Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 44.  Volumen XXXIV - 1997 - editado en 1998
 

Un abrebocas para seguir leyendo a don Pedro


Antología de Pedro Gómez Valderrama
Prólogo y selección de Jorge Eliécer Ruiz
Instituto Caro y Cuervo, Santafé de Bogotá, 1995, 324 págs.


El lector de oficio tiene una ventaja sobre el ocasional, que compensa las muchas que éste tiene con respecto a aquél, en el campo de la antología: no tiene que haber leído la opera omnia del autor para saber si está bien o mal hecha. De hecho, es muy fácil suponer que casi ningún antologista conoce la totalidad de los textos que escoge o desecha. Esto no es condenable: una antología nunca pretende establecer un juicio de valor, una escala de validez, sino que responde al gusto del que la hace o a lo que el que la hace considera el gusto del lector futuro.

La de Gómez Valderrama es una antología de la no-obviedad. Está precedida de un prólogo y una pequeña biografía menos afortunados que la antología misma, quizás por sucumbir a los riesgos de la proximidad entre autor y sujeto, que no son pocos. Para equilibrar lo anterior, quien escoge los textos hace bien en prescindir de La otra raya del tigre y de los cuentos más tratados, porque así abre espacio a valiosos ensayos, uno que otro poema interesante y, sobre todo, a la traducción de Near Perigord, de Ezra Pound.

Es una traducción curiosa, porque cuenta entre sus virtudes —además de las notas prudentes, nunca intrusas, y de la introducción justa— con breves defectos: imprecisiones, espontaneidad. Cuando el verso dice:

Where am I come with compound
                                  / flatteries
What doors are open to fine
                            / compliment?

Gómez Valderrama traduce:

¿Hasta dónde he llegado con
                    / elaboradas lisonjas?
¿Qué puertas hay abiertas al fino
                           / cumplimiento?

El error está en la última palabra, donde Gómez quiso utilizar cumplido, no cumplimiento, pero no lo hizo.

Ignoro si Gómez Valderrama conocía lo suficiente la lengua inglesa, pero equivocaciones como la anterior son índice de que así era: porque el resto de la traducción cuenta con la virtud de rendir un texto no ya de una lengua a otra, sino de una cultura a otra, y muchas veces sucede que es la excesiva confianza en el conocimiento del idioma lo que provoca la errata. Así visto, es una labor encomiable la realizada por Gómez sobre un texto por lo demás nada fácil. No debe dudarse de que algunas de las sutilezas, matices, incluso intertextualidades de la hermética poesía de Pound hayan pasado desapercibidas por el traductor, aun tratándose de un erudito como Gómez. Pero en lo demás, se trata de una traducción viva, aunque no muy rigurosa. Pero hay que ver lo que el rigor ha perpetrado en el indefenso Shakespeare a manos de algunos académicos españoles y franceses.

Los ensayos de Gómez Valderrama tienen gracia en las citas, una dicción amable y un clima cordial. Son de aquéllos que presentan un respetable trabajo de investigación, pero tienen el tono de la conversación, de lo oral. Historia y novela, novela e historia, preocupaciones, se diría, políticas; una especie de conciencia de ser en la polis, aunada a declaraciones de principio en favor de la independencia de la creación artística. La gama temática de los textos es bastante amplia, y también su naturaleza: se incluyen varios discursos, documentos valiosos; entre ellos, el pronunciado frente a la Academia de Historia que, tras asignarle a Hermann Broch la dudosa condición de alemán, se desquita con notable espíritu crítico, aunque reemplaza la agudeza por la erudición.

Para el lector, en suma, los ensayos resultan una verdadera fiesta de datos poco comunes, pasajes y apuntes que Gómez ha ido recogiendo con un criterio claro y afortunado: el de su gusto, llano y simple, por las ideas. No es el único parecido que tiene con Borges, que decía que sólo le interesaban las ideas religiosas y filosóficas por su factor estético. Los ensayos recopilados tienen todos ese signo común, el del hedonismo. El placer de comentar una idea hermosa puede servir de excusa para un párrafo entero. Gómez no tiene problema para ello; lo que es más, se regodea haciéndolo.

El único cuento incluido en la edición es Los papeles de la Academia Utópica, cuento borgiano en cuanto a su forma ensayística, sus citas apócrifas y su tono lúdico. (Entre los ensayos posteriores existe La utopía en el descubrimiento de América. Enfrentadas, la teoría y la ficcionalización de ella misma son de mucho interés.) No sé si quepa la hipótesis de una excesiva influencia de Borges en el relato —es decir, aún no depurada—; pero el relato se defiende, de todos modos. Lo demás, poco cabe en estas páginas.

Lo que la antología logra revelar, para el novato, y hacer resaltar, para el conocedor de la obra de Gómez Valderrama, es su grato cosmopolitismo (que en Colombia nunca dejará de ser pionero, por más recorrida que esté la expresión y sus connotaciones). Gómez manejaba con comodidad la novelística francesa e inglesa tan bien como la latinoamericana, hasta las obras más recientes. De ello hace gala, con notable elegancia, en esta antología. Se trata, sin duda, de un intelectual de extrema importancia en el ámbito nacional. No creo que resulte paradójico elogiar estos aspectos del criterio con el que han sido seleccionados los textos y hacer resaltar, al mismo tiempo, que es inevitable lamentar la exclusión de otros de sus cuentos. Esto, desde luego, obedecería a cuestiones de opinión. Pues la mía es la siguiente: entre las páginas de ficción en prosa que escogió Jorge Eliécer Ruiz hay alguna de ésas que justifican todo un libro alrededor; pero existen obras que, sin ser tan célebres como ¡Tierra!, esa pieza magnífica cuyo mérito es mayor que el haber sido elogiada por Roger Caillois, merecen sobradamente el contacto con el amplio lector. Pero quizá la antología excite a la búsqueda y lectura de esas páginas. Espero que así sea.

JUAN GABRIEL VÁSQUEZ