Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 44.  Volumen XXXIV - 1997 - editado en 1998
 

En Colombia no se puede vivir ni después de muerto


Correspondencia
Carlos E. Restrepo y Fernando González
Universidad de Antioquia, Medellín, 1995, 231 págs.


Siempre he pensado que hay algo impúdico en la publicación de correspondencias privadas, a menos que, por motivos bien definidos, sus autores, a menudo locos mesiánicos o narcisistas impenitentes como Víctor Hugo, que escribían diarios para futuros lectores hipotéticos, consientan más o menos explícitamente en esa publicación o hayan escrito con la mira puesta en ella. Pienso también que la correspondencia privada es un pobre género literario; no así, en ocasiones, la correspondencia literaria, que no viene a ser la misma cosa. Por correspondencia privada entiendo cartas destinadas a informar de menudos incidentes domésticos, registros de negocios, calificaciones de los niños en el colegio, peticiones de cobros de dineros o de poner en movimiento la maquinaria de las influencias para nombramientos en cargos públicos. Tales cosas no interesan, tiempo después, ni a sus mismos autores, ni tienen por qué salir a la luz pública. Meterse en la vida privada de una familia, por el sólo hecho de que dos de sus integrantes hayan sido personajes públicos, es no sólo irrespetuoso, sino aburrido. Poco o nada nos importan las cuitas de los unos, las enfermedades de los otros, los sucesos o insucesos escolares de los niños.

De la misma manera, cabe lamentar en este libro varios errores editoriales. Primer error: encabezar con el nombre de Carlos E. Restrepo esta correspondencia privada, puesto que en realidad casi todo el libro está compuesto por cartas de Fernando González. Segundo error: no hay una secuencia cronológica de las cartas. Simplemente se ponen primero las de González y, al final del libro, las de Restrepo. Tercer error: Las pocas y malas notas, están al final. En cambio, los editores nos obsequian con una sorprendente bibliografía que responde no se sabe a qué principio. El libro tiene otro problema: es completamente incomprensible para el profano que desconoce quiénes son los autores de tan evanescentes notas. No hay una presentación, no hay una nota introductoria que guíe suficientemente al lector.

Me pregunto, por otra parte, si estarán recogidas en realidad "todas" las cartas que se cruzaron estos dos personajes de nuestra historia en la primera mitad del siglo XX. Lo digo porque echo de menos alguna, posiblemente apócrifa —conocida de oídas en algunos círculos—, legendaria carta que es citada en ocasiones a manera de anécdota, en la cual Fernando González, luego de enumerar en larga parrafada todos los títulos de su suegro, le replica airado con una sola frase: "No me j..., que usted no es mi papá".

No menos interesante, al parecer, que la de González resulta la figura de don Carlos E. Restrepo. Por si alguien no lo sabe, Restrepo goza de la extraña fama, junto con Mallarino en el siglo XIX, y tal vez con Gaviria en los últimos años, de haber sido un buen presidente. Pero también era orgulloso y batallador. Fue enemigo mortal de Rafael Reyes, y en una ocasión le negó el saludo e hizo fijar en las esquinas de Medellín un cartel que decía: "Carlos E. Restrepo no ha saludado al señor general Rafael Reyes, a quien no tiene por qué saludar". Pocos saben que, a la caída de Reyes, Restrepo fue el autor de una frase que después retomaría Echandía: "No se trata de un golpe de cuartel sino de un golpe de opinión".

En la época de la correspondencia con su yerno —entre 1922 y 1934— ya venía de regreso. Era un anciano. Restrepo escribía para la familia. Sus cartas son de una privacidad púdica. González escribía muchas veces como si lo fuera a leer todo el mundo, aunque por momentos es tan íntimo que se siente uno —vuelvo a repetirlo— en el apremio de estar violando una correspondencia privada, porque dice cosas que no diría el que sabe que va a ser leído.

Pasemos a lo bueno, porque también hallo puntos en favor de esta publicación. Fernando González escribía por sentencias, a la manera de Nietszche, aún en sus cartas personales de la primera época, y en ellas están sembrados, aquí y allá, formas primigenias de aforismos —algunas verdaderamente geniales— que luego llevaría a la imprenta en sus libros, y algunos otros que no se atrevería a hacerlo, bien fuera por demasiado ramplones o por su carácter simplemente privado. Desde este punto de vista no me cabe ninguna duda: Fernando González "no" hubiera permitido que estas cartas se publicaran. Hay demasiado en ellas de frases de esas que a veces decimos hoy por teléfono o personalmente, y que no repetiríamos jamás en público, pues contienen burlas, ataques personales, impresiones que podrían herir las susceptibilidades de muchos, incluso de nuestros propios allegados, cuando no de quienes nos han dado el pan que comemos, como es el caso aquí. Es como si mis conversaciones telefónicas de hoy fueran publicadas dentro de cincuenta años. Hay algo impúdico en todo eso. Y digo esto aun a sabiendas de la iconoclastia y del completo irrespeto que tenía Fernando González por casi todo lo establecido. Pero hay diferencias de tono y de destinatario que no pueden ser pasadas por alto. De hecho ya significa algo que hayan pasado setenta o más años para publicarlas.

He aquí, para ilustración del lector y como lo más rescatable de estas páginas, algunas de las perlas que desgrana el filósofo de Otraparte en medio de estas notas anodinas. El mismo lector juzgará sobre su pertinencia o impertinencia (que de lo uno y de lo otro creo que va a encontrar):

Creo que para ser Gobernador se necesita únicamente ser honrado, caballero y buen negociante.

El instinto de la paz se hereda y no se improvisa.

Yo creía que en las mujeres entraba todo, menos la tolerancia.

Creo que es mayor delito dominar al hombre que asesinarlo físicamente.

El verdadero estado filosófico es "capacidad para aguantarse la gana".

Para ser autor, o se es muy estúpido o muy grande.

Respecto de Santander, he leído mucho su correspondencia y cada vez me parece más perverso.

Así califica a los jefes conservadores: "Siempre he creído que Ospina es un hombre que se queda comenzado en todo, hasta en las trampas". Y de Laureano Gómez dice: "¡Qué tipo tan cochino ese! ¡Y pensar que es el jefe, el cacique, el ejemplar de nuestro pueblo!".

Algunas de sus frases, y no las menos interesantes, tienen un sesgo muy antioqueño:

Ser juez es como llevar un atado de dos arrobas por la pendiente del Arma a Aguadas.

Y ¿qué es el hambre en estas sociedades estatistas? Un ladrillo de la catedral del padre Marulanda.

Pero ya me estoy cansando de bregar por verle a la gente la bondad, tiene uno que atisbar más que para verle las tetas a una pioja.

Receta para la gana de ser bueno: a las 11 a.m. beberse tres vasos de vino de mesa, tinto, si no hay aguardiente envigadeño.

Y cuando Colombia anda en guerra con el Perú:

Estoy con una neurastenia que todo mundo me parece que es un peruano.

El Perú está muy mal, mucho peor que nosotros, dos millones de negros y dos millones de políticos.

Eso no le impide emprenderla contra los venezolanos:

Sentí la misma antipatía de Santander por los venezolanos: mulatos pretenciosos, vulgares, impertinentes y guapos.

Gómez [Juan Vicente] es bueno y patriota; lo malo es Venezuela; corrompida desde Páez.

Finalmente las toma contra su propia patria —y es difícil concebir que en un mismo libro esté todo este sartal que viene a continuación (a menos que se sepa que se trata de frases dispersas y escritas para el suegro, ¡y no para la posteridad!):

Indudablemente que la virtud y el esfuerzo son más difíciles en Suramérica.

Sin charlar, no se puede creer aún en Colombia. Suramérica no se puede tomar en serio.

Estoy convencido ya de que Colombia es, o ha llegado a ser, un pueblo muy inferior.

En Colombia no se puede vivir ni después de muerto.

Me alegra y me enorgullece mucho el ver que a usted le pagan en buena moneda de admiración el tiempo que de verdadera democracia hizo vivir a este país de mediocres y preparados para la tiranía.

¿Cómo puede uno ser compatriota de Olaya y de los Santos?

Yo creo que Colombia será perversa mientras no haga justicia y mientras se jacte de Santander.

Lo que soy yo, no quiero ser colombiano ni un segundo, pues me parece que tengo un vestido cagado.

¡Qué deliciosas las riñas con la patria, con la mujer o con la amante! Se puede insultar a la patria y calificar groseramente sus pasaportes, únicamente por el placer de la reconciliación.

Colombia, guarida de las ideas y de los ideales todos, refugio agreste de la filosofía, paraíso de los aficionados a la belleza.

Ya no quiero sino a Colombia. Ya mi hígado se alivió y siento dulzura en mi alma.

Me parece muy claro que Colombia, la más septentrional en Suramérica, sea la que primero llegará a gran potencia.

LUIS H. ARISTIZÁBAL