| Narrativa y crítica gozan de buena salud
La novela colombiana ante la crítica, 1975-1990
Luz Mery Giraldo
(coordinación y compilación)
Universidad del Valle y Pontificia Universidad Javeriana de Santafé de Bogotá, Cali,
1994, 372 págs.
La nueva literatura colombiana, en una de sus quincenas narrativas vitales
(1975-1990), ha profundizado, desde formas de expresión, en su moderno "locus
terribilis" (la ciudad, muerte del padre, salvación del recuerdo, la historia, el
lenguaje, la soledad cósmica, el desencanto de ideologías mesiánicas), bajo los signos
de protesta y promesa, arraigo y desarraigo, utopías y decadencias. Del conjunto de
ensayos se desprende que naufragamos, sana o insanamente, bajo el signo del "carpe
diem" del lenguaje narrativo.
Los veinte ensayos compilados por Luz Mery Giraldo, incluido el prólogo,
contienen elementos para ser tomados en cuenta al emprender la tarea de elaboración de la
historia crítica de la narrativa colombiana del siglo XX, en un momento heterogéneo,
pospatriarcal. El texto, producto del esfuerzo de unir en un solo texto 18 lectores
profesionales, manifiesta pluralidad de voces frente a un mismo fenómeno en que cada
crítico toma el todo o la parte. La compilación, dividida en tres partes, irrumpe con la
mirada panorámica de tendencias narrativas anteriores y posteriores a García Márquez
(primera parte: "La nueva narrativa colombiana"), pasado por el examen de
aquellos narradores resbaladizos -por enjabonados- al tratar de asirlos, por cuanto
participan de "una tradición renovadora" (segunda parte), hasta los análisis
particulares tanto de los autores consagrados -léase en su significación literal- como
de las nuevas voces ("¿Quién mata al Padre?". Yo creo que sigue siendo Kafka).
La confluencia de abuelos, padres, hijos y nietos de la narrativa colombiana
(sobra aclarar, y sus plurales femeninos) dialoga, pues, con un mosaico crítico -algunos
ensayos ya publicados; otros, reelaborados, los restantes, conocen su primera versión-.
También la recepción es materia de la vida literaria, asunto que en verdad nos ocupa, un
tanto en detrimento de la valoración de los narradores mismos. Siempre habrá, como en
toda compilación, ausencias (José Félix Fuenmayor, en los antecedentes; en los
novísimos: Eduardo García Aguilar, entre varios). Por otra parte, confieso no haber
leído todas las novelas estudiadas o referidas.
El humanista mexicano Alfonso Reyes, desde su acertada visión profesional del
quehacer literario -que conjugaba la tradición y el cosmopolitismo, el respeto y la
parodia-, concebía el ejercicio de la crítica literaria dentro de dos polos: el
impresionismo y el juicio; en el centro de ellos: la exégesis. El impresionismo es la
crítica artística, creación provocada por la creación, no parásita -como injustamente
se dice-, sino inquilina, y subordinada a la creación sólo en concepto, no en calidad,
puesto que puede ser superior al estímulo que desata. El juicio, corona del criterio, es
aquella alta dirección del espíritu que integra otra vez la obra considerada dentro de
la compleja unidad de las culturas. Y hacia el centro del eje crítico se halla la
exégesis que admite la aplicación de métodos específicos (ya históricos, ya
psicológicos, ya formales), que se ha convenido en llamar la ciencia de la literatura.
Aunque varios ensayistas buscan equilibrar estas tres direcciones, el énfasis es
inevitable. No obstante la variedad de enfoques e intereses, hay en todos los trabajos un
denominador común que salta a la vista, por su manera de exposición, por su afán de
rigor, por la seriedad de sus propósitos científicos, por su atención a las divisiones
y subdivisiones posibles; en una palabra, por el refinamiento de su metodología, rasgo
que les da un aire de familia, y arroja -la mayoría de las veces- buenos frutos; son
legibles.
Quizá la tiranía de una tradición impresionista en la crítica literaria
colombiana, que durante decenios produjo tantos esperpentos lingüístico-ideológicos,
que clausuraba la exploración, comprensión y acercamiento crítico, haya menguado la
expresión de esa fase de "iluminación cordial" que es el impresionismo;
aparece tenue. Se observa, en cambio, un exceso de respeto por la exégesis; nadie se
permite una cacofonía, un sano anacronismo, una marca de expresión emotiva que comparta
su acto de recepción. Tal exégesis está amparada con los más diversos ingredientes
sólidos: el psicoanálisis junguiano, la narratología de Genette, la hermenéutica, la
sociocrítica, la filosofía del lenguaje de Bajtin, la añoranza de la estilística. Se
alude a la "ruptura" de cánones y modelos ideológicos, históricos, aunque no
sabemos exactamente cuáles son; tal vez porque ya están rotos en las novelas o cuentos.
El juicio se arriesga. En la mayoría de los ensayos, suenan con saludable impronta las
voces de Eduardo Camacho Guizado y de Rafael Gutiérrez Girardot -cada uno con sus
personales diagnósticos y perspectivas- sobre la literatura colombiana, que han llevado a
quitar la hojarasca literaria, a dilucidar temas, estilos, épocas, tradiciones resueltas
e irresueltas, perspectivas narrativas; su sentido de alta crítica nos ha enseñado a no
ser miméticos, a no saquear de modo complaciente y cómodo otra cultura, sea francesa,
colombiana o de otras latitudes. Hay desembarazo positivo de esquemas generacionales; se
auscultan nuevas interpretaciones de símbolos, se rememoran tópicos literarios
constantes y vitales (el viaje); se distinguen, usualmente, las marcas sociohistóricas,
de la atosigante historiografía oficial.
El conjunto de ensayos corrobora el hecho de que somos una cultura de la mirada.
La fotografía, el cine, el periódico, la revista, los calidoscopios, los cubos de
cristal, el cubo Rubik, giran ante nuestros ojos. También el lenguaje de la crítica se
nutre notoriamente de estas imágenes de reflejos y refracciones. Nuestra oralidad
secundaria -desde hace cinco siglos- desatiende la relación boca-oreja, el ritmo. Pero,
ahora que se está convirtiendo en tradición la frase que goza de muchos adeptos, la
"tradición de la ruptura", el verbo romper -sin haberlos contado lápiz en
mano- se impone en la mayoría de los trabajos. Casi todos los narradores rompen, todo es
romper. Tómese el verbo con cualquier sustantivo, adjetivo, adverbio, etc., y se augura
que en la narrativa colombiana todo se ha roto o está en tránsito de ser roto. Casi
todas las obras examinadas son metaficción, esto es, el texto habla de su propio acto de
escritura: resultado de la perplejidad, duda, gozo o conciencia de querer provocar
lesiones narrativas. Creo que se puede decir pronto y claramente, recordando, por ejemplo,
a Don Quijote, o, acudiendo al código visual, por ejemplo, a Las meninas de
Velázquez.
Un tour de force desafortunado, resultado de generalizaciones gratuitas,
apremio de querer aclimatar el discurso de la posmodernidad, se evidencia en el ensayo
"Del mito a la posmodernidad", del teórico del género y novelista Álvaro
Pineda Botero (págs. 97-112). A pesar de su apoyo en Bajtin y en Iser, la clasificación
de las novelas (mítica, histórica, regional, cosmopolita, posmoderna,¡neocolombiana!) y
su vagas caracterizaciones, depara tropiezos. Insinuemos un hilo. A propósito de la
narrativa regional, en alguna ocasión comentaba un narrador mexicano (tal vez Eraclio
Zepeda) que a veces es mucho más provinciana y regional una obra cuya acción ocurre y da
vueltas en las cuatro paredes de un hotel o de un apartamento de una gigantesca ciudad que
el universalismo perceptible en una extensa e ilimitada llanura o en pueblos diseminados,
como se lee, por ejemplo, en las obras de Juan Rulfo. En este sentido, no creo que la
madurez narrativa de Eduardo Camacho Guizado se sienta bien entre los escritores
regionalistas (pág. 103), ni que la certera prosa de Ramón Illán Bacca muerda o se
acerque, porque sí, a la posmodernidad (pág. 111). Tienen mucho más que disfrutar de
ese incómodo compartimiento estanco.
Frente a la desigual y polémica primera parte del libro, las dos siguientes son
promisorias. Y, dentro de éstas, mayor remanso para el goce y la comprensión de los
autores, me producen tres textos lúcidos y exentos de obsesión por las rupturas, como
los de Mario Rey en torno a Zapata Olivella; Alfonso Cárdenas sobre la obra de Rojas
Herazo; y Fabio Jurado sobre la obra de Fernando Vallejo. Son textos-voces que incitan a
lo sensorial, a lo social, a lo conversacional. Combinan, de manera equilibrada, gusto sin
lirismos inocuos, interpretación sin mostrar demasiado el aparato metodológico, y
criterio, sin juicios cerrados, pues convidan a la lectura o relectura sin la obsesión de
querer matar al padre creador (autor). Así mismo, los ensayos de Cristo Figueroa, Luz
Mery Giraldo, Jacques Gilard y Óscar Torres animan la lectura o relectura de Rodrigo
Parra Sandoval, Fanny Buitrago, Óscar Collazos y Rafael-Humberto Moreno Durán,
respectivamente. Otros autores continúan independientemente de sus críticos. Otros
críticos frenan el impulso (James Aistrum).
Tanto la narrativa colombiana como su crítica literaria gozan de buena salud.
Esta última escucha la voz de los autores, sus cambios de tono y búsqueda; la mayoría
manifiesta la madurez de quienes saben percibir el diálogo entre prosa y poesía, los
acercamientos entre el ensayo y la ficción, la amalgama temática y sus recursos
expresivos. Podremos no estar de acuerdo con la orquesta, pero la mayor parte de los
instrumentos están bien afinados, aúnan intelecto y pasión, sin desbordarse ni
anonadarse. Si la nueva imaginación de la narrativa colombiana busca un lugar en la
memoria de la cultura, ello revela, no tanto un signo de psicología torturada, sino cómo
hacer imágenes memorables en medio de la desesperanza. No hay en este libro una relación
entre amo (novelista) y esclavo (crítico), que exprese loa o censura. Incluso de
admitirse tal vínculo, tomemos en cuenta que "mientras no se duda del amo, no sucede
nada. Cuando el esclavo ha sonreído comienza el duelo de la historia" (Reyes)
-complementemos-, el duelo de la historia crítica de la literatura colombiana.
ADOLFO CAICEDO PALACIOS |