| Le faltó
Paso a paso
Irene Vasco
Carlos Valencia Editores, Santafé de Bogotá, 1995, 62 págs.
Este relato para adolescentes, o quizá para niños y hasta para adultos que
deseen repasar lo que hoy en día es uno de los aspectos mas dolorosos de la
"realidad nacional", y escrito por Irene Vasco, autora de otros libros
infantiles e interesada en despertar entre las gentes jóvenes la afición por la
literatura, pretende, a través de la escritura en primera persona, enseñar lo que le
ocurre a una familia marcada por el secuestro.
Las escenas del libro, demasiado escuetas como para darle una dimensión de mayor
profundidad a la tragedia que indudablemente viven la madre, la abuela y los hermanos de
la narradora, se suceden unas a otras en un tiempo lineal y angustiado, que corre, sin que
los personajes puedan adivinarlo, hacia el olvido, reflejando los pensamientos de una
quinceañera, quien, sin previo aviso, se enfrenta una mañana con la violencia
representada en un puñado de campesinos sucios, armados con fusiles o ametralladoras
-nunca pudo reconocerlas-, y que irrumpen en el placido escenario de la finca para
llevarse a su papa. Allí no habrá ni una despedida, ni un abrazo que vuelva a manifestar
el amor.
El libro enfrenta también el mundo de los adultos con el de los niños y los
jóvenes: el padre, Enrique, a quien la esposa comienza a mencionar por su nombre a medida
que el tiempo pasa, adquiere características de héroe al hacer lo que casi nadie:
prohibir que se pague por su rescate. Condena a muerte asumida y firmada voluntariamente,
teniendo en cuenta que esta enfermo y que por ello mismo le será difícil resistir
durante mucho tiempo las duras condiciones de un cautiverio.
Varios son los temas que se esbozan apenas, pues la brevedad del relato no
permite otra cosa. El destino, esa fatalidad que a la manera de una ruleta rusa ha querido
que sea don Enrique, quien jamas estuvo amenazado y del que no se sabía que tuviera
enemigos, el que caiga en manos de los traficantes de seres humanos. Esta también este
otro tema común en la literatura, el de la inocencia perdida; la de los niños, víctimas
de su propia pérdida y de la inclemente curiosidad de sus compañeros en el colegio. La
de las adolescentes, Patricia y Catalina, enfrentadas a sus culpas, a los odios y
fantasmas que van naciendo en su propio mundo interior. La de la madre, quien, sin
confesarlo, ira descubriendo a través de la ausencia lo que para su vida significaba la
presencia de un esposo a quien creía amar. También se perfila el tema de la rivalidad de
las hermanas que, de tanto ser comparadas, terminan por ver en las cualidades que a cada
una le faltan, en los defectos de la otra, su propia imagen, pero al revés, como en un
espejo. Y como si fuera poco, estas sesenta paginas dan cabida al tema del amor, que es
apenas una insinuación, una esperanza.
Es notable la claridad del relato, que entrelaza un lenguaje cotidiano y sin
rebuscamientos con las frases cortas que llevan el ritmo propio de la narración. Al
comienzo no se sabe si la voz que cuenta es la de una niña pequeña, la de una
adolescente, como realmente ocurre, o de una mujer adulta.
Llama la atención el conocimiento que tienen los niños sobre la violencia: por
sus mentes atraviesan imágenes de secuestrados, siempre el padre de alguien, hombres
encarcelados durante meses en la oscuridad, interrogatorios sin fin, torturas que
corroboran aquella otra, real, pues no ha ocurrido en la televisión, de los campesinos
armados, del soldadito que los acompaña de regreso a la ciudad con una ametralladora que
apunta al techo del carro y, sobre él, al cielo. En este momento la posición de la
autora se hace difusa y uno no sabe si el libro pretende denunciar, o simplemente recrear
la perplejidad, la debilidad y la entereza de una niña de quince años que cuenta cómo
les cambió a todos la vida después de esa mañana en la finca.
Otras formas de violencia se manifiestan también: la de la prensa, indiferente
al dolor de la familia, capaz de tejer historias alrededor de la historia real para
complacer a un público ávido; la del establecimiento, que, incapaz de proteger a nadie,
se muestra también incapaz de un rescate o de una respuesta a la incertidumbre. La de la
fiesta que se organiza alrededor de un suceso infausto, la curiosidad de las amigas de la
madre que acuden a consolarla y ordenan vasos de agua, tazas de café, secretamente
felices porque, al menos por esta vez, la fatalidad ha elegido a otros.
Y en medio de tanto alboroto, del teléfono que al comienzo puede traer una
esperanza y que al dejar de sonar creara la desesperanza y finalmente la aceptación,
llega Manuel, el profesor de los niños. ¿Imagen del padre? En todo caso imagen de lo
sensato, de la esperanza, de la buena fe y el desinterés. No es raro, entonces, que
Patricia se enamore de él.
El mayor logro del relato esta en la forma como se insinúa el cambio de
conciencia que sufren los cuatro niños. Los miedos infantiles desaparecen. El diablo, las
brujas y los fantasmas, dan paso a otros temores, no menos reales pero sí mas concretos.
El miedo a lo desconocido, al futuro, a la orfandad. A medida que la esperanza desaparece,
la narradora y sus hermanos van ganando en sabiduría, en conocimiento y profundidad.
Finalmente no queda sino recuperar al padre a través de sus cosas.
Los documentos guardados en el estudio son el último vínculo con la madre, los
libros con la menor de las hermanas, la fuerte, la que nunca llora. La música le recuerda
a Patricia los domingos, cuando su padre se quedaba en casa para escuchar ópera, sin
hacer caso a las protestas de sus hijos.
El tiempo, esos interminables dos años que tan rápidamente pasan en el relato,
va borrando el dolor. La fuerza de las acciones realizadas día a día en ausencia del
padre, se impone. Dos años han bastado para que la esperanza abra paso a la desesperanza,
y ésta a su vez a la aceptación, a la vida.
El zumbido de la batidora que mezcla los ingredientes para la torta de
cumpleaños de Catalina es el símbolo de ese olvido y esa aceptación. Tal vez nunca se
vaya a saber cómo ni cuando murió su padre. La única que todavía reza por él es la
abuela. Y hasta se puede aceptar lo que antes habría sido imposible. La madre parece mas
contenta sin su marido. Ahora vive su vida, puede engordar, ha dejado de ser una esclava
de la belleza, y hasta se da el lujo de pensar en sí misma. Por eso tal vez el timbre que
suena sin que el lector sepa nunca quién es, deja un final abierto aunque no muy
original.
El relato contiene todos los elementos necesarios para conformar una buena
novela. Con un poco mas de tiempo y de paciencia se habría logrado.
MARÍA CRISTINA RESTREPO L. |