomprensible para el profano que desconoce quiénes son los
autores de tan evanescentes notas. No hay una presentación, no hay una nota introductoria
que guíe suficientemente al lector.
Me pregunto, por otra parte, si estarán recogidas en realidad "todas"
las cartas que se cruzaron estos dos personajes de nuestra historia en la primera mitad
del siglo XX. Lo digo porque echo de menos alguna, posiblemente apócrifa conocida
de oídas en algunos círculos, legendaria carta que es citada en ocasiones a manera
de anécdota, en la cual Fernando González, luego de enumerar en larga parrafada todos
los títulos de su suegro, le replica airado con una sola frase: "No me j..., que
usted no es mi papá".
No menos interesante, al parecer, que la de González resulta la figura de don
Carlos E. Restrepo. Por si alguien no lo sabe, Restrepo goza de la extraña fama, junto
con Mallarino en el siglo XIX, y tal vez con Gaviria en los últimos años, de haber sido
un buen presidente. Pero también era orgulloso y batallador. Fue enemigo mortal de Rafael
Reyes, y en una ocasión le negó el saludo e hizo fijar en las esquinas de Medellín un
cartel que decía: "Carlos E. Restrepo no ha saludado al señor general Rafael Reyes,
a quien no tiene por qué saludar". Pocos saben que, a la caída de Reyes, Restrepo
fue el autor de una frase que después retomaría Echandía: "No se trata de un golpe
de cuartel sino de un golpe de opinión".
En la época de la correspondencia con su yerno entre 1922 y 1934 ya
venía de regreso. Era un anciano. Restrepo escribía para la familia. Sus cartas son de
una privacidad púdica. González escribía muchas veces como si lo fuera a leer todo el
mundo, aunque por momentos es tan íntimo que se siente uno vuelvo a repetirlo
en el apremio de estar violando una correspondencia privada, porque dice cosas que no
diría el que sabe que va a ser leído.
Pasemos a lo bueno, porque también hallo puntos en favor de esta publicación.
Fernando González escribía por sentencias, a la manera de Nietszche, aún en sus cartas
personales de la primera época, y en ellas están sembrados, aquí y allá, formas
primigenias de aforismos algunas verdaderamente geniales que luego llevaría a
la imprenta en sus libros, y algunos otros que no se atrevería a hacerlo, bien fuera por
demasiado ramplones o por su carácter simplemente privado. Desde este punto de vista no
me cabe ninguna duda: Fernando González "no" hubiera permitido que estas cartas
se publicaran. Hay demasiado en ellas de frases de esas que a veces decimos hoy por
teléfono o personalmente, y que no repetiríamos jamás en público, pues contienen
burlas, ataques personales, impresiones que podrían herir las susceptibilidades de
muchos, incluso de nuestros propios allegados, cuando no de quienes nos han dado el pan
que comemos, como es el caso aquí. Es como si mis conversaciones telefónicas de hoy
fueran publicadas dentro de cincuenta años. Hay algo impúdico en todo eso. Y digo esto
aun a sabiendas de la iconoclastia y del completo irrespeto que tenía Fernando González
por casi todo lo establecido. Pero hay diferencias de tono y de destinatario que no pueden
ser pasadas por alto. De hecho ya significa algo que hayan pasado setenta o más años
para publicarlas.
He aquí, para ilustración del lector y como lo más rescatable de estas
páginas, algunas de las perlas que desgrana el filósofo de Otraparte en medio de estas
notas anodinas. El mismo lector juzgará sobre su pertinencia o impertinencia (que de lo
uno y de lo otro creo que va a encontrar):
Creo que para ser Gobernador se necesita únicamente ser honrado, caballero y
buen negociante.
El instinto de la paz se hereda y no se improvisa.
Yo creía que en las mujeres entraba todo, menos la tolerancia.
Creo que es mayor delito dominar al hombre que asesinarlo físicamente.
El verdadero estado filosófico es "capacidad para aguantarse la
gana".
Para ser autor, o se es muy estúpido o muy grande.
Respecto de Santander, he leído mucho su correspondencia y cada vez me parece
más perverso.
Así califica a los jefes conservadores: "Siempre he creído que Ospina es
un hombre que se queda comenzado en todo, hasta en las trampas". Y de Laureano Gómez
dice: "¡Qué tipo tan cochino ese! ¡Y pensar que es el jefe, el cacique, el
ejemplar de nuestro pueblo!".
Algunas de sus frases, y no las menos interesantes, tienen un sesgo muy
antioqueño:
Ser juez es como llevar un atado de dos arrobas por la pendiente del Arma a
Aguadas.
Y ¿qué es el hambre en estas sociedades estatistas? Un ladrillo de la
catedral del padre Marulanda.
Pero ya me estoy cansando de bregar por verle a la gente la bondad, tiene uno
que atisbar más que para verle las tetas a una pioja.
Receta para la gana de ser bueno: a las 11 a.m. beberse tres vasos de vino de
mesa, tinto, si no hay aguardiente envigadeño.
Y cuando Colombia anda en guerra con el Perú:
Estoy con una neurastenia que todo mundo me parece que es un peruano.
El Perú está muy mal, mucho peor que nosotros, dos millones de negros y dos
millones de políticos.
Eso no le impide emprenderla contra los venezolanos:
Sentí la misma antipatía de Santander por los venezolanos: mulatos
pretenciosos, vulgares, impertinentes y guapos.
Gómez [Juan Vicente] es bueno y patriota; lo malo es Venezuela; corrompida
desde Páez.
Finalmente las toma contra su propia patria y es difícil concebir que en
un mismo libro esté todo este sartal que viene a continuación (a menos que se sepa que
se trata de frases dispersas y escritas para el suegro, ¡y no para la posteridad!):
Indudablemente que la virtud y el esfuerzo son más difíciles en Suramérica.
Sin charlar, no se puede creer aún en Colombia. Suramérica no se puede tomar
en serio.
Estoy convencido ya de que Colombia es, o ha llegado a ser, un pueblo muy
inferior.
En Colombia no se puede vivir ni después de muerto.
Me alegra y me enorgullece mucho el ver que a usted le pagan en buena moneda
de admiración el tiempo que de verdadera democracia hizo vivir a este país de mediocres
y preparados para la tiranía.
¿Cómo puede uno ser compatriota de Olaya y de los Santos?
Yo creo que Colombia será perversa mientras no haga justicia y mientras se
jacte de Santander.
Lo que soy yo, no quiero ser colombiano ni un segundo, pues me parece que
tengo un vestido cagado.
¡Qué deliciosas las riñas con la patria, con la mujer o con la amante! Se
puede insultar a la patria y calificar groseramente sus pasaportes, únicamente por el
placer de la reconciliación.
Colombia, guarida de las ideas y de los ideales todos, refugio agreste de la
filosofía, paraíso de los aficionados a la belleza.
Ya no quiero sino a Colombia. Ya mi hígado se alivió y siento dulzura en mi
alma.
Me parece muy claro que Colombia, la más septentrional en Suramérica, sea la
que primero llegará a gran potencia.
LUIS H. ARISTIZÁBAL |