| Supersticiones de origen europeo
La filosofía en la América colonial
Germán Marquínez y Mauricio Beuchot (editores)
Editorial El Búho, Santafé de Bogotá, 1996, 383 págs.
La introducción de la filosofía en América
El primer semestre de 1981, un estudiante de filosofía de la Universidad de
Santo Tomás le preguntó a Hans Georg Gadamer al final de una conferencia
pronunciada en la Academia Colombiana de la Lengua que cómo podía contribuir su
libro Verdad y método a una aproximación al ser de Latinoamérica. La pregunta
era tan absurda, que Gadamer no la entendió y se la tuvo que hacer traducir tres veces.
Al final, habiendo advertido tal vez que no había entendido no por un problema de
traducción sino porque no había nada que entender en la pregunta, despachó a su
interlocutor con una respuesta cortés y evasiva.
Muy probablemente, más de una persona que tenga o haya tenido algo que ver con
el mundo de la filosofía en Colombia recuerde no sin espanto escenas como la
anterior cada vez que alguien se le acerca para hablarle de filosofía latinoamericana. El
tema, sin duda, despierta cierta prevención, ocasionada por las múltiples especulaciones
sobre cosas que nada tienen que ver con la filosofía y acaso tampoco con
Latinoamérica como realidad histórica como el ser de América o la identidad
latinoamericana. Sin embargo, el término filosofía latinoamericana a
pesar del descrédito a que lo han llevado sus apologetas puede significar otra
cosa.
Lo mismo que el término literatura latinoamericana no se refiere
necesariamente a la literatura que se ocupe de Latinoamérica sino a la literatura
producida por latinoamericanos o, en un sentido más amplio, a la manera que han tenido
los latinoamericanos de relacionarse con la literatura, el término filosofía
latinoamericana puede referirse, por ejemplo, a la forma peculiar como quienes se han
ocupado de la filosofía en Latinoamérica se han ido acercando a la discusión
filosófica universal.
En este sentido, los temas de estudios para alguien que se ocupara de filosofía
latinoamericana no serían el ser de América o la identidad latinoamericana sino la
manera como han sido recibidas, difundidas y transformadas las ideas filosóficas en
América Latina y también el papel que estas ideas puedan haber desempeñado en el
devenir histórico del continente. Una compilación de trabajos sobre filosofía colonial
en la América Hispana, publicada recientemente por Germán Marquínez y Mauricio Beuchot,
permite abrigar la esperanza de que quienes se ocupan del tema de la filosofía en
Latinoamérica estén en camino de alejarse de preocupaciones como la identidad cultural y
hayan empezado a trabajar en otras direcciones.
Hay un momento, sin embargo, en que en uno de los trabajos del libro el
ensayo de Beuchot sobre "La filosofía en el México colonial" se incurre,
aunque sólo de pasada y como por accidente, en el tópico de la identidad
latinoamericana. El resbalón de Beuchot es sintomático y merece la pena detenerse en él
porque muestra los problemas que implica la sola utilización del término identidad
latinoamericana. En su apartado sobre fray Bartolomé de Las Casas, Beuchot dice que
Las Casas "fomentaba la identidad latinoamericana de los indios" (pág. 24).
Ante esta afirmación, lo primero que cabe señalar es que, cuando Las Casas se
ocupaba de defender los derechos de los indígenas, Latinoamérica, como realidad
histórica, no existía. En ese sentido era imposible reconocerle a alguien una presunta
identidad todavía no definida. Además, afirmar que Las Casas atribuía a los indígenas
una identidad frente a los españoles es decir, una diferencia esencial frente a
ellos es tergiversar toda su obra. Lo que hizo Las Casas fue precisamente lo
contrario: señalar que los indígenas no eran distintos como aseguraban, por
ejemplo, quienes les atribuían una identidad muy concreta al señalar como diferencia
específica que carecían de alma sino iguales a los españoles.
Es justo reconocer, sin embargo, que a pesar del desafortunado uso del
término identidad latinoamericana en ese contexto, Beuchot parece darse
cuenta de lo anterior en la medida en que señala cómo el universalismo tomista fue la
base de Las Casas para defender los derechos de los indios. Según el universalismo
tomista, dice Beuchot, la ley natural debía ser aplicada no sólo a los europeos sino
también a los indios (pág. 25). Beuchot dice que "sobre todo" a los indios.
Ese "sobre todo" no tiene mucho que ver con el universalismo tomista sino con un
ataque de emoción de Beuchot que es mejor dejar pasar sin comentario.
En todo caso, ya el ejemplo de Las Casas aunque él no fuera filósofo en
sentido estricto muestra un poco el camino que se puede seguir para hacer una
investigación sobre la filosofía en la América Hispana; esto es, viendo qué presencia
han tenido las ideas filosóficas en la discusión americana. En el caso del libro editado
por Marquínez y Beuchot, esta pregunta se limita a la época colonial, incluyendo la
conquista, y, en algunos casos particulares, extendiéndose hasta las primeras décadas
del siglo XIX.
Germán Marquínez distingue en el prólogo tres períodos en que se puede
dividir la época colonial en lo que a la actividad filosófica se refiere. El primer
período abarca la primera mitad del siglo XVI. En este período la filosofía no se
cultiva todavía sistemáticamente pero es una especie de acompañante de las discusiones
sobre la legitimidad de la conquista y los derechos de los indígenas suscitadas por
Montesinos, Vitoria y Las Casas. Manuel Domínguez Miranda en el capítulo sobre
"La filosofía en Centroamérica durante el periodo colonial" alude a
sermones de esta época sobre la obediencia debida a las autoridades y sobre la dignidad
de los nativos en los que en ocasiones se argumenta con herramientas filosóficas. Sin
embargo, agrega Domínguez Miranda, la perspectiva y la intención de estos sermones eran
pastorales, no filosóficas. Algo parecido, según Domínguez Miranda (pág. 68), puede
decirse de la obra de Las Casas, que tal vez deba ser considerado como el representante
más importante de ese primer período. En Colombia, Marquínez señala la figura de Juan
del Valle como el más destacado representante del lascasianismo en nuestro país, donde
esta etapa todavía no académica tiene sus prolongaciones en el siglo XVII con la
discusión acerca de la naturaleza de los esclavos negros y la legitimidad o no
legitimidad de la esclavitud.
En el marco de esta discusión, Marquínez diferencia tres actitudes que
encuentra encarnadas en tres figuras representativas. En primer lugar está la actitud
meramente caritativa encarnada en san Pedro Claver. Pero además de esta actitud está
también la actitud comprensiva, representada por Alonso de Sandoval y por su obra De
instauranda Aethiopium salute (1647), y la actitud crítica, representada por
Francisco José de Jaca con su obra Relación sobre la libertad de los negros
(1647). Sandoval según da cuenta Marquínez, tiene una visión que cabría calificar más
de etnológica que de filosófica. En lo que Marquínez llama uno de los primeros intentos
de antropología aplicada, Sandoval recoge numerosos datos acerca de diversas tribus
africanas. Con todo, y aunque su intención, según dice Marquínez, era crear un marco
teórico para un trato más humano a los negros, en el cuestionamiento de la esclavitud
Sandoval no parece haber sido radical. Sobre él pesaba, según Marquínez, "el
arraigado prejuicio del origen camítico de los negros, debido al cual eran considerados
serviles por naturaleza" (pág. 147). Para justificar la tibieza de Sandoval en este
punto, Marquínez señala como el mismísimo Montesquieu, ya en el siglo XVIII,
argumentaba en favor de la justificación de la esclavitud. Jaca, en cambio, parece
representar una actitud más acorde con el universalismo tomista al asegurar que la
esclavitud es algo que está en contra de la naturaleza racional del hombre.
El segundo período abarca desde la segunda mitad del siglo XVI cuando se
fundan los primeros centros docentes hasta el final del siglo XVII, y está marcado
por una escolarización de la actividad filosófica y una hegemonía de la escolástica.
Domínguez Miranda hace una enumeración de diversos centros docentes fundados en este
período en Centroamérica, desde el convento de Santo Domingo, fundado en Ciudad de
Guatemala en 1560, hasta la Universidad de San Carlos de Guatemala, fundada en 1676
siguiendo el modelo de la Universidad de México, que, a su vez, seguía el modelo de
Salamanca. Un mapa con todas las universidades fundadas en la época de la Colonia, y con
la fecha de su fundación, aparece en la página 100 del libro de Marquínez y Beuchot.
La filosofía tenía en el modelo educativo colonial un lugar estratégicamente
importante, ya que el título de bachiller en filosofía era la llave para las otras
facultades, lo que implicaba que todo el que pasara por la universidad tenía que recibir
al menos un mínimo de formación en esta materia que, a través de la lógica y la
física aristotélica, procuraba darle ciertas bases científicas a los estudiantes y, a
través de la ética y la metafísica, transmitirles una cosmovisión cristiana. Según
Celina Lertora, en el capítulo sobre el Río de la Plata, la enseñanza en esta época
era primordialmente mnemotécnica (pág. 278).
La enseñanza filosófica como la enseñanza en general estaba
controlada por las órdenes religiosas. Guadarrama llega incluso a afirmar que el
carácter laico de la enseñanza de la filosofía sólo vendría a imponerse después de
la independencia y en algunos casos, como el caso colombiano, mucho más tarde. Cada una
de las órdenes seguía más o menos rigurosamente una corriente de la escolástica. Así
mientras los dominicos procuraban ser rigurosamente tomistas, los franciscanos se dejaban
guiar por Duns Escoto y los jesuitas por Francisco de Suárez. En alguna parte del libro
se sugiere sin profundizar en ello que la demolición de la escolástica
había empezado por dentro, con el uso de los textos de Suárez por parte de los jesuitas
(pág. 122).
Entre los escotistas se destaca sin duda el franciscano Alfonso Briceño
(1587-1668), que, según se informa en varias partes del libro, fue llamado incluso
pequeño escoto o escotico. Briceño, aunque nacido en Chile, viajó siendo niño a Perú,
donde se hizo franciscano, y más tarde enseñó en Venezuela. Dentro de los suarecistas
es destacado en Nueva Granada el jesuita Juan Martínez de Ripalda (1641-1707), el título
de cuya obra Sobre el uso y el abuso de santo Tomás muestra ya las
controversias que se daban entre jesuitas y dominicos.
Antes que ellos, el agustino fray Antonio de la Veracruz (1504-1584) había sido
una especie de puente entre el período en que se llevó a cabo una práctica pastoral con
argumentación ocasionalmente filosófica y el establecimiento de la filosofía académica
en el nuevo mundo. Este fraile según informa Beuchot escribió y dio cursos
formales de filosofía y promovió con vigor la institucionalización de la enseñanza de
esta en México, pero a la vez discutió, en su obra Relectio de dominio infedelius,
temas típicos de la primera etapa, como la legitimidad de la conquista y los derechos de
los indígenas.
Más de una vez a lo largo del libro aparecen vindicaciones más o menos
reservadas de la escolástica. En general para quienes han tenido una formación
filosófica laica, la escolástica en general y por extensión la
escolástica tardía que se dio en España y América resulta algo poco menos que
sospechoso. La escolástica y sobre todo la escolástica tardía es para
muchos algo así como un compendio de la negación de la modernidad. En el caso concreto
americano, tal como lo dice Mirko Skarika (pág. 322) en el capítulo sobre "Los
inicios de la filosofía en Chile", esta valoración negativa de la escolástica se
suele contraponer, desde el siglo XIX, a la "presunta influencia positiva del
pensamiento ilustrado en la gestación de la independencia".
Como contraposición a lo anterior, Skarika recurre para el caso
chileno a la obra de Luis Eyzaguirre Ideario y ruta de la emancipación chilena,
donde se sostiene la tesis de que la escolástica, "a la vez que mantiene viva la
concepción monárquica en los chilenos, les da a éstos suficientes luces para la
emancipación". Esas luces para la emancipación las habría dado la escolástica en
la medida en que rechazaba la concepción absolutista del Estado y de la monarquía y
conservaba "la vieja postura tradicional que reconoce la participación del pueblo en
la generación del poder, la limitación ética del mismo y el repudio a la
tiranía".
Para respaldar esta postura de Eyzaguirre, Skarika analiza dos obras
representativas de la ideología de la emancipación en Chile el Catecismo
político-cristiano (1810) de José Amor de la Patria y el Memorial a Fernando
VII de Juan de Egaña, en donde los autores argumentan en favor de la
independencia e incluso en favor del republicanismo con argumentos y modos de
argumentación de clara raíz escolástica. Skarika reconoce que hay quienes, como Sergio
Villalobos, han visto en ello más una estratagema para poder difundir las ideas
ilustradas pero agrega que "si este fuese el caso, como lo señala Villalobos,
serían en todo caso las ideas escolásticas las expresadas directamente" (pág.
337).
Lamentablemente, los otros capítulos del libro no dan pie para juzgar si en
otros lugares de América hay obras similares a las de Amor de la Patria y Egaña que
permitan extrapolar la tesis de Eyzaguirre que Skarika parece compartir a todo
el continente o si ellas sólo son una excepción y una peculiaridad chilena. Sólo María
Luisa Rivera de Tuesta (pág. 228), en el capítulo sobre el Perú, afirma en este sentido
que la filosofía de Francisco Suárez tuvo cierta influencia sobre la independencia
americana a causa de sus teorías sobre la autoridad.
Con todo, es innegable que en ciertos aspectos por ejemplo, en lo relativo
a las ciencias naturales la escolástica tardía y su influencia constituían un
obstáculo en el camino del mundo hispánico hacia la modernidad. Por eso en el siglo
XVIII la escolástica empieza a entrar en decadencia. Eso tenía que ver parcialmente con
las disputas entre las escuelas, pero también era una consecuencia de la introducción de
las ideas cosmológicas modernas que dinamitaban la cosmovisión aristotélico-tomista. A
eso hay que sumar las ideas de la Ilustración francesa, que habían empezado a abrirse
camino en España gracias en parte a la apertura provocada por el reinado de Carlos III.
En Madrid se organizaban tertulias extrauniversitarias a las que asistía, entre
otros, Feijoó, en las que se daba cabida a nuevas ideas antiperipatéticas. Para
mostrar esa reacción antiperipatética del siglo XVIII en España, Ángel Múñoz
González cita (pág. 178) un pasaje de Los aldeanos críticos (1758), del conde
de Peñaflorida, que contiene una diatriba contra Aristóteles.
A la especulación propia de la escolástica se oponía la física experimental.
Así, por ejemplo, ya en 1765, según informa Pablo Guadarrama (pág. 127) en el capítulo
sobre Cuba y las Antillas, se creó en La Habana la cátedra de Philosophia
experimentalis. Y a partir de 1760, en el Río de la Plata, la enseñanza de los
jesuitas había dejado de ser rigurosamente tomista-suarecista y se había convertido en
ecléctica.
Según Domínguez Miranda, en los últimos cuarenta años del siglo la crítica a
la escolástica ya es abierta en Centroamérica, y empieza a haber un esfuerzo intelectual
por conciliar eclécticamente modernidad y cristianismo. Naturalmente, también había
reacciones contra la introducción de la modernidad. Esta evolución y las
reacciones contra la misma la documenta Domínguez Miranda con la historia de cómo
José Simeón Cañas pidió, en 1803, que se descalificara como profesor de filosofía en
San Carlos a cierto fray Luis de Escoto, porque éste no aducía razones sino sólo
improperios contra la filosofía moderna. En cuanto a la Nueva Granada, resulta curioso el
caso de José Domingo Duquesne, sobre cuyo opúsculo Historia de un congreso
filosófico tenido en el Parnaso por lo tocante al imperio de Aristóteles (1791)
llama la atención Marquínez. Este cuento filosófico defiende el eclecticismo contra la
escolástica dogmática. Los eclécticos, según Duquesne, son quienes representan los
ideales de la Ilustración, porque, cita Marquínez, "no teniendo escuela particular
abrazan la verdad donde quiera que les parece encontrarla" (pág. 164).
Ese así llamado eclecticismo permitió la entrada de algunas ideas modernas en
la América Hispana. A lo largo del libro se encuentran referencias a influencias de Wolf,
Descartes, Condillac y Bentham en algunos autores americanos, así como a una acogida de
la lógica de Port-Royal. Sin embargo, en muchos casos el presunto eclecticismo no parece
haber sido más que una serie de concesiones estratégicas a la modernidad para mantener
incólume la espina dorsal de la escolástica. Había, como anota Domínguez Miranda, un
intento por conciliar modernidad y cristianismo (pág. 68), pero ese intento muchas veces
significaba sólo una aproximación formal a la modernidad. Así, por ejemplo, Beuchot
dice del jesuita Diego José Abad (1727-1799) que él tomaba de los modernos aquellas
cosas en las que coincidieran con la escolástica. Ese eclecticismo meramente formal tiene
en parte su explicación en que la estructura misma de los estudios universitarios no
permitía argumentar por fuera del marco de la escolástica.
Para romper ese marco fue necesario el inicio, hacia finales del siglo XVIII, de
una actividad intelectual extraacadémica que se desarrolla en tertulias y se expresa a
través de revistas. En Centroamérica, Domínguez Miranda menciona La Gaceta de Guatemala
donde colaboró José Celestino Mutis, y, ya en el siglo XIX, El Amigo de la Patria,
dirigida por José Cecilio del Valle, y El Salvadoreño. Pablo Guadarrama, en su capítulo
sobre Cuba y las Antillas, señala que hubo publicaciones, como El Mercurio Peruano y La
Gaceta Literaria, publicada en México, cuya influencia iba más allá de las fronteras de
su jurisdicción administrativa. Estas dos publicaciones, por ejemplo, tuvieron, según
Guadarrama, una gran acogida en Cuba, en donde, a partir de 1790, El Papel Periódico de
La Habana se convirtió en uno de los principales vehículos de expresión de las ideas
modernas. En Ecuador, en 1791, se funda una asociación patriótica y en 1792 aparece un
periódico de esa sociedad. También el cuento filosófico de Duquesne podría
considerarse dentro de esta actividad extrauniversitaria.
Paralelo a ello hubo, naturalmente, también intentos de reforma de los estudios
universitarios, como el planeado por el Deán Funes en la Universidad de Córdoba, en el
virreinato del Río de la Plata, o también el propuesto por Francisco Moreno y Escandón
en 1774 con su Método provisional de Estudios para los Colegios de Santafé de
Bogotá. Estos intentos, sin embargo, seguían siendo relativamente tímidos, y su
puesta en práctica fue todavía más tímida, como lo indica el hecho de que los
estudiantes y profesores que fomentaron ya en el siglo XX la reforma
universitaria de Córdoba todavía se veían forzados a argumentar en contra de la
escolástica para defender sus propósitos reformistas.
En general, a la mayoría de los autores del libro esa timidez ecléctica les
parece loable. Más de una vez, a lo largo del mismo, se encuentran críticas a la visión
negativa que ciertos intelectuales del siglo XIX tuvieron de la colonia y de la
escolástica. En ese sentido, podría decirse que detrás de este libro hay una defensa
tácita de la escolástica que, sin embargo, en pocos y aislados momentos se tematiza con
claridad. Por eso podría decirse que a este libro le falta un capítulo que trate sobre
la escolástica en general e intente una valoración de la misma. Lo más claro en ese
sentido es el capítulo sobre Chile, pero ello no es suficiente.
Ese vacío tiene que ver con un problema estructural del libro, que también es
responsable de otras carencias. Marquínez y Beuchot optaron por dividir el libro en
capítulos por países. Eso lleva a que problemas generales, como el de la escolástica
española, que afectan a todos los países, no sean tratados en ninguna parte
sistemáticamente y su tematización se reduzca a indicaciones aisladas a lo largo de todo
el libro. Por otro lado, personalidades como Las Casas o Briceño, que tuvieron que ver
con más de un país, aparecen en varios capítulos. A mi modo de ver, hubiera sido mejor
en estos casos dedicar un capítulo a Las Casas y otro a Briceño. Ambos, además,
hubieran podido ser considerados como paradigmas de una de las épocas señaladas por los
autores del libro.
En el prólogo, Marquínez advierte que a una compilación no se le puede pedir
la misma unidad que a un libro de un autor único. Eso es innegable. Sin embargo, a veces
la dispersión de este libro rebasa los límites de lo que debe ser una buena
compilación. El capítulo sobre México, escrito por Beuchot, parece un diccionario
biográfico, y ello lleva a que las muchas apreciaciones interesantes sobre uno u otro
autor se pierdan debido a la falta de coherencia con el resto del libro. Los otros
autores, en cambio, le dan más importancia a la presentación de la evolución de la
actividad filosófica que a las figuras individuales, lo cual no es de extrañar, ya que
parece ser que la abundancia de figuras individuales que hubo en México no se presentó
en ningún otro lugar del continente. En ello, sin embargo, suelen repetirse los unos a
los otros, y eso es inevitable, debido a la cierta unidad que parece presentar esta
evolución en la América colonial.
Supersticiones, eclipses y cometas
Hasta aquí, si se exceptúa lo dicho sobre Las Casas y los lascasianos, se ha
considerado principalmente en esta nota lo que podría llamarse la historia interna de la
filosofía. De hecho, el libro le da más importancia a eso que a cualquier otra cosa.
Pero la filosofía no sólo tiene una historia interna, sino tiene también una historia
de confrontación con la realidad y con las nociones cotidianas de la realidad. Esa
confrontación muchas veces se convierte en una crítica de la superstición en nombre de
la razón.
De hecho, la filosofía según la opinión tradicional empieza con la
crítica de Tales de Mileto a sus contemporáneos, a quienes el filósofo jónico trató
de convencer de que los eclipses no eran un anuncio de los dioses. Cerca de veinte siglos
más tarde, el mexicano Carlos de Sigüenza y Góngora (1645-1700), en su Manifiesto
filosófico contra los cometas según informa Beuchot, recurriría a
argumentos científicos para contradecir a quienes veían la aparición de un cometa como
el anuncio de un castigo divino.
Negarles a los cometas o a los eclipses su función de mensaje divino
es, en cierto sentido, tratar de reemplazar una visión mágica del mundo por una visión
racional del mismo. En este sentido es interesante que María Luisa Rivara de Tuesta, en
un aparte del capítulo sobre el Perú titulado "Otras expresiones del
pensamiento", se refiera a un fenómeno que se dio en Bolivia y Perú a mediados del
siglo XVII y que ella denomina "la extirpación de las idolatrías" (pág. 243).
Según informa la señora de Tuesta, a principios del siglo XVII se evidencia que
los indígenas seguían practicando los antiguos cultos y por eso se hace necesario, para
hacer más fructífero el proceso de evangelización, una discusión con esos antiguos
cultos. La señora de Tuesta cita una serie de obras y autores que se ocuparon de esta
discusión que implicaba, al menos de forma implícita, "un diálogo con los oyentes
indios". Sin embargo, de manera lamentable no se profundiza en lo que con
probabilidad implicó un primer intento de crítica racional de lo sagrado en América, y
es precisamente de la crítica racional de lo sagrado de donde suele salir la filosofía.
Desde finales del siglo pasado y a todo lo largo de este siglo ha habido
dentro y fuera de la filosofía tendencias que, antes que una crítica,
procuran una recuperación de lo sagrado. Eso es innegable. Sin embargo, el sentido de ese
proceso inverso en el que estamos empezando poco a poco a comprender que no podemos
vivir si prescindimos por completo del mito como lo pretendieron los liberales más
acérrimos del siglo XIX no puede ser entendido si primero no se concibe la crítica
de lo sagrado como un paso indispensable en la liberación y autonomización de la razón.
Sin esta liberación y autonomización de la razón no sería pensable la filosofía. ¿En
qué medida hubo en los llamados extirpadores de idolatrías una crítica de lo sagrado
que al criticar las religiones indígenas preparaba el terreno para una
crítica de la religión en general?
La pregunta queda abierta. También queda abierta la pregunta relativa al
"diálogo" que pudieron tener los extirpadores de idolatrías con los mitos
indígenas. Para que haya un diálogo tiene que haber un terreno común. Se sabe
aunque en este libro no se hace alusión a ello que entre algunos religiosos
fue común el intento de ver las religiones indígenas como un cristianismo deformado. A
partir de esta idea se podía intentar crear un terreno común y se podía, desde una
perspectiva pastoral, procurar reinterpretar el contenido de las religiones americanas
orientándolas hacia el cristianismo. Ese proceso tiene que ver con la hermenéutica en la
medida en que se trata de intentar reconocer lo propio en lo extraño para así intentar
un diálogo y una aproximación comprensiva.
Una alusión a ese intento de diálogo entre dos esferas culturales hubiera
podido llamar la atención de Gadamer en aquella noche de 1981 si el estudiante de la
Santo Tomás se hubiera referido a eso y no a las nebulosas del ser de América. Hace
poco, en un diálogo sostenido en el Kunstmuseum de Bonn, Dieter Nenrich le preguntó a
Gadamer si él todavía creía que fuera posible el diálogo entre dos esferas culturales.
Gadamer contestó que había algo que lo llenaba de esperanza a ese respecto, y era la
recepción que se había dado de la música europea en Japón.
Si los japoneses podían sentir, entender e interpretar la música europea, era
entonces porque las culturas no eran mónadas aisladas y porque había posibilidad de
comunicación entre ellas. De la misma manera el diálogo entre diversas religiones que se
dio en América y que en muchos casos condujo al sincretismo, como es bien
sabido podría ser un campo interesante para la hermenéutica. El caso del Inca
Garcilaso de la Vega (1539-1616) a quien la señora de Tuesta no le dedica
suficiente atención también puede ser un estímulo hermenéutico. El Inca
Garcilaso cuya figura muchas veces es reclamada por los apóstoles del
indigenismo podría ser entendido y de hecho hay quienes lo han
intentado a la luz de su relación con el neoplatonismo. La señora de Tuesta indica
cómo, entre las obras del Inca, se encuentra una traducción de los Diálogos de amor
de León Hebreo, una obra clásica del platonismo judeoespañol. Cabría preguntarse
en qué medida hay un eco del platonismo en las otras obras del Inca.
De ser así, la obra del Inca podría leerse viendo cómo él se iba encontrando
en lo otro. Aunque, en el caso concreto del Inca, habría que preguntarse dónde estaba lo
otro. Cierta tradición americanista tendería a pensar que lo otro, para el Inca, era lo
europeo. Pero cabría pensar exactamente lo contrario. En todo caso, ya en el caso del
Inca, y en el caso de todo lo que se aproximara a la filosofía en la América, se puede
ver un proceso de europeización del pensamiento en nuestro continente y de la visión del
mismo.
Pensaba escribir una europeización de la visión de América. Pero sobre la
marcha me di cuenta de que eso sería un pleonasmo. La visión de América no pudo ser
nunca europeizada porque América como una unidad es desde el comienzo una
idea de origen europeo. Incluso quienes miran con nostalgia hacia los indígenas, y se
imaginan el mundo indígena antes de la llegada de los españoles como una especie de
paraíso, no hacen otra cosa que rendirle culto al mito europeo del buen salvaje. En ese
sentido, el llamado americanismo no es más que una superstición de origen europeo contra
el cual probablemente la filosofía también pueda ayudarnos a luchar.
RODRIGO ZULETA |