Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 43. Volumen XXXIII.   1996. Editado en 1997
 

Una cosmovisión armónica


Ideas y prácticas ambientales del pueblo embera del Chocó
Camilo Antonio Hernández
Colcultura/Cerec, Santafé de Bogotá, 1995, 159 págs.


Si se desea penetrar al mundo conceptual de la nacionalidad indígena embera sobre la naturaleza y a las prácticas que de él se derivan, y no sólo conocerlo desde afuera, no es sino dejarse llevar de la mano del antropólogo Camilo Antonio Hernández y acompañarlo, por mediación de su libro, a un penetrante recorrido por el hábitat de esta sociedad que ocupa las selvas de la costa Pacífica de Colombia, Panamá y Ecuador, como también una buena parte de la llamada selva de montaña en numerosas regiones del país, sobre todo en las vertientes de la cordillera Occidental.

Resultado de su convivencia de varios años con los emberas del Pacífico, a través de su trabajo con la Fundación Natura, y de su recorrido por los textos de otros autores que, de alguna manera, han abordado o rozado el tema que le preocupa, el texto es vívido y absorbente, pues logra combinar con éxito la información y la reflexión de segunda mano con el sentimiento de su propia vivencia. Por eso, en una primera instancia y bajo el rigor de la academia, el escrito aparece un tanto desordenado; pero una segunda lectura nos señala que tal vez se trata del "desorden" normal de la vida, poco dada a transcurrir encasillada en el marco estrechante de las categorías y la lógica de la ciencia, sino, más bien, siguiendo la suya propia, esa lógica de lo real.

No podía faltar una introducción etnohistórica que ubica los antecedentes de la cobertura del actual poblamiento embera y su conformación a partir de migraciones y guerras, tanto con grupos que perviven aún, como los tules, por ejemplo, como con otros que habitaron históricamente en el Chocó y cuya existencia se prolonga en las historias propias, cargados de nuevos sentidos, como los carautas y bibidigomiás. Pero también las migraciones y circunstancias que poblaron el Alto Baudó y otros ríos de la costa Pacífica que hoy son hábitat de los emberas y materia de atención en el texto.

Las historias que se narran constituyen también la fuente a partir de la cual se reconoce la cosmovisión embera, en especial en lo que toca a la conformación del universo con sus diferentes mundos, los cuales, por encima de las múltiples versiones, se sintetizan en tres: el de arriba; éste, en donde moran los hombres; y el de abajo, mundo invertido que constituye la patria de los Yámberas.

Por supuesto y tratándose de los emberas, el trabajo se encuentra muy pronto con los jaibanás, a quienes debe dedicar una buena parte del texto, pues son ellos los ejes fundamentales sobre los cuales se sostiene toda la relación de su sociedad con el resto de la naturaleza, en la medida en que sobre ellos descansa el manejo de las relaciones que constituyen la territorialidad, tanto aquella interna al grupo, como la que tiene que ver con los territorios de los demás seres del mundo.

Paso a paso, el texto muestra la manera como los jaibanás realizan su papel en cada uno de los aspectos que se les relacionan: las concepciones acerca de su origen, el proceso de aprendizaje y la iniciación con que éste culmina, los materiales que utiliza en su trabajo, la ceremonia de cantar jai y demás actividades.

Pero es esencialmente en el análisis de su relación con los jais y otros "seres míticos" en donde su papel de mediador entre la sociedad y la naturaleza, posible por su carácter de ser a la vez social y natural, aparece en forma manifiesta. En este aspecto, es importante el cuerpo de categorías que el autor propone para diferenciarlos y, a la vez, agruparlos: monstruos de los sitios, hombres del monte, jais de la enfermedad y la salud, espíritus de los muertos.

Sobre la base de todo lo anterior, el texto desarrolla la relación que el jaibaná mantiene con las actividades de caza y pesca, aquellas que son más propias del ser embera, en especial la primera de ellas, que los hace cazadores a pesar del papel creciente y, en algunos sitios preponderante, de la agricultura. Espacio privilegiado para entenderlo es el de las transformaciones de los hombres y los animales, en la medida en que "la fauna silvestre y la población humana hacen parte de la misma dinámica". De ahí que el embera, a la vez que es cazador, es cazado por los animales de presa. En la negociación que posibilita la cacería, el jaibaná debe comprometerse, a veces, a entregar algunos miembros de su grupo para que sean cazados ellos mismos, todo sobre la base del principio de la reciprocidad. Al mismo tiempo, según el autor, se trata de un proceso necesario para conservar el equilibrio en el seno de la naturaleza, en la medida en que limita también el tamaño de la población humana y actúa como un mecanismo de control demográfico.

Pero el mundo que puede derivarse de las historias propias de los emberas es un mundo ideal, que correspondió a los tiempos antiguos. Hoy, las condiciones han cambiado; el impacto de la colonización, de la explotación de los recursos naturales y otros factores, han llevado a que la "ideología ecológica" de los emberas sea cada vez menos operativa y se vaya desfasando respecto de la realidad. Al jaibaná le es cada día más difícil poder orientar a su gente en el logro de una cacería o una pesca exitosa. De este modo, su papel se va minimizando y su figura va decayendo.

Este factor ha ido convirtiendo las antiguas guerras de jaibanás en una de las causas de la extinción de los mismos, pues se han ido saliendo de control, al romperse las condiciones en que antes tenían lugar.

Mención especial requiere el tema acerca de los sueños del cazador. Se sabe que, como en otras sociedades indígenas, los sueños desempeñan un papel de gran importancia para la vida embera en su conjunto, y no solamente en relación con el saber y la actividad del jaibaná. Así, las señales oníricas son de gran importancia para la actividad de caza y pesca; el cazador no hará nada si sus sueños le indican perspectivas negativas para sus expediciones en busca de los animales; lo contrario puede llegar a costarle la vida y, en el mejor de los casos, lo llevará a una correría infructuosa. "Sueño y vigilia se integran" en la medida en que el jaibaná, además, puede manejar los sueños.

Al lado del jaibanismo y las indicaciones de los sueños, un amplio y profundo conocimiento etológico es también garantía de éxito para el embera en sus trabajos. Este saber no es sólo de tradición oral (mucho de él está en las historias propias), sino que responde también a un permanente proceso de indagación. La correlación e interacción entre plantas, animales y humanos tiene como uno de sus modos de concreción la "ombligada", mediante la cual se busca dar al ser humano cualidades que pertenecen a plantas y animales.

De este punto de vista, es bastante novedoso el tratamiento de una temática que, por lo general, se menciona poco: la relación entre las plantas, los animales y el amor, la cual tiene sus primeras manifestaciones con la llegada de la adolescencia, tanto para los hombres como para las mujeres, aunque para los primeros no se celebra ya una iniciación propiamente dicha. Son innumerables los procedimientos mediante los cuales los emberas buscan integrar a su vida amorosa características que corresponden a la vida que existe en la selva.

El texto termina con una exposición del sistema de interpretación y clasificación de flora y fauna por parte de los emberas, en el cual la mutua interpretación de los seres, en cuanto alimentos unos de otros, desempeña un papel de importancia; también la idea de que todos los recursos que el hombre emplea tienen un principio animal resulta clave para entender el conjunto de tales interrelaciones.

LUIS GUILLERMO VASCO URIBE
Profesor titular
Departamento de Antropología
Universidad Nacional de Colombia