| Un abrebocas para seguir leyendo a don Pedro
Antología de Pedro Gómez Valderrama
Prólogo y selección de Jorge Eliécer Ruiz
Instituto Caro y Cuervo, Santafé de Bogotá, 1995, 324 págs.
El lector de oficio tiene una ventaja sobre el ocasional, que compensa las muchas
que éste tiene con respecto a aquél, en el campo de la antología: no tiene que haber
leído la opera omnia del autor para saber si está bien o mal hecha. De hecho, es
muy fácil suponer que casi ningún antologista conoce la totalidad de los textos que
escoge o desecha. Esto no es condenable: una antología nunca pretende establecer un
juicio de valor, una escala de validez, sino que responde al gusto del que la hace o a lo
que el que la hace considera el gusto del lector futuro.
La de Gómez Valderrama es una antología de la no-obviedad. Está precedida de
un prólogo y una pequeña biografía menos afortunados que la antología misma, quizás
por sucumbir a los riesgos de la proximidad entre autor y sujeto, que no son pocos. Para
equilibrar lo anterior, quien escoge los textos hace bien en prescindir de La otra raya
del tigre y de los cuentos más tratados, porque así abre espacio a valiosos ensayos,
uno que otro poema interesante y, sobre todo, a la traducción de Near Perigord, de
Ezra Pound.
Es una traducción curiosa, porque cuenta entre sus virtudes además de las
notas prudentes, nunca intrusas, y de la introducción justa con breves defectos:
imprecisiones, espontaneidad. Cuando el verso dice:
Where am I come with compound
/ flatteries
What doors are open to fine
/ compliment?
Gómez Valderrama traduce:
¿Hasta dónde he llegado con
/ elaboradas lisonjas?
¿Qué puertas hay abiertas al fino
/ cumplimiento?
El error está en la última palabra, donde Gómez quiso utilizar cumplido,
no cumplimiento, pero no lo hizo.
Ignoro si Gómez Valderrama conocía lo suficiente la lengua inglesa, pero
equivocaciones como la anterior son índice de que así era: porque el resto de la
traducción cuenta con la virtud de rendir un texto no ya de una lengua a otra, sino de
una cultura a otra, y muchas veces sucede que es la excesiva confianza en el
conocimiento del idioma lo que provoca la errata. Así visto, es una labor encomiable la
realizada por Gómez sobre un texto por lo demás nada fácil. No debe dudarse de que
algunas de las sutilezas, matices, incluso intertextualidades de la hermética poesía de
Pound hayan pasado desapercibidas por el traductor, aun tratándose de un erudito como
Gómez. Pero en lo demás, se trata de una traducción viva, aunque no muy rigurosa. Pero
hay que ver lo que el rigor ha perpetrado en el indefenso Shakespeare a manos de algunos
académicos españoles y franceses.
Los ensayos de Gómez Valderrama tienen gracia en las citas, una dicción amable
y un clima cordial. Son de aquéllos que presentan un respetable trabajo de
investigación, pero tienen el tono de la conversación, de lo oral. Historia y novela,
novela e historia, preocupaciones, se diría, políticas; una especie de conciencia de ser
en la polis, aunada a declaraciones de principio en favor de la independencia de la
creación artística. La gama temática de los textos es bastante amplia, y también su
naturaleza: se incluyen varios discursos, documentos valiosos; entre ellos, el pronunciado
frente a la Academia de Historia que, tras asignarle a Hermann Broch la dudosa condición
de alemán, se desquita con notable espíritu crítico, aunque reemplaza la agudeza por la
erudición.
Para el lector, en suma, los ensayos resultan una verdadera fiesta de datos poco
comunes, pasajes y apuntes que Gómez ha ido recogiendo con un criterio claro y
afortunado: el de su gusto, llano y simple, por las ideas. No es el único parecido que
tiene con Borges, que decía que sólo le interesaban las ideas religiosas y filosóficas
por su factor estético. Los ensayos recopilados tienen todos ese signo común, el del
hedonismo. El placer de comentar una idea hermosa puede servir de excusa para un párrafo
entero. Gómez no tiene problema para ello; lo que es más, se regodea haciéndolo.
El único cuento incluido en la edición es Los papeles de la Academia
Utópica, cuento borgiano en cuanto a su forma ensayística, sus citas apócrifas y su
tono lúdico. (Entre los ensayos posteriores existe La utopía en el descubrimiento de
América. Enfrentadas, la teoría y la ficcionalización de ella misma son de mucho
interés.) No sé si quepa la hipótesis de una excesiva influencia de Borges en el relato
es decir, aún no depurada; pero el relato se defiende, de todos modos. Lo
demás, poco cabe en estas páginas.
Lo que la antología logra revelar, para el novato, y hacer resaltar, para el
conocedor de la obra de Gómez Valderrama, es su grato cosmopolitismo (que en Colombia
nunca dejará de ser pionero, por más recorrida que esté la expresión y sus
connotaciones). Gómez manejaba con comodidad la novelística francesa e inglesa tan bien
como la latinoamericana, hasta las obras más recientes. De ello hace gala, con notable
elegancia, en esta antología. Se trata, sin duda, de un intelectual de extrema
importancia en el ámbito nacional. No creo que resulte paradójico elogiar estos aspectos
del criterio con el que han sido seleccionados los textos y hacer resaltar, al mismo
tiempo, que es inevitable lamentar la exclusión de otros de sus cuentos. Esto, desde
luego, obedecería a cuestiones de opinión. Pues la mía es la siguiente: entre las
páginas de ficción en prosa que escogió Jorge Eliécer Ruiz hay alguna de ésas que
justifican todo un libro alrededor; pero existen obras que, sin ser tan célebres como ¡Tierra!,
esa pieza magnífica cuyo mérito es mayor que el haber sido elogiada por Roger Caillois,
merecen sobradamente el contacto con el amplio lector. Pero quizá la antología excite a
la búsqueda y lectura de esas páginas. Espero que así sea.
JUAN GABRIEL VÁSQUEZ |