| Autobiografía en las salinas de la Guajira
Cuatro años a bordo de mí mismo
Eduardo Zalamea Borda
Biblioteca Familiar Presidencia de la República, Santafé de Bogotá,
1996, 310 págs.
Eduardo Zalamea publicó Cuatro años a bordo de mí mismo, su única obra
de ficción, cuando tenía 27 años, en La Biblioteca de los Penúltimos, Bogotá,
Editorial Santafé, 1934. La novela, cuyos valores la convirtieron en una de las más
modernas de su momento, no ha perdido vigencia; continúa teniendo una gran importancia y
ocupando un destacado lugar dentro de las letras colombianas del siglo XX, por su
indudable calidad literaria.
La narración está escrita en forma de diario, lo cual les da una vívida
inmediatez a los acontecimientos, sensaciones y procesos mentales que experimenta el
narrador-autor; y lo que ocurre, tanto en el interior del narrador, como en el mundo
circundante, fluye y se desarrolla en forma paralela.
El protagonista va relatando lo que observa, todo aquello de lo cual fue testigo,
lo que sintió y vivió en carne propia, pero siempre desde cierta distancia que le
permite ser un espectador que se mira a sí mismo y mira el mundo duro y terrible que lo
rodea, desde una perspectiva muy propia, pero objetiva, inteligente y llena de
sensibilidad. Con esas vivencias y experiencias va conformando una narración en la cual
se entretejen armoniosamente esos dos mundos y se mantiene una constante y enriquecedora
dualidad entre el yo y el entorno físico, humano y social de las salinas de la Guajira.
El hecho de que el narrador-protagonista carezca de nombre es, entre otros, un factor que
elimina de la narración el carácter de crónica autobiográfica y destaca las cualidades
literarias de la obra que aquí no dependen solamente, como en las crónicas o en las
memorias, del interés que puedan tener los acontecimientos, sino de la manera como son
recreados y transformados en un mundo literario, válido por sí mismo. Con una gran
inteligencia, Zalamea transformó en literatura lo que inicialmente había aparecido como
una serie de crónicas de carácter autobiográfico, que referían anécdotas de los
cuatro años que pasó trabajando en las salinas. En esa forma, la novela trascendió lo
que habría podido ser simplemente un testimonio o una crónica fría y objetiva de otro
de los infiernos que en la América Latina devoraron a quienes escapaban de la
civilización hacia el polo opuesto: la barbarie, la naturaleza inclemente que al final
imponía el horror de su fuerza sobre la miseria, el deterioro y la debilidad de los
hombres que se atrevían a desafiarla con la intención de transformarla o de aprovechar
sus riquezas.
En ciertos aspectos, la novela de Zalamea va a seguir un esquema similar al de La
vorágine:el joven que se aparta de la vida de la ciudad, para vivir en un mundo donde
imperan otras leyes y otras formas de vida que nada tienen que ver con la moral y los
comportamientos impuestos por las convenciones de la sociedad urbana que, en la obra de
Zalamea, sólo aparece como referencia: al comienzo de la novela, como la "Ciudad
fría y distante". Después, Bogotá y el interior del país aparecen como las
canciones a través de las cuales se evocan esas tierras lejanas, como una leyenda, un
recuerdo y la añoranza de un espacio perdido e irrecuperable ya.
El primer espacio que encontramos es el de Puerto Colombia, luego la goleta en el
mar, la brutalidad de los hombres encargados de ella, la espera del viento, la sed, el
calor, las salinas, Manaure, Bahiahonda, el mar, la sal, el hambre. Entonces Bogotá es un
recuerdo asociado al verdor y a la frescura. La estructura de viaje tiene un carácter
descendente que va apartando al protagonista de la civilización, no sólo en el espacio,
sino que lo sumerge en un mundo primitivo que para el habitante de la ciudad implica
también un descenso en cuanto a las formas de vida y las normas morales establecidas en
el mundo "civilizado" y que se desploman al traspasar esa especie de línea
imaginaria que protege la civilización, para dar paso a un mundo bárbaro, en este caso
las salinas de la Guajira, donde hay explotación y miseria y el hombre tiene que luchar
minuto a minuto para sobrevivir. Esto se convierte, como en La vorágine, en el
único imperativo moral, pues la muerte está agazapada en la dureza del medio mismo o en
la violencia generada por las pasiones que enfrentan a los hombres.
Sin embargo, frente a la dureza, las pasiones ciegas, las necesidades, la muerte
y la violencia, está la sensibilidad finísima del narrador que observa, vive y es capaz
de sentir la crueldad y la ternura, el deseo y la solidaridad, la soledad y el miedo. A
través de su palabra poética escuchamos, con la misma verdad, la violencia de dos
hombres que se matan o el sonido casi imperceptible de los animales diminutos que se
deslizan sobre la arena o bajo las hojas, vemos los matices del color y los incesantes
cambios que se dan a cada instante en el aire, en el mar y en la naturaleza toda. Zalamea
nos traslada a un escenario magnífico en su belleza y en la violencia que destruye a
quienes allí trabajan y mueren ante la eterna indiferencia de una naturaleza hostil.
Pero, a diferencia de las novelas en las que los hombres son degradados,
aplastados y devorados por la naturaleza implacable, en la novela de Zalamea siempre hay
un hilo de alegría, de bondad, de amor y amistad entre los hombres, aunque también sean
capaces de matarse por una mujer, a puñal o tirándose por un acantilado.
Los personajes aparecen muy bien caracterizados y tienen una fuerte
individualidad; incluso aquellos cuya presencia no es constante, poseen unos rasgos de
personalidad, una historia propia y una forma de actuar que les otorgan singularidad y a
la vez los hermanan, pues la muerte los está acechando y todos arriesgan la vida en busca
de las perlas, por la venganza o por una mujer que los ha abandonado; y ante todo, en
cumplimiento de una especie de código de honor que los empuja a morir o a matar antes que
retroceder por temor o cobardía.
Hay una gran diferencia respecto de las novelas tradicionales en las que el
hombre siempre es víctima y sucumbe ante la fuerza omnipotente de la naturaleza. Al
respecto dice Carlos Fuentes en su ensayo La nueva novela hispanoamericana:
"¡Se los tragó la selva! dice la frase final de La vorágine de José
Eustasio Rivera. La exclamación es algo más que la lápida de Arturo Cova y sus
compañeros: podría ser el comentario a un largo siglo de novelas latinoamericanas: se
los tragó la montaña, se los tragó la pampa, se los tragó la mina, se los tragó el
río". En la novela de Eduardo Zalamea, los personajes han vivido aislados durante
años en ese espacio sin límites y ya no quieren o no pueden volver atrás. Uno de los
personajes lo expresa así: Ahora no me importa nada. Vivo con mi mujer y recuerdo a
Bogotá con algo de tristeza, pero no volveré nunca. ¿Qué me importa ya todo? ¡Aquí
me muero!" Sin embargo, y aquí está la diferencia mencionada, el protagonista no va
a ser sepultado por la arena, por el mar o por una montaña de sal. Él, a diferencia de
los héroes de la novela regional latinoamericana, podrá salir de aquel infierno blanco.
Se salva por su fortaleza, por la distancia que logra frente a ese turbión de pasiones
dentro del cual se halla.
Con ésta, Eduardo Zalamea inicia en Colombia la novela de personaje, cuya
visión explica el mundo y los acontecimientos que ocurren a su alrededor y en su propio
interior. La novela es un diario de viaje y es el recuerdo del viaje a un lugar donde
vivió aislado del mundo que conocía. Y el protagonista regresa a la ciudad, sigue
viviendo después de haber convivido con la muerte. A lo largo de toda la novela hay un
gran componente de introspección que equilibra la crudeza de los acontecimientos y, al
final, una especie de confesión, de síntesis de aquel mundo, cierra el círculo y
justifica la huida y el proceso interior:
El sexo marcó de dolor todos mis sentidos. Y la lujuria se mostró ante mis
ojos buenos, haciéndolos perversos. En todas sus formas estaba ante mí el amor. Y vi el
hambre, con sus dientes sin filo, deshacer convicciones, destruir conceptos, forjar
maldiciones y blasfemias y descubrir nuevas perspectivas a la vida. Y la muerte se mostró
ante mí en todas sus maneras: el asesinato, el homicidio por celos, el suicidio. La
muerte estaba siempre al lado del amor. La muerte estaba cercada por la vida, pero, de
pronto saltaba por encima de las fortalezas físicas, se escondía en la hoja de plata o
de acero de un cuchillo, iba en la punta de una bala o esperaba en el fondo del mar. [...]
Sí, he vivido cuatro años a bordo de mí mismo...
HELENA IRIARTE |