Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 44.  Volumen XXXIV - 1997 - editado en 1998
 

Las raíces de una imaginación


Los García Márquez
Silvia Galvis
Arango Editores, Santafé de Bogotá, 1996, 287 págs.


Ya no es novedad para nadie que García Márquez ha entrado al peligroso grupo de los hombres más comentados del planeta. Las revistas suizas lo declaran el más importante (o el mejor, pero nunca he sabido qué quieran decir esos términos) escritor vivo; los periódicos, los suplementos culturales, las separatas de libro y las revistas de la más respingada nariz intelectual lo alaban y lo glorifican como si ya se hubiera muerto. Y no, no se ha muerto. Es una leyenda viva, como quizá fue Borges. Los críticos ya no quieren escribir artículos sobre García Márquez: quieren tocarlo, sacarle una palabra en vivo, pisar la tierra que él pisó. Lo primero que hay que decir sobre el libro que ahora reseño, y que aparece anticipándose a las miles de celebraciones de que García Márquez es objeto en 1997, es esto: Silvia Galvis ha logrado, notablemente, recopilar partes de la memorabilia garciamarquiana antes inexistentes; es decir, evitar la caída en lo que todo el mundo sabe, pero que sigue y se seguirá publicando porque el tema sigue y seguirá siendo leído, aunque nunca se lea nada nuevo por los siglos de los siglos.

El libro está formado por una introducción y nueve entrevistas. Los García Márquez son once: ni el mayor, Gabriel (por razones evidentes de las que se deja constancia en la introducción), ni el penúltimo, Alfredo, han sido entrevistados. Pero el testimonio de los nueve cazados es disfrutable por donde se le mire. Como Silvia Galvis desaparece de las entrevistas, el lector se encuentra cara a cara con la voz del entrevistado. El sentimiento de espontaneidad, la cercanía con los hechos, es lo más notable en los textos cuya transcripción difícil no pudo evitar errores de todo tipo, desde tipográficos hasta de ortografía: no se puede decir que el libro haya sido minuciosamente revisado. (Hay erratas que hieren la vista del lector, como la del título de Cortázar: Sesenta y dos modelos para armar.) Pero sí es cierto que la huella del buen periodista está presente, y se refleja en la familiaridad de las conversaciones y en la franqueza y el humor de las anécdotas.

Los García Márquez han accedido en estas entrevistas a exponer su relación con su hermano famoso, su relación con sus padres (el "telegrafista más famoso del mundo" y la mítica Niña Luisa, la mujer de las sentencias fabulosas que emanan de todas partes en los textos de García Márquez) y su relación entre ellos. Como a la mayoría le gusta hablar, y al resto le toca, el resultado delicioso es las mismas anécdotas a través de las memorias más dispares. La crítica extranjera, que cree que García Márquez no hace más que una metáfora sarcástica o sólo una frase elegante cuando dice que en el mundo latinoamericano la realidad es mágica, debería leer estas entrevistas, y enterarse por ellas de que los diecisiete hijos del coronel Aureliano Buendía, las setenta y cinco bacinillas y las mariposas amarillas de Cien años de soledad, las capacidades proféticas de Úrsula, la reclusión de un hombre en un minúsculo taller de trabajo de metales, todas estas circunstancias que parecen fruto de la más descarada hipérbole, son una adaptación de la realidad. La imaginación del artista ha sabido excavar en lo real para extraer la materia literaria; pero resulta haber sido cierto que el abuelo Nicolás Márquez tuvo diecisiete hijos a los que reconoció sin dar su apellido; que el mismo abuelo trabajaba el oro en un taller diminuto al que se metían Gabriel y su hermana Aída; que, para la llegada de unas invitadas a la casa, quince (aunque no setenta y cinco) bacinillas fueron compradas; que la abuela de los entrevistados predijo varios hechos, a veces sin siquiera saberlo, como cuando se lamentó de su pobre Niña Luisa, "con sus once hijos", siendo que ni siquiera la misma Niña Luisa sabía aún que tendría a Eligio, el menor. Hablando de El coronel no tiene quien le escriba, Aída recuerda a la abuela Mina, que hacía planes para ir de compras cuando llegara la plata de los veteranos, y mandaba papeles a Bogotá ante el escepticismo del abuelo, que nada creía que fueran a recibir. Hablando de El amor en los tiempos del cólera, todos recuerdan las largas tardes en que García Márquez llegaba a casa de sus padres en Cartagena para exprimir cada recuerdo utilizable en la novela; y, tras la muerte de Gabriel Eligio García, se encontró un manuscrito breve que sugería que el padre había también comenzado a redactar la historia de sus amores con Luisa Santiaga Márquez. Hablando de Crónica de una muerte anunciada, en fin, Ligia recuerda la casa que su padre consiguió, al llegar a Sucre, al lado de los Gentile Chimento. "Por eso —dice— Cayetano Gentile, el de la Crónica, era muy amigo de Margot y de Gabito".

El libro rebosa de anécdotas de este tipo. Unas son ampliamente iluminadoras, otras son más que eso: francamente amenas. La mayoría otorgan una excusa a la curiosidad del lector, y quizá a su bien entendido morbo, pues lo inmiscuyen en la intimidad de una familia que no ha podido evitar volverse pública. Pero todas confirman el mundo mágico de la literatura garciamarquiana, las raíces de su imaginación desbordante, y el talento inmenso que requirió la transformación de esa realidad escandalosa y agobiante en trabajos de arte genuino. (Hay que precisar que todas las historias que se cuentan otorgan además la opción de olvidar al personaje famoso alrededor del cual giran; porque la conversación de los hermanos es divertida por sus propios medios y, aunque es verdad que el interés que guarda el lector está ligado a la figura del Nobel, las entrevistas no llegan a ser nunca una apología ni un homenaje: es en la memoria de los hermanos, sus matices y sus alcances, donde reside la gracia de las anécdotas.)

Cuando a Luisa Santiaga Márquez le preguntaron si había leído Cien años de soledad, su respuesta fue: "Para qué, si yo lo he vivido". Ésta es la primera evidencia que salta de un libro de entretenida lectura.

JUAN GABRIEL VÁSQUEZ