| Gerardo Valencia: poeta y dramaturgo
inadvertido
La poesía de Gerardo Valencia
Cecilia Hernández de Mendoza
Instituto Caro y Cuervo, Santafé de Bogotá, 1996, 140 págs.
Gerardo Valencia (1911-1994) perteneció a la generación de poetas de Piedra y
Cielo, lectores fervorosos de Juan Ramón Jiménez y los hermanos Machado; de los
poetas de la generación del 27, especialmente de García Lorca, Luis Cernuda y Gerardo
Diego. Todavía le rendían tributo a Rubén Darío; pero exasperados con un estancamiento
prolongado de la poesía nacional, se iniciaron en la lectura asidua y rigurosa de Rainer
Maria Rilke y T. S. Eliot. Junto con Jorge Rojas, Tomás Vargas Osorio, Eduardo Carranza,
Aurelio Arturo, Arturo Camacho Ramírez, el poeta Gerardo Valencia publicó sus primeros
versos en los Cuadernos de Piedra y Cielo, que aparecieron entre 1939 y 1940.
Formó parte de las generaciones intelectuales que pudieron vivir animadas tertulias en
los cafés capitalinos y tuvieron que ver, sobre todo Gerardo Valencia, con los primeros
días de la radio cultural en Colombia.
Entre los piedracielistas, el poeta Valencia fue el menos ostentoso, el más
silencioso y modesto. David Mejía Velilla lo llamó acertadamente "poeta esencial de
su generación" y prefiero agregar que fue poeta trascendente, algo ensimismado en su
poesía, que pareció ser una prolongada y sistemática introversión interrumpida
solamente por su poemario titulado El libro de las ciudades, donde por fin sale a
buscar respuestas caminando por el mundo.
En un país donde suelen heredarse la práctica política y la práctica
poética, el poeta Gerardo Valencia no escapó de la rutina de pertenecer a la
aristocracia letrada payanesa que, a comienzos de este siglo, vivía más de los honores
relativos del apellido que de la riqueza acumulada. El mismo poeta lo advirtió en su
breve autobiografía: "Mi familia, no obstante pertenecer a una alta clase social,
era muy pobre". Tampoco escapó a los nombramientos inocuos pero necesarios de las
embajadas o a puestos públicos medianos. Escasamente se le recuerda por su poesía, pero
un descuido crítico mayor es que no se le reconozca ni valore su obra de dramaturgo. Y si
su poesía apenas ha conocido comentarios ocasionales, su dramaturgia no ha inspirado más
allá de la reseña breve en alguna de las poquísimas historias de nuestra vida teatral.
Para Valencia, la poesía era una labor trascendente; con razón hubo prolongados
silencios sin publicación alguna; con razón su primer libro, El ángel desalado (1939),
fue publicado más por la animosidad de sus amigos que por convencimiento propio, y su
segundo libro, Un gran silencio, apareció casi treinta años después.
La selección de poemas que preparó el Instituto Caro y Cuervo es muy breve y
está precedida de un estudio de la lingüista Cecilia Hernández de Mendoza (1915). El
libro servirá para demostrar que la poesía de Gerardo Valencia merece mayor atención y
eso implica la preparación de una ambiciosa y juiciosa edición crítica que incluya
tanto su poesía como sus piezas teatrales y sus aportes a otros géneros. Este libro
escueto, parcial e incompleto quedará como pequeño homenaje, porque apenas puede recoger
algunos versos representativos de cada uno de los poemarios que alcanzó a publicar en
vida el poeta payanés.
Cecilia Hernández de Mendoza se ha dedicado con empecinamiento al estudio
sistemático de escritores colombianos, casi siempre poetas, con base en la
caracterización semántica. Desde el camino abierto por el filólogo e historiador
alemán Ernst Robert Curtius y seguido con eficacia por la española María Rosa Lida, el
estudio de los temas y motivos en las obras literarias ha sido preocupación más o menos
fecunda entre los lingüistas que ven en el texto literario un texto de lengua como
cualquier otro. El resultado es, por costumbre, desmenuzamientos tan asépticos, austeros
y fríos como los recintos de la hacienda Yerbabuena, donde ha enseñado durante muchos
años la maestra Hernández de Mendoza. Aunque en sus trabajos se esmera por hallar el
"significado total" de los textos literarios, no suele llegar a conclusiones muy
notables ni tampoco logra trascender a la necesaria valoración crítica. Esas
"caracterizaciones semánticas", además, corren el riesgo de convertirse en
paráfrasis del texto poético en vez de ser análisis e interpretaciones agudos.
Paráfrasis es, simplemente, decir con otras palabras lo que el poema dice; en eso incurre
varias veces la profesora Hernández.
Hernández de Mendoza había hecho estudios semejantes con la obra poética de
León de Greiff y Jorge Rojas. En el primer caso, el resultado fue bastante deplorable,
puesto que quedó al descubierto que la poesía no es solamente expresión y
significación. Lo rescatable en este trabajo sobre Gerardo Valencia es el análisis más
o menos sistemático de la obra de un poeta que ha pasado injustamente inadvertido.
Hernández de Mendoza agrega la novedad de detenerse en el análisis de Los poemas
tardíos (1985), el último libro de poesía conocido del escritor payanés. Pero algo
sintomático de las limitaciones de estos repetitivos análisis de Hernández de Mendoza
es la escasa dedicación a la descripción de las imágenes y la musicalidad en la poesía
de Gerardo Valencia, elementos que, según otros juiciosos lectores, ha sido uno de los
rasgos que mejor identifican su obra.
Es lamentable, en todo caso, que la selección de poemas -creo que antología es
aquí denominación bastante arbitraria- no haya sido más generosa y habrá que agradecer
que este libro tan escueto haya podido incluir los versos de Las tres columnas, que
tienen este inicio memorable: "Todo lo que en la vida padecemos/ es un haber,
y toda la alegría/ es algo que a la vida le debemos".
GILBERTO LOAIZA CANO |