| El dolor que significa crecer
El terror de sexto B
Yolanda Reyes
Alfaguara, Santafé de Bogotá, 1995,
78 págs.
Yolanda Reyes, profesora que enseña literatura a niños y grandes y a quien
todavía desvelan pesadillas comunes a muchos de nosotros, como aquella tan terrible del
inminente examen de matemáticas para el cual no se tiene ninguna preparación y se
desconocen todas las respuestas, escribe un librito de ocho cuentos en los que, de alguna
manera, se pretende romper con esa mirada llena de olvidos y lugares comunes con que los
adultos recomiendan a sus hijos el colegio, como si realmente fuera "la época más
feliz de la vida", "el mejor de los tiempos", corroborando aquel adagio
popular que asegura que todo tiempo pasado fue mejor.
El tono confidencial y un lenguaje en el que se escucha la voz del adulto que
aún conserva algo del candor juvenil, harán de este un libro aceptado por los lectores
jóvenes. Sus frases ordenadas y nítidas interesarán a la imaginación de quienes
seguramente van a identificarse, en un ambiguo juego de complicidades y distancias, con
una persona mayor que decide contar las cosas tal como son, derribando los viejos clichés
que, a decir verdad, son sólo eso, al menos para los estudiantes, que seguramente lo
saben mejor que sus propios padres.
Se recurre entonces a pequeñas historias que ilustran algunos momentos por los
cuales han pasado los estudiantes de todos los tiempos. Aquí radica el valor del relato,
pues son estas historias las que tienen el poder de hacer sonreír, o quizá padecer, en
una momentánea identificación con alguno de los jóvenes narradores.
El que se acuda a múltiples voces logra que las páginas de este libro parezcan
muchas más. Distintas miradas convergen cada una en sentimiento, en un problema
específico. El héroe, o al menos el personaje más cuidado por la autora, parece ser el
"terror de sexto B", un niño a quien sin duda los educadores de hoy llamarían
hiperactivo y que sólo en ocho páginas se dibuja como un ser imaginativo, siempre en
problemas, alguien que se ha dejado agobiar con la pesada carga de ser el más necio de la
clase. Aquel que puede humillar a sus profesores, sin mala intención, por supuesto, con
el único fin de distraerse y divertir a sus compañeros. Su creatividad para recrear lo
llevará un día demasiado lejos, motivo por el cual arrastrará, quizá para siempre, el
amargo sabor de la culpa.
El lector encontrará otras historias que transcurren lejos de la tiza y el
tablero. Como la de Santiago, un niño de once años que padece los efectos de un primer
amor y, para colmo, de un amor de verano con una extranjera a quien nunca volverá a ver.
Esta experiencia, fugaz como solo pueden serlo los amores en esa época y en esas
circunstancias, transporta a Santiago desde la alegre despreocupación de la niñez hasta
la introspección, la tristeza y ese terrible y perdurable sentimiento de soledad,
característico de la adolescencia y en general de la vida.
Los personajes, niños que pronto dejarán de serlo y que atraviesan fugaces por
las páginas del libro, están enfrentados a un doble aprendizaje: el del colegio, con sus
tareas casi siempre aburridas, las normas incomprensibles, los horarios despiadados, y el
de la vida que llama a explorar el mundo, a integrarse a los amigos, a reconocerse a
través de ellos, y que, en virtud de esa misma fuerza, procura disculpas para posponer
durante las vacaciones esos deberes escolares que a veces pierden todo significado frente
a la diversidad que ofrece un mundo al que se va conociendo como si fuera otro libro y que
ofrece sus normas, también duras, con frecuencia injustas. Finalmente, el lector
reconocerá en la escuela un espejo del mundo. Es por ello que se prohibe pintarlo con los
tonos rosa de la evocación. El trato con la vida y con los seres humanos trae consigo
amarguras y durezas.
El humor es un elemento que podría haberse explorado mejor. Apenas si se
insinúa en situaciones ridículas, como la de la mamá que malhumorada sale a llevar a su
hijo al colegio en piyama, con el sueño todavía enredado en los ojos sin pintar, para
sufrir en su auto una avería, o como la fugaz escena en la que el terror de sexto B logra
espantar al profesor de inglés con un esqueleto. Así mismo, el mundo de lo onírico se
dibuja mal, como si se temiera explorar esa vida oculta en la que los niños participan
mejor que los adultos.
El sueño, la magia, la imaginación, habrían podido utilizarse como recurso
para escapar del mundo de las prohibiciones, de las normas, de las tareas que se llevan el
tiempo libre. La anécdota del árbol abonado por los chicles que los niños entierran
bajo sus ramas y que gracias a este tratamiento especial crece hasta convertirse en el
más alto del mundo, no logra convencer. Resulta mucho mejor cuando la autora nos lleva al
mundo real, al de los castigos y las matrículas condicionales, las madrugadas, la tarea
que nunca se hizo.
El colegio pasa a ser una especie de escenario en el que se representan los
primeros dramas de la vida. Aquí se enfrentan soñadores, enamorados, buenos y malos
estudiantes, niñas feas a quienes se humilla por eso, a las que se adula por ser bonitas,
valientes y cobardes. Y siempre, en cada uno de ellos, la mirada que evalúa, que juzga,
que mira sin compasión dramas como el del niño deportista que sacrifica su libertad a
los ensayos con la esperanza de ganar, no una medalla, sino el respeto de sus iguales, la
aprobación de los mayores, el amor de la niña de la que está enamorado.
Este libro es un llamado de atención al sistema educativo que podría enseñar
divirtiendo. Pero es también un reconocimiento al dolor que significa crecer, despertar
al amor, al desengaño, a la soledad. Seguramente la autora despertará muchas inquietudes
entre sus lectores.
MARÍA CRISTINA RESTREPO L. |