| Tú reinarás, este es el grito
Imperio y ocaso del Sagrado Corazón en Colombia
Cecilia Henríquez
Altamir Ediciones, Santafé de Bogotá, 1996, 181 págs.
¿Qué impensada relación, qué recóndito nexo podría regir el avance de una
línea que arrancando de un versículo del Cantar de los Cantares terminara
comunicándose, con una lógica que no fuera la bizarra que impera en los sueños, con los
episodios históricos más sobresalientes de la convulsionada historia colombiana?
Defendiendo una tesis del humanismo renacentista, cabría afirmar que todos las esferas
del universo están relacionadas. El libro de la socióloga e historiadora Cecilia
Henríquez, quizá sin asumir ese objetivo específico, ejemplifica una de esas curiosas
relaciones al seguir el hilo conductor el símbolo del Sagrado Corazón de
Jesús desde su origen hasta dar con el nudo de la madeja que le interesa
desentrañar: la influencia de este símbolo en los aspectos religioso, social, político,
ideológico y artístico de la historia colombiana.
La obra, sin duda, acoge los presupuestos teóricos sentados por Emile Durkheim
(siempre atento a la observación de las representaciones colectivas, sobre todo de las
religiosas) y de Max Weber (inclinado a descubrir las significancias de la acción social
sin descuidar todo acto humano y los símbolos que en su operar crea), pero sin descuidar
las metodologías de investigación propias de las nuevas corrientes sociológicas. Desde
que Saussure expusiera la necesidad de una ciencia que tomara como objeto de estudio los
signos, muchas han sido las disciplinas, antiguas y nuevas, que se han volcado ávidas a
analizar un abundantísimo material antaño despreciado, seguras de poder explotar los
contenidos epistemológicos de estos productos surgidos en el universo de las
representaciones humanas.
En el esclarecedor prólogo con que el profesor Jaime Jaramillo Jiménez abre el
estudio, se expone la triple función de estas representaciones sociales o imaginarios
colectivos: "En primer lugar, cognoscitiva: a partir de ellos se plantean
interpretaciones de la realidad social, natural y espiritual [...] En segundo lugar, estos
sistemas simbólicos poseen una dimensión valorativa. No sólo hablan de lo que es sino
de lo que debe ser [...] Por último, estas representaciones sociales se expresan en
normas que legitiman y auspician determinados comportamientos, al tiempo que prohiben y
estigmatizan otros". En estas líneas encontramos definidos los contenidos
significativos que la autora, en su trabajo, consigue exponer a nuestros ojos de manera
diáfana y ordenada, esquivando sabiamente los cantos de sirena del metalenguaje
especializado. En más de un sentido, pues, este estudio histórico-simbólico es una
valiosa contribución al conocimiento e interpretación de los fenómenos sociales en
Colombia, vistos en esta ocasión a través de un lente un tanto insólito.
La obra se divide en dos partes. La primera describe la evolución del símbolo
en Europa desde su origen hasta lograr su más acabada iconografía, la que legitima Roma;
la segunda excede la función meramente informativa, pues la autora debe abrirse camino
por un terreno hasta entonces inexplorado, investigando, ordenando e interpretando
documentos hasta entonces olvidados o recurriendo a fuentes vivas que, basándose en su
memoria, contribuyen con datos de primera mano.
A modo de síntesis, destacaremos algunos datos. Todo parte de una frase de ese
problemático libro de la Biblia que se titula Cantar de los Cantares: "Tus senos son
más deliciosos que el vino". Uno de los primeros padres de la Iglesia, Orígenes
(185-254), decide interpretar la palabra seno como principio espiritual del amor;
mas inmediatamente lo traduce por pecho, costado. Rufino, que se da a la tarea de verter
el texto griego (traducción, a su vez, del hebreo) al latín, trueca el pecho
original por corazón. La inexactitud de Rufino, unida a la fantasía exegética de
Orígenes, da lugar al refundimiento de los conceptos de amor y corazón. Un nuevo
trasvasamiento del texto bíblico, esta vez al español, por Desclée de Brouwer, produce
esta variante, más grata para la sensibilidad moral de la Iglesia: "Mejores son que
el vino tus amores". Orígenes había apuntado otros sentidos simbólicos de la
palabra seno: interioridad, intimidad y sabiduría. Con el tiempo, la riqueza
significativa del símbolo se amplía: la llaga del corazón es puerta que permite
internarse en la fuente de todos los misterios, de donde corazón implica también
sabiduría sobrenatural sobre la base del amor como sentimiento de unión; el sentido de
centralidad no le es extraño al símbolo: el Corazón de Cristo es también corazón de
la Iglesia (san Buenaventura); en la Edad Media, cuando se instaura el culto místico, se
le agrega el concepto de reparación, derivación necesaria del pecado: el Corazón de
Cristo es símbolo de dolor que mueve a la penitencia para reparar los agravios que se le
han hecho. Con los caballeros de la Orden del Temple (año 1308), el símbolo empieza a
cobrar valor como elemento distintivo e imagen de combate, como siglos más tarde se
manifestará también, de manera más clara, entre el grupo campesino monárquico de los
chuanes en Francia (s. XVIII). A san Juan Eudes (s. XVII) se le debe el culto litúrgico y
el embrollamiento del símbolo de una de las tres personas de la Trinidad atribuyéndole
tres corazones en lugar de uno: el corporal, el espiritual y el divino, aunque no contento
con su corazonada el santo inventa también el Sagrado Corazón de María. Cristo tercia
en cuatro oportunidades, por revelación, ante una disputa de eudistas y jansenistas en
torno a la inexistencia e invenerabilidad del corazón carnal. La depositaria de las
visiones es santa Margarita María de Alcoque (1647-1690), que recibe explícitas
instrucciones: 1) los hombres deben amar al Corazón de Jesús; 2) deben venerarlo
"en forma de corazón de carne, con la llaga de la lanza visible, ceñido por espinas
y en la parte superior una cruz"; 3) deben comulgar los primeros viernes de cada mes
y orar entre las 11 y las 12 de la noche del jueves previo; 4) deben celebrar fiesta en su
honor el octavo día después del Corpus. Así el símbolo y su culto prácticamente se
completan y quedan sentadas las bases de su evolución iconográfica. En 1765 el papa
Clemente XIII aprueba oficialmente el culto y, tras una seguidilla de consagraciones
locales, en un arranque de euforia sin precedentes, León XIII, en 1899, consagra el mundo
entero y al género humano al Sagrado Corazón de Jesús.
De suma importancia es el papel político que empieza a cumplir el símbolo y
sobre todo a partir del s. XIX, cuando la Iglesia, fundiéndolo con el símbolo de Cristo
Rey, lo emplea para combatir movimientos liberales anticlericales, como el liberalismo
posrevolucionario en Francia o la Kulturkampf en la Alemania de Bismarck. Alcanzamos a
entender que el sueño que alimenta la Iglesia, y que tiene el sabor de la nostalgia por
el poder perdido, es el de alcanzar el "reinado social de Jesucristo",
corporizado éste, por supuesto, en la persona de su humilde vicario en Roma. Las palabras
del dominico Christian Duquoc son significativas: "Los católicos deben restaurar
triunfalmente a Cristo Rey en los parlamentos y gobiernos; la acción católica no debe
cejar hasta lograr abolir toda ley laica". Recogiendo experiencias felizmente
superadas por la historia, el dominico pretende revivir la fundamentación del poder
terrenal por el divino, para condenar como sacrilegio toda tentativa contraria a un
gobierno amparado por Dios. El paso de las consagraciones al Sagrado Corazón, desde esta
perspectiva, parece algo más que un gesto simbólico. Y efectivamente, la consagración
de nuestro país al sacratísimo símbolo tiene consecuencias políticas, ideológicas y
sociales nada desdeñables.
Nuestro ingreso al mundo de la cultura escrita está vinculado al Corazón de
Jesús: el primer libro impreso en la Nueva Granada es la novena al Sagrado Corazón del
padre Juan de Loyola (1739). El movimiento emancipador de 1810 no fue ajeno a su
influencia: los seguidores de Nariño declararon a Jesús Nazareno "Generalísimo de
los Ejércitos de Cundinamarca". Ya asentado el gobierno republicano, al Sagrado
Corazón y a sus principales defensores, los jesuitas, les toca afrontar tiempos
difíciles, pues los gobiernos liberales del Olimpo Radical, de tendencias masónicas,
positivistas y ateas, se propusieron levantar una barrera definitiva entre Iglesia y
Estado laicizando por entero el estamento público; su celo anticlerical incluyó una
nueva expulsión de jesuitas (Tomás Cipriano de Mosquera, maestro masón grado 33, se
encargaría de firmarla).
Cuando a los conservadores les llega el turno de gobernar, el movimiento
clericalista conoce su período de esplendor: Miguel Antonio Caro crea el partido
católico, el gobierno apoya al papa durante la crisis de su poder temporal, surgen las
organizaciones laicas católicas... y se concreta uno de los mayores logros de la Iglesia
colombiana: en la Constitución de 1886 se reconoce a Colombia como nación católica
obediente y cercana al papado, se declara al catolicismo religión oficial y como tal se
le promete respeto y protección "como elemento esencial del orden social",
medida que incluye la enseñanza católica obligatoria en las instituciones educativas y
los restantes puntos consignados en el concordato anexo. La propagación de consagraciones
de municipios y departamentos a partir de entonces semeja la incontenible y contagiosa
extensión de una fiebre endémica. El fenómeno, conocido como plebiscito nacional, no
terminará hasta ganar la consagración del país. Pese a la instrumentalización que
hacen los conservadores del símbolo del Sagrado Corazón, éste se libra de quedar
reducido a una imagen partidista. No hay que olvidar que no todos los liberales adoptaron
posiciones extremistas frente al clero y la religión. De hecho, mucho lamentaron que los
religiosos les negaran la absolución e incluso los sacramentos. Cuando a finales de la
guerra de los Mil Días (1902) monseñor Bernardo Herrera Restrepo, arzobispo de Bogotá,
propone como medida conciliadora entre conservadores y liberales un Voto Nacional, la idea
encuentra favorable acogida entre los dos partidos. Pero este voto, naturalmente,
asumiría un cariz enteramente religioso: el símbolo de ese voto sería un templo
ofrendado, cómo no adivinarlo, al Sagrado Corazón de Jesús (para quienes lo ignoren, se
trata de la iglesia de la plaza de los Mártires, en Bogotá). La autora, a quien ha de
reconocérsele una intachable imparcialidad, declara que el símbolo del Sagrado Corazón,
"políticamente neutro desde entonces se erige como garante de la gestión del Estado
por la paz, convirtiéndose en un símbolo nacional, patrimonio de todos".
El estudio concluye exponiendo las tareas de las organizaciones de oración y de
acción social surgidas a la sombra del símbolo; curiosidades como la llamada
"Cristilandia", un modelo corporativo de gobierno propuesto por el padre Félix
Restrepo, quien vio en Colombia el país ideal para su instauración, y que en fin de
cuentas no era otra cosa que el cadáver tantas veces exhumado del poder de la Iglesia
unido en feliz matrimonio al político para producir el sistema perfecto de gobierno;
curiosidades como las milagrosas curaciones debidas a la enloquecedora repetición de la
jaculatoria "Sagrado Corazón, en Vos confío", los últimos ecos de la
apoteosis del símbolo y finalmente su crepúsculo, que halla su estocada mortal, al menos
para su dimensión política, en el hecho de que la Corte Constitucional, en 1994,
declarara que la consagración del país al Sagrado Corazón no era sustentable en la
Constitución de 1991, pues contradecía el mandato de libertad de cultos, lo que
"implica que ni el estado ni el gobierno pueden comprometerse en actos religiosos que
de hecho son particulares".
El ensayo no propone conclusiones que pudieran revelar posiciones políticas o
religiosas personales. La actitud es respetuosa y distanciada. Este campo abierto incita
al lector a sacar sus propias consecuencias, sobre todo en lo referente al papel político
de la Iglesia en nuestra historia. Siendo un hecho sabido que los movimientos ideológicos
encuentran por lo general una fundamentación o explicación económica de fondo, cuando
no al menos una inevitable relación con factores de este tipo, echamos de menos una
profundización del estudio en este sentido, pues estamos convencidos de que, tras las
avanzadas evangelizadoras y las políticas del clero íntimamente comprometidas con
asuntos terrenales, algo debe moverse que no sea enteramente celestial o puramente
simbólico.
Finalmente, tras la lectura del libro resulta difícil sustraerse a una
consideración especulativa: ¿no habría sido menor la violencia en Colombia si no
hubiera ingresado este símbolo (o cualquiera que lo suplantara) en nuestra historia? Una
revaluación del papel político de la Iglesia en nuestra historia, es factible de
intentarse a partir de las luces arrojadas por esta singular obra.
ÉDGAR ORDÓÑEZ NATES |