Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 43. Volumen XXXIII.   1996. Editado en 1997
 

Gerardo Valencia: poeta y dramaturgo inadvertido


La poesía de Gerardo Valencia
Cecilia Hernández de Mendoza
Instituto Caro y Cuervo, Santafé de Bogotá, 1996, 140 págs.


Gerardo Valencia (1911-1994) perteneció a la generación de poetas de Piedra y Cielo, lectores fervorosos de Juan Ramón Jiménez y los hermanos Machado; de los poetas de la generación del 27, especialmente de García Lorca, Luis Cernuda y Gerardo Diego. Todavía le rendían tributo a Rubén Darío; pero exasperados con un estancamiento prolongado de la poesía nacional, se iniciaron en la lectura asidua y rigurosa de Rainer Maria Rilke y T. S. Eliot. Junto con Jorge Rojas, Tomás Vargas Osorio, Eduardo Carranza, Aurelio Arturo, Arturo Camacho Ramírez, el poeta Gerardo Valencia publicó sus primeros versos en los Cuadernos de Piedra y Cielo, que aparecieron entre 1939 y 1940. Formó parte de las generaciones intelectuales que pudieron vivir animadas tertulias en los cafés capitalinos y tuvieron que ver, sobre todo Gerardo Valencia, con los primeros días de la radio cultural en Colombia.

Entre los piedracielistas, el poeta Valencia fue el menos ostentoso, el más silencioso y modesto. David Mejía Velilla lo llamó acertadamente "poeta esencial de su generación" y prefiero agregar que fue poeta trascendente, algo ensimismado en su poesía, que pareció ser una prolongada y sistemática introversión interrumpida solamente por su poemario titulado El libro de las ciudades, donde por fin sale a buscar respuestas caminando por el mundo.

En un país donde suelen heredarse la práctica política y la práctica poética, el poeta Gerardo Valencia no escapó de la rutina de pertenecer a la aristocracia letrada payanesa que, a comienzos de este siglo, vivía más de los honores relativos del apellido que de la riqueza acumulada. El mismo poeta lo advirtió en su breve autobiografía: "Mi familia, no obstante pertenecer a una alta clase social, era muy pobre". Tampoco escapó a los nombramientos inocuos pero necesarios de las embajadas o a puestos públicos medianos. Escasamente se le recuerda por su poesía, pero un descuido crítico mayor es que no se le reconozca ni valore su obra de dramaturgo. Y si su poesía apenas ha conocido comentarios ocasionales, su dramaturgia no ha inspirado más allá de la reseña breve en alguna de las poquísimas historias de nuestra vida teatral.

Para Valencia, la poesía era una labor trascendente; con razón hubo prolongados silencios sin publicación alguna; con razón su primer libro, El ángel desalado (1939), fue publicado más por la animosidad de sus amigos que por convencimiento propio, y su segundo libro, Un gran silencio, apareció casi treinta años después.

La selección de poemas que preparó el Instituto Caro y Cuervo es muy breve y está precedida de un estudio de la lingüista Cecilia Hernández de Mendoza (1915). El libro servirá para demostrar que la poesía de Gerardo Valencia merece mayor atención y eso implica la preparación de una ambiciosa y juiciosa edición crítica que incluya tanto su poesía como sus piezas teatrales y sus aportes a otros géneros. Este libro escueto, parcial e incompleto quedará como pequeño homenaje, porque apenas puede recoger algunos versos representativos de cada uno de los poemarios que alcanzó a publicar en vida el poeta payanés.

Cecilia Hernández de Mendoza se ha dedicado con empecinamiento al estudio sistemático de escritores colombianos, casi siempre poetas, con base en la caracterización semántica. Desde el camino abierto por el filólogo e historiador alemán Ernst Robert Curtius y seguido con eficacia por la española María Rosa Lida, el estudio de los temas y motivos en las obras literarias ha sido preocupación más o menos fecunda entre los lingüistas que ven en el texto literario un texto de lengua como cualquier otro. El resultado es, por costumbre, desmenuzamientos tan asépticos, austeros y fríos como los recintos de la hacienda Yerbabuena, donde ha enseñado durante muchos años la maestra Hernández de Mendoza. Aunque en sus trabajos se esmera por hallar el "significado total" de los textos literarios, no suele llegar a conclusiones muy notables ni tampoco logra trascender a la necesaria valoración crítica. Esas "caracterizaciones semánticas", además, corren el riesgo de convertirse en paráfrasis del texto poético en vez de ser análisis e interpretaciones agudos. Paráfrasis es, simplemente, decir con otras palabras lo que el poema dice; en eso incurre varias veces la profesora Hernández.

Hernández de Mendoza había hecho estudios semejantes con la obra poética de León de Greiff y Jorge Rojas. En el primer caso, el resultado fue bastante deplorable, puesto que quedó al descubierto que la poesía no es solamente expresión y significación. Lo rescatable en este trabajo sobre Gerardo Valencia es el análisis más o menos sistemático de la obra de un poeta que ha pasado injustamente inadvertido. Hernández de Mendoza agrega la novedad de detenerse en el análisis de Los poemas tardíos (1985), el último libro de poesía conocido del escritor payanés. Pero algo sintomático de las limitaciones de estos repetitivos análisis de Hernández de Mendoza es la escasa dedicación a la descripción de las imágenes y la musicalidad en la poesía de Gerardo Valencia, elementos que, según otros juiciosos lectores, ha sido uno de los rasgos que mejor identifican su obra.

Es lamentable, en todo caso, que la selección de poemas -creo que antología es aquí denominación bastante arbitraria- no haya sido más generosa y habrá que agradecer que este libro tan escueto haya podido incluir los versos de Las tres columnas, que tienen este inicio memorable: "Todo lo que en la vida padecemos/ es un haber, y toda la alegría/ es algo que a la vida le debemos".

GILBERTO LOAIZA CANO