| De la violentología a la investigación para
la paz
Una agenda para la paz
Jesús Antonio Bejarano
Tercer Mundo Editores, Santafé de Bogotá, 1995, 268 págs.
El de la violencia es el tema de mayor peso en la historiografía colombiana.
Gran parte de los científicos sociales se ha volcado sobre estudios que den cuenta de sus
orígenes, causas, modalidades y consecuencias. Los innúmeros escritos al respecto
demuestran gran preocupación de los intelectuales colombianos por ese fenómeno. Para
Bejarano, sin embargo, parece existir un vacío: "la violentología
pareciera agotar la utilidad de su estudio tan pronto se entra en el esquivo terreno de
las propuestas de solución" (pág. 7). Así, el autor reflexiona sobre la
negociación como componente del proceso de paz. Parte de la teoría de resolución de
conflictos teniendo en cuenta las experiencias de Colombia, El Salvador y Guatemala.
Propone pasar de la violentología a la investigación para la paz. Considera que
el no haber diferenciado entre el conflicto armado y la violencia y no haber visto en el
interior de ésta los grados de intencionalidad, hicieron que la violentología no
propusiera soluciones. Por eso, Bejarano cuestiona el informe que en 1987 la Comisión de
Estudios sobre la violencia presentara al Ministerio de Gobierno. Sus conclusiones, en
opinión de Bejarano, son ambiguas, al identificar violencia estructural y violencia
intencional y dar por sentado que pesaba más la violencia común que la generada por la
guerrilla y el narcotráfico. Para el autor, la "violencia estructural sólo transita
hacia la violencia intencional de carácter político cuando se conforman sectores cuyo
propósito es desarrollar el conflicto" (pág. 13). No fue suficiente, sostiene el
autor, que los violentólogos hubieran puesto énfasis en la estrechez del espacio
político o en la pobreza como causas de la violencia, porque esto sólo conduce "al
énfasis en las reformas políticas o en la justicia social como el terreno más
promisorio".
Para intentar una solución política del conflicto, Bejarano considera que se
requiere sistematizar los elementos más relevantes en la perspectiva de una negociación:
1. La formación del conflicto; 2. El análisis de las incompatibilidades; 3. La conducta
de los contendientes; 4. Los elementos de la formación de la paz. En cuanto al primero,
Bejarano reconoce los logros de la violentología en la reconstrucción de las luchas
campesinas que originaron los movimientos armados, en la elaboración de biografías sobre
los protagonistas de la guerrilla, sobre sus programas políticos, etc. Pero, en cambio,
no se conocen a cabalidad las estrategias de expansión militar y territorial, los matices
de la configuración interna de la guerrilla y los procesos de
integración-desintegración de la unidad guerrillera, definitivos, según afirma, para la
marcha de la negociación (pág. 17).
Bejarano enfatiza que en El Salvador no se dio el entrecruzamiento de violencias
que se advierte en Colombia, y que esa nación centroamericana se distinguía por ser una
sociedad militarizada distinta de la colombiana. Aquí cabrían algunas anotaciones.
Una tendencia militarista que despuntó a finales de la década de los setenta
parece haberse generalizado, hasta el punto de que la sociedad colombiana de los noventa
gira en torno a militarismos: ejército, guerrillas, paramilitares, delincuencia armada,
narcotráfico. Por cuanto Bejarano afirma que no se trata en Colombia de una guerra de las
dimensiones de la salvadoreña en 1992, son oportunos algunos comentarios. La guerrilla se
ha apoderado de grandes extensiones, su dominio cubre el país entero y por tiempos
paraliza la economía nacional. Son muchas las regiones donde el orden es el que la
guerrilla impone, en la mayoría de los casos sin elección para los pobladores. Es justo
reconocer que cuando los voceros guerrilleros afirman que hay un empate entre el ejército
y ellos por no poder vencer el primero a los segundos, tienen sus razones. Si la razón
estuviera de parte del profesor Bejarano, quien no comparte esa tesis, no estuviésemos
viendo resultados, avances y crecimiento diario de los alzados en armas.
Nos parece que cuando se habla de involucrar a la sociedad civil en el conflicto
armado no es para que los ciudadanos tomen posición en favor de la guerrilla o del
gobierno de turno. El problema es cómo hacer para que el hombre común se manifieste. Es
el pueblo quien debe participar con su voz, y no sólo con sus muertos, en la
pacificación.
Hay otro aspecto en que pone a pensar el libro. Aunque el profesor Bejarano apela
a la comparación, lo hace con los casos recientes de América Latina. Hubiera sido útil,
sin embargo, volver sobre experiencias en la misma Colombia. Sobre todo en un caso que,
por haber tenido la presencia de los militares como auspiciadores de la paz es importante.
Me refiero a la pacificación de los tiempos del gobierno de las fuerzas armadas. La paz
se hizo entre militares y guerrilleros. Fue una iniciativa venida del gobierno. El general
Alfredo Duarte Blum recorrió el país, se entrevistó con los alzados en armas, rindió
informes sobre las condiciones en que se vivía en las zonas de influencia de la guerrilla
y terminó jugándoselas todas por la paz, el indulto, la amnistía y por la
rehabilitación de los guerrilleros. Era otra guerrilla, dirán los generales de hoy, pero
eran también otros militares. Es otro componente del conflicto que no ha participado en
los procesos de paz de los últimos años. Son parte constituyente del conflicto de manera
real y dramática.
CÉSAR AUGUSTO AYALA DIAGO
Profesor del departamento de historia
Universidad Nacional |