Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 44.  Volumen XXXIV - 1997 - editado en 1998
 

Relatos inocentes


Siete hechiceras
Mauricio Obregón
Editorial Santillana, Santafé de Bogotá, 1996, 95 págs.


Merecidamente, Mauricio Obregón ha llegado a ser a la historia de la navegación lo que Germán Arciniegas es a la demás historia. Entre sus escritos, se conoce notablemente Colón en el mar de los Caribes, que apareció en 1990 y fue bastante leído y comentado.

Ahora nos ofrece una brevísima colección de relatos que debió haber implicado un riesgo para Santillana, por el costo que supone el proceso de publicación de un manuscrito tan pequeño. Felizmente, se asumió ese riesgo. La literatura, de forma imperceptible, rechaza al cuento, que ya no vende bien entre el gran público; a la nouvelle, cuya edición es demasiado costosa para su extensión; a las novelotas, cuya edición es demasiado costosa y punto, salvo que vengan de Fuentes o Vargas Llosa. Así, los mandamientos de mercadeo van delimitando el campo de la narración.

Entro en materia. Las siete hechiceras se reparten seis historias (puesto que en la tercera de ellas, dos hechiceras van juntas) cuya finalidad única e imprescindible es viejísima: contar. Contar su historia (la de las hechiceras). Desde ese punto de vista, los relatos de Obregón se inscriben en la tradición de los habladores, en la tradición oral, la del decano junto al fuego por las noches. Al leer el primer relato pensé por un instante que Obregón hacía uso de un estilo literario para expresar un argumento de tradición oral. Después supe que también el estilo —y en eso consiste su mayor cualidad— es declaradamente hablado. No sé si Obregón haya leído a Isak Dinesen y, si la leyó, no sé si le haya gustado; pero sus relatos toman mucha de la poética de aquéllos, lo cual es igual a decir que su interés básico es el de entretener al que escucha. Empiezan a narrar y echan mano descaradamente de cuanto sea necesario para la historia, sin otra restricción que la poesía de las imágenes, que es la única que aceptan los contadores de leyendas, o fábulas, o cuentos de hadas. Decía la baronesa que antes de escribir sus primeros relatos los había contado durante largas horas a los nativos de Kenia, que los blancos ya no son capaces de escuchar un cuento recitado. Es cierto, y en eso radica la dificultad oculta de un libro como el de Obregón: esos relatos se dirigen a dos públicos distintos: al demasiado inocente, que tolera cualquier cosa y es fácilmente hipnotizable con un adjetivo vistoso o una imagen romántica, y el demasiado elaborado, que los rechaza por simples e inteligibles. No creo que Obregón haya pensado en nada de esto mientras los escribía. De los relatos se desprende cierta voluntad de privacía, como cuando se cuenta un chiste que sólo una persona entiende. Obregón sólo quería contar, y no debió preocuparse mucho por la acogida del libro ni por el público al que quería dirigirlo. Cuando un relato nace en esas circunstancias, y además es bueno, tendrá éxito; cuando no, fracasará por completo. En el libro hay como una pendiente de calidad, lo cual significa que el primer relato es agradable y llega a convencer y a incitar a la lectura de los demás; y el último, por contraste, es de una mediocridad irredimible, y ésta va más allá de la natural falta de atractivo de que adolece su argumento: es una cuestión de factura, simplemente.

En el prólogo el lector conoce la eterna tragedia de las hechiceras: todas ellas "corren el riesgo de traspasar la frontera que las separa de las brujas". Sea o no una atractiva metáfora, ése es el fantasma que persigue a las hechiceras de todos los relatos: el riesgo de aliarse con el diablo, de pasar al otro lado y, lo que es peor, no poder regresar. Cada historia enmarca a su manera una situación en la que el problema está presente para la hechicera. También en el prólogo se explica muy justamente que, entre las leyendas que cuenta cada relato, unas preexistían y otras son imaginadas por Obregón. Comenzado el primer relato, el lector se olvida de eso y se deja llevar por el ambiente de  cuento-junto-a-la-chimenea. Hay páginas muy entretenidas, es bueno decirlo, y no son las menos. No podía ser de otro modo. Una de las cosas más notorias es que a Obregón le fascina su tema, que no es exclusivamente el de las hechiceras: le fascina hablar de las mujeres, o, acaso, de la noción abstracta de mujer, que es tan tentador mitificar. Eso es lo que hay en sus relatos: mujeres, condiciones femeninas, consideradas con ternura y sin ninguna pretensión de objetividad, con la inocencia con que están escritos los relatos. Los relatos son, ante todo, inocentes, tanto de concepción como de realización. Son también refrescantes.

JUAN GABRIEL VÁSQUEZ