| Relatos inocentes
Siete hechiceras
Mauricio Obregón
Editorial Santillana, Santafé de Bogotá, 1996, 95 págs.
Merecidamente, Mauricio Obregón ha llegado a ser a la historia de la navegación
lo que Germán Arciniegas es a la demás historia. Entre sus escritos, se conoce
notablemente Colón en el mar de los Caribes, que apareció en 1990 y fue bastante
leído y comentado.
Ahora nos ofrece una brevísima colección de relatos que debió haber implicado
un riesgo para Santillana, por el costo que supone el proceso de publicación de un
manuscrito tan pequeño. Felizmente, se asumió ese riesgo. La literatura, de forma
imperceptible, rechaza al cuento, que ya no vende bien entre el gran público; a la nouvelle,
cuya edición es demasiado costosa para su extensión; a las novelotas, cuya edición es
demasiado costosa y punto, salvo que vengan de Fuentes o Vargas Llosa. Así, los
mandamientos de mercadeo van delimitando el campo de la narración.
Entro en materia. Las siete hechiceras se reparten seis historias (puesto que en
la tercera de ellas, dos hechiceras van juntas) cuya finalidad única e imprescindible es
viejísima: contar. Contar su historia (la de las hechiceras). Desde ese punto de vista,
los relatos de Obregón se inscriben en la tradición de los habladores, en la tradición
oral, la del decano junto al fuego por las noches. Al leer el primer relato pensé por un
instante que Obregón hacía uso de un estilo literario para expresar un argumento de
tradición oral. Después supe que también el estilo y en eso consiste su
mayor cualidad es declaradamente hablado. No sé si Obregón haya leído a Isak
Dinesen y, si la leyó, no sé si le haya gustado; pero sus relatos toman mucha de la
poética de aquéllos, lo cual es igual a decir que su interés básico es el de
entretener al que escucha. Empiezan a narrar y echan mano descaradamente de cuanto
sea necesario para la historia, sin otra restricción que la poesía de las imágenes, que
es la única que aceptan los contadores de leyendas, o fábulas, o cuentos de hadas.
Decía la baronesa que antes de escribir sus primeros relatos los había contado durante
largas horas a los nativos de Kenia, que los blancos ya no son capaces de escuchar un
cuento recitado. Es cierto, y en eso radica la dificultad oculta de un libro como el de
Obregón: esos relatos se dirigen a dos públicos distintos: al demasiado inocente, que
tolera cualquier cosa y es fácilmente hipnotizable con un adjetivo vistoso o una imagen
romántica, y el demasiado elaborado, que los rechaza por simples e inteligibles. No creo
que Obregón haya pensado en nada de esto mientras los escribía. De los relatos se
desprende cierta voluntad de privacía, como cuando se cuenta un chiste que sólo una
persona entiende. Obregón sólo quería contar, y no debió preocuparse mucho por la
acogida del libro ni por el público al que quería dirigirlo. Cuando un relato nace en
esas circunstancias, y además es bueno, tendrá éxito; cuando no, fracasará por
completo. En el libro hay como una pendiente de calidad, lo cual significa que el primer
relato es agradable y llega a convencer y a incitar a la lectura de los demás; y el
último, por contraste, es de una mediocridad irredimible, y ésta va más allá de la
natural falta de atractivo de que adolece su argumento: es una cuestión de factura,
simplemente.
En el prólogo el lector conoce la eterna tragedia de las hechiceras: todas ellas
"corren el riesgo de traspasar la frontera que las separa de las brujas". Sea o
no una atractiva metáfora, ése es el fantasma que persigue a las hechiceras de todos los
relatos: el riesgo de aliarse con el diablo, de pasar al otro lado y, lo que es peor, no
poder regresar. Cada historia enmarca a su manera una situación en la que el problema
está presente para la hechicera. También en el prólogo se explica muy justamente que,
entre las leyendas que cuenta cada relato, unas preexistían y otras son imaginadas por
Obregón. Comenzado el primer relato, el lector se olvida de eso y se deja llevar por el
ambiente de cuento-junto-a-la-chimenea. Hay páginas muy entretenidas, es bueno
decirlo, y no son las menos. No podía ser de otro modo. Una de las cosas más notorias es
que a Obregón le fascina su tema, que no es exclusivamente el de las hechiceras: le
fascina hablar de las mujeres, o, acaso, de la noción abstracta de mujer, que es tan
tentador mitificar. Eso es lo que hay en sus relatos: mujeres, condiciones femeninas,
consideradas con ternura y sin ninguna pretensión de objetividad, con la inocencia con
que están escritos los relatos. Los relatos son, ante todo, inocentes, tanto de
concepción como de realización. Son también refrescantes.
JUAN GABRIEL VÁSQUEZ |