Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 44.  Volumen XXXIV - 1997 - editado en 1998
 

El caliginoso reino de la amnesia


Muertes legendarias
Alfredo Iriarte
Intermedio Editores, Círculo de Lectores, Santafé de Bogotá, 1996, 193 págs.


Sugestivo título para una cuidada edición de un nuevo y ameno libro de Alfredo Iriarte, quien desde aquel ya legendario Lo que lengua mortal decir no pudo nos tiene acostumbrados no sólo al buen humor —"proverbial facundia", lo llama Álvaro Tirado Mejía— sino a una prosa agradable aunque, por qué no decirlo, algo rebuscada, algo culterana, que reclama el uso de todo el diccionario en el espectro de todo escritor y que podríamos identificar con un barroquismo sabanero, con un estilo castizo que se hunde en raíces coloniales y que ha permitido obras como las de Caballero Escovar, Salom Becerra o Antonio Montaña...

Las páginas antológicas de Iriarte se cuentan por decenas. En particular me atraen sus crónicas sobre los dictadores latinoamericanos y una sentida reseña sobre los días finales de Jorge Zalamea. Iriarte es elegante y salaz a un tiempo, rescata a Cervantes y a Shakespeare, y no elude ni a la Celestina, ni a Góngora, ni a Quevedo, tanto para bien como para mal, con ese regodeo en lo procaz, con un uso frecuentísimo de voces en desuso en nuestra prosa (propincuo, escurialense, beodez, avilantez, tahalí, espoliques), e incluso de neologismos de dudoso recibo como aquél muy suyo, que ya habíamos leído tal vez en su hilarante Repertorio prohibido, de "limpiaculativo".

Humor y lenguaje en Iriarte caracterizan a "esta capital, a la que le faltaban más o menos cien años antes de convertirse en el horrible monipodio de guaches y maleantes que vivimos hoy", cuando "los temas literarios no habían cedido aún el terreno a las discusiones sobre las más eficaces estrategias del prevaricato y el cohecho".

El libro comienza con un curioso y raro índice de esos de cuando se usaba el sumario. Doy un ejemplo:

Adversidades de un poeta fugitivo. Extraña pero evidente afinidad entre Marco Bruto y Luis Vargas Tejada. El espectro de César persigue al primero hasta darle muerte en los campos filípicos. El de Bolívar, vivo, acosa sin tregua al segundo, hasta hundirlo para siempre en el torrente de un río selvático...

Luego, en el "Prólogo inexcusable", el autor se lava las manos como buen literato que va a hacer historia, proclamando que su acercamiento a una serie de muertes célebres será mucho más literario que investigativo. Y acude a un sistema híbrido que, entre otras cosas, recurre a una serie de "vidas paralelas" o, si se quiere, "muertes paralelas". Ahora bien: el ánimo de encontrar paralelos resulta a veces pertinente, a veces desatinado, cuando no culmina en comparaciones peregrinas. Vemos al escocés Macbeth descendiendo por el Amazonas; Macbeth aquí es el tirano Lope de Aguirre, personaje extraordinariamente afín a Macbeth, si hemos de creer al escritor. Iriarte se lamenta del hecho de que no haya aparecido el "gigante de la creación literaria" que haya sabido recrear la figura de este monstruo humano; menciona el Tirano Banderas de Valle Inclán, pero calla, no sé si intencionadamente, buena parte de la curiosa bibliografía acerca de este personaje cuyas crueldades llegaban hasta negar la confesión a sus víctimas, y que ya forma parte de la leyenda. Para mí tengo que hay cosas muy interesantes, como lo de Otero Silva, lo de Uslar Pietri, incluso lo de Herzog con Kinski en la pantalla del cinematógrafo, pero el mejor acercamiento me sigue pareciendo una novela de Ramón Sender, uno de los poquísimos buenos novelistas que dio España en este siglo. Vida paralela o muerte paralela a la de Aguirre sería la del romano Julio César, que por cierto se repite varias veces a lo largo del libro: "la trágica historia de los Idus de Marzo en el Capitolio Romano se repitió con toda su carga desgarradora de dramatismo, diecisiete siglos más tarde y en las tórridas riberas del Río Grande de Las Amazonas". La muerte de Aguirre sugiere otro paralelismo al autor, con Joseph Goebbels, el ministro de propaganda nazi.

El libro prosigue con el injusto destino de don Blas de Lezo y Olavarrieta, nacido (¿paralelamente?) en la misma provincia que Aguirre. "Corría el año de 1714 y don Blas de Lezo, con escasos 25 años de edad, ya era tuerto, cojo y manco". Así fue dejando la pierna izquierda en Gibraltar, un ojo en Tolón, el uso del brazo derecho en Barcelona... Legendaria acaso la vida de don Blas, no así su anónima muerte, diga lo que diga Iriarte.

La misteriosa historia de la madre Del Castillo en Tunja puede resultar plato fuerte para los psicoanalistas, pero es otra muerte que no tiene nada de legendaria, aunque la prosa del narrador termina convenciéndonos de haber utilizado el hilo de las muertes legendarias como un simple alibi para entremeterse con picante en sucesos tan estrafalarios como la absurda fundación de una ciudad donde no cabe fundar ciudades.

Las adversidades de un poeta fugitivo narra la muerte de Luis Vargas Tejada, ese genio muerto a tempranísima edad. Aquí hay sin duda una muerte notable. La vida paralela es de nuevo la de Julio César, pero en versión de Shakespeare. Anotaré simplemente la existencia de una misteriosa alusión, un misterioso asesino y un misterioso testigo de los que habla —también misteriosamente— don Antonio Gómez Restrepo en su monumental historia de las letras colombianas. El testigo habría sido un baquiano, quien contó a don José Joaquín Ortiz los hechos... De lo demás, ni Iriarte ni nadie, que yo sepa, ha aclarado el misterio.

El mariscal avanza tranquilo hacia la muerte es el título del capítulo dedicado a Sucre. Muerte paralela es una vez más la del gran Julio César, pero en versión de Plutarco, aunque se entrecruza con las del caballero de Olmedo, de Ignacio Sánchez Mejías e incluso con la del propio García Lorca. "Pensamos que ha sido pertinente, y con seguridad conmovedora, esta relación de hombres de todos los tiempos que han avanzado con paso firme al encuentro con una muerte a la que habrían podido escapar pero que no eludieron" —anota el autor—. No obstante, lo forzado de la analogía me merece nuevos reparos. Me pregunto si una vil emboscada hace más firme el paso de quien va a morir, así una tradición épica que va de las Termópilas hasta Rolando pretenda ese paso firme y eludible. Pero aun aceptando que la emboscada sea una muerte legendaria —la de Sucre sin duda lo es—, ya que no del todo evitable, me parece por demás difícil aceptar que García Lorca, si lo hubiera querido, habría podido escapar a su destino, o que lo mismo haya ocurrido al mariscal Sucre, o incluso al general Obando, uno de sus presuntos asesinos, cuya muerte, que aquí no es narrada, se parece tanto a la del mismo mariscal.

Candelario Obeso es Un poeta con mala puntería. Muerte paralela a la suya sería la del inexistente Otelo, aunque aquí sí que se me ocurre una vida —o muerte— paralela que hubiera sido pertinente asociar: la de Pushkin; también hombre de color, también poeta, muerto en un duelo por motivos no lejanos a los de nuestro poeta negro que mezclaba aguardiente con chicha para hacer aún más negros sus dolorosos despechos que lo llevarían a un suicidio casi frustrado y a su última, legendaria frase: "Lo que pasa es que yo tengo pésima puntería. Le tiré al blanco y le pegué al negro".

Prosigue Iriarte con la muerte de Tomás Cipriano de Mosquera: El gran general gana en Coconuco sus últimas batallas, una muerte que, si algo tiene de legendaria, es por la locura senil de su protagonista.

Luego sigue El indomable presidente Zaldúa, personaje que ostenta el dudoso récord de ser —casi milagrosamente—, el único presidente de Colombia que ha muerto en ejercicio de su cargo y, lo que es más asombroso aún, de muerte natural, a menos que aceptemos la teoría, que ha hecho carrera en el ambiente de la novela negra colombiana de los últimos años, de complicados asesinatos en los casos de Zaldúa y Sanclemente (quien en estas páginas se convertirá, sugestivamente, en El segundo presidente mártir). Habría que aceptar, según tan peregrina hipótesis, que Zaldúa cometió una especie de "suicidio por omisión" para "no renunciar" y así darle gusto a sus enemigos.

Más patética resulta la muerte del presidente Sanclemente. "La fecha escogida por los conjurados fue el 31 de julio de 1900. Haciendo alarde de aprestos bélicos como si se tratara de marchar contra un adversario poderosamente armado y apertrechado, los conspiradores se desplazaron a Villeta, notificaron al presidente sobre su destitución, le dieron su propia casa por cárcel y la rodearon de centinelas apercibidos con sus fusiles contra una posible insurrección del anciano inerme". Lo que sigue está narrado con tintes más novelescos, cruentos y tortuosos, como un asesinato en forma pura y simple, por Vargas Vila en Los césares de la decadencia (1910), documento que habría venido muy a propósito para los fines que perseguía Iriarte.

Esta vez es don Miguel Antonio Caro, el Caro tan repudiado por Iriarte, el que sale en defensa del anciano Sanclemente (y de Iriarte) en un valiente poema.

El capítulo siguiente, Muerte frente al mar, más que una muerte legendaria, es el pretexto para una diatriba en contra del Regenerador Núñez. "A diferencia del anciano de Coconuco, cuya muerte ya evocamos en estas páginas, Núñez jamás conoció la magnanimidad". Olvida Iriarte que páginas más adelante, en este mismo libro, escribirá: "Gracias a la generosa intervención del Presidente titular Rafael Núñez, Silva fue designado para un cargo subalterno en la Legación de Colombia en Caracas, lo cual les permitió a él, a su madre doña Vicenta y a su hermana Julia, un mediano pero aceptable alivio para sus penurias económicas. Núñez, aunque pésimo poeta, mostró en diversas oportunidades una generosa simpatía hacia estos extraños ejemplares del género humano. Ya antes el nicaragüense Rubén Darío había recibido gracias a él la designación como Cónsul de Colombia en Buenos Aires".

"La Constitución de 1886 —sostiene el autor— no fue la Constitución de Núñez y Caro, como lo han venido proclamando sin fatiga los grandes falsificadores y maquilladores de la historia. Fue la Constitución de Caro". Cierra filas con aseveraciones sobre Núñez como ésta, que acaso contradice la anterior:

"Era insaciable e infatigable en el cultivo de sus amados rencores y a eso se retiró a su casa del Cabrero. Desde esa cómoda atalaya se regodeó durante sus últimos años observando la puntualidad con que sus albaceas conservadores clausuraban imprentas y encarcelaban y desterraban a los hombres dignos que aún se oponían a los excesos del despotismo reinante".

Como lo he expresado en alguna reseña, parece haberse convertido en una constante el ataque histórico contra los conservadores. En Iriarte la situación no varía en absoluto. Ospina Rodríguez viene a ser apenas el "cofundador de cierto partido político", una "teocracia cavernaria", etc., etc. De Caro afirma que "su objetivo prioritario [...] había sido el de extinguir a los liberales hasta el último sobreviviente, como se hizo siglos atrás con los cátaros y los albigenses", para lo cual conformó entonces un "tándem de monigotes que necesitaba para gobernar sin sobresaltos desde su casa, echando sobre sus indefensos testaferros toda el agua sucia de las más graves responsabilidades mientras él perfeccionaba las normas para el buen uso de los participios pasado y presente". Peor aún es la semblanza de Marroquín: "perito en adivinanzas y charadas y maestro sin par en la composición de palíndromos y escritos en bustrófedon". O bien: "Detrás de toda su mansa apariencia de ratón de biblioteca y agricultor sabanero, ocultaba todas las mañas y las fullerías del más avezado de todos los tahúres políticos".

En Los acreedores también cobran vidas hace alusión Iriarte a la muerte de Silva, sin caer, cosa extraña para nuestros días, en truculentas suposiciones de asesinatos o aun más turbias alusiones. A Silva, simplemente, lo mataron las deudas que no logró cancelar.

En Se lo tragó la selva... está narrada, con pelos y señales, la muy extraña, esa sí, muerte de José Eustasio Rivera en Nueva York, junto con la historia del vuelo de Benjamín Méndez, el "Lindbergh colombiano", quien se propuso la hazaña de llegar a Colombia en un pequeño avión, con tan magro éxito que demoró meses atravesando Centroamérica, de tal modo que llegó primero el cadáver de Rivera, ¡quien había leído el discurso de despedida a Méndez!

Tal vez los mejores capítulos de este libro sean los últimos. Por lo pronto se centran en figuras menos conocidas: Ricardo Rendón, Gabriel Turbay y Carlos Lozano y Lozano. En El silencio de los artistas es la muerte, Iriarte califica a Ricardo Rendón de "el más genial de los caricaturistas políticos de todos los tiempos y países". Esto puede ser cierto, pero como no es comúnmente aceptado, habría que entrar a probarlo. Sin embargo, conmueve no sólo la historia del hoy ignorado dibujante de la cajetilla de los Pielroja, sino la hermosa elegía, muy poco conocida, que a su muerte le dedicara José Restrepo Rivera.

Muerte de un solitario acongojado recoge un episodio casi olvidado de nuestra historia contemporánea, el de la decadencia de Gabriel Turbay, ese descendiente de inmigrantes que casi se convierte en el primer presidente colombiano de estirpe arábiga, carrera que se vio frustrada por una propaganda malintencionada, orquestada principalmente por Gaitán y por el periodista Rubayata (Juan Roca Lemus), quienes, haciendo gala de un chovinismo mezquino, contribuyeron a frustrar una vida de éxitos y triunfos que vino a parar en una muerte solitaria en el hotel Plaza Athenée de París. En todo caso, pareciera que el episodio fuera apenas un pretexto ingeniado por el autor para denostar con todos los hierros al expresidente Turbay Ayala en términos nada angelicales por cierto.

El libro termina con un bello capítulo, Cuando todos los caminos se transforman en abismos, reseña de la vida y muerte de Carlos Lozano y Lozano, a quien los abogados conocemos por un célebre tratado de derecho penal. Apresado por un oscuro derrumbamiento interior, se dio a errar como un sonámbulo hasta que se arrojó debajo de un tren, al igual que Ana Karenina (¿muerte paralela?) por motivos que dejan más de una duda en el lector. La teoría de Iriarte es que Lozano se dio muerte a sí mismo porque su ánimo hipersensible no fue capaz de tolerar la violencia que ensombrecía por entonces al país. Si Lozano viviera hoy, pensamos, tendría que suicidarse todos los días, quizá abocado a repetidos fracasos, porque no encontraría siquiera trenes bajo los cuales sucumbir.

Todo este libro está surcado por un minucioso cuidado por la prosa. Cuando uno ejerce de censor del idioma en las gazaperas periodísticas, se cuida doblemente, se vuelve tal vez un obsesivo, cae en delirios de persecución. Me llama la atención que los autores colombianos dejaron de usar el "de que" como si su empleo siempre fuera prohibido. Tampoco se volvieron a atrever a escribir nunca "el más mínimo", tal vez por miedo a lo que diga Moreno Durán, cosa que nos tiene sin el más mínimo cuidado. A propósito, hay en el libro una afirmación que, no por repetida, deja de ser por lo menos discutible y acaso revierta en un leve gazapo: el imperio más extenso de la historia no ha sido el tan mentado de don Felipe II, en el cual nunca se ocultaba el sol, sino el de Gengis Khan, en el siglo XIII.

En resumen, como obra de vulgarización (en el buen sentido de la palabra) y como lectura amena, es bien venido este libro. Como testimonio histórico me parece que lo sería un poco menos. Prefiero hacer resaltar una conclusión del propio autor: "Colombia es, especialmente en su último siglo de vida, el caliginoso reino de la amnesia y del no saber a dónde vamos por ignorar de dónde venimos".

Y para terminar, una divertida anécdota "para ilustrar la magnitud del odio implacable que siempre profesó Caro contra Marroquín. Para este efecto hemos de tener en cuenta que Marroquín fue autor de la novela El Moro, que tiene lugar en la sabana de Bogotá y que es la imaginaria autobiografía de un corcel que respondía a este nombre. Conocida por sus amigos la mordacidad feroz que usaba Caro contra quienes eran objeto de su malquerencia, alguno de ellos le preguntó su concepto sobre las calidades literarias de El Moro. La respuesta de Caro fue devastadora:

—Para ser escrito por un caballo no está mal".

LUIS H. ARISTIZÁBAL