Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 44.  Volumen XXXIV - 1997 - editado en 1998
 

Lector en libertad


Lección del olvidado y otros ensayos
Hernando Valencia Goelkel
Colcultura, Norma, Santafé de Bogotá, 1997, 144 pág.


Soy, lo confieso, un lector académico. Con cierta obsesión consigno en un diario las lecturas que he hecho, las que me esperan y las razones por las que debo apresurarme a hacerlas. Cuando tropiezo con un ensayo de Hernando Valencia Goelkel, sin embargo, se descarrila este curso ordenado y previsible de mis lecturas y en la noche, a escondidas de mí mismo y de mi diario, me descubro leyendo alguna de las obras que él menciona, unas páginas de Laurence Sterne o de George Eliot.

Gabriel García Márquez suele decir que un escritor lee "con el destornillador en la mano", para saber cómo construyen sus relatos otros escritores. Los lectores académicos, por su parte, leen para ayudarse en una discusión escolar o para sostener con autoridad alguna tesis. Valencia Goelkel lee por placer. En varias ocasiones ha considerado esa manera de leer como una irresponsabilidad. Agreguemos nosotros que esa irresponsabilidad de lector es una irresponsabilidad reflexiva, confiada al azar que lo lleva de una página en otra, pero alerta siempre a la aparición de una imagen, de un motivo, de una oportunidad para embarcarse en alguna meditación. Este método de lectura, si así puede llamársele, esta manera de leer más o menos incierta, requiere una paciencia que en realidad no espera nada; es una larga familiaridad con ciertos autores que le gustan y con todo lo que les concierne: su vida, su obra, los tiempos que vivieron y el linaje, a veces pobre, a veces lúcido, de sus comentadores.

A propósito de George Eliot, menciona Valencia Goelkel el temor que sentía Marcel Proust de parecerse a Casaubon, un personaje de Eliot que nunca llegó a escribir una obra, "consagrado en lo que tuvo de vida a esbozar notas y recolectar materiales" (pág. 29). Pese a esta caricatura, el método de Casaubon es legítimo y no pocos escritores lo siguen como medio de conjurar las incertidumbres de la composición. Aún más, en el ámbito académico, que es el de la crítica literaria de nuestros días, el método de Casaubon es el único posible, y los profesores lo exigen de sus estudiantes como condición para formular una hipótesis y proceder a verificarla de forma ordenada en una obra cualquiera. Dicha disciplina, tan valiosa para quien aprende a dar cuenta de sus lecturas en una comunidad de lectores, corre el riesgo de reducir el trabajo crítico a un procedimiento formal y rutinario, y en muchas ocasiones termina por cancelar algo irrepetible, algo único, un momento vivido que pertenece a la más íntima biografía del lector.

Antes que formular una hipótesis, los ensayos de Valencia Goelkel comienzan por referir ese momento vivido, el instante en que una meditación se dispara. Es un momento al que nada parecía anunciar y al que de súbito convocan unas palabras azarosas, un párrafo casi marginal en el libro que sostiene entre las manos. Es, pues, una penosa carta de F. S. Fitzgerald a su mujer —"pero, por Dios, soy un hombre olvidado"— la que mueve a Valencia Goelkel a revisar la obra del escritor norteamericano; y es la fugaz mención de John Steinbeck en una novela checa la que lo lleva a historiar la fama de Steinbeck desde su primera obra hasta nuestros días. De esa forma, las páginas de Valencia Goelkel empiezan por comunicar el estupor que lo embargó en un momento de su lectura, la sorpresa que lo indujo a escribir esas páginas en primer lugar. Ésa es su más íntima justificación como ensayista y como crítico literario. Que un lector académico pueda juzgarla de arbitraria y asistemática, no debe impedirle advertir en ella una provocación que no es pueril, una provocación para el pensamiento.

El ensayo, que ha surgido así de una vivencia en un momento de lectura, va a buscar un sentido en la intuición que lo ha originado; esa búsqueda, ese planteamiento de un problema, es lo único que lo sostiene y a lo único que aspira; por ese motivo, los ensayos de Valencia Goelkel no concluyen como recomiendan las academias, con un sumario o un desenlace que resuelva sus preguntas de modo convincente y tranquilizador; por el contrario, lo único que desean es prolongar la palpitación del enigma por más tiempo, conservar la riqueza, la fertilidad de su naturaleza paradójica. A propósito de Sterne, por ejemplo, sólo pretende dibujar sin resolver la contradicción que anima las obras del escritor inglés y que éste consideraba digresivas y progresivas a un tiempo; a propósito de Swift sólo desea convocar de muy diversas formas los "territorios donde maravillosamente se concilian las furias y las risas del deán" (pág. 24).

Hay una superstición que gobierna estas meditaciones; es el temor de que la indagación exhaustiva reduzca el placer que derivamos de la obra literaria. En consecuencia, cuando se trata de proponer una interpretación, Valencia Goelkel opera con cautela, con un escepticismo que es propio de todo goloso de la literatura. Después de todo, ¿qué objeto tiene sacrificar la complacencia que inspira un episodio novelesco a su reducción en una interpretación alegórica, en un valor moral o un arquetipo? "Munro y los horrores de la paz", el ensayo que dedica al escritor Héctor Hugh Munro, ilustra este dilema de la lectura. Ethel Munro, comienza diciendo Valencia Goelkel, compuso en 1924 una biografía de su hermano en que excusaba la crueldad de sus relatos: "su lado más amable —apuntó—, su lado simpático no aparece nunca, creo, en sus escritos [...]" (pág. 103). Otros lectores —Graham Green en 1950 (?) y Auberon Waugh en 1985— intentaron disculpar también la obsesión de Munro por el tema de la crueldad, Green aduciendo que así expresaba el autor el resentimiento que le habían causado tantos agravios padecidos en la infancia, y Waugh transformando los cuentos de Munro en una denuncia contra las crueldades de la sociedad en que le tocó vivir. "El lío con un autor como Munro —explica Valencia Goelkel— es que, indiscutiblemente, produce placer; un placer que sin embargo se le enrostra a uno como bajo e innoble [...]". Y agrega de manera tajante: "¿Es menester justificar a Munro?" (pág. 109). La tesis de Valencia Goelkel es que, más allá de las nobles excusas de Green y de Waugh, el placer que inspiran los cuentos de Munro es evidente; negarlo es hipócrita, es desempeñar el papel del lector remilgado para el que escribía Munro; después de todo, concluye Valencia Goelkel, sus páginas son menos una exaltación de la crueldad que una burla del escandalizado lector. Tal el humor de Munro.

Lección del olvidado es quizás la más uniforme entre las compilaciones de ensayos que son la obra de Valencia Goelkel. En cada uno de esos ensayos se advierte la maestría del autor para representar el momento de lectura en que surgió su meditación, y también el arte de esa hermenéutica suya que mantiene en vilo los enigmas sin llegar nunca a agotarlos. Su ars poética, pues también cada lector tiene la suya, puede encontrarse en las páginas que dedica a la Crónica de una muerte anunciada. La paradoja que entonces inspira su reflexión consiste en la ausencia de cierta información en una obra en la que todo parece saberse con exactitud. ¿Qué pensaba Santiago Nasar el día de su muerte? El narrador, porque ha decidido ser un narrador testigo antes que omnisciente, no lo sabe; mejor aún: no lo dice. Esta limitación asumida voluntariamente posee una cualidad que Valencia Goelkel subraya con admiración y que consiste en "dejarle una pizca de libertad, de ilusión de libertad a la persona que recorre con espanto y con risa las páginas intensas del relato" (pág. 98). Lección admirable ésta de haber encontrado un resquicio de libertad en medio de la fatal maquinaria que mueve la historia de Nasar y aún más allá, en otras obras, a lo largo de una vida dedicada a la lectura, lección admirable haberla encontrado y defendido de las rutinas y convenciones del pensamiento.

J. EDUARDO JARAMILLO ZULUAGA
Denison University