| ¡Eh Ave María, pues!
Diccionario folklórico antioqueño
Jaime Sierra García
Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 1996, 399 págs.
Refranero antioqueño
Carlos García, César Muñoz
Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 1996, 292 págs.
Refranes y dichos
Roberto Cadavid Misas (Argos)
Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 1996, 417 págs.
La editorial de la Universidad de Antioquia ha publicado tres desiguales trabajos
sobre el habla y el folclor de esa región; habla y folclor, en estos casos
la distinción parece necesaria. Diferentes en concepción, en presentación, en
resultados, pero muy semejantes en el propósito de singularizar el acervo léxico de la
cultura antioqueña, tan anclada en lo popular y tan vigorosa como expresión de una
cultura específica de este país despedazado en regiones.
Son tres diccionarios: El refranero antioqueño es el fruto más
visiblemente académico de todos; tiene origen en los estudios lexicográficos del
Departamento de Lingüística y Literatura de la Universidad de Antioquia. Es el trabajo
que expone con mayor claridad las motivaciones iniciales y los criterios de selección y
organización de la fraseología incluida. Digamos que fue el trabajo más preocupado por
orientar al lector. Según los criterios expuestos por los profesores Carlos García y
César Muñoz, la fraseología reunida es la correspondiente a casi toda la historia del
habla popular antioqueña de este siglo (1900-1992); y las fuentes fueron diversas: desde
textos literarios, que son más valiosos como documentos que como literatura en sí,
pasando por obras lexicográficas anteriores que tienen un valor parcial, hasta llegar a
la información oral proveniente de 150 hablantes antioqueños.
Refranes y dichos de Roberto Cadavid Misas (Argos), el
versátil ingeniero civil que terminó siendo un amable vigilante de los pormenores de
nuestra lengua, contiene un material organizado de manera menos estricta, casi a manera de
miscelánea, sin cumplir con los rigores de la disciplina lexicográfica; pero es un
diccionario más variado y menos pudoroso, con el aderezo de los oportunos y alegres
comentarios del autor. El trabajo está fundamentado en un estrecho contacto con la
tradición oral antioqueña, y ese es tal vez el mayor mérito de este diccionario, que
parece ceñirse al colorido desvergonzado de lo que Mijaíl Bajtin -el autor clásico de
los estudios de cultura popular-habría llamado "la palabra festiva, libre y
plenamente lúcida". Allí, en el diccionario de Argos, el habla
popular antioqueña está expuesta sin omisiones ni eufemismos, sabia y vulgar a la vez,
con todas sus bajezas y grandezas.
El Diccionario folklórico antioqueño, preparado por Jaime Sierra
García, goza de la presentación más ampulosa. Mayor formato, mejor calidad de papel,
hermoso diseño de la carátula; esta obra ya había sido editada en 1984. Sin embargo, es
la obra que deja más dudas acerca del rigor de su elaboración. No vamos a cuestionar el
interés permanente de Sierra García por los estudios de cultura popular, tampoco vamos a
subestimar la abundancia de información que incluye el trabajo, que desborda la
especificidad de los otros dos diccionarios mencionados. Pero revisado su diccionario, es
notoria y lamentable la ausencia de alguna explicación sobre los criterios filológicos
que nutrieron la organización del texto, la selección de vocablos, la extensión en
ciertos términos, la inclusión y supresión de ciertos nombres propios. Es más: debió
exponer la idea de folclor que hizo posible incluir información sobre escritores,
personajes y pueblos antioqueños. El diccionario termina dejando la apariencia de un
documento sumamente ecléctico y erudito -la extensa bibliografía presentada al final lo
corrobora- que no parece ceñirse a un propósito en particular. La descripción de las
ciudades del Gran Caldas es deplorable y parecen incluidas en el esquema del diccionario
sin mucha convicción. A propósito: Sierra García olvidó, o acaso no conoce, el
inventario de personajes, creencias y locuciones que distinguen la cultura popular del
Viejo Caldas, que sin duda tiene sus matices. Recuerdo, precisamente, los esfuerzos algo
solitarios pero significativos del profesor manizaleño Octavio Hernández Jiménez;
también recuerdo los estudios de un grupo de jóvenes sobre el primer titiritero de
guiñol del país, un artesano cuyo nombre era Sergio Londoño Sepúlveda y que puso en
escena mucho del acervo de creencias y valores de la cultura popular antioqueña. El autor
prefirió incluir innecesariamente en su diccionario folclórico semblanzas biográficas
de escritores que poca o ninguna relación tuvieron o desearon tener con la cultura
popular, como León de Greiff. Para tal caso, podría haber preparado un diccionario
aparte de escritores.
La información que contiene el Diccionario folklórico antioqueño es
útil, claro, será fuente para muchos menesteres relacionados con el estudio de la
cultura de Antioquia. Sin embargo, el lector no hallará una orientación inicial para la
consulta. En definitiva, al diccionario de Jaime Sierra García le hizo falta un prólogo
orientador sobre los criterios de recopilación, selección y organización del abundante
material.
Antioquia es una cultura que ya no se sabe dónde comienza y dónde termina; por
eso estos diccionarios son esfuerzos de nomenclatura muy relativos. ¿Qué vocablos pueden
declararse nativamente antioqueños o criados y moldeados dentro de las fronteras
dialectales de esa región? ¿No es, al fin y al cabo, la tradición popular española la
que fija la gran parte del material paremiológico que compone estos diccionarios? Quizá
la singularidad antioqueña reside en la propagación y revitalización continua de los
significados, de las variantes expresivas que ha incluido a través de la historia al
producto lingüístico de base. Aún más: el vigor de la cultura popular antioqueña
consiste en que su habla invadió los terrenos de los intelectuales, y muchos de ellos
terminaron siendo sus portavoces. Varios de ésos fueron notables exponentes de esa
necesaria biculturalidad de los intelectuales que, gracias o a pesar de su refinamiento,
pudieron entablar diálogo con el acervo cultural del pueblo común. Por eso quedan
legados tan notorios en ese aspecto como la obra de Tomás Carrasquilla o las incursiones
en los terrenos lingüísticos de Rafael Uribe Uribe, por citar apenas un par de casos
entre muchos.
Hasta comienzos de la década del ochenta, un balance sobre los estudios sociales
concentrados en Antioquia demostró que predominaban los asuntos económicos. El
historiador Jaime Jaramillo Uribe se encargó de advertir que hacían falta estudios
"sobre lo que podríamos llamar la cultura popular". Pues bien: estos
diccionarios contribuyen, con sus vacíos, desvíos o excesos, a encontrarle asidero al
estudio de un objeto tan difuso como es la cultura popular.
La necesidad de esos estudios no reivindica el narcisismo regional, sino la
importancia de partir desde preocupaciones más concretas. Lo más dañino, por ejemplo,
para los estudios historiográficos, es el afán generalizador sin partir del acumulado de
estudios de realidades específicas. Tal vez haya sido el poco rigor de muchos trabajos el
que desalentó los estudios regionales en cualquier aspecto, pero siguen siendo las
culturas locales de este país tan diverso una de las principales vetas para la formación
de nuevos investigadores.
Estos trabajos recuerdan a los estudiosos de las ciencias sociales prioridades
que no deben olvidarse y que suelen morir en los supuestos refinamientos culturales del
academicismo universitario. Con desgraciada frecuencia encuentra uno en los centros de
"alta cultura" cierto desprecio por establecer lo popular y lo regional como
categorías trascendentes para cualquier tipo de análisis. Parten muchos profesores
universitarios de la implícita o explícita separación entre una cultura compleja y
refinada de las elites y aquella incoherente y elemental cultura del pueblo que no merece
un ensayo sesudo del crítico de arte o del comentarista musical o del aséptico analista
de la literatura. Una clase, por ejemplo, de historia del arte colombiano contemporáneo
no se sale con frecuencia del canon impuesto por los hitos de los "grandes artistas
nacionales", aunque siempre habrá que pasar por el nacionalismo de los artistas del
grupo Bachué que quisieron tener alguna noción de patria representando el "corazón
de la gleba".
Quienes somos víctimas, verdugos o reproductores inconscientes de la idea según
la cual la vida cultural de la nación se concentra en Santafé de Bogotá, como si la
capital colombiana fuese un centro cosmopolita y no una parroquia más de un país
secularmente provinciano, debemos estimar en toda su dimensión estos aportes recientes
patrocinados por la editorial de la Universidad de Antioquia.
GILBERTO LOAIZA CANO |