| El caliginoso reino de la amnesia
Muertes legendarias
Alfredo Iriarte
Intermedio Editores, Círculo de Lectores, Santafé de Bogotá, 1996, 193 págs.
Sugestivo título para una cuidada edición de un nuevo y ameno libro de Alfredo
Iriarte, quien desde aquel ya legendario Lo que lengua mortal decir no pudo nos
tiene acostumbrados no sólo al buen humor "proverbial facundia", lo llama
Álvaro Tirado Mejía sino a una prosa agradable aunque, por qué no decirlo, algo
rebuscada, algo culterana, que reclama el uso de todo el diccionario en el espectro de
todo escritor y que podríamos identificar con un barroquismo sabanero, con un estilo
castizo que se hunde en raíces coloniales y que ha permitido obras como las de Caballero
Escovar, Salom Becerra o Antonio Montaña...
Las páginas antológicas de Iriarte se cuentan por decenas. En particular me
atraen sus crónicas sobre los dictadores latinoamericanos y una sentida reseña sobre los
días finales de Jorge Zalamea. Iriarte es elegante y salaz a un tiempo, rescata a
Cervantes y a Shakespeare, y no elude ni a la Celestina, ni a Góngora, ni a Quevedo,
tanto para bien como para mal, con ese regodeo en lo procaz, con un uso frecuentísimo de
voces en desuso en nuestra prosa (propincuo, escurialense, beodez, avilantez, tahalí,
espoliques), e incluso de neologismos de dudoso recibo como aquél muy suyo,
que ya habíamos leído tal vez en su hilarante Repertorio prohibido, de
"limpiaculativo".
Humor y lenguaje en Iriarte caracterizan a "esta capital, a la que le
faltaban más o menos cien años antes de convertirse en el horrible monipodio de guaches
y maleantes que vivimos hoy", cuando "los temas literarios no habían cedido
aún el terreno a las discusiones sobre las más eficaces estrategias del prevaricato y el
cohecho".
El libro comienza con un curioso y raro índice de esos de cuando se usaba el
sumario. Doy un ejemplo:
Adversidades de un poeta fugitivo. Extraña pero evidente afinidad entre Marco
Bruto y Luis Vargas Tejada. El espectro de César persigue al primero hasta darle muerte
en los campos filípicos. El de Bolívar, vivo, acosa sin tregua al segundo, hasta
hundirlo para siempre en el torrente de un río selvático...
Luego, en el "Prólogo inexcusable", el autor se lava las manos como
buen literato que va a hacer historia, proclamando que su acercamiento a una serie de
muertes célebres será mucho más literario que investigativo. Y acude a un sistema
híbrido que, entre otras cosas, recurre a una serie de "vidas paralelas" o, si
se quiere, "muertes paralelas". Ahora bien: el ánimo de encontrar paralelos
resulta a veces pertinente, a veces desatinado, cuando no culmina en comparaciones
peregrinas. Vemos al escocés Macbeth descendiendo por el Amazonas; Macbeth aquí es el
tirano Lope de Aguirre, personaje extraordinariamente afín a Macbeth, si hemos de creer
al escritor. Iriarte se lamenta del hecho de que no haya aparecido el "gigante de la
creación literaria" que haya sabido recrear la figura de este monstruo humano;
menciona el Tirano Banderas de Valle Inclán, pero calla, no sé si
intencionadamente, buena parte de la curiosa bibliografía acerca de este personaje cuyas
crueldades llegaban hasta negar la confesión a sus víctimas, y que ya forma parte de la
leyenda. Para mí tengo que hay cosas muy interesantes, como lo de Otero Silva, lo de
Uslar Pietri, incluso lo de Herzog con Kinski en la pantalla del cinematógrafo, pero el
mejor acercamiento me sigue pareciendo una novela de Ramón Sender, uno de los poquísimos
buenos novelistas que dio España en este siglo. Vida paralela o muerte paralela a la de
Aguirre sería la del romano Julio César, que por cierto se repite varias veces a lo
largo del libro: "la trágica historia de los Idus de Marzo en el Capitolio Romano se
repitió con toda su carga desgarradora de dramatismo, diecisiete siglos más tarde y en
las tórridas riberas del Río Grande de Las Amazonas". La muerte de Aguirre sugiere
otro paralelismo al autor, con Joseph Goebbels, el ministro de propaganda nazi.
El libro prosigue con el injusto destino de don Blas de Lezo y Olavarrieta,
nacido (¿paralelamente?) en la misma provincia que Aguirre. "Corría el año de 1714
y don Blas de Lezo, con escasos 25 años de edad, ya era tuerto, cojo y manco". Así
fue dejando la pierna izquierda en Gibraltar, un ojo en Tolón, el uso del brazo derecho
en Barcelona... Legendaria acaso la vida de don Blas, no así su anónima muerte, diga lo
que diga Iriarte.
La misteriosa historia de la madre Del Castillo en Tunja puede resultar plato
fuerte para los psicoanalistas, pero es otra muerte que no tiene nada de legendaria,
aunque la prosa del narrador termina convenciéndonos de haber utilizado el hilo de las
muertes legendarias como un simple alibi para entremeterse con picante en sucesos
tan estrafalarios como la absurda fundación de una ciudad donde no cabe fundar ciudades.
Las adversidades de un poeta fugitivo narra la muerte de Luis Vargas
Tejada, ese genio muerto a tempranísima edad. Aquí hay sin duda una muerte notable. La
vida paralela es de nuevo la de Julio César, pero en versión de Shakespeare. Anotaré
simplemente la existencia de una misteriosa alusión, un misterioso asesino y un
misterioso testigo de los que habla también misteriosamente don Antonio
Gómez Restrepo en su monumental historia de las letras colombianas. El testigo habría
sido un baquiano, quien contó a don José Joaquín Ortiz los hechos... De lo demás, ni
Iriarte ni nadie, que yo sepa, ha aclarado el misterio.
El mariscal avanza tranquilo hacia la muerte es el título del capítulo
dedicado a Sucre. Muerte paralela es una vez más la del gran Julio César, pero en
versión de Plutarco, aunque se entrecruza con las del caballero de Olmedo, de Ignacio
Sánchez Mejías e incluso con la del propio García Lorca. "Pensamos que ha sido
pertinente, y con seguridad conmovedora, esta relación de hombres de todos los tiempos
que han avanzado con paso firme al encuentro con una muerte a la que habrían podido
escapar pero que no eludieron" anota el autor. No obstante, lo forzado de
la analogía me merece nuevos reparos. Me pregunto si una vil emboscada hace más firme el
paso de quien va a morir, así una tradición épica que va de las Termópilas hasta
Rolando pretenda ese paso firme y eludible. Pero aun aceptando que la emboscada sea una
muerte legendaria la de Sucre sin duda lo es, ya que no del todo evitable, me
parece por demás difícil aceptar que García Lorca, si lo hubiera querido, habría
podido escapar a su destino, o que lo mismo haya ocurrido al mariscal Sucre, o incluso al
general Obando, uno de sus presuntos asesinos, cuya muerte, que aquí no es narrada, se
parece tanto a la del mismo mariscal.
Candelario Obeso es Un poeta con mala puntería. Muerte paralela a
la suya sería la del inexistente Otelo, aunque aquí sí que se me ocurre una vida
o muerte paralela que hubiera sido pertinente asociar: la de Pushkin; también
hombre de color, también poeta, muerto en un duelo por motivos no lejanos a los de
nuestro poeta negro que mezclaba aguardiente con chicha para hacer aún más negros sus
dolorosos despechos que lo llevarían a un suicidio casi frustrado y a su última,
legendaria frase: "Lo que pasa es que yo tengo pésima puntería. Le tiré al blanco
y le pegué al negro".
Prosigue Iriarte con la muerte de Tomás Cipriano de Mosquera: El gran general
gana en Coconuco sus últimas batallas, una muerte que, si algo tiene de
legendaria, es por la locura senil de su protagonista.
Luego sigue El indomable presidente Zaldúa, personaje que ostenta
el dudoso récord de ser casi milagrosamente, el único presidente de Colombia
que ha muerto en ejercicio de su cargo y, lo que es más asombroso aún, de muerte
natural, a menos que aceptemos la teoría, que ha hecho carrera en el ambiente de la
novela negra colombiana de los últimos años, de complicados asesinatos en los casos de
Zaldúa y Sanclemente (quien en estas páginas se convertirá, sugestivamente, en El
segundo presidente mártir). Habría que aceptar, según tan peregrina
hipótesis, que Zaldúa cometió una especie de "suicidio por omisión" para
"no renunciar" y así darle gusto a sus enemigos.
Más patética resulta la muerte del presidente Sanclemente. "La fecha
escogida por los conjurados fue el 31 de julio de 1900. Haciendo alarde de aprestos
bélicos como si se tratara de marchar contra un adversario poderosamente armado y
apertrechado, los conspiradores se desplazaron a Villeta, notificaron al presidente sobre
su destitución, le dieron su propia casa por cárcel y la rodearon de centinelas
apercibidos con sus fusiles contra una posible insurrección del anciano inerme". Lo
que sigue está narrado con tintes más novelescos, cruentos y tortuosos, como un
asesinato en forma pura y simple, por Vargas Vila en Los césares de la decadencia (1910),
documento que habría venido muy a propósito para los fines que perseguía Iriarte.
Esta vez es don Miguel Antonio Caro, el Caro tan repudiado por Iriarte, el que
sale en defensa del anciano Sanclemente (y de Iriarte) en un valiente poema.
El capítulo siguiente, Muerte frente al mar, más que una muerte
legendaria, es el pretexto para una diatriba en contra del Regenerador Núñez. "A
diferencia del anciano de Coconuco, cuya muerte ya evocamos en estas páginas, Núñez
jamás conoció la magnanimidad". Olvida Iriarte que páginas más adelante, en este
mismo libro, escribirá: "Gracias a la generosa intervención del Presidente titular
Rafael Núñez, Silva fue designado para un cargo subalterno en la Legación de Colombia
en Caracas, lo cual les permitió a él, a su madre doña Vicenta y a su hermana Julia, un
mediano pero aceptable alivio para sus penurias económicas. Núñez, aunque pésimo
poeta, mostró en diversas oportunidades una generosa simpatía hacia estos extraños
ejemplares del género humano. Ya antes el nicaragüense Rubén Darío había recibido
gracias a él la designación como Cónsul de Colombia en Buenos Aires".
"La Constitución de 1886 sostiene el autor no fue la
Constitución de Núñez y Caro, como lo han venido proclamando sin fatiga los grandes
falsificadores y maquilladores de la historia. Fue la Constitución de Caro". Cierra
filas con aseveraciones sobre Núñez como ésta, que acaso contradice la anterior:
"Era insaciable e infatigable en el cultivo de sus amados rencores y a eso
se retiró a su casa del Cabrero. Desde esa cómoda atalaya se regodeó durante sus
últimos años observando la puntualidad con que sus albaceas conservadores clausuraban
imprentas y encarcelaban y desterraban a los hombres dignos que aún se oponían a los
excesos del despotismo reinante".
Como lo he expresado en alguna reseña, parece haberse convertido en una
constante el ataque histórico contra los conservadores. En Iriarte la situación no
varía en absoluto. Ospina Rodríguez viene a ser apenas el "cofundador de cierto
partido político", una "teocracia cavernaria", etc., etc. De Caro afirma
que "su objetivo prioritario [...] había sido el de extinguir a los liberales hasta
el último sobreviviente, como se hizo siglos atrás con los cátaros y los
albigenses", para lo cual conformó entonces un "tándem de monigotes que
necesitaba para gobernar sin sobresaltos desde su casa, echando sobre sus indefensos
testaferros toda el agua sucia de las más graves responsabilidades mientras él
perfeccionaba las normas para el buen uso de los participios pasado y presente". Peor
aún es la semblanza de Marroquín: "perito en adivinanzas y charadas y maestro sin
par en la composición de palíndromos y escritos en bustrófedon". O bien:
"Detrás de toda su mansa apariencia de ratón de biblioteca y agricultor sabanero,
ocultaba todas las mañas y las fullerías del más avezado de todos los tahúres
políticos".
En Los acreedores también cobran vidas hace alusión Iriarte a la muerte
de Silva, sin caer, cosa extraña para nuestros días, en truculentas suposiciones de
asesinatos o aun más turbias alusiones. A Silva, simplemente, lo mataron las deudas que
no logró cancelar.
En Se lo tragó la selva... está narrada, con pelos y señales, la
muy extraña, esa sí, muerte de José Eustasio Rivera en Nueva York, junto con la
historia del vuelo de Benjamín Méndez, el "Lindbergh colombiano", quien se
propuso la hazaña de llegar a Colombia en un pequeño avión, con tan magro éxito que
demoró meses atravesando Centroamérica, de tal modo que llegó primero el cadáver de
Rivera, ¡quien había leído el discurso de despedida a Méndez!
Tal vez los mejores capítulos de este libro sean los últimos. Por lo pronto se
centran en figuras menos conocidas: Ricardo Rendón, Gabriel Turbay y Carlos Lozano y
Lozano. En El silencio de los artistas es la muerte, Iriarte califica a Ricardo
Rendón de "el más genial de los caricaturistas políticos de todos los tiempos y
países". Esto puede ser cierto, pero como no es comúnmente aceptado, habría que
entrar a probarlo. Sin embargo, conmueve no sólo la historia del hoy ignorado dibujante
de la cajetilla de los Pielroja, sino la hermosa elegía, muy poco conocida, que a su
muerte le dedicara José Restrepo Rivera.
Muerte de un solitario acongojado recoge un episodio casi olvidado de
nuestra historia contemporánea, el de la decadencia de Gabriel Turbay, ese descendiente
de inmigrantes que casi se convierte en el primer presidente colombiano de estirpe
arábiga, carrera que se vio frustrada por una propaganda malintencionada, orquestada
principalmente por Gaitán y por el periodista Rubayata (Juan Roca Lemus), quienes,
haciendo gala de un chovinismo mezquino, contribuyeron a frustrar una vida de éxitos y
triunfos que vino a parar en una muerte solitaria en el hotel Plaza Athenée de París. En
todo caso, pareciera que el episodio fuera apenas un pretexto ingeniado por el autor para
denostar con todos los hierros al expresidente Turbay Ayala en términos nada angelicales
por cierto.
El libro termina con un bello capítulo, Cuando todos los caminos se
transforman en abismos, reseña de la vida y muerte de Carlos Lozano y Lozano,
a quien los abogados conocemos por un célebre tratado de derecho penal. Apresado por un
oscuro derrumbamiento interior, se dio a errar como un sonámbulo hasta que se arrojó
debajo de un tren, al igual que Ana Karenina (¿muerte paralela?) por motivos que dejan
más de una duda en el lector. La teoría de Iriarte es que Lozano se dio muerte a sí
mismo porque su ánimo hipersensible no fue capaz de tolerar la violencia que ensombrecía
por entonces al país. Si Lozano viviera hoy, pensamos, tendría que suicidarse todos los
días, quizá abocado a repetidos fracasos, porque no encontraría siquiera trenes bajo
los cuales sucumbir.
Todo este libro está surcado por un minucioso cuidado por la prosa. Cuando uno
ejerce de censor del idioma en las gazaperas periodísticas, se cuida doblemente, se
vuelve tal vez un obsesivo, cae en delirios de persecución. Me llama la atención que los
autores colombianos dejaron de usar el "de que" como si su empleo siempre
fuera prohibido. Tampoco se volvieron a atrever a escribir nunca "el más
mínimo", tal vez por miedo a lo que diga Moreno Durán, cosa que nos tiene sin
el más mínimo cuidado. A propósito, hay en el libro una afirmación que, no por
repetida, deja de ser por lo menos discutible y acaso revierta en un leve gazapo: el
imperio más extenso de la historia no ha sido el tan mentado de don Felipe II, en el cual
nunca se ocultaba el sol, sino el de Gengis Khan, en el siglo XIII.
En resumen, como obra de vulgarización (en el buen sentido de la palabra) y como
lectura amena, es bien venido este libro. Como testimonio histórico me parece que lo
sería un poco menos. Prefiero hacer resaltar una conclusión del propio autor:
"Colombia es, especialmente en su último siglo de vida, el caliginoso reino de la
amnesia y del no saber a dónde vamos por ignorar de dónde venimos".
Y para terminar, una divertida anécdota "para ilustrar la magnitud del odio
implacable que siempre profesó Caro contra Marroquín. Para este efecto hemos de tener en
cuenta que Marroquín fue autor de la novela El Moro, que tiene lugar en la sabana
de Bogotá y que es la imaginaria autobiografía de un corcel que respondía a este
nombre. Conocida por sus amigos la mordacidad feroz que usaba Caro contra quienes eran
objeto de su malquerencia, alguno de ellos le preguntó su concepto sobre las calidades
literarias de El Moro. La respuesta de Caro fue devastadora:
Para ser escrito por un caballo no está mal".
LUIS H. ARISTIZÁBAL |