| Según monseñor Builes, al que leyera El
Tiempo se lo llevaba el diablo
Manual de redacción
El Tiempo
Santafé de Bogotá, 1995, 278 págs.
Dado el alcance de su origen, se ocupa esta reseña de la tercera edición del Manual
de redacción de El Tiempo de Bogotá, que con el Manual de estilo gráfico
constituyen las principales guías para sus periodistas en el ejercicio de la profesión.
El manual contiene reglamentaciones internas que una empresa privada se da a sí misma
para su funcionamiento, y trasciende al público como información especializada por
voluntad de sus editores. En efecto, su publicación ofrece también utilidad didáctica
para otros medios, estudiantes de periodismo y demás personas interesadas en el tema.
Manuales hay para todo en todas partes, pero los manuales de redacción de los
grandes diarios interesan a sus lectores no sólo por curiosidad, sino también porque
contienen información actualizada y enseñanzas oportunas, concretas y concisas sobre
aspectos del lenguaje común, además de que permiten adivinar la enredada trama de un
medio tan endiablado que sus directores se asombran cada día -a pesar de la técnica- de
ver salir a la calle lo que en algún momento, pocas horas antes, les hacía dar
puñetazos y patadas a las rotativas.
La descripción del contenido, como sería de rigor, implicaría un repaso por el
índice general. En atención al lector, se ofrece una idea abreviada mediante los temas
por capítulos: Los principios. Normas periodísticas. Normas sobre el idioma. Signos
ortográficos y tipografía. La titulación. Las fotografías. La defensa del lector. Y
nueve apéndices de consulta práctica: Consejos y advertencias. Diccionario de siglas y
acrónimos. Abreviaturas. Países, capitales y gentilicios. Topónimos extranjeros y
países y ciudades que han cambiado de nombre. Equivalencias de temperatura. Unidades
monetarias de los países del mundo. Diccionario de palabras y frases de otros idiomas.
Tablas de conversión de pesas y medidas.
Las normas contenidas en el manual resultan de la adaptación de una larga
experiencia a la actualidad y a las nuevas tecnologías que con el propósito de convertir
el inglés en lengua universal afectan la estructura de los demás idiomas.
El capítulo referente a los Principios es la fachada ética que las grandes
empresas conservan como herencia de sus fundadores.
Las puntillosas instrucciones a sus empleados, aunque publicadas con propósito
ejemplarizante, son de orden administrativo y quedan fuera de una reseña bibliográfica.
El periodismo, como servicio comercial robotizado, combate por lo único que vale
la pena combatir en el mundo actual, que es el mercado. Adopta, por lo tanto, estrategias
de neutralidad, imparcialidad y tolerancia que generan indiferencia en pueblos que no
piensan porque lo consideran inútil y han delegado esa función en los poderes.
Todos los manuales pretenden la máxima eficacia dentro de su relativa
funcionalidad. Aunque su composición extreme los cuidados, la imposible perfección
siempre es esquiva: la encuadernación deja escapar las hojas, algo no queda claro,
subsisten las dudas, una norma resulta incompleta, los errores son inevitables. Por lo
cual los manuales están siempre en permanente actualización.
Las faltas en los diarios se excusan, porque se sabe que son producto de muchas
manos apresuradas y la corrección de pruebas se limita a ciertas partes.
Paradójicamente, al final, lo sabido: si se aplicaran estrictamente los manuales, no
podría salir el periódico.
Es un hecho que El Tiempo de Bogotá supera a los más importantes diarios de
Iberoamérica -demasiado apegados a tradiciones- y puede decirse que está a la altura de
los mejores del mundo en muchos aspectos. Sin embargo, la modernidad que arrasó con lo
que antes se llamaba alma, lo convirtió en producto universal estandarizado en el que
escriben desde los nadaístas hasta el padre Alfonso Llano S.J., y en consecuencia no
tiene gracia leer El Tiempo, pues con ello no se corre ningún riesgo. Por eso el autor de
esta reseña se permite asumir su identidad personal para consagrar un recuerdo emocionado
al verdadero Tiempo, el del doctor Eduardo Santos, que era pecado leerlo y el que lo leía
se condenaba. El doctor Eduardo Santos y los subsiguientes directores designados por él
fueron caballeros ejemplares (lo que algún día habrá de ser reconocido si la patria
perdura, este país que se pudre y se desmorona), pero la Iglesia católica, por motivos
políticos, había prohibido leer El Tiempo bajo pecado mortal. En esa época sí era
bueno leer El Tiempo. Según monseñor Builes, al que leyera El Tiempo se lo llevaba el
diablo, y yo me dejaba llevar únicamente los domingos, porque entre semana tenía que
trabajar. Y fue verdad que me llevó el diablo, pues de ahí resultó la manía de
escribir. Desde que dejó de ser pecado, ya para qué leer El Tiempo.
El diablo era monseñor.
* * *
Corrección a una reseña anterior: En el número 38/95 de este Boletín,
pág. 84, col. 3, se dice que la casa familiar de Gonzalo Arango en Andes (Antioquia) fue
demolida para construir un edificio. Falso. La casa existe en buen estado de
conservación. Fue el propio Gonzalo quien me informara de la demolición de la casa, sea
porque a él se lo dijeron, o porque era mitómano y le gustaba crear ese tipo de
fantasías a su alrededor.
JAIME JARAMILLO ESCOBAR |