| Una reseñista mordida por los perros de la
duda
Simulacros de amor
Pedro Badrán Padaui
Editorial Magisterio, Santafé de Bogotá, 1996, 85 págs.
Por ahí hay una sentencia que dice "nobleza obliga". Entonces, fiel a
ella, lo primero a lo que quiero referirme al hablar de este conjunto de cuentos es a la
labor en pro de la literatura colombiana que está haciendo la editorial que lo produce.
En una de las páginas finales del libro, en las que se reseñan los títulos publicados
en la colección, vemos que han editado ensayo, cuento y poesía, todo esto de autores
nacionales. Esto en sí es un gran progreso con respecto a otras épocas, pues estimula el
hecho de que se escriba (y las cosas se vean algún día publicadas), lo cual, a su vez,
por lo menos teóricamente, debe hacer que mejore la calidad de los escritores y
escritoras. Un aplauso para Editorial Magisterio por su apoyo a la cultura nacional.
Ya pasando al libro propiamente dicho, no he de negar que los perros de la duda
me muerden con ahínco. ¿Debería ser blanda con los autores colombianos simplemente por
un sentido de solidaridad de patria, por el hecho de que son escritores más bien recién
nacidos (con grandes excepciones obviamente) o porque ya dije que era bueno que les
publicaran sus obras? Por otro lado, ¿no dicen por ahí que quien nos critica
constructivamente, en última instancia, nos hace un regalo y no una ofensa? Bien,
apartando un poco a los mencionados canes, creo que eso es lo que me gustaría hacer con
el autor de estos cuentos. Me gustaría decirle que tiene madera estilística pero que los
temas escogidos son en su gran mayoría bastante sosos. Yo sé que existe una tendencia a
hacer de lo cotidiano materia de la literatura, pero ese es un arte que han dominado sólo
unos cuantos (como Pavese o Carson McCullers, para citar dos ejemplos de manejo magistral
de esta temática, la cual, a mi entender, requiere una gran penetración en la
psicología de los personajes). Si no se hace bien, se puede llevar al lector o lectora a
un tedio total, a una aburrición que en nada se compadece del objetivo que la gran
mayoría buscamos en la lectura, sobre todo en épocas como la actual, en que poco tiempo
queda para dedicarse a tan nobles menesteres.
Uno a uno, los cuentos son: Borradores de un cachorro seductor, sobre un
joven de quince años que fracasa en el intento de seducir a una mujer mayor; La
secretaria (tal vez el más vulgar de todos), que versa sobre los amores entre un jefe
y una (adivinaron) secretaria; El percance de un rojo corvette, que no sólo acaba
en punta sino que también empieza en punta; Divertimento geométrico (tal vez el
mejor de todos), que recurre al recurso del cuento dentro del cuento, tan bien logrado por
Mishima en Caballos desbocados; Retrato del pintor y su dama, que
trata del manido tema del pintor loco que se enamora de un fantasma (y que, por lo demás,
es un intento fallido de generar un misterio); Fragmentos de una teoría filosófica,
el único divertido de todos, ya que en el fondo parece encerrar una aguda crítica a los
intelectuales; El abrazo de Roland Barthes y la ruleta, el cual tiene un título
sugestivo pero de ahí no pasa, y El Mermaids está cerrado para siempre, en el
cual la sensación de aburrición ya es tan grande que no logra involucrarlo a uno. En
fin... Si se tuvieran que calificar estos cuentos, mi inclinación sería al empate; es
decir, a ponerle un ni fu ni fa que dice tener relación con el hecho de que, a pesar de
que hay talento estilístico, éste se enfoca en la dirección equivocada.
MIRIAM COTES BENÍTEZ |