Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 43. Volumen XXXIII.   1996. Editado en 1997
 

Una elipsis del mar para revisitar Lisboa


Fernando Pessoa. El ángel marinheiro, Mar portuguez
Tarcisio Valencia Posada
Taller El Ángel Editor, Medellín, 1996, 12 págs., ilus.


Sumergirse en la obra de Fernando Pessoa (1880-1935) implica asignarle similar sentido de lucidez y sensibilidad que le otorgó a la saudade el poeta lusitano, el cabalista, el tipógrafo, el alquimista, el traductor, el ensayista, el astrólogo, el acicate de empresas culturales vinculado a la vanguardia literaria y plástica de su país, el representante de la modernidad en lengua portuguesa de este siglo; mayor es el reto cuando el poeta hizo de la saudade un término intraducible, porque su significado va mas allá de la nostalgia, y se aclimata en ese extraño estado de situación poética y vital, signado por la sinceridad del fingimiento. Valencia Posada logra con creces una lectura lúdica e inteligente del poeta portugués.

Diluidos y entrecruzados los lenguajes tanto de Pessoa como del critico colombiano, se convierten en ensanches en donde la poesía irradia el ensayo y el ensayo permea la poesía de las 30 secciones del libro. La riqueza del material iconográfico que los acompaña, condensa instantes de la biografía vital de Pessoa y de su ambiente cultural contemporáneo. Se complementa con la seductora traducción de Mar portuguez, realizada por Ram Betancourt Seixas.

No se trata de una biografía, ni de una fría disección de su obra; se trata de un testimonio-lección de cómo llegar al hueso con el calor del abrazo. Las cartas que el autor del texto envía a Pessoa llevan el aliento de una cultura y sensibilidad, guiada por el signo de Lezama Lima, que le permite profundizar en la idea de que en todo cuanto existe hay una ficción ingénita. El género epistolar recupera la idea del lusitano, quien -nos recuerda Valencia- escribió cartas de amor ridículas, ya que sólo las criaturas que no han escrito jamas cartas de amor son las que son ridículas.

En efecto, en las cartas de amor ridículas -recuérdense las escritas por Pessoa a Ofelia- estan la ciudad, el amor, la enfermedad, el cansancio, el desgano, la felicidad, la soledad. Ellas contienen, en su acercamiento conversacional, el germen o el acto de una escritura, los gestos que diluyen la arbitrariedad de la palabra a distancia. Por eso arriesga el ensayista la suya, y le confiesa ser amante de historias de los santos, las fábulas de Esopo, los diez mandamientos, los quince misterios del rosario, los diarios de poetas y pintores, las crónicas de Indias, los sueños de la vigilia, las historias de las miradas, el hambre, la doctrina de la gracia, los ángeles, las furias, los espermatozoides...; en fin, ser amador de la poesía de su poesía.

Pessoa, el cantor de las moradas míticas de Lisboa, ciudad que con sus ríos y casas de colores lo forzó a ser siempre el poeta de sus versos, aparece aquí en sus dimensiones relevantes. Sus heterónimos, surgidos desde su infantil y adolescente estancia en Durban (Sudafrica), van aquilatando su asimilación y decantación de la literatura inglesa, hasta la posterior irrupción de Baudelaire y Edgar Allan Poe como "faros de luces negras".

En el viaje a través de los heterónimos del poeta, Valencia Posada erige pórticos de los diversos sueños de Pessoa, despliega en la escena poética las varias personalidades encarnadas en sus mas conocidos heterónimos. Alberto Caeiro se nos aparece como el guardador de rebaños que tiene ruedas, pero no tiene esperanzas; su vida es un carro de bueyes. Ricardo Reis, el hombre tranquilo educado en colegio jesuita, cuya vida fue un ruido, sentado junto al río viéndolo y oyéndolo correr, es un habitante de Brasil; se nos aparece mas bajo, mas fuerte que Alberto Caeiro, sin educación ni profesión alguna; su estatura media y frágil es apta para un horóscopo de Pessoa.

Álvaro de Campos, quien fijó un estado de alma en versos, poeta como Pessoa, su verdadero amigo. Este ingeniero naval, nacido en Tavira, el 15 de octubre de 1890, con sus 1,75 de estatura, es magro, tendiente a curvarse, tipo vagamente judío-portugués, como su poesía. Bernardo Soares nos recuerda su infancia con lagrimas; es inofensivo y abomina con nauseas el misticismo activo; jamas pretende encontrar la verdad o reformar el mundo. Sus saudades fueron tan solo literatura; un desasosiego atraviesa su libro.

Fernando Pessoa, por su parte, disfruta de errar sin parar, le agrada la tristeza imaginativa, cree en la poesía, toma partido por el arte, pues "la gran diferencia entre Arte y Política -expresó- es la de que el Arte no tiene odios". En síntesis aquello que evidenciamos es la afirmación de Pessoa: "Sólo me encuentro cuando de mi huyo". Para tal empresa, le dio vida a la orquesta oculta que es su alma y supo conocerse a si mismo como sinfonía Sus heterónimos no son mascaras ni seudónimos; son el poeta escindido y reencontrado.

En el texto, reconocemos al poeta lusitano, mas que hablando sobre las palabras y las cosas, al que superó equívocos políticos y estéticos, hablando siempre desde y con el mar, cuyas modulaciones evocan el sentido primigenio de la palabra que siente y fluye con ritmo marino, para no existir dentro de si mismo, sino en la intuición de la ley de correspondencias entre micro y macrocosmos. Pessoa renace con la idea de viajar, cantar y leer toda una vasta visibilidad del mundo.

Asistimos en el texto al privilegio del mar-símbolo, que cobra el color de los montes, e intuimos bellos barcos con nombres de luz y mujeres; vemos surgir -fundido entre cabos, arenales, anclas, libros, redes y pescadores- al hombre vigía de los mares, sin naufragios. Pero en medio de esta inmersión cósmica, hay desasosiego. Callar el desasosiego seria la perfección; escribir sobre él es un acto imperfecto. Pessoa opta por hacerlo a través de las imágenes del sueño puro; es decir, con un valor por encima de la vida. Nos recuerda que el poeta es un fingidor, pero sobre todo que "En la verdad y en el error,/ en el gozo y el malestar,/ sé tu propio ser./ Sólo podrás hacer eso soñando"; saberse feliz es conocerse pasando por la felicidad, aunque enseguida haya que dejarla atrás.

Pessoa, el soñador de un poema sin faltas, escribe fragmentos sobre lo inexistente, el poema como patria ideal, aunque sea consciente de que escriba para olvidar aquel surtidor que es su propia desesperanza. Le repugnan los museos porque son imagen de la vida entera y prefiere la prosa al verso. Al fin y al cabo, la poesía sigue siendo "algo infantil, mnemónico, auxiliar, inicial". La elige -y no es ni se ve como un elegido- porque ciertas metáforas le eran mas reales que la gente que anda por la calle.

Si el sansebastianismo era para Pessoa un regreso del alma de la patria a la reconstrucción, su lectura secularizada le hace amar el mar, en el que Urano y Neptuno rigen los destinos y la reconstrucción de Portugal, de si mismo. En esa empresa estética y ética, el reposo sosiega la inteligencia, reconociendo que "el arte difiere de la ciencia, no en que el arte es subjetivo y la ciencia objetiva, sino en que la ciencia procura interpretar y el arte crear".

El libro de Valencia no es una expansión argumental; es una concentración de imágenes interpretables, una elipsis del mar para revisitar Lisboa, para hablar no sobre Fernando Antonio Nogueira Pessoa, sino para conversar con el ángel marinheiro de Lisboa, el marinero que sueña -desde la tumba de los Jerónimos- la patria ideal, y nos recuerda que sus heterónimos son formas de la modernidad poética, propicios para destrampar los excesos escriturales del sentimiento, y opción poética ante la ley fatal de la sintaxis que rige nuestros actos y nuestra percepción del instante cotidianos y poéticos. Pessoa asumió, a su modo, la pregunta-corroboración de Hölderlin: "¿Para qué el poeta en tiempos de miseria?". Digamos, provisionalmente, que para quitarle la herrumbre a la vida, pues trocó la pregunta por el cómo superar la miseria misma.

ADOLFO CAICEDO PALACIOS