| Sánchez vs. Botero
El poder de la filosofía y la filosofía del poder
Darío Botero Uribe
Universidad Nacional de Colombia, Esap, Santafé de Bogotá, 1996, 514 págs.
En este libro, Darío Botero Uribe, profesor y exdecano de la facultad de derecho
de la Universidad Nacional, ha compilado varios de sus ensayos sobre asuntos jurídicos y
filosóficos, escritos, según él mismo lo señala en el prólogo, durante la década
1986-1996. Clasificados en cinco secciones (Hacia una filosofía propia; Crítica de la
filosofía de nuestro tiempo; Crítica del marxismo; Crítica de la libertad, el poder y
el saber; La concepción de la democracia), hallaremos en ellos disquisiciones sobre temas
múltiples: la justificación de una teoría anarquista de la sociedad, un perfil
caracterológico del buen profesor y de la universidad ideal, una explicación sumaria de
un libro de moda escrito por Francis Fukujama, una enumeración de las teorías del
lenguaje contemporáneas, una apología de Cioran y Foucault, un rencoroso ataque al
socialismo real y, como estocada final, una propuesta "propia" sobre lo que debe
ser la democracia. En el mismo prólogo, Botero explica que este libro forma parte de un
corpus personal más ambicioso; esto es, de una "filosofía original, concebida en
torno a un proyecto de una filosofía de la vida y del arte, que irá perfilándose en los
próximos años" (pág. 9). Después de analizado El poder de la filosofía...,
esperamos que esta modesta reseña contribuya, en parte por lo menos, a que los
presupuestos de esa potencial y extensa obra sean revisados. Veamos por qué.
Botero sueña con un individuo y una sociedad que murieron en mayo de 1968, en
medio de las revueltas universitarias de Berkeley y París. Treinta años después
cf. su ensayo "Democracia, violencia y acción comunicativa", él
cree que no y exige la vuelta a esa utopía social. Un sistema que prescinda de la
tecnología (pág. 18), que dé rienda suelta a la personalidad erótico-estética (pág.
19), que desmonte el poder (pág. 513) son eslóganes reiterados por Botero a todo lo
largo del libro y que suenan más bien a eco tardío de Cohn Bendit, Foucault o cualquiera
de los profesores que en aquella época proclamaban el apocalipsis revolucionario.
Tras este romanticismo anacrónico, no se sabe si hay un problema de
desinformación o de terquedad de litigante. En otro lado (págs. 400-403), la emprende
contra el cientificismo y lo culpa de inhumano y burocratizante. Esto lo lleva a una
conclusión más dura: hay que acabar con la universidad y reemplazarla por "una
escuela de saber, de sensibilidad, de creación" (pág. 411), y para los jóvenes que
quieran conseguir empleo rápido se deben crear "escuelas profesionales". El
ambiguo políticamente y prestigioso jurista alemán Carl Schmitt definió
este romanticismo como reaccionario. En Romanticismo político (1925), concluyó
que estos personajes "hacen planes atrevidos y osadas promesas, sugieren y anuncian,
responden a cada espera de la satisfacción de sus promesas con nuevas promesas, se
refugian del arte en la filosofía, en la historia, en la política, pero nunca llegan a
convertir en realidad las inmensas posibilidades que ellos oponen a la realidad".
De manera frecuente véase "El maestro: creador de un saber de la vida
y para la vida" Botero cae en las trivializaciones o en las generalizaciones
abstractas: el maestro "no se rige por las modas intelectuales dice con
énfasis, busca la substancia del tiempo no en un transcurrir cronológico, sino en
un discurrir de las formas de la cultura y de la vida. Es un hombre capaz de redescubrir
el mundo a partir de cada cosa que hace. Un hombre para el cual no existe un mundo
construido y fijo" (pág. 127), es decir, hace resaltar mentiras caritativas que se
pronuncian "el día del profesor", y se olvidan los 364 días siguientes del
año. En otros casos es arrojado en los juicios, y a uno, como lector, le queda la
impresión de que una fuente bibliográfica fue escamoteada: "Se trata de desarrollar
una cultura de la vida, de la gratificación, de lo lúdico, del goce. Propongo una
erotización de la vida que mine los mecanismos del poder" (pág. 513). También en
los momentos más álgidos de su polémica exposición en "Universidad y
saber", por ejemplo pierde el hilo lógico de la narración y se dispersa en
vagas ideas: de la crítica del cristianismo pasa a la decadencia de la novela y a la
dispersión de los géneros literarios, luego repara en que "la lectura de Nietzsche
por Freud no está muy bien documentada" (pág. 407), salta a cuestionar el vacío
epistemológico en que, a su parecer, vive la filosofía, para finalmente concluir que la
universidad latinoamericana debe cumplir un papel específico: hallar nuestra
"identidad cultural" ante el riesgo de que nos convirtamos en víctimas del
colonialismo (pág. 409).
La Nueva Era seguramente dará pie para que se encuentre lo que antes era agua y
aceite: el yoga, el anarquismo tolstoiano, el surrealismo, los desertores del
psicoanálisis, la antigua izquierda confundida y todas las mentalidades alternativas que
preludian el nuevo milenio. ¿Será una segunda batalla contra la Ilustración? ¿El
racionalismo quedará hecho trizas? Un libro como el de Darío Botero da para que el
lector deduzca esa consecuencia terrible y alucinante. Tras su "pienso que hay
necesidad de liberar el pensamiento y la acción de las acciones racionalistas"
(pág. 58), él supone que se abre la puerta a la utopía. El reseñista cree, al
contrario, que se cierra. Peor aún: queda aplazada una opción sensata de construir
alguna alternativa social o, por lo menos, alguna discusión académica rigurosa que parta
de su libro.
El sinuoso método de trabajo de Darío Botero acaba por afectar su forma de
plantear y discutir problemas filosóficos. Él no lee con libertad o con fines menos
angustiosos; lee para glosar y complementar o refutar alguna idea que le parece
imprescindible. Los filósofos citados, en muchas ocasiones, no le sirven de fuente; más
bien pareciera que ellos se apoyan en él. Este procedimiento, en varios de sus aspectos,
se parece mucho al de Estanislao Zuleta, quien no podía escribir (¿o hablar?) tranquilo
sin aportar con urgencia alguna "idea personal" que tenía sobre la
multiplicidad de asuntos divinos y humanos que dominaba.
Las diferencias que, por ejemplo, tiene Botero de "tú a tú" con
Rousseau, Hobbes o Locke, y su ego inflamado por súbitas ideas luminosas ("la
democracia no es una forma de gobierno..., es un horizonte que el hombre ha perseguido en
todas las épocas") esconden, sin duda alguna, más un problema de figuración o de
ostracismo personal que una preocupación seria por lo que quiere discutir (una
sociología del intelectual colombiano del siglo XX seguramente deberá incluir un amplio
capítulo y una antología sobre "El ego y sus infortunios en los escritores
colombianos"). Y las peroratas de Botero en favor de un mundo no represivo, donde la
libido halle su expresión libre, la democracia tenga carácter directo y los ciudadanos
puedan expresar libremente sus opiniones a través de obras de arte, dejan la impresión
de un desesperado profesor que quiere gritar su verdad y ser escuchado en un solitario
desierto (con todo lo cursi e inútil que representa esta imagen), antes que plantear de
manera científica problemas filosóficos.
El poder de la filosofía y la filosofía del poder de Darío Botero
Uribe, más que presentar un resultado investigativo de alguna importancia académica
producido por la facultad de derecho de una universidad pública, refleja la grave crisis
que ella vive y el deterioro de su calidad profesoral, los cuales en los últimos diez
años se han hecho todavía más agudos. Un coctel molotov alza en las matrículas,
proliferación de currículos que se reforman cada dos meses, reducción de cupos,
evidente discriminación contra el ingreso de estudiantes de sectores populares,
contratación de profesores de cátedra a siete mil pesos la hora, es decir, la
herencia dejada por el exrector Antanas Mockus, son parte del progresivo ataque que desde
el Estado y la universidad privada se ha hecho contra la, hipócritamente, llamada alma
máter. La Universidad Nacional no lo es, porque ella hoy no representa ningún proyecto
colectivo, encerrada en sus problemas burocráticos y de orden público, esto es,
esperando en forma agónica quién le dé la puñalada final.
CARLOS SÁNCHEZ LOZANO |