| Viaje por la selva de hoy
El Tapón del Darién. Diario de una travesía
Alfredo Molano y María Constanza Ramírez.
Textos complementarios de César Monje.
Fotografías de Richard Emblin
El Sello Editorial, Santafé de Bogotá, 1996, 174 págs.
El Sello Editorial suma a sus anteriores títulos este libro, testimonio sobre la
cruda realidad de una carretera programada para cruzar el llamado Tapón del Darién, y
empatar la carretera Panamericana que viene desde Alaska hasta la Patagonia.
El sociólogo y economista Alfredo Molano y la economista y bióloga María
Constanza Ramírez realizaron una travesía desde Medellín hasta Panamá cruzando el
Darién colombo-panameño por la ruta que sigue el trazado eventual de la carretera, y
desde Panamá fueron hasta Cartagena en un transbordador que viaja desde la ciudad de
Colón hasta La Heroica, como una posible opción para pensar que el puente que una a
Centro y Suramérica sea establecido por mar y no por tierra, como lo pretende el proyecto
de la Panamericana.
Este diario de viaje por la selvas que interrumpen el asfalto de la ruta
Panamericana, es, en síntesis, una descripción del horror que representa la
civilización occidental en países del tercer mundo, presionados por potencias,
extranjeras a su territorio, pero dueñas de su economía y hasta de su ámbito cultural.
Colombia y Panamá, los dos países entre los que se interpone el Tapón del
Darién, están descritos, bajo la lente de Molano y Ramírez, como las colonias de un
poder superior: el de los norteamericanos, bajo cuyas reglas se ve influenciado el diario
acontecer de sus habitantes y su propio hábitat, con ejemplos concretos que ratifican
esta posición, como el hecho de que la ganadería extensiva, enemigo fatal en el lado
colombiano de esta selva, está prohibida en Panamá sólo como una protección impuesta
por los norteamericanos para que la aftosa no cruce Centroamérica y se instale en las
ganaderías de Texas y Kentucky, o anécdotas que permiten dejar en claro cómo los
panameños del Darién, que tienen a todos los colombianos por guerrilleros y
narcotraficantes, sólo adquieren empatía con éstos cuando el factor "gringo",
enemigo común, está de por medio.
El poder del dinero y las influencias políticas a nivel interno en cada uno de
los dos burocráticos estados, el panameño y el colombiano, también están vistos, en
esta bitácora, como factores determinantes que contribuyen a la destrucción de la selva
del Darién.
Históricamente, narra el libro, en territorio colombiano los habitantes
indígenas de la zona se vieron desplazados por los negros que llegaron a estas tierras.
Luego vinieron los chilapos (mestizos, en su mayoría de los departamentos de
Córdoba y el sur de Bolívar, desplazados por la violencia), quienes a su vez fueron
desplazados por industriales, casi todos antioqueños, constructores de carreteras y
hacedores de fincas de ganadería extensiva y cultivos de banano. Estos últimos vendieron
muchas de sus propiedades, ya escrituradas por el Estado, a los narcotraficantes, durante
el llamado boom de los carteles de la droga en la década del ochenta. Hoy, por la
persecución impuesta contra los narcos colombianos, algunas de estas fincas fueron
expropiadas por el gobierno o simplemente abandonadas por sus dueños y de nuevo vuelven a
estar ocupadas por chilapos.
Con referencia al lado panameño, Molano y Ramírez no van a las raíces
históricas tanto como a la actualidad política del país, para hacer mención de la
forma corrupta como se maneja la adjudicación de contratos para la explotación de los
grandes aserríos que día a día arrasan el bosque sin reforestarlo, bajo la impunidad
absoluta por parte del Estado.
En una prosa muy amena, de la que difícilmente se desprende el lector, el único
reproche es el tono a veces un poco editorial con el que razones dadas y a veces inclusive
repetidas enfatizan el argumento de que los ricos, desplazando a los pobres, acaban con el
ecosistema del Darién colombo-panameño. No porque este argumento sea falso, no, sino por
la forma en que aparece, insistentemente presentado en el texto, es a veces un poco
fatigante durante la lectura. El argumento político-social termina siendo retórico.
Sin embargo, un acierto editorial logra neutralizar un poco este tono. Se trata
de los capítulos insertados entre una y otra de las escalas del viaje de Molano, Ramírez
y sus acompañantes. Aquí, con textos del biólogo César Monje y citas de cronistas de
distintas épocas, desde la conquista hasta el siglo XIX, con explicaciones técnicas o
párrafos descriptivos se sitúa al lector, bien sea dentro del contexto puramente
científico -lo escrito por César Monje-, o en un plano que permite comparar la
descripción hecha en el pasado con la realidad actual descrita por el libro: los
cronistas.
Las fotografías de Richard Emblin y el material gráfico de apoyo que acompañan
esta edición aparecen plenamente justificados en el texto, pero, por la disposición que
se les dio entre las páginas y los tantos y tan distintos tamaños, se vuelven incómodos
de ver. La parte gráfica de este libro, para la que claramente se hizo un exhaustivo
trabajo de investigación que reúne, además de las fotos actuales, ilustraciones de
distintas épocas, es una amalgama difícil de mostrar y que al ser tan extensa requiere
de mucho más espacio físico del que se le proporcionó.
A este respecto, a todo lo largo del libro se nota demasiado la mano del
diagramador, lo que distrae en vez de ayudar en el pasaje de las páginas.
Pero bien, dejando de lado la visión crítica frente a su forma, está claro que
este libro es testimonio de una cruda realidad que, sin importar cómo esté enfocada para
narrarla, es fatal: el Darién colombo-panameño está destinado a desaparecer. Con o sin
la construcción de la carretera Panamericana, o la de un canal interoceánico, tan en
boga por estos días, y no sólo en función del interés económico de unos cuantos
ganaderos, agricultores y aserradores, o del interés político de aquellos a quienes este
factor socioeconómico fortalece -guerrillas, narcos, militares, paramilitares-, sino
también porque la mayor parte de los habitantes de esta región del mundo tienen como
única alternativa la de seguir domesticando para su propio beneficio cada pedazo de selva
que se les cruce por delante, en procura de su diaria subsistencia. Los seres humanos del
Darién viven como prisioneros de una selva que ellos mismos se están comiendo.
Prácticamente ninguno llegó a este lugar por voluntad propia. Casi todos fueron o
llevados o empujados hasta allá, un rincón olvidado del mundo, por razones ajenas a su
propia voluntad. En su lógica no existe el explotar este sitio en procura de mantenerlo;
al contrario, se trata de dominarlo para convertirlo en el hábitat anterior que habitó
cada uno antes de estar condenado a la selva.
JUAN SIERRA |