Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 44.  Volumen XXXIV - 1997 - editado en 1998
 

Sánchez vs. Botero


El poder de la filosofía y la filosofía del poder
Darío Botero Uribe
Universidad Nacional de Colombia, Esap, Santafé de Bogotá, 1996, 514 págs.


En este libro, Darío Botero Uribe, profesor y exdecano de la facultad de derecho de la Universidad Nacional, ha compilado varios de sus ensayos sobre asuntos jurídicos y filosóficos, escritos, según él mismo lo señala en el prólogo, durante la década 1986-1996. Clasificados en cinco secciones (Hacia una filosofía propia; Crítica de la filosofía de nuestro tiempo; Crítica del marxismo; Crítica de la libertad, el poder y el saber; La concepción de la democracia), hallaremos en ellos disquisiciones sobre temas múltiples: la justificación de una teoría anarquista de la sociedad, un perfil caracterológico del buen profesor y de la universidad ideal, una explicación sumaria de un libro de moda escrito por Francis Fukujama, una enumeración de las teorías del lenguaje contemporáneas, una apología de Cioran y Foucault, un rencoroso ataque al socialismo real y, como estocada final, una propuesta "propia" sobre lo que debe ser la democracia. En el mismo prólogo, Botero explica que este libro forma parte de un corpus personal más ambicioso; esto es, de una "filosofía original, concebida en torno a un proyecto de una filosofía de la vida y del arte, que irá perfilándose en los próximos años" (pág. 9). Después de analizado El poder de la filosofía..., esperamos que esta modesta reseña contribuya, en parte por lo menos, a que los presupuestos de esa potencial y extensa obra sean revisados. Veamos por qué.

Botero sueña con un individuo y una sociedad que murieron en mayo de 1968, en medio de las revueltas universitarias de Berkeley y París. Treinta años después —cf. su ensayo "Democracia, violencia y acción comunicativa"—, él cree que no y exige la vuelta a esa utopía social. Un sistema que prescinda de la tecnología (pág. 18), que dé rienda suelta a la personalidad erótico-estética (pág. 19), que desmonte el poder (pág. 513) son eslóganes reiterados por Botero a todo lo largo del libro y que suenan más bien a eco tardío de Cohn Bendit, Foucault o cualquiera de los profesores que en aquella época proclamaban el apocalipsis revolucionario.

Tras este romanticismo anacrónico, no se sabe si hay un problema de desinformación o de terquedad de litigante. En otro lado (págs. 400-403), la emprende contra el cientificismo y lo culpa de inhumano y burocratizante. Esto lo lleva a una conclusión más dura: hay que acabar con la universidad y reemplazarla por "una escuela de saber, de sensibilidad, de creación" (pág. 411), y para los jóvenes que quieran conseguir empleo rápido se deben crear "escuelas profesionales". El ambiguo —políticamente— y prestigioso jurista alemán Carl Schmitt definió este romanticismo como reaccionario. En Romanticismo político (1925), concluyó que estos personajes "hacen planes atrevidos y osadas promesas, sugieren y anuncian, responden a cada espera de la satisfacción de sus promesas con nuevas promesas, se refugian del arte en la filosofía, en la historia, en la política, pero nunca llegan a convertir en realidad las inmensas posibilidades que ellos oponen a la realidad".

De manera frecuente —véase "El maestro: creador de un saber de la vida y para la vida"— Botero cae en las trivializaciones o en las generalizaciones abstractas: el maestro "no se rige por las modas intelectuales —dice con énfasis—, busca la substancia del tiempo no en un transcurrir cronológico, sino en un discurrir de las formas de la cultura y de la vida. Es un hombre capaz de redescubrir el mundo a partir de cada cosa que hace. Un hombre para el cual no existe un mundo construido y fijo" (pág. 127), es decir, hace resaltar mentiras caritativas que se pronuncian "el día del profesor", y se olvidan los 364 días siguientes del año. En otros casos es arrojado en los juicios, y a uno, como lector, le queda la impresión de que una fuente bibliográfica fue escamoteada: "Se trata de desarrollar una cultura de la vida, de la gratificación, de lo lúdico, del goce. Propongo una erotización de la vida que mine los mecanismos del poder" (pág. 513). También en los momentos más álgidos de su polémica exposición —en "Universidad y saber", por ejemplo— pierde el hilo lógico de la narración y se dispersa en vagas ideas: de la crítica del cristianismo pasa a la decadencia de la novela y a la dispersión de los géneros literarios, luego repara en que "la lectura de Nietzsche por Freud no está muy bien documentada" (pág. 407), salta a cuestionar el vacío epistemológico en que, a su parecer, vive la filosofía, para finalmente concluir que la universidad latinoamericana debe cumplir un papel específico: hallar nuestra "identidad cultural" ante el riesgo de que nos convirtamos en víctimas del colonialismo (pág. 409).

La Nueva Era seguramente dará pie para que se encuentre lo que antes era agua y aceite: el yoga, el anarquismo tolstoiano, el surrealismo, los desertores del psicoanálisis, la antigua izquierda confundida y todas las mentalidades alternativas que preludian el nuevo milenio. ¿Será una segunda batalla contra la Ilustración? ¿El racionalismo quedará hecho trizas? Un libro como el de Darío Botero da para que el lector deduzca esa consecuencia terrible y alucinante. Tras su "pienso que hay necesidad de liberar el pensamiento y la acción de las acciones racionalistas" (pág. 58), él supone que se abre la puerta a la utopía. El reseñista cree, al contrario, que se cierra. Peor aún: queda aplazada una opción sensata de construir alguna alternativa social o, por lo menos, alguna discusión académica rigurosa que parta de su libro.

El sinuoso método de trabajo de Darío Botero acaba por afectar su forma de plantear y discutir problemas filosóficos. Él no lee con libertad o con fines menos angustiosos; lee para glosar y complementar o refutar alguna idea que le parece imprescindible. Los filósofos citados, en muchas ocasiones, no le sirven de fuente; más bien pareciera que ellos se apoyan en él. Este procedimiento, en varios de sus aspectos, se parece mucho al de Estanislao Zuleta, quien no podía escribir (¿o hablar?) tranquilo sin aportar con urgencia alguna "idea personal" que tenía sobre la multiplicidad de asuntos divinos y humanos que dominaba.

Las diferencias que, por ejemplo, tiene Botero de "tú a tú" con Rousseau, Hobbes o Locke, y su ego inflamado por súbitas ideas luminosas ("la democracia no es una forma de gobierno..., es un horizonte que el hombre ha perseguido en todas las épocas") esconden, sin duda alguna, más un problema de figuración o de ostracismo personal que una preocupación seria por lo que quiere discutir (una sociología del intelectual colombiano del siglo XX seguramente deberá incluir un amplio capítulo y una antología sobre "El ego y sus infortunios en los escritores colombianos"). Y las peroratas de Botero en favor de un mundo no represivo, donde la libido halle su expresión libre, la democracia tenga carácter directo y los ciudadanos puedan expresar libremente sus opiniones a través de obras de arte, dejan la impresión de un desesperado profesor que quiere gritar su verdad y ser escuchado en un solitario desierto (con todo lo cursi e inútil que representa esta imagen), antes que plantear de manera científica problemas filosóficos.

El poder de la filosofía y la filosofía del poder de Darío Botero Uribe, más que presentar un resultado investigativo de alguna importancia académica producido por la facultad de derecho de una universidad pública, refleja la grave crisis que ella vive y el deterioro de su calidad profesoral, los cuales en los últimos diez años se han hecho todavía más agudos. Un coctel molotov —alza en las matrículas, proliferación de currículos que se reforman cada dos meses, reducción de cupos, evidente discriminación contra el ingreso de estudiantes de sectores populares, contratación de profesores de cátedra a siete mil pesos la hora—, es decir, la herencia dejada por el exrector Antanas Mockus, son parte del progresivo ataque que desde el Estado y la universidad privada se ha hecho contra la, hipócritamente, llamada alma máter. La Universidad Nacional no lo es, porque ella hoy no representa ningún proyecto colectivo, encerrada en sus problemas burocráticos y de orden público, esto es, esperando en forma agónica quién le dé la puñalada final.

CARLOS SÁNCHEZ LOZANO