Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 43. Volumen XXXIII.   1996. Editado en 1997
 

El dolor que significa crecer


El terror de sexto B
Yolanda Reyes
Alfaguara, Santafé de Bogotá, 1995,
78 págs.


Yolanda Reyes, profesora que enseña literatura a niños y grandes y a quien todavía desvelan pesadillas comunes a muchos de nosotros, como aquella tan terrible del inminente examen de matemáticas para el cual no se tiene ninguna preparación y se desconocen todas las respuestas, escribe un librito de ocho cuentos en los que, de alguna manera, se pretende romper con esa mirada llena de olvidos y lugares comunes con que los adultos recomiendan a sus hijos el colegio, como si realmente fuera "la época más feliz de la vida", "el mejor de los tiempos", corroborando aquel adagio popular que asegura que todo tiempo pasado fue mejor.

El tono confidencial y un lenguaje en el que se escucha la voz del adulto que aún conserva algo del candor juvenil, harán de este un libro aceptado por los lectores jóvenes. Sus frases ordenadas y nítidas interesarán a la imaginación de quienes seguramente van a identificarse, en un ambiguo juego de complicidades y distancias, con una persona mayor que decide contar las cosas tal como son, derribando los viejos clichés que, a decir verdad, son sólo eso, al menos para los estudiantes, que seguramente lo saben mejor que sus propios padres.

Se recurre entonces a pequeñas historias que ilustran algunos momentos por los cuales han pasado los estudiantes de todos los tiempos. Aquí radica el valor del relato, pues son estas historias las que tienen el poder de hacer sonreír, o quizá padecer, en una momentánea identificación con alguno de los jóvenes narradores.

El que se acuda a múltiples voces logra que las páginas de este libro parezcan muchas más. Distintas miradas convergen cada una en sentimiento, en un problema específico. El héroe, o al menos el personaje más cuidado por la autora, parece ser el "terror de sexto B", un niño a quien sin duda los educadores de hoy llamarían hiperactivo y que sólo en ocho páginas se dibuja como un ser imaginativo, siempre en problemas, alguien que se ha dejado agobiar con la pesada carga de ser el más necio de la clase. Aquel que puede humillar a sus profesores, sin mala intención, por supuesto, con el único fin de distraerse y divertir a sus compañeros. Su creatividad para recrear lo llevará un día demasiado lejos, motivo por el cual arrastrará, quizá para siempre, el amargo sabor de la culpa.

El lector encontrará otras historias que transcurren lejos de la tiza y el tablero. Como la de Santiago, un niño de once años que padece los efectos de un primer amor y, para colmo, de un amor de verano con una extranjera a quien nunca volverá a ver. Esta experiencia, fugaz como solo pueden serlo los amores en esa época y en esas circunstancias, transporta a Santiago desde la alegre despreocupación de la niñez hasta la introspección, la tristeza y ese terrible y perdurable sentimiento de soledad, característico de la adolescencia y en general de la vida.

Los personajes, niños que pronto dejarán de serlo y que atraviesan fugaces por las páginas del libro, están enfrentados a un doble aprendizaje: el del colegio, con sus tareas casi siempre aburridas, las normas incomprensibles, los horarios despiadados, y el de la vida que llama a explorar el mundo, a integrarse a los amigos, a reconocerse a través de ellos, y que, en virtud de esa misma fuerza, procura disculpas para posponer durante las vacaciones esos deberes escolares que a veces pierden todo significado frente a la diversidad que ofrece un mundo al que se va conociendo como si fuera otro libro y que ofrece sus normas, también duras, con frecuencia injustas. Finalmente, el lector reconocerá en la escuela un espejo del mundo. Es por ello que se prohibe pintarlo con los tonos rosa de la evocación. El trato con la vida y con los seres humanos trae consigo amarguras y durezas.

El humor es un elemento que podría haberse explorado mejor. Apenas si se insinúa en situaciones ridículas, como la de la mamá que malhumorada sale a llevar a su hijo al colegio en piyama, con el sueño todavía enredado en los ojos sin pintar, para sufrir en su auto una avería, o como la fugaz escena en la que el terror de sexto B logra espantar al profesor de inglés con un esqueleto. Así mismo, el mundo de lo onírico se dibuja mal, como si se temiera explorar esa vida oculta en la que los niños participan mejor que los adultos.

El sueño, la magia, la imaginación, habrían podido utilizarse como recurso para escapar del mundo de las prohibiciones, de las normas, de las tareas que se llevan el tiempo libre. La anécdota del árbol abonado por los chicles que los niños entierran bajo sus ramas y que gracias a este tratamiento especial crece hasta convertirse en el más alto del mundo, no logra convencer. Resulta mucho mejor cuando la autora nos lleva al mundo real, al de los castigos y las matrículas condicionales, las madrugadas, la tarea que nunca se hizo.

El colegio pasa a ser una especie de escenario en el que se representan los primeros dramas de la vida. Aquí se enfrentan soñadores, enamorados, buenos y malos estudiantes, niñas feas a quienes se humilla por eso, a las que se adula por ser bonitas, valientes y cobardes. Y siempre, en cada uno de ellos, la mirada que evalúa, que juzga, que mira sin compasión dramas como el del niño deportista que sacrifica su libertad a los ensayos con la esperanza de ganar, no una medalla, sino el respeto de sus iguales, la aprobación de los mayores, el amor de la niña de la que está enamorado.

Este libro es un llamado de atención al sistema educativo que podría enseñar divirtiendo. Pero es también un reconocimiento al dolor que significa crecer, despertar al amor, al desengaño, a la soledad. Seguramente la autora despertará muchas inquietudes entre sus lectores.

MARÍA CRISTINA RESTREPO L.