Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 44.  Volumen XXXIV - 1997 - editado en 1998
 

Es el cuerpo lo que yo quiero decir


El cuerpo privado
Luis Caballero
El Sello Editorial, Santafé de Bogotá, 1995, 225 págs.


Para el estudio del arte colombiano las importantes retrospectivas realizadas en los últimos años, además de la proliferación de libros y monografías aparecidos sobre nuestros pintores y escultores, han cimentado un camino donde la esporádica aventura editorial abrió paso a la publicación de colecciones y catálogos elaborados con criterio y acierto, los cuales no sólo han servido como un vehículo eficaz para hacer un justo reconocimiento a la labor plástica de nuestros artistas, sino que al mismo tiempo han estimulado su conocimiento cabal por parte de un público cada vez más amplio.

Ya es una agradable costumbre encontrar volúmenes excelentemente bien editados, donde los interesados en el arte colombiano pueden acceder a una bibliografía cada vez más numerosa. Aunque parezca una contradicción en nuestro país, donde la ley es el olvido o el fugitivo festejo, gracias a ciertas editoriales, una mínima pero significativa parte de nuestra memoria artística se encierra en libros como el presente, el cual detiene y ordena el tiempo ante los vertiginosos acontecimientos que nos rodean. Reunir el trabajo de un pintor tan determinante para el arte colombiano y latinoamericano como es el de Luis Caballero y editarlo en un volumen generoso y completo era una tarea necesaria. Labor que cumple con altura el presente libro, realizado por El Sello Editorial.

Los descendimientos, las crucifixiones, las pietás, los martirios, vistos por el artista en su infancia, han sido las imágenes primeras sobre las cuales la crítica especializada se ha apoyado para hacer un análisis de la voluminosa y sólida trayectoria del pintor bogotano fallecido recientemente. Y los artículos que introducen la obra de Caballero en este libro no son ajenos a esta constante.

En el primero de ellos, Beatriz González traza con claridad las etapas de la formación artística de Caballero, ubicando en un contexto social y cultural su particular desarrollo. Este artículo, "La voluntad provocadora", contiene claves cronológicas que sirven de firme andamio para ofrecer una interpretación acertada, facilitando de ese modo al lector participar de la progresión secreta de su obra. De esta manera realiza, trazando un arco que va desde el principio de su trabajo, donde —anota la pintora— se advierte la fusión de "erotismo y misticismo", y terminando en la lucha entre Eros y Muerte en la década del 80, una visión congruente y sugestiva de la obra de Caballero.

El poeta Darío Jaramillo Agudelo, por su parte, hace una lectura personal de los dibujos y lienzos de Caballero, teniendo al cuerpo como el centro de su expedición por el lenguaje del pintor. Para él, Caballero llevó al extremo sus facultades, logrando que el cuerpo fuera el recipiente de la eternidad y del instante. Por virtud de la pasión, de la convicción y la terquedad temática del artista, éste vuelve infinito el instante, o dicho de otro modo, perpetúa el dolor y el placer, el amor y el horror, siendo estas sus verdaderas armas que le permitieron desvelar algunas claves del comportamiento humano.

Esa actitud, sumada a su decisión de no titular los cuadros, hace que, en opinión del autor de Poemas de amor, su pintura comparta, en lo indecible, en lo fugaz del sentimiento, el mismo rapto de la poesía. Por otra parte, Darío Jaramillo Agudelo destaca el reto de Caballero de pintar siempre el mismo cuerpo, el cual, gracias a su personal visión del tema y a su insobornable actitud, logró que cada cuadro comunicara algo totalmente nuevo, donde el erotismo alcanza una verdadera plenitud religiosa.

En tercer lugar, Donald Goodhall da comienzo a su artículo con una visión dramática: "Entrar a una exposición de dibujos y pinturas de Luis Caballero es como llegar a la escena de una batalla antes o después de ocurrida. La mayoría de sus protagonistas todavía se encuentran allí. La lucha es invisible. Los enemigos son reales mas no visibles, pues se trata de ideas y actitudes". Su economía de medios, así como su habilidad y temperamento para tratar el cuerpo humano, son los mayores méritos de Caballero, aspectos que en opinión de Goodhall le dan un aire renovador a este tema.

No hay que olvidar el importante texto que el propio Caballero escribe, "Es el cuerpo lo que yo quiero decir", pues sin duda aporta elementos que permiten apreciar el hilo conductor de sus pensamientos. Caballero, como era costumbre en él, era muy preciso en sus apreciaciones sobre su pintura y sobre el entorno que lo rodeaba. Estos renglones no son una excepción.

De anacrónica, podría catalogarse a primera vista su pintura dentro de la profusa diversidad de los estilos artísticos del siglo XX, y del mismo desarrollo del arte colombiano, donde en no pocas oportunidades movimientos y tendencias relegaron el cuerpo humano a un segundo lugar, por considerarlo como un molesto residuo academicista o como un juguete al que se le hubiera acabado la cuerda. Contrario al desempeño de muchos artistas que invaden otros campos, Caballero se limitó voluntariamente al triángulo pintor, modelo y espectador, encontrando allí y desde muy pronto el espacio de su larga batalla.

La dramática fragmentación de sus figuras acentúa el poder de los movimientos, de los gestos, lo que le permite a Caballero localizar el dolor, de manera que tanto sus pinceladas como las líneas de carboncillo concentran un lenguaje que no tiene otro objeto que dejar constancia de sus convicciones, de sus raptos.

Así como, en un conocido artículo, Marta Traba aclaró con su exactitud característica la relación existente entre Caballero y el pintor inglés Francis Bacon, revelando sus puntos de contacto y su posterior alejamiento, de la misma manera hace falta el estudio que establezca la cercanía, por no llamarla influencia, que tuvo el pintor bogotano con la pintura del XVII.

Murillo, Ribalta, Valdés Leal, los santos de Zurbarán, son referencias temáticas que saltan a la vista, las cuales se mueven en un ámbito compartido con el interés de Caballero. Mención especial merece Caravaggio, a quien se asemeja no tanto en sus contrastes lumínicos como en la espacialización de la imagen y en la dramatización de la escena. La ubicación de las figuras en el espacio, con sus tensiones, su manera violenta de cortarlas por el borde del lienzo, establecen una relación de enorme riqueza que aún falta por analizar.

Gracias a la retrospectiva de Caballero realizada en 1991 —en cuyo catálogo se encuentra un certero estudio de su obra por parte de Carolina Ponce de León— y observando las reproducciones de este libro, se aprecia cómo el vocabulario de Caballero se depura, se concentra, a medida que ahonda en sus significados personales. Cómo le opone a la fugacidad de la vida la plenitud del instante. Quizás la alegría sea uno de los temas que poco frecuenta. Pero el amor, expresado por medio del dolor, hace que éste se intensifique, muestre su doblez. Caballero nos hace entrar al amor por el lado oscuro del corazón.

Así como Darío Jaramillo anotó la particularidad de que los cuadros de Caballero carecen de título como una de las claves secretas que lo unen al misterio de la poesía, a esa manera de decir lo indecible, la abolición progresiva de los rostros en su obra provoca que sus figuras carezcan de anécdota personal y se eleven a una dimensión más universal. Esta actitud, la cual se acentuará con el tiempo, le permite a Caballero liberar su capacidad expresiva, concentrarse en la desgarrada plenitud que le ofrece el fragmento, para que la contundencia visual se expanda como un golpe constante por el lienzo. Para que el dolor sea general.

Caballero trabajó con la misma nobleza tanto el dibujo como la pintura, dejando en ambos campos resultados admirables, donde su intensa visión de la vida sigue palpitando. Parece que el centro de su trabajo se ciñera a la dualidad de la capacidad-incapacidad de comunicación entre las personas, a la dificultad de expresar los sentimientos, definidos y redefinidos una y otra vez por su mano, los cuales se pueden dividir entre la acción del movimiento provocador de significados y el dramatismo contenido de la inmovilidad. "Lo que más me emociona es la imagen del hombro caído, y la mano que lo recoge o lo toca", expresó Luis Caballero en una entrevista que le hiciera Damián Bayón.

Con más de 200 reproducciones, el libro recopila la obra de Luis Caballero desde 1957 hasta 1991. Gracias a éste, el lector puede comprender su entrega sin cortapisas, su voluntad creadora sujeta a las infinitas variaciones de un lenguaje cuyo eje es el cuerpo y las desgarradas pasiones que despierta.

RAMÓN COTE BARAIBAR