| Puentes que fueron
Vida en amor y poesía
Carlos Martín
Instituto Caro y Cuervo, serie La Granada Entreabierta, Santafé de Bogotá, 1995, 611
págs.
Esta Suma poética recoge 10 de las obras de Carlos Martín, publicadas
entre 1939 y 1993. Se trata de una antología complementada al final con Otros poemas,
y, en su fase inicial, con dos interesantes ensayos del mismo autor: "Así nació
Piedra y Cielo" y "Entre realidad y trascendencia". Por supuesto,
encontramos además una Presentación, y distintos Comentarios a la obra de
Martín, el benjamín de "Piedra y Cielo", cuya palabra poética -a
través de la Suma- se ve siempre signada por la concepción que de la poesía tuvieron
los creadores piedracielistas más representativos (excluyendo al nariñense Aurelio
Arturo, naturalmente, que es como un cosmos aparte, reconocido en su real trascendencia
solamente por las actuales generaciones). El mismo Aurelio Arturo es causa y aliento de
algunos de los poemas de Carlos Martín. Pero la ascendencia mayor, incuestionable, es la
del chileno Pablo Neruda -y no tanto de Huidobro, como se nos señala en alguna parte del
libro-. Sí hay otras ascendencias reconocidas: Valéry, Eluard, Rilke,... ¿qué autor no
las posee? otra cosa es que éstas se reasimilen -se reciclen- y adquiera el poeta, por
fin, las direcciones de su voz interna, que tienen que ser únicas, y que dan un sello
personal, intransferible, característico de la autenticidad creadora. Según esto, nos
parece que lo que ocurre con Carlos Martín sucede con sus coterráneos espirituales de
Piedra y Cielo. Sus voces son parecidas, hermanadas por un mismo ideal de la poesía, y
sus resultados importantísimos dentro de la literatura colombiana, si convenimos en que
constituyeron un remezón de las anquilosadas posturas poéticas de su tiempo, encabezadas
por Guillermo Valencia, sobre todo. Pero este vuelco que ellos ocasionaron no implica el
broche de oro. Pues aparte del nuevo y necesarísimo aliento que insuflaron en la poesía
colombiana, no hay conclusiones extraordinarias en la obra de Carlos Martín, como tampoco
en sus compañeros de ruta y extravío. Los lugares que reiteran los poemas de Carlos
Martín, abundantes en "jazmines y suspiros", "arroyos",
"sueños", "ruiseñores", "sollozos", "ángeles",
"mariposas", "ruinas", "agonías", "luceros",
"rosas", "arpas", "tumbas", y "llanto" ya, sin
ninguna duda, están paralizados, no prestan la menor utilidad dentro del proceso actual
de la poesía colombiana, para no hablar de la de más allá, a la que, desafortunadamente
nunca accederá nuestro poeta Martín. Y la razón principal de la auténtica poesía es
su retransformación perdurable, un estado poético al que cualquier contemporáneo
-de hoy o de mañana- pueda asomarse con emoción y asombro, y no como ante un paisaje que
no persuade, que muestra en alguna esquina el resquebrajamiento de lo trillado o, por lo
menos, de lo que fue un día, pero ya no lo es, de ninguna manera.
Hay poemas relativamente conmovedores, es cierto, a lo largo de esta Suma,
y los más son resultado de una permanente mirada ante el transcurso del tiempo y la
consiguiente nostalgia por el pasado, el pasado geográfico y humano, las voces que
desaparecieron pero subsisten en la memoria del poeta -no de la poesía-. Por todo esto,
no es aventurado concluir que Carlos Martín, en nuestro medio, es un poeta de buena
factura, que, sobre todo, cumplió con su cometido, en su momento, a manera de puente
renovador que, sin embargo, es ahora un puente partido: Se esgrime la misma poesía ante
sus hacedores, cuando el tiempo los cuestiona, los apuntala o los pulveriza; paradoja que
muy pocos creadores superan ampliamente, hasta que también a ellos les llegue su día.
La poesía de Carlos Martín, como la de los otros piedracielistas, tiene la
singularidad de habitar un castillo de naipes de palabras, donde el menor soplo de
realidad le hace tambalear, o, en el mejor de los casos, caer, para así conformar un
enjambre de estrellas... ¡ perdón!..., de palabras.
GUILLERMO LINERO |