| Quince piezas de un rompecabezas
El hombre americano a todo color
Marta Traba
Editorial Universidad Nacional, Museo de Arte Moderno, Santafé de Bogotá, 1995, 187
págs.
A veinte años de haber sido concebido, el lector que se adentra en las páginas
de El hombre americano a todo color refuerza la convicción de que todo lo
que escribió Marta Traba lo hizo con la intención de esclarecer el presente y con la
certeza de que su palabra apuntalaba el futuro.
Marta Traba reúne varias aptitudes que la han convertido en una de nuestras más
importantes críticas de arte en lo que va corrido del siglo. En primer lugar contaba con
el dominio de un amplio lenguaje, de gran riqueza idiomática, producto de su avidez
cultural y de un temperamento siempre dispuesto a compartir las razones de su asombro. Sus
artículos oscilan entre la agilidad de exposición del periodista y la minuciosidad del
novelista, sin caer nunca en el canto de sirenas de lo literario. Esto le permitía
exponer y desarrollar una idea sin vacilaciones y enriquecer, por virtud de sus dotes de
comunicadora, el discurso artístico.
En segundo lugar, Marta Traba aplicaba en su trabajo un doble movimiento de
cercanía y distanciamiento objetivo de las producciones artísticas de cada país. Siendo
más que argentina y colombiana, cosmopolita, miraba con un telescopio y un microscopio
las actividades plásticas del continente, sin caer en la retórica de capilla o el
provincianismo a ultranza, poniendo las cosas en su sitio.
En tercer lugar, sus pesquisas constantes sobre las novedades plásticas tanto de
Europa como de Estados Unidos le permitieron ampliar su radio de acción, con el
propósito de establecer nuevos puentes y sugerir conexiones formales y conceptuales,
generando nuevos diálogos, a la manera de vasos comunicantes, lo que de alguna manera
venía a negar el ancestral complejo de inferioridad que siempre ha tenido Latinoamérica
frente al resto del mundo y motivando, por otra parte, una nueva reflexión sobre el
quehacer plástico de cada uno de los países.
En cuarto lugar, producto de las tres anteriores, Marta Traba analizó los
productos artísticos no sólo con las herramientas que le brindaba la historia del arte
sino también valiéndose de comportamientos sociales y culturales, sin negar las
coyunturas políticas y económicas, lo que hace que sus escritos estén siempre llenos de
informaciones precisas, fustigados de sugerencias. De allí que sus cortes en diagonal de
un fenómeno plástico pasan de ser un mero recuento para conocedores o un frío manual de
sociología.
Se ha querido hacer un somero recuento de estas valiosas aptitudes como una
pequeña introducción al libro que se comenta, ya que cuando Marta Traba aborda un
artista, lo sitúa históricamente, aporta claves para la interpretación de su obra,
señala peligros y lo circunscribe a una órbita que respeta lo regional, pero que al
mismo tiempo lo involucra en un secreto proceso de creación paralela con otros artistas,
sean americanos o europeos.
Es por ello que este volumen es la continuación natural de sus observaciones, de
la imperiosa necesidad de dejar constancia de que el arte no es un producto del azar ni de
una rara vocación solitaria, sino que, por el contrario, se puede y se debe
analizar bajo una óptica más amplia, menos académica y formalista, con el objeto de
construir un sólido sistema de relaciones.
No se cansa en cada una de las páginas de mirar, de juzgar, de plantear
hipótesis, de formular juicios arriesgados y polémicos, de entresacar conclusiones, como
una manera de promover una discusión más totalizadora de los fenómenos plásticos
latinoamericanos, y de divulgar los trabajos de determinados artistas que en su momento no
eran lo suficientemente conocidos por el público.
Armada con un conocimiento de primera mano, con un dominio del lenguaje que le
permitía expresar con claridad sus conceptos, y de una visión particular y general a la
vez, como se ha apuntado al principio de esta reseña, El hombre americano a todo color
pretende dar en cada pintor que aborda una señal para su comprensión al tiempo que cada
uno de ellos encierra una clave que le sirve para sacar a luz características de ese ser
extraño y en permanente formación que es el ser latinoamericano.
Puntos de acción, de reacción, de convergencia, los analiza en los artistas
como un eslabón para la comprensión de nuestra sociedad. No se cansa de decir que el
individuo no está aislado y que sus manifestaciones artísticas arrojan una luz que puede
servir como un nuevo enfoque para analizar las complejidades de nuestro comportamiento
social. Se advierte que este libro lleva los gérmenes de su aguda visión como una
catapulta que constantemente sugiere nuevos puntos de análisis, con la convicción de que
el arte en América es un maravilloso espejo donde podemos descubrirnos o un fascinante
caleidoscopio donde podemos inventarnos.
Cuevas, Jacobo Borges, Armando Morales, Agustín Fernández, Beatriz González,
Luisa Richter, Abularach, Szyszlo, Hermenegildo Sábat, Roberto Aizenberg, Carlos Prada,
Rogelio Pollesello, Francisco Rodón, Luis Caballero y Luis Díaz. Son 15 artistas
analizados por Marta Traba. Ellos no están agrupados según su nacionalidad. Más bien
están organizados como aristas de una misma estrella, representantes de la muerte, el
deseo, los mitos, los sueños.
Este libro cuenta con una breve "Noticia sobre los artistas", además
de una poco divulgada entrevista hecha en 1968 por el periódico El Popular, de
Montevideo, de donde extractamos lo siguiente: "A la crítica me llevaron dos
circunstancias: el deseo de que otros experimentaran el mismo placer estético que yo
sentía ante el arte contemporáneo, y la necesidad de reglamentar una anarquía mental
que me llevaba a aquel uso de la palabra porque sí, por el sólo placer de verla escrita.
La crítica me enseñó a pensar, a moderar y equilibrar ese pensamiento".
Son en definitiva 15 apasionantes piezas de un rompecabezas en permanente
transformación. Y hoy, al igual que hace 20 años, nos llega la pregunta que Marta Traba
se hizo a lo largo de toda su vida y que abre este volumen: ¿Existe un arte
latinoamericano? El lector, después de haber acabado la última página, tiene la
respuesta.
RAMÓN COTE BARAIBAR |