| Las raíces de una imaginación
Los García Márquez
Silvia Galvis
Arango Editores, Santafé de Bogotá, 1996, 287 págs.
Ya no es novedad para nadie que García Márquez ha entrado al peligroso grupo de
los hombres más comentados del planeta. Las revistas suizas lo declaran el más
importante (o el mejor, pero nunca he sabido qué quieran decir esos términos) escritor
vivo; los periódicos, los suplementos culturales, las separatas de libro y las revistas
de la más respingada nariz intelectual lo alaban y lo glorifican como si ya se hubiera
muerto. Y no, no se ha muerto. Es una leyenda viva, como quizá fue Borges. Los críticos
ya no quieren escribir artículos sobre García Márquez: quieren tocarlo, sacarle una
palabra en vivo, pisar la tierra que él pisó. Lo primero que hay que decir sobre el
libro que ahora reseño, y que aparece anticipándose a las miles de celebraciones de que
García Márquez es objeto en 1997, es esto: Silvia Galvis ha logrado, notablemente,
recopilar partes de la memorabilia garciamarquiana antes inexistentes; es decir,
evitar la caída en lo que todo el mundo sabe, pero que sigue y se seguirá publicando
porque el tema sigue y seguirá siendo leído, aunque nunca se lea nada nuevo por los
siglos de los siglos.
El libro está formado por una introducción y nueve entrevistas. Los García
Márquez son once: ni el mayor, Gabriel (por razones evidentes de las que se deja
constancia en la introducción), ni el penúltimo, Alfredo, han sido entrevistados. Pero
el testimonio de los nueve cazados es disfrutable por donde se le mire. Como Silvia Galvis
desaparece de las entrevistas, el lector se encuentra cara a cara con la voz del
entrevistado. El sentimiento de espontaneidad, la cercanía con los hechos, es lo más
notable en los textos cuya transcripción difícil no pudo evitar errores de todo tipo,
desde tipográficos hasta de ortografía: no se puede decir que el libro haya sido
minuciosamente revisado. (Hay erratas que hieren la vista del lector, como la del título
de Cortázar: Sesenta y dos modelos para armar.) Pero sí es cierto que la huella
del buen periodista está presente, y se refleja en la familiaridad de las conversaciones
y en la franqueza y el humor de las anécdotas.
Los García Márquez han accedido en estas entrevistas a exponer su relación con
su hermano famoso, su relación con sus padres (el "telegrafista más famoso del
mundo" y la mítica Niña Luisa, la mujer de las sentencias fabulosas que emanan de
todas partes en los textos de García Márquez) y su relación entre ellos. Como a la
mayoría le gusta hablar, y al resto le toca, el resultado delicioso es las mismas
anécdotas a través de las memorias más dispares. La crítica extranjera, que cree que
García Márquez no hace más que una metáfora sarcástica o sólo una frase elegante
cuando dice que en el mundo latinoamericano la realidad es mágica, debería leer estas
entrevistas, y enterarse por ellas de que los diecisiete hijos del coronel Aureliano
Buendía, las setenta y cinco bacinillas y las mariposas amarillas de Cien años de
soledad, las capacidades proféticas de Úrsula, la reclusión de un hombre en un
minúsculo taller de trabajo de metales, todas estas circunstancias que parecen fruto de
la más descarada hipérbole, son una adaptación de la realidad. La imaginación del
artista ha sabido excavar en lo real para extraer la materia literaria; pero resulta haber
sido cierto que el abuelo Nicolás Márquez tuvo diecisiete hijos a los que reconoció sin
dar su apellido; que el mismo abuelo trabajaba el oro en un taller diminuto al que se
metían Gabriel y su hermana Aída; que, para la llegada de unas invitadas a la casa,
quince (aunque no setenta y cinco) bacinillas fueron compradas; que la abuela de los
entrevistados predijo varios hechos, a veces sin siquiera saberlo, como cuando se lamentó
de su pobre Niña Luisa, "con sus once hijos", siendo que ni siquiera la misma
Niña Luisa sabía aún que tendría a Eligio, el menor. Hablando de El coronel no
tiene quien le escriba, Aída recuerda a la abuela Mina, que hacía planes para ir de
compras cuando llegara la plata de los veteranos, y mandaba papeles a Bogotá ante el
escepticismo del abuelo, que nada creía que fueran a recibir. Hablando de El amor en
los tiempos del cólera, todos recuerdan las largas tardes en que García
Márquez llegaba a casa de sus padres en Cartagena para exprimir cada recuerdo utilizable
en la novela; y, tras la muerte de Gabriel Eligio García, se encontró un manuscrito
breve que sugería que el padre había también comenzado a redactar la historia de sus
amores con Luisa Santiaga Márquez. Hablando de Crónica de una muerte anunciada,
en fin, Ligia recuerda la casa que su padre consiguió, al llegar a Sucre, al lado de los
Gentile Chimento. "Por eso dice Cayetano Gentile, el de la Crónica,
era muy amigo de Margot y de Gabito".
El libro rebosa de anécdotas de este tipo. Unas son ampliamente iluminadoras,
otras son más que eso: francamente amenas. La mayoría otorgan una excusa a la curiosidad
del lector, y quizá a su bien entendido morbo, pues lo inmiscuyen en la intimidad de una
familia que no ha podido evitar volverse pública. Pero todas confirman el mundo mágico
de la literatura garciamarquiana, las raíces de su imaginación desbordante, y el talento
inmenso que requirió la transformación de esa realidad escandalosa y agobiante en
trabajos de arte genuino. (Hay que precisar que todas las historias que se cuentan otorgan
además la opción de olvidar al personaje famoso alrededor del cual giran; porque la
conversación de los hermanos es divertida por sus propios medios y, aunque es verdad que
el interés que guarda el lector está ligado a la figura del Nobel, las entrevistas no
llegan a ser nunca una apología ni un homenaje: es en la memoria de los hermanos, sus
matices y sus alcances, donde reside la gracia de las anécdotas.)
Cuando a Luisa Santiaga Márquez le preguntaron si había leído Cien años de
soledad, su respuesta fue: "Para qué, si yo lo he vivido". Ésta es la
primera evidencia que salta de un libro de entretenida lectura.
JUAN GABRIEL VÁSQUEZ |