| Es el cuerpo lo que yo quiero decir
El cuerpo privado
Luis Caballero
El Sello Editorial, Santafé de Bogotá, 1995, 225 págs.
Para el estudio del arte colombiano las importantes retrospectivas realizadas en
los últimos años, además de la proliferación de libros y monografías aparecidos sobre
nuestros pintores y escultores, han cimentado un camino donde la esporádica aventura
editorial abrió paso a la publicación de colecciones y catálogos elaborados con
criterio y acierto, los cuales no sólo han servido como un vehículo eficaz para hacer un
justo reconocimiento a la labor plástica de nuestros artistas, sino que al mismo tiempo
han estimulado su conocimiento cabal por parte de un público cada vez más amplio.
Ya es una agradable costumbre encontrar volúmenes excelentemente bien editados,
donde los interesados en el arte colombiano pueden acceder a una bibliografía cada vez
más numerosa. Aunque parezca una contradicción en nuestro país, donde la ley es el
olvido o el fugitivo festejo, gracias a ciertas editoriales, una mínima pero
significativa parte de nuestra memoria artística se encierra en libros como el presente,
el cual detiene y ordena el tiempo ante los vertiginosos acontecimientos que nos rodean.
Reunir el trabajo de un pintor tan determinante para el arte colombiano y latinoamericano
como es el de Luis Caballero y editarlo en un volumen generoso y completo era una tarea
necesaria. Labor que cumple con altura el presente libro, realizado por El Sello
Editorial.
Los descendimientos, las crucifixiones, las pietás, los martirios, vistos por el
artista en su infancia, han sido las imágenes primeras sobre las cuales la crítica
especializada se ha apoyado para hacer un análisis de la voluminosa y sólida trayectoria
del pintor bogotano fallecido recientemente. Y los artículos que introducen la
obra de Caballero en este libro no son ajenos a esta constante.
En el primero de ellos, Beatriz González traza con claridad las etapas de la
formación artística de Caballero, ubicando en un contexto social y cultural su
particular desarrollo. Este artículo, "La voluntad provocadora", contiene
claves cronológicas que sirven de firme andamio para ofrecer una interpretación
acertada, facilitando de ese modo al lector participar de la progresión secreta de su
obra. De esta manera realiza, trazando un arco que va desde el principio de su trabajo,
donde anota la pintora se advierte la fusión de "erotismo y
misticismo", y terminando en la lucha entre Eros y Muerte en la década del 80, una
visión congruente y sugestiva de la obra de Caballero.
El poeta Darío Jaramillo Agudelo, por su parte, hace una lectura personal de los
dibujos y lienzos de Caballero, teniendo al cuerpo como el centro de su expedición por el
lenguaje del pintor. Para él, Caballero llevó al extremo sus facultades, logrando que el
cuerpo fuera el recipiente de la eternidad y del instante. Por virtud de la pasión, de la
convicción y la terquedad temática del artista, éste vuelve infinito el instante, o
dicho de otro modo, perpetúa el dolor y el placer, el amor y el horror, siendo estas sus
verdaderas armas que le permitieron desvelar algunas claves del comportamiento humano.
Esa actitud, sumada a su decisión de no titular los cuadros, hace que, en
opinión del autor de Poemas de amor, su pintura comparta, en lo indecible, en lo
fugaz del sentimiento, el mismo rapto de la poesía. Por otra parte, Darío
Jaramillo Agudelo destaca el reto de Caballero de pintar siempre el mismo cuerpo, el cual,
gracias a su personal visión del tema y a su insobornable actitud, logró que cada cuadro
comunicara algo totalmente nuevo, donde el erotismo alcanza una verdadera plenitud
religiosa.
En tercer lugar, Donald Goodhall da comienzo a su artículo con una visión
dramática: "Entrar a una exposición de dibujos y pinturas de Luis Caballero es como
llegar a la escena de una batalla antes o después de ocurrida. La mayoría de sus
protagonistas todavía se encuentran allí. La lucha es invisible. Los enemigos son reales
mas no visibles, pues se trata de ideas y actitudes". Su economía de medios, así
como su habilidad y temperamento para tratar el cuerpo humano, son los mayores méritos de
Caballero, aspectos que en opinión de Goodhall le dan un aire renovador a este tema.
No hay que olvidar el importante texto que el propio Caballero escribe, "Es
el cuerpo lo que yo quiero decir", pues sin duda aporta elementos que permiten
apreciar el hilo conductor de sus pensamientos. Caballero, como era costumbre en él, era
muy preciso en sus apreciaciones sobre su pintura y sobre el entorno que lo rodeaba. Estos
renglones no son una excepción.
De anacrónica, podría catalogarse a primera vista su pintura dentro de la
profusa diversidad de los estilos artísticos del siglo XX, y del mismo desarrollo del
arte colombiano, donde en no pocas oportunidades movimientos y tendencias relegaron el
cuerpo humano a un segundo lugar, por considerarlo como un molesto residuo academicista o
como un juguete al que se le hubiera acabado la cuerda. Contrario al desempeño de muchos
artistas que invaden otros campos, Caballero se limitó voluntariamente al triángulo
pintor, modelo y espectador, encontrando allí y desde muy pronto el espacio de su larga
batalla.
La dramática fragmentación de sus figuras acentúa el poder de los movimientos,
de los gestos, lo que le permite a Caballero localizar el dolor, de manera que tanto sus
pinceladas como las líneas de carboncillo concentran un lenguaje que no tiene otro objeto
que dejar constancia de sus convicciones, de sus raptos.
Así como, en un conocido artículo, Marta Traba aclaró con su exactitud
característica la relación existente entre Caballero y el pintor inglés Francis Bacon,
revelando sus puntos de contacto y su posterior alejamiento, de la misma manera hace falta
el estudio que establezca la cercanía, por no llamarla influencia, que tuvo el pintor
bogotano con la pintura del XVII.
Murillo, Ribalta, Valdés Leal, los santos de Zurbarán, son referencias
temáticas que saltan a la vista, las cuales se mueven en un ámbito compartido con el
interés de Caballero. Mención especial merece Caravaggio, a quien se asemeja no tanto en
sus contrastes lumínicos como en la espacialización de la imagen y en la dramatización
de la escena. La ubicación de las figuras en el espacio, con sus tensiones, su manera
violenta de cortarlas por el borde del lienzo, establecen una relación de enorme riqueza
que aún falta por analizar.
Gracias a la retrospectiva de Caballero realizada en 1991 en cuyo catálogo
se encuentra un certero estudio de su obra por parte de Carolina Ponce de León y
observando las reproducciones de este libro, se aprecia cómo el vocabulario de Caballero
se depura, se concentra, a medida que ahonda en sus significados personales. Cómo le
opone a la fugacidad de la vida la plenitud del instante. Quizás la alegría sea uno de
los temas que poco frecuenta. Pero el amor, expresado por medio del dolor, hace que éste
se intensifique, muestre su doblez. Caballero nos hace entrar al amor por el lado oscuro
del corazón.
Así como Darío Jaramillo anotó la particularidad de que los cuadros de
Caballero carecen de título como una de las claves secretas que lo unen al
misterio de la poesía, a esa manera de decir lo indecible, la abolición progresiva de
los rostros en su obra provoca que sus figuras carezcan de anécdota personal y se eleven
a una dimensión más universal. Esta actitud, la cual se acentuará con el tiempo, le
permite a Caballero liberar su capacidad expresiva, concentrarse en la desgarrada plenitud
que le ofrece el fragmento, para que la contundencia visual se expanda como un golpe
constante por el lienzo. Para que el dolor sea general.
Caballero trabajó con la misma nobleza tanto el dibujo como la pintura, dejando
en ambos campos resultados admirables, donde su intensa visión de la vida sigue
palpitando. Parece que el centro de su trabajo se ciñera a la dualidad de la
capacidad-incapacidad de comunicación entre las personas, a la dificultad de expresar los
sentimientos, definidos y redefinidos una y otra vez por su mano, los cuales se pueden
dividir entre la acción del movimiento provocador de significados y el dramatismo
contenido de la inmovilidad. "Lo que más me emociona es la imagen del hombro caído,
y la mano que lo recoge o lo toca", expresó Luis Caballero en una entrevista que le
hiciera Damián Bayón.
Con más de 200 reproducciones, el libro recopila la obra de Luis Caballero desde
1957 hasta 1991. Gracias a éste, el lector puede comprender su entrega sin cortapisas, su
voluntad creadora sujeta a las infinitas variaciones de un lenguaje cuyo eje es el cuerpo
y las desgarradas pasiones que despierta.
RAMÓN COTE BARAIBAR |